martes, 18 de enero de 2011

El testigo como educador

Diversas películas se han fijado en el papel del educador, apuntando, con más o menos fortuna, a su importante tarea, no siempre comprendida ni apreciada en lo que merece. Entre ellas cabe referirse a dos.


    La primera es “El Club de los poetas muertos”  (Dead Poets Society, dirigida por P. Weir, 1989, a partir de una novela de N. H. Kleinbaum. Ver trailer). Un grupo de alumnos de un colegio estadounidense de estricta disciplina son introducidos en la poesía, y animados a aprovechar su vida (“carpe diem”) por un singular profesor, que despierta sus mentes con métodos poco convencionales .
    Algunos comentadores de la película subrayan su éxito para poner en cuestión los ritos de las escuelas tradicionales, a menudo estereotipados y desvitalizados. Hay que ayudar a los alumnos a descubrir sus propios caminos –se propone– y el profesor debe implicarse para enseñarles a pensar de modo creativo y crítico, y desarrollar la capacidad de amar, en lo que consiste realmente la vida; así se evitará que sean meros repetidores o receptores de lo que han escuchado. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta de hasta qué punto el profesor consigue abrir a esos chicos dimensiones esenciales de la educación, como la trascendencia (el amor de Dios) y el verdadero amor a los demás.
    La segunda película, “Una educación” (An education, L. Scherfig, 2010. Ver trailer)  es una historia de base autobiográfica, ambientada en los años 60. Jenny, una joven londinense de 16 años, guapa e inteligente, se siente fascinada y seducida por los halagos de David, un treintañero que le promete la felicidad. Ante los halagos solícitos de David, el entorno familiar y escolar de Jenny se le aparecen entonces como aburridos, raquíticos, privados de alma y horizontes.
    Los comentadores del film suelen concluir que la calle se revela como la mejor escuela para liberarse del aburrimiento y la ingenuidad, la superficialidad y las apariencias de una educación puritana; la calle sería también una escuela que, pagando cierto precio, enseña a rechazar la frivolidad irresponsable. ¿Pero es así de hecho?
    Ciertamente, no se pueden repartir de modo simple los papeles educativos, de manera que la escuela o la universidad enseñen la “razón”, la familia aporte la “tradición” y la calle contribuya decisivamente con la “experiencia”, dejando –en el caso de la formación cristiana– a la parroquia el papel de abrir la dimensión trascendente o religiosa de la persona. Pero, ¿cómo hacer que cada uno de esos ámbitos aporte su propia riqueza, subrayando en cada caso la dimensión educativa conveniente, pero con apertura a las otras dimensiones, también esenciales, de la tarea educativa?
    El cristianismo propone muchas figuras de educadores, pero ante todo propone una visión del cristiano como alguien que necesita una formación y que a su vez debe contribuir a formar a los demás. Un educador muy especial fue San Juan Bautista. Él reconoció ser solo la voz de la Palabra (Cristo) que venía detrás pero era más importante que él. Aunque es un caso único (todos lo son), de él podemos seguir aprendiendo los cristianos, porque, según Pablo VI, “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”. En San Juan Bautista se ve cómo su enseñanza se identificó con su testimonio.   
    En el Museo catedralicio de Toledo se exhibe una pintura atribuida a Caravaggio (h. 1598), que representa a San Juan Bautista en el desierto.
 
     El santo aparece sobre un trasfondo de vides (que pueden evocar el vino de la última Cena) y tallos espinosos (quizá en recuerdo de la corona de espinas que pusieron al Señor en su Pasión).  San Juan descansa sobre una capa roja (color del sacrificio), y con su mano izquierda sostiene una fina cruz. En actitud meditativa mira hacia sus pies, donde está sentado un manso cordero: representa obviamente al “Cordero de Dios” que quita los pecados del mundo, y que había sido prefigurado por aquél otro cordero que se ofreció como víctima para que los judíos pudieran salir de Egipto.
    En otro cuadro sobre San Juan Bautista (Museo Nelson-Atkins, Kansas City ),  debido éste con certeza al pincel de Caravaggio, se presenta al santo apoyado en la cruz e inclinado hacia delante, como para descender o arrodillarse en cumplimiento de su tarea. El destino de esta pintura era una iglesia de un lugar en la costa de Italia, donde se cuidaba y se enterraba a los enfermos invadidos por la peste. Ellos se acogían a la intercesión de San Juan para que les curase y les acercase el perdón de Cristo. En su mano derecha lleva también la cruz delgada, quizá en referencia a la “caña sacudida por el viento” (Lc 7, 24) de la que hablaba el Señor. Todo ello –según Peter Robb, uno de los biógrafos de Caravaggio– parece sugerir el misterio del Bautista, de su misión y de su destino.
    En definitiva, para el cristianismo, el educador es sobre todo el “testigo”, es decir, el cristiano auténtico que vive, primero él, de la Palabra (del Evangelio y de la oración, porque ahí encuentra a Cristo) y de los sacramentos (especialmente de la Eucaristía, donde también se encuentra –siempre de nuevo y con más profundidad y fuerza– con Cristo). Palabra y sacramentos dan como fruto el amor a Dios y a los demás.
    Con ese bagaje personal, los educadores han de plantear, con sabiduría, confianza y cercanía, las grandes cuestiones (la relación entre verdad y amor, felicidad y sufrimiento, libertad y autoridad, etc.) y educar las actitudes cristianas (como el compromiso con los necesitados y la misericordia).
    En cualquier caso, en la situación actual de urgencia educativa  (cf. Benedicto XVI, Carta-mensaje sobre la tarea urgente de la educación, 21-I-2008), se trate de los padres o madres de familia, de los sacerdotes o catequistas, de los profesores, amigos o cualquier persona que puede contribuir a la formación de otras, el educador válido sólo puede ser un testigo de la verdad y el amor. 

(publicado en www.religionconfidencial.com, 17-I-2011)

viernes, 14 de enero de 2011

De música y amistad

 


La película "El Concierto" (dirigida por el rumano R. Mihaileanu, 2009), es un simpático muestrario de los anhelos profundos del corazón humano. Una especie de cuento acerca de la orquesta rusa Bolshoi (Moscú), cuyas actividades habían sido prohibidas en la época de Brézhnev. Sus componentes fueron declarados “enemigos del Pueblo” y su director, Andrei Filipov, destituido por no expulsar a los músicos judíos e interrumpido en pleno concierto por la KGB, pasando a ser limpiador del local.
            Treinta años después, se les presenta la oportunidad de una revancha, con un concierto en el prestigioso teatro musical del Châtelet, en Paris. Además de buscar a sus antiguos músicos –que viven como pueden–, Andrei contrata a una conocida violinista francesa, Anne Marie. Cenan juntos el día antes del concierto.
            Ella le confiesa que no conoció a sus padres, un biólogo y una antropóloga, que murieron en un accidente de avión, en los Alpes: “Desde niña siempre he buscado la mirada de mis padres… Cuando toco, lo que me gustaría conseguir es su mirada un segundo, sólo un segundo”. Andrei le cuenta lo que le aconteció a él hace treinta años: le habla de Lea, una violinista judía, y de su marido Isaac. Y de lo que pasó aquel día, interpretando el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovski. Recuerda especialmente a Lea: “Su violín mágico me llevó a mí y a la orquesta al cielo… Todos volamos, junto al público, a la última armonía… Pero el concierto se acabó a la mitad… Caímos desde muy alto…”.
            Pero Anne Marie le responde diciéndole que lo de ahora es una locura: los músicos no son precisamente los que eran, Andrei se ha convertido en un bebedor… y ella nunca ha tocado Tchaikovsky: – “Yo no soy Lea. Y juntos no conseguiríamos la última armonía…No debemos hacer este concierto juntos. Sería un fracaso”.
            Uno de los músicos, el judío Sacha, trata de convencerla, diciéndole que quizá al final del concierto encuentre a sus padres: – “La música a veces nos ayuda a crecer. Nos da respuestas. Tenemos dudas antes de tocar música, y miedo a la verdad…”.
            Andrei y Sacha, y la mánager de Anne Marie, todos parecen saber quiénes eran los padres de Anne Marie, pero no se lo dicen. Desean que ella lo vaya descubriendo, precisamente a través de su violín y del concierto en el que interpretará a Tchaikovsky, sobre una partitura anotada hace años por Lea…
            Dejemos en suspense el resto (ver la última escena: 13:16') y volvamos a nuestra realidad. En 2009, meses antes del estreno de la película, radio France-Bleu (Grenoble) alababa especialmente la “humanidad” del film, que sabe presentar temas espinosos con inteligencia y buen humor. El director señalaba que, efectivamente, “la apuesta, el tema de la película es la amistad, la solidaridad… el mestizaje de culturas, los encuentros”. Se trata de una metáfora de la “invasión” cultural del Este en la Europa occidental, que produce una mezcla un poco explosiva. Quiere mostrar –sigue explicando–, con atención al contexto histórico, que el ser humano está siempre ahí y puede estar orgulloso de sí mismo; recordar que “hoy, cuando nuestro pequeño planeta pasa un momento difícil, el ser humano sigue siendo bello y digno”. Como ha escrito John Underwood, crítico cienematográfico inglés, esta película abre los ojos, los oídos y el corazón del espectador.
            Música, amistad, belleza. En la perspectiva cristiana cabe –utilizando la terminología de C.S. Lewis– recordar los tres amores (afecto, amistad, “eros”) que son un reflejo y un camino para descubrir y vivir la caridad (amor divino). La caridad perfecciona los amores humanos y, respetándolos en su más alta belleza, verdad y bien, los transforma en alabanza a Dios y servicio a los demás. De este modo, la película invita a alcanzar “la última armonía” del horizonte humano. De ahí también que un cristiano siempre deba preguntarse cómo va respondiendo a los “amores” que Dios ha sembrado en su vida, hasta convertirla en un testimonio y compromiso de Amor.
            En la película se muestra sobre todo el valor de la amistad. Las relaciones de amistad –surgidas con ocasión del trabajo profesional de los músicos y entremezcladas con las relaciones familiares– pueden verse, en efecto, como un resplandor del amor divino, que llama a participar en él, para hacer “un mundo nuevo” (cf. Apoc. 21, 5).
            En cuanto a la música, como todo arte, es don de Dios y desarrollo del hombre, expresión de la vida y la esperanza humanas, pues “a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra” (Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 2). Con motivo del quinto aniversario de su elección (29-IV-2010), señaló Benedicto XVI el lugar importante de la música en la educación, especialmente de los jóvenes: “La música es capaz de abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y conducir a las personas a alzar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutas, que tienen la fuente última en Dios”.

(publicado en www.religionconfidencial.com, 13-IX-2010)


miércoles, 12 de enero de 2011

La fe, camino de belleza


 La Santísima Trinidad, El Greco (1577-1579), Museo del Prado
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Trinidad_El_Greco2.jpg

Peregrino entre los peregrinos, el Sucesor de Pedro llegó a Santiago. Vino para ponerse a los pies del Apóstol –dijo nada más pisar suelo español– “y dejarse transformar por el testimonio de su fe”.
            El abrazo al Apóstol le dio ocasión para explicar: “La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad”. Y la Iglesia somos los cristianos, llamados a “vivir iluminados por la verdad de Cristo, confesando la fe con alegría, coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como ciudadanos”.
            Entonces –se preguntaba en la plaza del Obradoiro–, ¿cómo es posible que en Europa se haya visto a Dios como antagonista del hombre y enemigo de su libertad? ¿Cómo es posible que se le reduzca al “silencio público”, que se pronuncie su nombre en vano o se le utilice para fines perversos?
            Es necesario que el nombre de Dios resuene de nuevo en Europa, “en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo”. Y para lograrlo, hay que fijarse en el significado de la cruz que aparece ante los peregrinos en las “encrucijadas” de su caminar. La cruz nos habla de la necesaria conexión entre la fe en Dios y la fraternidad entre las personas, que son hijos de Dios.
            Al llegar a Santiago había señalado que también la Iglesia es peregrina: “La Iglesia lleva a cabo su propio camino interior, aquél que la conduce a través de la fe, la esperanza y el amor, a hacerse transparencia de Cristo para el mundo”. Ahora concluía su homilía invitando a Europa “a ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes”.
            En la Sagrada Familia de Barcelona, consideró Benedicto XVI cómo Gaudí logró “superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza”. Y lo hizo “no con palabras, sino con piedras, trazos, planos y cumbres”.
            En efecto, y la belleza de ese templo –edificado para celebrar la Eucaristía– es símbolo de la Iglesia como familia de Dios y de la vida cristiana personal. Gaudí representó en esa obra de arte lo que cada cristiano –y aun cada mujer y hombre– están llamados a realizar: alabar a Dios y servir a los hombres “en el corazón del mundo”, con la materia misma de sus vidas y de sus afanes, en los sucesos normales de la existencia, a través del esfuerzo por atender a las necesidades de los demás. Dar gloria a Dios con toda la vida es la verdadera Vida del hombre. Proponía el Papa que la gran tarea de los cristianos es –en su vida de cada día– “mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia”.
            De este modo la belleza –reflejo de Dios y necesidad del hombre– puede brotar del corazón humano capaz de reconocer a Dios, amarle y amar todo lo que ha creado, colaborando en la construcción del mundo por medio de la cultura y el trabajo. El templo es símbolo de todo eso, recordó citando a Gaudí: “Un templo (es) la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre”.
            Gaudí presenta a la Sagrada Familia de Nazaret como centro de toda familia, “esperanza de la humanidad, en la que la vida encuentra acogida, desde su concepción a su declive natural”. También la Iglesia se entiende como familia de Dios y semilla de fraternidad universal. La Iglesia –como cada cristiano en ella y cada familia cristiana–  debe ser, según Benedicto XVI, “icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado” (cf. Jn, 6, 29). Y el templo de Dios lleva a mostrar que “todo hombre es un verdadero santuario de Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando se encuentra en necesidad” (visita a la obra benéfico-social “Nen Deu”).
            Así se entiende que durante su homilía en Barcelona dijera el Papa que los cristianos deben ser “testimonios de santidad” en esta tierra.
            Etsuro Sotoo –el escultor japonés que trabaja en la Sagrada Familia y que se convirtió al catolicismo en 1991– afirma: “Gaudí no sólo construía el templo, sino que el templo le construía a él. Lo mismo he experimentado yo en estos años”. Y añade que toda obra de arte necesita completarse con la contemplación del que la capta.
            El viaje de Benedicto XVI a España ha puesto de relieve que la fe cristiana es un camino que lleva a descubrir la Belleza y manifestarla a otros. 


(primera versión publicada en www.religionconfidencial.com, 8-XI-2010)

martes, 11 de enero de 2011

Palabra de Dios para el mundo

Introducción a la tercera parte de la exhortación apostólica
“Verbum Domini”, 30-IX-2010



 Icono del sembrador. Iglesia ortodoxa de San Constantino y Santa Elena 
(Cluj, Rumanía)

Verbum mundo. La tercera parte de Verbum Domini desarrolla el lugar central de la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia para la salvación del mundo. Cristo es el “narrador” del Padre, el “exégeta” de los designios divinos. La Palabra de Dios, que en Cristo encuentra su plenitud, nos hace partícipes de su vida y su misión: anunciar la “gran esperanza” en Dios, que nos ha amado hasta el extremo. De hecho, la experiencia de las primeras comunidades cristianas era que la Palabra de Dios se iba extendiendo y fructificando en los corazones y en las culturas, y con ella el Reino de Dios que viene con Jesús (nn. 90-91).
            Hoy toda la Iglesia –cada cristiano según su condición– se encuentra llamada a redescubrir la urgencia y la belleza del anuncio de la fe. Un anuncio que pide ser acompañado por el testimonio de vida, como condición de credibilidad. Toda la Iglesia es misionera: no sólo ante los pueblos que no conocen el Evangelio, sino también hacia el interior de sí misma, pues hay “muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios” (n. 96). La Palabra de Dios se sitúa así en el centro de la nueva evangelización.
Pero es necesario que la Palabra de Dios “no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir” (n. 97). De ahí, en primer lugar, que la interpretación más profunda y completa de la Escritura se encuentre en la vida de los cristianos que han llegado a ser santos; es un “rayo de luz que sale de la Palabra de Dios” (n. 48). Y en segundo lugar, que una lectura orante de la Biblia sólo puede darse con el Espíritu con que fue escrita; es decir, “en la Iglesia” y teniendo como centro la vida litúrgica (n. 86).
La vida cristiana es la prueba más clara de que la Palabra de Dios “se puede vivir” con los dones de la fe y los sacramentos de la fe, y de que la Palabra “hace vivir”, según el significado pleno que tiene el término “vida” aplicado a los hombres: fuerza o actividad interna y sustancial, mediante la que cada uno actúa buscando los fines que Dios ha puesto en la naturaleza humana, para que podamos acercarnos a nuestra perfección: la Verdad, el Bien, la Belleza.

Compromiso cristiano en el mundo

            “La misma Palabra de Dios reclama la necesidad de nuestro compromiso en el mundo y de nuestra responsabilidad ante Cristo, Señor de la Historia”. Lo que equivale a decir que, para que sea auténtica –y por tanto, creíble–, la vida cristiana lleva al esfuerzo por la justicia, la reconciliación y la paz (n. 99). Directamente todo ello es tarea propia de los fieles laicos. De ahí la insistencia en la Doctrina Social de la Iglesia (n. 100), como referencia imprescindible para la acción de los cristianos.
La Doctrina Social no es una mera colección de principios más o menos abstractos, extraídos de las encíclicas papales; sino una dimensión esencial de la fe y la doctrina cristianas. Por eso, “escuchando con disponibilidad la Palabra de Dios en la Iglesia, se despierta la caridad y la justicia para todos, sobre todo para los pobres” (n. 103).

Diversos ámbitos del anuncio

            Estos son los fundamentos de lo que luego se va concretando en diversos ámbitos del anuncio de la Palabra de Dios, como son la formación de los jóvenes (n. 104), la atención a los emigrantes (n. 105), los que sufren y los pobres (nn. 106 y 107). Como maestra de una “ecología auténtica”, la Palabra de Dios enseña a custodiar la belleza de la creación (n. 108).
            En relación con las culturas (nn. 109 y ss.), la Palabra de Dios las ilumina para que se abran al bien de los hombres y a la trascendencia; y, desde ahí, las lleva a superar sus propios límites “creando comunión entre pueblos diferentes” (n. 116). La misma Palabra favorece el diálogo entre las religiones evitando el sincretismo y el relativismo: partiendo de los valores comunes, conduce a las religiones a conocer al Dios único y a ponerse al servicio del bien común y del respeto por los derechos de las personas (nn. 117-120).
            En definitiva, si el anuncio de la Palabra de Dios es fuente de alegría, lo es en cuanto que crea una comunión; se trata, por tanto, de “una alegría profunda que brota del corazón mismo de la vida trinitaria y que se nos comunica en el Hijo” (nn. 2 y 123). Por eso, en los cristianos que viven auténticamente su fe se cumplen aquellas palabras que describen la actitud esencial de la vida de María: “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28)


(publicado en la revista "Palabra", enero de 2011, pp. 62-63)


viernes, 7 de enero de 2011

La estrella que aún resplandece

 Beato Angelico, Adoración de los Magos (h. 1540), 

El viaje de los Magos, siguiendo la estrella hasta Belén, contrasta a veces con tantos viajes que no llevan “a ninguna parte”; más aún, pueden significar una huida de uno mismo. Y ya se sabe lo difícil que es huir de la propia sombra.
     Un ejemplo de esto puede verse en la película Up in the air (J. Reitman, 2009). Interesante e instructiva –si se prescinde de algunas escenas y conversaciones procaces–, refleja la mentalidad que con frecuencia se propone en la cultura actual. Se trata de Ryan, un solterón simpático y agradable que se dedica a volar más de trescientos días al año, con la única meta de llegar a diez millones de millas, sin ningún tipo de ataduras ni compromisos personales. De vez en cuando da conferencias donde transmite su “filosofía”: propone ir por la vida con la “mochila” bien ligera; no sólo de cosas, sino sobre todo de vínculos y responsabilidades (nada de matrimonio, por ejemplo, sino relaciones esporádicas).
     (Se puede ver una de sus conferencias en:
http://www.youtube.com/watch?v=49bqm_uV5zM&feature=related).
     Un tipo aparentemente feliz y exitoso, cuyo trabajo consiste en representar a las empresas que no se atreven a despedir a sus empleados, para lo cual tiene preparado todo un formulario.
     A Ryan parecen no afectarle las vidas de los otros. Su mundo interior –simbolizado por esa mochila de la que habla en las conferencias– está vacío, y en su maleta lleva lo mínimo, para ganar tiempo y espacio. Todo lo que hace es impersonal. La película lo deja bien claro, al mismo tiempo que presenta las vidas de otras personas que sí mantienen compromisos, aunque mezclados con dudas, mentiras e infidelidades. Lo que se propone al espectador es la libertad para tomar cada uno la opción que le parezca. Aunque no se ocultan las consecuencias de las opciones. Cuando Ryan se da cuenta de que quizá necesite amar a una persona, descubre que para ella es simplemente “un paréntesis” o “una evasión”.
     Este ambiente relativista, con su propuesta indiferente tanto respecto de la verdad como del bien, contrasta con la propuesta de la fe cristiana.
     El cristianismo presenta la belleza de tener un compromiso que valga la pena, un proyecto de futuro, que implique llevar en la “mochila” a los demás y las cosas de los demás. Ésas son las alas que verdaderamente elevan sobre la tierra, sin dejar de tener los pies en el suelo. Ésas son las millas que vale la pena recorrer durante la vida, como una aventura fascinante, en compañía de los otros. El cristianismo propone: que encuentres tu felicidad no haciendo un paréntesis en tu vida, sino plenamente en ella, en todos los momentos, en todas las tareas, en todos los encuentros; no quieras evadirte de lo corriente, porque en lo cotidiano está también Dios (si no, no estaría en ninguna parte); vive de tal manera que seas capaz de exprimir el amor en cada instante; recuerda que el que se busca a sí mismo, termina "aislado", solo consigo mismo: consigue ciertamente lo que busca.
     Dicen las encuestas que los jóvenes actuales son básicamente desconfiados. No es extraño, no es culpa suya (¿qué les hemos mostrado?); es el reflejo de lo que ven a su alrededor, a lo que se suma el poso de algunas experiencias negativas. Al mismo tiempo, los jóvenes valoran cada vez más a la familia.
     Por eso los cristianos –especialmente los padres y los educadores–, hemos de mostrarles, con nuestra vida, que el proyecto que Jesucristo propone vale la pena; que el cristianismo no es un cúmulo de mandamientos y prohibiciones, que pesa, cansa y oprime; que formamos una familia universal, creemos en el amor y vivimos para que el amor se extienda por el mundo; y eso es posible, no es una utopía ingenua; que basta descubrir la estrella como los Reyes Magos, levantarse cuando se cae, pero no detenerse nunca. Aunque a veces cueste, cada uno ha de tener el coraje de denunciar, como dice la canción, “esta realidad tirana, que se ríe a carcajadas, porque espera que me canse de buscar” (A. Lerner, Todo a pulmón, 1983: http://letras.terra.com.br/lerner-alejandro/130009).
     Es preciso, ante todo, encontrar cada uno su estrella –la vocación–, para poder seguir el camino concreto por el que podemos colaborar con Dios en ese proyecto. ¿Pero cómo descubrirla? ¿Cómo ayudar a que otros la descubran?
     En su homilía de Epifanía, Benedicto XVI ha explicado que a Dios no se llega por los caminos del poder político (Herodes) o del mero conocimiento (los “expertos”). Aunque la política o la cultura puedan proporcionar válidas informaciones, otras veces constituyen barreras que se oponen al encuentro con Él. También para nosotros –señalaba el Papa– las cosas no son tan distintas como fueron para los Magos. Le pedimos a Dios que manifieste su poder para resolver nuestros problemas según nuestros criterios, nuestros deseos o nuestros caprichos, cuando no le consideramos como un rival, como alguien que nos pone límites. También podemos estar tentados de enfocar las Escrituras como un mero objeto de estudio y discusión, en lugar de verlas como el camino hacia la auténtica vida.
     Nos iría mejor si imitáramos a los Magos, dándonos cuenta de “que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón que busca el sentido último de la realidad y con el deseo de Dios movido por la fe, como es posible encontrarlo, más aún, hacer posible que Dios se acerque a nosotros”.
     Ciertamente, importa percibir la luz de la creación, conocer lo que nos rodea y desarrollarlo mediante nuestro trabajo en el mundo. Pero –observa Benedicto XVI– la luz definitiva sólo procede de la Palabra de Dios, de las Escrituras santas, leídas, comprendidas y vividas auténticamente como miembros de esta familia que es la Iglesia.
     Por eso el cristiano que lee y hace vida el Evangelio –comprometiéndose realmente con Dios y con los demás– encuentra la luz y se convierte en luz inequívoca para los otros. De este modo, “nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo nos puede dar. Y podremos también nosotros convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de aquella luz que Cristo ha hecho resplandecer sobre nosotros”.
      Así contribuimos a la Epifanía, a la manifestación del salvador.
 
(publicado en www.cope.es, 7-I-2011)


lunes, 3 de enero de 2011

Matriz eterna del amor

“Luna grande de enero que sin rumor nos besa…, matriz eterna donde el amor palpita, madre, madre”, cantó a la Virgen María el poeta español Dámaso Alonso (1898-1989).
            Hay en el museo nacional dell Bargello, Florencia, un alto relieve esculpido en mármol por Miguel Ángel hacia 1503-1505, que se conoce como “Tondo Pitti”, porque tiene forma redonda (=tondo) y le fue encargado por Bartolomeo Pitti.

 Virgen con el Niño ("Tondo Pitti"), Miguel Ángel

La Virgen mira de frente, sentada en un bloque de piedra. A la derecha se encuentra Jesús-Niño, descansando sobre un libro abierto en el regazo de su madre. A la izquierda y detrás de María se asoma discretamente San Juan Bautista, como diciendo: “El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo” (Jn 1, 15). 
            El Niño apoya su brazo en las palabras de la Escritura que él mismo encarna. En el banco marmóreo que sirve de asiento a María, puede verse ante todo la “piedra angular” o la “piedra viva” que es Cristo, rechazada por los constructores.
            San Pedro decía que los cristianos son también piedras vivas del nuevo Templo que el Espíritu Santo edifica: “También vosotros –como piedras vivas– sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe, 2-4). Pues bien, María es la figura por excelencia de esas piedras vivas, que son los creyentes en Cristo.
            Miguel Ángel la representa en actitud contemplativa, coronada con la imagen de un querubín. Según T. Verdon, María aquí representa a la Iglesia en su sentido profundo: como la entera humanidad llamada en Cristo a la filiación divina. En  su contemplación resume la búsqueda espiritual –que surge en todos los hombres de todos los tiempos– de sentido, de verdad y de belleza. Una búsqueda que implica necesariamente la Cruz (cf. La belleza nella parola, ed. San Paolo, 2007).
            Y es cierto, porque, por su docilidad al Espíritu Santo, el corazón de María consideraba todas las cosas en la perspectiva de la salvación, convirtiéndose en el altar desde donde se elevaba constantemente el culto a Dios en unión con su Hijo: la alabanza y la acción de gracias, la reparación y la intercesión por el bien de todas las personas. Y ese culto se traducía en un servicio callado y continuo a la misión que ella tenía encomendada.
             El Evangelio de San Lucas recoge dos expresiones de Jesús que vinculan especialmente a María con la Palabra de Dios: “Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra» (8, 21); “Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (11, 28). Con estas palabras –observa Benedicto XVI– “Jesús muestra la verdadera grandeza de María, abriendo así también para todos nosotros la posibilidad de esa bienaventuranza que nace de la Palabra acogida y puesta en práctica” (Verbum Domini, n. 124).
            Así la vida de María no sólo fue –como la de cada santo– “un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios” (ib, n. 48); sino el medio, sublime y sencillo a la vez, por el que la Palabra de Dios, donde estaba la vida, llegó a ser luz y vida del mundo. 
            En efecto, María es la primera que escucha la Palabra, la acoge con fe y la encarna en su cuerpo y en su entera existencia. La hace así vida divina en la tierra, entregada primero a los cristianos y, a través de ellos, al mundo. Ella es grande primero porque fue escogida para ser Madre de Dios. También porque, como coronación de su vida fiel, asumió al pie de la Cruz la maternidad de esta familia –la Iglesia–, que escucha la Palabra de Dios y la ofrece como vida plena de los hombres.  
            Al explicar la encarnación del Verbo, anota San Atanasio que la Palabra de Dios tomó de María nuestra condición: “”María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros” (Carta a Epicteto). Y añade el santo doctor: “Estas cosas no son una ficción”. Como diciendo: no son imaginaciones ni leyendas, sino el gran acontecimiento en el que María ocupó un lugar único.
            Por Cristo, con Él y en Él, que se nos da en la Eucaristía, y gracias a la Virgen madre, los cristianos somos como el cuerpo de la Palabra de Dios, que habla al mundo en la vida ordinaria de cada día. Así nuestras pequeñeces y limitaciones se convierten en signo e instrumento de la grandeza e infinitud de Dios Amor. 

(publicado en www.analisisdigital.com, 1-I-2011)


domingo, 2 de enero de 2011

La aventura de la propia historia

Los guionistas y publicistas saben valorar una buena historia. Pero hay mucha gente que no encuentra el sentido de su propia historia. El sentido y la historia dependen sobre todo del final. Y es difícil, o imposible, vivir sin sentido, sin saber hacia dónde se va y por tanto qué hacer y cómo.
El resultado de un partido de fútbol es lo que acaba de dar sentido pleno al juego. Ciertamente, también importa cómo se desarrolla el juego, porque la participación tiene su emoción y su belleza; pero de tal modo que sea posible ganar. Cada jugada debería ir dirigida a esa meta. 

Una pequeña luz en un cuarto oscuro
  En la película “Diarios de la calle” (Freedom writers, R. LaGravenese, 2007) se ve que especialmente los jóvenes aspiran a protagonizar su propia historia y poder contarla a los demás.



            Erin Gruwell, profesora de un instituto en Long Beach (California), consigue traer ante los alumnos a una mujer austriaca –“Miep” (Hermine) Gies († 2010)– que, durante la II Guerra mundial, había ocultado a Ana Frank en el desván de su casa. Escuchando a Miep, los alumnos (que viven en un ambiente de conflictos interraciales) se quedan estupefactos. Uno de ellos pide la palabra y se pone en pie tímidamente:
            –“Nunca había conocido a una heroína. Pero usted es mi heroína”.
            Y ella le responde:
            – “Ah, no, no, no: yo no soy una heroína, no. Hice lo que tenía que hacer, porque era lo que había que hacer, nada más.  Todos somos gente corriente. Pero incluso una secretaria corriente o una ama de casa, o un adolescente, puede, con su granito de arena, encender una pequeña luz en un cuarto oscuro, ¿no?”
Para un cristiano la meta final es el cielo, la comunión definitiva en el amor. Y ahí cada uno debería de poder “contar su historia”. El libro del Apocalipsis dice que a los bienaventurados (los salvados), sus hechos “les siguen”, quedan escritos como en un libro. Es una forma de expresar que la historia de cada uno no está escrita de antemano. Cada cual la escribe con su libertad.
           Quien tiene proyectos, esperanzas, metas o ideales, proyectos pequeños o grandes, trabaja y se esfuerza por ellos. Pero ese esfuerzo –señala Benedicto XVI en el número 35 de su encíclica sobre la esperanza, Spe salvi– puede desembocar fácilmente en cansancio o en fanatismo. En efecto, las frustraciones van minando la voluntad y los fracasos amenazan con vencerla definitivamente, a menos que se sobreponga en una autoafirmación forzada: el fanatismo, que el diccionario define como ceguera irracional producida por la pasión. Pero esto produce a su vez más cansancio, y así se entra en un círculo destructivo. Por tanto la voluntad necesita la luz de la inteligencia, si ésta sabe adónde dirigirse. A veces lo descubre a la mitad del camino, como ocurrió a la actriz italiana Claudia Koll, que lo hizo implicándose primero en actividades de voluntariado y beneficencia, y luego mediante “un viaje al interior” de sí misma. Y concluye: “Cuando se es auténtico en la búsqueda de sí mismo, necesariamente se busca también a Dios” (Zenit, 19.2.09).
           La luz más segura es también la esperanza más grande, es decir, Dios y su amor. “aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica” (Spe salvi). 

Ni cansancio ni fanatismo

Con otras palabras, esa “esperanza grande” es necesaria ante la experiencia de los límites de nuestros esfuerzos. Individualmente podemos poco y necesitamos de la ayuda de los demás: la familia, la sociedad. De ahí que siempre acechan esas dos tentaciones. Por una parte el cansancio, es decir, la tentación de conformarse con lo que a cada uno le parece “posible” hacer, con sus propios recursos o los que puede allegar. Pero los recursos son los que son: cada uno tiene una perspectiva parcial y se mueve en un espacio concreto, dispone de un tiempo limitado y una capacidad de trabajar pasajera. Por otra parte está la tentación del fanatismo, el imponerse a los demás “para que las cosas cambien”. Pero esto violenta y destruye a las personas.
Pues bien, la fe cristiana tiene la solución para superar esos dos obstáculos y tentaciones. Dios da la luz a quien la busca. Y esa luz es la fe, que es también fuerza e impulso –esperanza– para vivir amando. “Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar”. Cabría resumir: el que ama con la luz de Dios vence el cansancio y se sitúa en el polo opuesto al fanático.
           Así que no bastan las fuerzas humanas.  “El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza”. Y todo don, especialmente el amor, es inmerecido. El reino de Dios, es decir, ese ámbito de la verdad y del amor que puede comenzar ya en esta tierra y se abre plenamente en el cielo, es sobre todo obra de Dios.


Vale la pena el esfuerzo: la esperanza y el trabajo 


           ¿Cuál es, entonces, el papel de la obra humana, del trabajo? Nuestro obrar –responde el Papa– no es indiferente ante Dios ni es indiferente para la historia. ¿Pero qué hacer y cómo, vistos nuestros límites? Teniendo en cuenta los párrafos anteriores, la respuesta es clara: podemos y debemos actuar dejándonos iluminar por la fe para llenarnos de la verdad del amor, que da sentido a lo más grande y a lo más pequeño; y de esa forma, el trabajo mismo puede acrecentar la esperanza­ que lleva a vivir con plenitud. Brevemente: “Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien”. Y añade la encíclica Spe salvi con referencia a San Pablo: “Esto es lo que han hecho los santos que, como ‘colaboradores de Dios’, han contribuido a la salvación del mundo”. 
           Así podemos aspirar también a una auténtica ecología humana que lleve a cuidar de la tierra con justicia. De esta manera la acción humana, el esfuerzo por sacar adelante nuestra vida y la de los demás, tendrá sentido, incluso a pesar del aparente fracaso o impotencia. Esto dice el Papa, buen conocedor de que los santos lo fueron también por su acción y su trabajo, que era fruto de su unión con Cristo en la oración y en la Eucaristía. Y cada día se examinaban brevemente, para comprobar si era el amor el verdadero móvil de su obrar. 
En resumen: entre trabajo y esperanza hay una influencia mutua: “Por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”.
Hace años Joseph Ratzinger recogía una comparación que pone San Buenaventura en relación con la esperanza. Esperar es volar y la esperanza exige de nosotros un esfuerzo radical, para que todos nuestros miembros se conviertan en movimiento, para elevarnos sobre la fuerza de la gravedad de la tierra, y alcanzar así la verdadera altura de nuestro ser, de acuerdo con las promesas de Dios. Quien espera –dice el doctor franciscano– “debe levantar la cabeza, girando hacia lo alto sus propios pensamientos, hacia la altura de nuestra existencia, es decir hacia Dios. Debe alzar sus ojos para percibir todas las dimensiones de la realidad. Debe alzar su corazón disponiendo su sentimiento por el sumo amor y por todos sus reflejos en este mundo. Debe también mover sus manos en el trabajo…” (Sermón XVI, citado por J. Ratzinger, Über die Offnung, en “Internat. Kath. Zeitschift”, 1984).
Para descubrir y recorrer la aventura de la propia vida, a los cristianos de nuestro tiempo les aconsejaba San Josemaría Escrivá: “Obra el bien, revisando tus actitudes ordinarias ante la ocupación de cada instante; practica la justicia, precisamente en los ámbitos que frecuentas, aunque te dobles por la fatiga; fomenta la felicidad de los que te rodean, sirviendo a los otros con alegría en el lugar de tu trabajo, con esfuerzo para acabarlo con la mayor perfección posible, con tu comprensión, con tu sonrisa, con tu actitud cristiana” (Amigos de Dios, 211).


(Versión ampliada de un texto que se publicó en www.cope.es, el 23-II-2009, y se recogió en el libro 
“Al hilo de un pontificado: el gran ‘sí’ de Dios”, ed. Eunsa, 2010)