martes, 11 de enero de 2011

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Palabra de Dios para el mundo

Introducción a la tercera parte de la exhortación apostólica
“Verbum Domini”, 30-IX-2010



 Icono del sembrador. Iglesia ortodoxa de San Constantino y Santa Elena 
(Cluj, Rumanía)

Verbum mundo. La tercera parte de Verbum Domini desarrolla el lugar central de la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia para la salvación del mundo. Cristo es el “narrador” del Padre, el “exégeta” de los designios divinos. La Palabra de Dios, que en Cristo encuentra su plenitud, nos hace partícipes de su vida y su misión: anunciar la “gran esperanza” en Dios, que nos ha amado hasta el extremo. De hecho, la experiencia de las primeras comunidades cristianas era que la Palabra de Dios se iba extendiendo y fructificando en los corazones y en las culturas, y con ella el Reino de Dios que viene con Jesús (nn. 90-91).
            Hoy toda la Iglesia –cada cristiano según su condición– se encuentra llamada a redescubrir la urgencia y la belleza del anuncio de la fe. Un anuncio que pide ser acompañado por el testimonio de vida, como condición de credibilidad. Toda la Iglesia es misionera: no sólo ante los pueblos que no conocen el Evangelio, sino también hacia el interior de sí misma, pues hay “muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios” (n. 96). La Palabra de Dios se sitúa así en el centro de la nueva evangelización.
Pero es necesario que la Palabra de Dios “no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir” (n. 97). De ahí, en primer lugar, que la interpretación más profunda y completa de la Escritura se encuentre en la vida de los cristianos que han llegado a ser santos; es un “rayo de luz que sale de la Palabra de Dios” (n. 48). Y en segundo lugar, que una lectura orante de la Biblia sólo puede darse con el Espíritu con que fue escrita; es decir, “en la Iglesia” y teniendo como centro la vida litúrgica (n. 86).
La vida cristiana es la prueba más clara de que la Palabra de Dios “se puede vivir” con los dones de la fe y los sacramentos de la fe, y de que la Palabra “hace vivir”, según el significado pleno que tiene el término “vida” aplicado a los hombres: fuerza o actividad interna y sustancial, mediante la que cada uno actúa buscando los fines que Dios ha puesto en la naturaleza humana, para que podamos acercarnos a nuestra perfección: la Verdad, el Bien, la Belleza.

Compromiso cristiano en el mundo

            “La misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia”. Lo que equivale a decir que, para que sea auténtica –y por tanto, creíble–, la vida cristiana lleva al esfuerzo por la justicia, la reconciliación y la paz (n. 99). Directamente todo ello es tarea propia de los fieles laicos. De ahí la insistencia en la Doctrina Social de la Iglesia (n. 100), como referencia imprescindible para la acción de los cristianos.
La Doctrina Social no es una mera colección de principios más o menos abstractos, extraídos de las encíclicas papales; sino una dimensión esencial de la fe y la doctrina cristianas. Por eso, “escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios en la Iglesia, se despierta la caridad y la justicia para todos, sobre todo para los pobres” (n. 103).

Diversos ámbitos del anuncio

            Estos son los fundamentos de lo que luego se va concretando en diversos ámbitos del anuncio de la Palabra de Dios, como son la formación de los jóvenes (n. 104), la atención a los emigrantes (n. 105), los que sufren y los pobres (nn. 106 y 107). Como maestra de una “ecología auténtica”, la Palabra de Dios enseña a custodiar la belleza de la creación (n. 108).
            En relación con las culturas (nn. 109 y ss.), la Palabra de Dios las ilumina para que se abran al bien de los hombres y a la trascendencia; y, desde ahí, las lleva a superar sus propios límites “creando comunión entre pueblos diferentes” (n. 116). La misma Palabra favorece el diálogo entre las religiones evitando el sincretismo y el relativismo: partiendo de los valores comunes, conduce a las religiones a conocer al Dios único y a ponerse al servicio del bien común y del respeto por los derechos de las personas (nn. 117-120).
            En definitiva, si el anuncio de la Palabra de Dios es fuente de alegría, lo es en cuanto que crea una comunión; se trata, por tanto, de “una alegría profunda que brota del corazón mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica en el Hijo” (nn. 2 y 123). Por eso, en los cristianos que viven auténticamente su fe se cumplen aquellas palabras que describen la actitud esencial de la vida de María: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28)


(publicado en la revista "Palabra", enero de 2011, pp. 62-63)


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