viernes, 11 de febrero de 2011

Iglesia: hogar materno

Nuestra Señora de Vladimir, protectora de Rusia


Considerada como verdadero tesoro de la nación rusa, esta imagen de la Virgen es del tipo “Eleousa” o de la ternura, porque aprieta el Niño contra sí, acentuando su maternidad. Se muestra también como “Hodigitria”, es decir, que señala el camino, pues con su mano izquierda apunta al Niño. Éste tiene aspecto y vestidura de adulto; su rostro refleja la Sabiduría y su vestido de oro, la dignidad divina; su potente cuello expresa el “alentar” el Espíritu Santo, que reposa sobre el Verbo.
     El centro de la imagen es el corazón de la Virgen. Su velo (el “Prokov”) está bordado con un galón y tres estrellas, que representan la virginidad antes, durante y después del parto, según el dogma cristiano. Sus ojos son tristes y profundos. Inclina su cabeza hacia el Niño, que parece decirle: “No llores, Madre”.
      Esta imagen lo es al mismo tiempo de la Iglesia, porque ella lleva al mundo la salvación, a la vez que la espera, la confiesa y la contempla, mirando a la resurrección que viene después de la Cruz. La Iglesia se expresa también aquí como comunión íntima de lo divino (el Niño) con lo humano (la Virgen), en lo que N. Cabasilas llama “el amor loco de Dios”. Por eso se la considera también un icono eucarístico.
     Parece que Rublev, en su célebre icono de los tres ángeles, copió la actitud del Padre de esta Virgen triste e inclinada hacia su Hijo, como recuerdo de su corazón traspasado por una espada de dolor.
     Contemplando esta imagen escribe Evdokimov: "El rostro de la Madre habla del amor maternal; sus ojos grandes, abiertos al infinito, están al mismo tiempo vueltos hacia dentro; nos sentimos en los 'espacios del corazón' de la Virgen" (L'art de l'icon, p. 223).
     En efecto, como sucede con los iconos de los santos, los ojos de la Virgen están agrandados por la visión del Señor y su salvación; están “vigilantes” para ser fieles al amor de Dios y de los demás. La frente está despejada (aquí oculta tras el velo), como reflejo del Espíritu Santo y la Sabiduría. La nariz y el cuello se alargan porque significan el “buen olor de Cristo” (2 Co 2, 15). Los labios están cerrados por el silencio de la contemplación; la boca es pequeña porque no necesita tanto alimento terreno. Las orejas también pequeñas y como metidas hacia dentro, porque están oyendo los mandatos del Señor, su “voz interior” (M. Quenot). 
     A la vez, el Niño parece decir al espectador: "Ahí tienes a tu Madre".


*     *     * 

     Siempre es tiempo para reflexionar sobre el amor a la Iglesia. No una Iglesia puramente celeste, que sería una abstracción inexistente; sino la Iglesia real que también peregrina en este mundo, tal como el Concilio Vaticano II quiso subrayar. La Iglesia, familia de Dios, constituida por todos los cristianos a raíz del bautismo. A ella están orientados, según sus diversas situaciones, también los creyentes no cristianos, y, más aún, todas las personas de la tierra.


La Iglesia, matriz de la existencia cristiana

     Hace cierto tiempo volví a encontrar un texto de Yves Congar –el eclesiólogo más importante del siglo XX, fallecido en 1995–, que yo había perdido y buscado repetidamente sin éxito. Publicado en una época de crisis, forma parte de un libro cuyo título traducido literalmente es: “En medio de las tormentas” (1969). De ese texto tomo prestado ante todo el título de estas líneas.
      La Iglesia es madre, como les gustaba considerar a los grandes autores cristianos de los primeros siglos. A ella, escribió Guardini, y no al cristiano considerado particularmente, pertenecen esos signos eficaces de la salvación que son los sacramentos. A ella pertenecen las formas y las normas de esa nueva existencia que comienza en la pila bautismal, como comienza la vida en el seno materno. Ella es el principio y la raíz, el suelo y la atmósfera, el alimento y el calor, el todo viviente que va penetrando la persona del cristiano. Es a la Iglesia –seguía explicando Guardini– y no al individuo, a quien se le confía la existencia cristiana, que comprende una enseñanza divina, un misterio (¡Cristo!) que se celebra en la liturgia y una vida orgánica y jerárquicamente estructurada. Es a la Iglesia a quien Dios le confiere “la fuerza creadora capaz de transmitir y propagar la fe”.
     Joseph Ratzinger, en un texto de 1971 titulado “Por qué permanezco en la Iglesia”, señalaba que una mirada demasiado concentrada a los “problemas” de la Iglesia –como quien mira un trozo de árbol al microscopio– puede impedirnos verla en su conjunto y por tanto captar su sentido. Quizá nos fijamos demasiado en su “eficacia”, según los objetivos particulares que cada uno se propone (y así cada uno se fabrica “su” iglesia). Nos fijamos demasiado en sus aspectos organizativos e institucionales, más bien con los criterios de la sociología. A ello puede añadirse la crisis de fe. Pero a la Iglesia sólo se la entiende desde la perspectiva del Espíritu Santo como protagonista principal de la salvación realizada por Cristo de parte del Padre. También los escritores cristianos gustaban de comparar a la Iglesia con la luna. Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella, siendo solamente otra tierra, recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.


La Iglesia, criatura de Dios para salvar al hombre

     Y así, por los caminos y los límites del simbolismo cristiano, llega Ratzinger a decir: lo que importa no es la imagen que cada uno nos hacemos de la Iglesia, sino que la Iglesia es de Dios. Y por eso afirma: “Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino SUYA”. Sólo por medio de la Iglesia puedo yo recibir a Cristo “como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora”. Por medio de ella, Cristo está vivo y permanece entre nosotros “como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad”. No se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, lo mismo que la fe se recibe a través de otros. Por eso una Iglesia que fuera una creación mía e instrumento de mis propios deseos, sería una contradicción. Todo ello pide antes que nada la fe en Cristo como Dios: “Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo”. De ahí surge la fe en que la Iglesia es el camino de la salvación: “Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre”.
      ¿Pero no es salvar al hombre toda lucha contra el dolor y la injusticia?, se pregunta. Cierto, pero esa lucha sólo puede llevarse a cabo mediante el dominio de sí y el esfuerzo por cumplir con los deberes conocidos y los compromisos adquiridos. En definitiva, todo depende de la verdad y del amor. Y el amor no es estático ni acrítico, pero la única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a una persona es amarla y sufrir por ella.


Comprometerse para redescubrir la Iglesia

      Por eso concluye el teólogo alemán: “Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe”. Es cierto que la historia testimonia debilidades, y pecados, de los cristianos. Pero también testimonia la realidad de la Iglesia como un foco inmenso de luz y de belleza: la multitud de los cristianos que han mostrado la fuerza liberadora de la fe.
      La Iglesia es madre y es hogar. “El hombre –escribía Congar– es un todo y se inserta en un hogar por su sensibilidad y su corazón tanto como por sus ideas”. La Iglesia, nacida del corazón abierto de Jesús en la cruz, ha comenzado a vivir antes que nosotros, y así es posible que nosotros vivamos por ella. Por eso los cristianos deberíamos decir con el ilustre teólogo francés: “Estoy infinitamente agradecido a la Iglesia de haberme hecho vivir, de haberme, en el sentido más fuerte de la palabra, educado en el orden y la belleza”. 

La primera versión fue publicada en 
www.religionenlibertad.com, 2-VIII-2008,
y reproducida en el libro "El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010

jueves, 10 de febrero de 2011

Grandeza de la compasión

Matthias Grünewald, La crucifixión (1512-1516)
(ver a más resolución)


Matthias Grünewald fue un pintor que pasó bastante inadvertido en su tiempo. A principios del s. XVI realizó una escena de la crucifixión para el retablo de un altar en Isenheim, Alsacia. De esa pintura escribió Joseph Ratzinger en 1999 que es “el cuadro de la crucifixión más conmovedor de toda la cristiandad”.
     La Virgen sostenida en los brazos de San Juan y la Magdalena que eleva sus manos y las retuerce por el dolor, con el vaso de alabastro a sus pies, están los tres a nuestra izquierda.
    A la derecha Juan Bautista mira al espectador y le señala al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; sobre su brazo están escritas las palabras: “Conviene que el crezca y que yo disminuya"; a sus pies, un pequeño cordero lleva una cruz y derrama su sangre sobre el cáliz.
     Este cuadro se encontraba en un convento donde iban a parar los enfermos afectados de las epidemias de peste bubónica durante la baja Edad Media. “El crucificado -señala Ratzinger- está representado como uno de ellos, torturado por el mayor dolor de aquel tiempo, el cuerpo entero plagado de bubones de la peste. Las palabras del profeta cuando dijo que en él estaban nuestras heridas, encontraron su cumplimiento. Ante esta imagen rezaban los monjes, y con ellos los enfermos, que encontraban consuelo al saber que, en Cristo, Dios había sufrido con ellos. Este cuadro hacía que a través de su enfermedad se sintiesen identificados con Cristo, que se hizo una misma cosa con todos los que sufren a lo largo de la historia; experimentaron la presencia del crucificado en la cruz que ellos llevaban, y su dolor les introdujo en Cristo, en el abismo de la misericordia eterna. Experimentaron la cruz que debían soportar como su salvación” (J. Ratzinger, H.U. von Balthasar, L. Giussani y J.H. Newman, Via crucis, ed. Encuentro, Madrid 1999, p. 14).      

*     *     * 

Dice el diccionario del castellano que la compasión es el “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. Al margen del diccionario hay actualmente otro uso menos correcto del término, más aún, contrario a él, cuando se vincula la pena o la compasión a cierto desprecio. Así cuando alguien le dice a otro: “me das pena” o “eres patético”, en el sentido de “me saca de quicio tu debilidad”. En este caso lo importante no es la situación del débil o del enfermo, sino el sentimiento molesto, experimentado por el que habla. En esa medida este uso manifiesta egoísmo, individualismo e inhumanidad.
     La verdadera compasión hacia el que está necesitado se espera de toda persona, porque compadecerse es propio de la “humanidad”. Ser capaces de compadecer nos hace solidarios con los demás, acrecienta la mente y el corazón, nos hace más grandes. Los verdaderos “grandes” de todos los tiempos han sido los misericordiosos, los capaces de experimentar una auténtica compasión. Ésta se olvida del incomodo, del malestar o del disgusto que se puede sentir ante quien perturba con su dolor el propio aburguesamiento. La verdadera compasión mueve no solo al sentimiento sino a la acción; y puede llevar a la entrega de la propia vida, con detalles concretos y a diario, por el otro.
     Esto es así porque, ante todo, la compasión es una característica esencial de Dios y su obrar. De hecho, como ha señalado Benedicto XVI “solo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe”.
     Lo subraya de nuevo en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, de este año 2011. Unas palabras de la Primera Carta de San Pedro enuncian el tema que se ha propuesto: "Por sus llagas habéis sido curados" (1Pe 2,24). El Papa observa que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38).
     Con su resurrección –sigue explicando– Jesús no ha quitado el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz por medio de su amor. Y evocando a San Bernardo, afirma: “Dios, la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder com-padecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre”.
     En el mismo mensaje, mirando a su cita con los jóvenes en Madrid, el próximo agosto, les dirige unas palabras sobre el dolor. Admite que, con frecuencia, la Pasión y la Cruz de Jesús dan miedo, porque parecen la negación de la vida. “¡En realidad, es exactamente al contrario! La Cruz es el ‘sí’ de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna. Del corazón atravesado de Jesús ha brotado esta vida divina. Solo Él es capaz de liberar el mundo del mal y de hacer crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al que todos aspiramos”. Por todo ello invita a los jóvenes a saber reconocer a Jesús en la Eucaristía y al mismo tiempo en los pobres, los enfermos y los necesitados.
     Y a los enfermos les confía: “Sentid la cercanía de este Corazón lleno de amor y beber con fe y alegría de esta fuente, rezando: ‘Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, fortifícame. Oh buen Jesús, escúchame. En tus llagas, escóndeme’ (Oración de san Ignacio de Loyola)… Junto a él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza como Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos”.
     También San Juan de Ávila y otros santos comprendieron y vivieron esa cercanía con las llagas de Cristo. Desde los años treinta aconsejaba San Josemaría: “Métete en las llagas de Cristo Crucificado. –Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los hombres” (Camino, 288). 
     En el Ángelus del domingo 6 de febrero, el Papa resumía el sentido de la redención obrada por Cristo: “Dios se opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza”. Así se ilumina, para los cristianos y todos los hombres, la actitud fundamental ante los enfermos y necesitados: “Según la fe y la razón, la dignidad de la persona es irreducible a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar, y por tanto no disminuye cuando la propia persona es débil, inválida y necesitada de ayuda”.  
     Quizá por eso decía Teresa de Calcuta que la mayor miseria consiste en no saber amar. Los ciegos y sordos ante las necesidades de los demás, de los enfermos y de los pobres, los que miran para otro lado y solo se preocupan de sí mismos, sí, esos también deben suscitar compasión de la buena. 

(Una primera versión fue publicada en www.cope.es, 8-II-2011)

martes, 8 de febrero de 2011

El “YouCat” y la sinfonía de la fe



En un gesto sin precedentes, la próxima Jornada Mundial de los Jóvenes (Madrid 2011) contará con un nuevo instrumento aconsejado por Benedicto XVI para ayudarles a conocer y vivir la fe cristiana: el “Youcat” o “catecismo” para jóvenes, un libro que el Papa nos ofrece también a todos.


El Catecismo de la Iglesia Católica, referencia para la fe

    En el prefacio (difundido el 2-II-2011 por el Osservatore Romano; ver  traducción al castellano) Benedicto XVI expone por qué y cómo se ha hecho este texto. Comienza remontándose al Catecismo de la Iglesia Católica. Con sencillez y claridad les cuenta a los jóvenes cuál fue el motivo para su publicación, a comienzos de los años noventa: “Muchas personas ya no sabían correctamente qué debían creer propiamente los cristianos, qué enseñaba la Iglesia, si ésta podía enseñar algo tout court, y cómo todo esto se podía adaptar al nuevo clima cultural”. Muchos creyentes, incluso cristianos se hacían, como también hoy, estas preguntas: “¿El Cristianismo en cuanto tal no está superado? ¿Se puede aún hoy razonablemente ser creyente?”
    Juan Pablo II decidió entonces que los obispos de todo el mundo escribieran un libro sobre la fe: “Este libro debía llevar el título tradicional de Catecismo de la Iglesia Católica, y con todo ser algo absolutamente estimulante y nuevo; debía mostrar qué cree hoy la Iglesia católica y de qué modo se puede creer de forma razonable”. Así pues había una preocupación fundamental por presentar la (única) fe cristiana, de un modo actual y razonable.
    Reconoce Benedicto XVI que al principio dudaba de si esa tarea podría llevarse a cabo, sobre todo por la cuestión de la unidad de la fe: “¿Cómo podían hombres que viven en continentes diversos, y no solo desde el punto de vista geográfico, sino también intelectual y cultural, producir un texto dotado de una unidad interna y comprensible en todos los continentes?” Máxime teniendo en cuenta que los obispos debían escribir en representación de toda la Iglesia. También hoy (como ha dicho otras veces) le parece un milagro haberlo conseguido.


Unidad y diversidad de la fe cristiana: “la partitura común de la fe”


    Y es que la unidad de la fe debía compaginarse con la diversidad en las expresiones de la fe (como también existen diversidades legítimas en las formas de celebrar los sacramentos y en la vida cristiana).
     De un modo gráfico, señala el Papa que, ya en el tiempo de la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica, “tuvimos que constatar no sólo que los continentes y las culturas de sus pueblos son diferentes, sino también que dentro de cada sociedad existen ‘continentes’ distintos: el obrero tiene una mentalidad distinta de la del campesino, y un físico distinta de la de un filólogo; un empresario distinta de la de un periodista, un joven distinta de la de un anciano”. Y argumenta que, “por este motivo, en el lenguaje y en el pensamiento, tuvimos que ponernos por encima de todas estas diferencias, y por así decirlo, buscar un espacio común entre los diferentes universos mentales”. Una consecuencia más: “Con ello fuimos siendo cada vez más conscientes de que el texto requería ‘traducciones’ en los diversos mundos, para poder llegar a las personas con sus diferentes mentalidades y problemáticas distintas”.
     Notemos que, al decir esto, no se refiere solo a las traducciones a los idiomas correspondientes, sino a las diversas culturas y mentalidades; una traducción que corresponde a las Iglesias locales, es decir a los obispos de cada lugar y, después, a los catequistas, los educadores, etc., para que transmitan los contenidos de la fe acercándolos a quienes de ellos dependen.
    Con nuestras palabras, cabría señalar que el Catecismo de la Iglesia católica se planteaba en el nivel de una “inculturación general o universal”, que requería después mediaciones para los diversos lugares, edades, etc.
    Por último explica el Papa cómo es el Catecismo de la Iglesia Católica, su sencilla estructura, que recoge la experiencia de siglos en sus cuatro partes:  “Qué creemos / de qué forma celebramos los misterios cristianos / de que modo tenemos la vida en Cristo / de que forma debemos rezar”. Aunque, como todo producto humano puede mejorarse, entiende que “se trata de un gran libro, un signo de unidad en la diversidad. A partir de muchas voces se pudo formar un coro pues teníamos la partitura común de la fe, que la Iglesia nos ha hecho llegar desde los apóstoles, a través de los siglos, hasta hoy”. 

     El Catecismo de la Iglesia Católica se publicó por vez primera en 1992. En el año 2005 se hizo el Compendio del mismo Catecismo, destinado a facilitar su conocimiento y estudio (más información en C.-J. Alejos Grau, editora, "Al servicio de la educación en la fe: el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica", ed. Palabra, 2007) . 
 

El “YouCat”, cómo y por qué
 
    ¿Cómo y por qué se plantea ahora hacer un “catecismo para los jóvenes”? Todo comenzó al contemplar cómo “en las Jornadas Mundiales de la Juventud (Roma, Toronto, Colonia, Sydney) se han encontrado de todo el mundo jóvenes que quieren creer, que están a la búsqueda de Dios, que aman a Cristo y desean caminos comunes”. 



    En este contexto surge la pregunta de “si no deberíamos intentar traducir el Catecismo de la Iglesia Católica a la lengua de los jóvenes y hacer penetrar sus palabras en su mundo”. Y a renglón seguido añade: "Naturalmente también entre los jóvenes de hoy hay muchas diferencias". Y así, bajo la guía del arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, que fue el coordinador del Catecismo de la Iglesia Católica, se ha realizado "un Youcat para los jóvenes". “Espero –dice el Papa– que muchos jóvenes se dejen fascinar por este libro”.
    Al llegar a este punto recoge Benedicto XVI una crítica: “Algunas personas me dicen que el catecismo no interesa a la juventud de hoy”. Y como pensando en voz alta, responde: “Pero yo no creo en esta afirmación y estoy seguro de que tengo razón. Ésta no es tan superficial como se la acusa de ser; los jóvenes quieren saber en qué consiste de verdad la vida. Una novela criminal es irresistible porque nos implica en la suerte de otras personas, pero que podría ser también la nuestra; este libro es irresistible porque nos habla de nuestro propio destino y que por ello nos afecta de cerca a cada uno de nosotros”.
    Leyendo esto me acordaba de un profesor que decía a sus alumnos que las novelas policíacas son un buen antídoto contra el relativismo: porque tratan de lo que ha sucedido “de verdad”, aunque alguien lo quiera ocultar o tergiversar; pero la verdad puede ser descubierta, y eso puede ser, en efecto, fascinante.


Invitación del Papa a los jóvenes

    Con tales presupuestos, el Papa invita a los jóvenes con la sencillez de un padre y un amigo: “¡Estudiad el Catecismo! Este es mi deseo de corazón”. Y les dice que este texto no quiere adularles; más bien les presenta un reto: “No ofrece soluciones fáciles, exige una vida nueva por vuestra parte; os presenta el mensaje del Evangelio como “la perla preciosa” (Mt 13,45) por la cual es necesario dar cualquier cosa. Por esto os pido: ¡estudiad el Catecismo con pasión y perseverancia!”.
    Consciente de que les puede costar cierto esfuerzo estudiarlo, pero que vale la pena, les anima: “¡Sacrificad vuestro tiempo por ello! Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo entre dos, si sois amigos formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas en Internet. ¡Continuad de todas las formas posibles el diálogo sobre vuestra fe!”.
    Todavía alguno se preguntará por qué vale la pena. Incluso puede haber quiénes piensen que basta con tener un conocimiento superficial de la fe, que lo importante es “la vida”; o que hay que apresurarse para afrontar directamente los problemas actuales y estar abiertos a los grandes progresos de nuestro tiempo.
    Precisamente por todo eso es importante y necesario conocer la fe cristiana: “Debéis conocer aquello que creéis; debéis conocer vuestra fe con la misma precisión con la que un especialista en informática conoce el sistema operativo de un ordenador; debéis conocerla como un músico conoce la pieza; sí, debéis estar profundamente enraizados en la fe de las generaciones de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y decisión en los desafíos y las tentaciones de este tiempo. Necesitáis la ayuda divina, si vuestra fe no quiere secarse como una gota de rocío al sol, si no queréis sucumbir a la tentación del consumismo, si no queréis que vuestro amor se ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y de violencia”.
    No oculta el Papa la presencia del pecado también el interior y en el corazón de la Iglesia. Sin embargo, aconseja a los jóvenes con claridad: “No uséis esto como pretexto para huir de la mirada de Dios, ¡vosotros mismos sois el cuerpo de Cristo, la Iglesia! Llevad el fuego intacto de vuestro amor en esta Iglesia cada vez que los hombres le han oscurecido el rostro. ‘Con solicitud incansable y fervor de espíritu, servid al Señor’ (Rom 12,11)”.
    Y, para terminar, no lo hace disminuyendo la intensidad de su apelación. Al contrario, les pone ante la responsabilidad personal de la llamada divina: “Cuando Israel estaba en el punto más oscuro de su historia, Dios llamó no a las personas importantes o consideradas, sino a un joven llamado Jeremías, el cual se sintió desbordado por una misión demasiado grande: ‘Yo respondí: ¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven’. (Jer 1,6). Pero Dios no se dejó engañar: ‘El Señor me dijo: No digas: Soy demasiado joven, porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene’ (Jer 1,7)".
    Una muestra más de la solicitud del Papa por la Iglesia y de su cariño por los jóvenes. Aunque no sea un documento del Magisterio de la Iglesia, el YouCat es un instrumento que puede ser  muy útil para la formación de todos. Una partitura para interpretar la sinfonía de la fe en un momento crucial de nuestra historia. 


 


Una primera versión, más breve, fue publicada en
www.analisisdigital.com, el 8-II-2011

domingo, 6 de febrero de 2011

El esplendor de la belleza



     Andrei Rublev, Icono de la Trinidad (1422-1428)

¿A qué se refiere Dostoievsky –cristiano y ruso– cuando dice que “la belleza salvará al mundo”? ¿De qué belleza se trata?


La belleza salvadora

 Más allá de la belleza del cosmos y de las formas materiales o corporales, e incluso de la belleza como propiedad de lo amable que eleva el espíritu, según Joseph Ratzinger (Rimini, 2002) la verdadera belleza es “la belleza redentora de Cristo”, la belleza de la fidelidad que acepta el dolor y el misterio de la muerte como don de la vida. En el extremo opuesto a la falsa belleza (que encierra al hombre en sí mismo y en sus ansias de poder, de posesión y de mero placer), la verdadera belleza “despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo”.
     Pues bien, además de esa belleza originaria, que se manifiesta en Cristo y sobre todo en la Eucaristía, para el cristianismo oriental –que incluye el ruso– hay dos principales imágenes de la belleza: los iconos y los santos.


Los iconos

     En los iconos se representa la vida de Cristo o de los santos. Dice San Juan Damasceno (s. VII) que son libros que proclaman el Evangelio sin palabras, pues, para la fe, la vista es tan importante como el oído. (Los apóstoles no sólo oyeron, sino que vieron al Señor, por lo que su mensaje no debe ser sólo oído sino también contemplado). Los iconos están hechos a base de oración, y cuando se contemplan en esa perspectiva, impulsan a buscar las virtudes ahí representadas. Esto podría decirse de las imágenes del arte cristiano (por ejemplo las que figuran en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). En un sentido aún más amplio también podría aplicarse al arte, porque, según Guardini, la auténtica obra de arte interpela la interioridad del contemplador y abre a la trascendencia. ¿Quién no ha experimentado algo así ante un buen cuadro, una buena película o una buena pieza musical?


Los santos

     Al lado de los iconos o las imágenes, están los “iconos vivos” que son los santos. No sólo los santos que ya están en el cielo, sino también los que procuran ser santos en la tierra. Ellos son, en efecto, según San Pedro, “piedras vivas” del templo espiritual que es la Iglesia. De ahí que todo cristiano es como un iconógrafo: está llamado a hacer de su vida una obra de arte, que haga presente de modo vivo lo más bello (el amor de Dios a la humanidad) y anime a difundirlo.
     Contemplando a Cristo –decía Benedicto XVI en 2007 con palabras de San Gregorio de Nisa– cada uno se convierte en “el pintor de su propia vida”, sin olvidar, añade el Niseno, que Cristo está especialmente presente en los pobres, según sus mismas palabras y voluntad.
     Los santos de todos los tiempos han anhelado la contemplación del rostro de Cristo. Al principio del nuevo milenio escribía Juan Pablo II que, desde esa contemplación, los cristianos han de transformarse por dentro y transformar la sociedad en la que viven, mediante el amor y la justicia.


Los cristianos, imágenes de la belleza

     De este modo los cristianos deben ser imágenes de la belleza, que invitan a descubrir la conexión entre la verdad y el amor, es decir la belleza del bien. Y no sólo ellos. También de alguna manera todas las personas de buena voluntad, que pueden caminar en su vida corriente hacia los valores más altos. Esas “imágenes” de los valores cristianos y humanos nobles podrán ser narradas o grabadas, fotografiadas o pintadas, esculpidas y también filmadas y cantadas, representadas y difundidas a través de la gran diversidad de géneros del arte y la comunicación que la cultura actual pone a nuestro alcance.
     En su carta a los artistas (1999), Juan Pablo II cita al poeta polaco Cyprian Norwid: “La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir”. Entre muchos artistas que manifestaron con su arte la belleza de la fe, nombra también a Paul Claudel y Marc Chagall, Dante Alighieri, Miguel Angel, Bernini y Borromini, Palestrina, Händel y Bach, Mozart, Schubert, Beethoven y Verdi.


Hacer de la propia vida una obra de arte

     Queda claro que no se trata sólo de grandes genios o figuras: “A cada hombre –escribe Juan Pablo II– se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra”. Porque en toda inspiración auténtica hay un soplo divino de aquél Espíritu que es “el misterioso artista del universo”.
     Cuando Andrei Rublev (en la película de Tarkovsky, 1966) lleva ya mucho tiempo sin pintar iconos, su viejo amigo Cyril le ruega que vuelva a ejercitar su arte para gloria de la Trinidad: “No hay pecado más terrible que dejar morir el don divino”. Y al final de El Festín de Babette (Gabriel Axel, 1987), la gran cocinera cita a uno de sus amigos: “Por todo el mundo resuena el grito del corazón del artista: ¡Permíteme hacer todo aquello de que soy capaz!”

    El trailer de la película se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=RsIgPVLChW8

     En Rímini-2002, afirmaba el cardenal Ratzinger: “Estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello”. También por eso hoy es muy necesaria la formación litúrgica.

Una primera versión se publicó en www.analisisdigital.com, 24-VIII-2008
Reproducido en el libro
“Al hilo de un pontificado: el gran ‘sí’ de Dios”, ed. Eunsa, 2010

sábado, 5 de febrero de 2011

Practicar la fe

En una de las escenas de la película “El Señor de los anillos” (P. Jackson, 2001-2003), al final de la segunda parte ("Las dos torres"), Sam le dice a Frodo que por fin lo ha entendido. En las historias que realmente importan, los protagonistas siguen adelante sin rendirse,, "porque todos luchan por algo". "¿Porqué luchas tú, ahora?" –le pregunta Frodo–, y Sam le responde, después de levantar a su amigo caído:  "Para que el bien reine en este mundo". "¡Se puede luchar por eso!"


            Ser cristiano no es ninguna teoría. Supone una fe –fiarse de Dios– y una lucha, que es una lucha de amor y de paz; una lucha de cada uno consigo mismo, para abrirse a Dios y a los demás. Por eso no tiene ningún sentido la fe si no se "vive".
Con frecuencia se oye decir: “Creo pero no practico”. Si se pregunta por el significado concreto de estas palabras, el encuestado responderá que acepta la existencia de un ser transcendente, incluso de un Dios personal; pero que no reza –al menos como entiende que la Iglesia prescribe–, no va a Misa, no se confiesa, etc. Y así se ha extendido esa expresión, que tiene su sentido a la vez que encierra una contradicción, no percibida por el que la sostiene.
            Y es que “practicar” la fe cristiana supone ciertamente la oración y los sacramentos, pero no sólo eso. Practicar la fe abarca el amor a Dios y el amor al prójimo, dar culto a Dios y servir a los demás con la caridad y la justicia.
            En uno de sus sermones exhorta San Agustín: “Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos (en la iglesia)…Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara” (Sermón 23A). Y añade que la vida cristiana, como la de Jesús, se fundamenta en dos actitudes: la humildad y la acción de gracias.
            La humildad lleva, en efecto, a morir a uno mismo para dar la vida a otros. Y la acción de gracias (eso significa Eucaristía) se ofrece a Dios Padre como culto, a la vez que se traduce en servicio por el bien de todos: damos gracias a Dios que nos ha salvado y manifestamos nuestro agradecimiento preocupándonos, con hechos, por los demás.
            “Vivamos, por tanto, dignamente –concluye San Agustín–, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado”.
            En definitiva, practicar la fe es ese “vivir dignamente, ayudados por la gracia”. Por tanto, no la  practica quien no vive los sacramentos, y tampoco la practica quien no se preocupa por las necesidades materiales y espirituales de los demás.
            “Practicar la fe” es amar a Dios sobre todas las cosas, muriendo al egoísmo y al pecado (la búsqueda del bienestar o del poder a toda costa; ponerse a uno mismo en el centro, ocupando el lugar de Dios). Y al mismo tiempo –con y como Cristo– traducir ese amor en el amor al prójimo. Y esto, en concreto, comenzando por los que nos rodean, en el ambiente de trabajo, en la familia, en las relaciones sociales y culturales.
            De esta manera “la práctica de la fe” es, sencillamente, la vida cristiana bien “vivida”, tal y como la pueden y deben ejercitar la mayor parte de las personas, en medio de la calle. La fe lleva a la oración y a los sacramentos, y “fructifica” en el trabajo por el bien material y espiritual de todos, especialmente de los más necesitados.
            Sólo así se comprueba que la fe es luz –que asume también la razón– y fuerza que sostiene al cristiano, tanto en las situaciones más comunes como en las más difíciles y extraordinarias de su vida.
            Un ejemplo de ello se ve en la película “Prueba de fuego” (Fireproof, A. Kendrick, 2008). Queda claro que la oración y el sacrificio unidos a Cristo son eficaces ante las crisis.    
                Esto es verdad sobre todo cuando la existencia gira en torno a la Eucaristía.
            La fe no es un conjunto de teorías, ni tampoco un manojo de sentimientos ni un código de reglas, sino una Vida y un amor, que Dios nos ha entregado en Cristo por la gracia del Espíritu Santo, para que nosotros nos entreguemos por el bien de los demás.   Según el apóstol Santiago, la fe sin obras es una “fe muerta”. Practicar la fe es “vivir la fe” y “vivir de fe”. Según Benedicto XVI, la fe lleva a ponerse al servicio del mundo, con el amor y la verdad (cf. encíclica Caritas in veritate, n. 11).


(versión ampliada de un texto publicado en www.cope.es, 3-IX-2010)

jueves, 3 de febrero de 2011

La formación cristiana: prioridades y proporciones



En plena crisis cultural, cuando en Europa –por ejemplo en España– se quiere encerrar a la religión en el ámbito privado, ¿es posible abrir el debate público a la religión, como es normal en Estados Unidos?


Nostalgia de identidad cristiana en la vieja Europa

     El obstáculo para lograrlo parece consistir en la característica “hipercrítica” de nuestra vieja Europa, secularizada por la modernidad hasta el punto de que ha conseguido eclipsar la educación religiosa más básica. Y por eso muchos cristianos están desarmados –¿o acomplejados?– ante las propuestas del laicismo combativo.
     No es ajeno a esto el hecho de que, en una buena parte de los educadores y formadores europeos –fascinados ante la “apertura al mundo” que creían ver en el Concilio Vaticano II–, haya primado en exceso la “adaptación” o la “conciliación” con la cultura ambiente, descuidando la identidad cristiana. Y ahora resulta que hay jóvenes cristianos –y no tan jóvenes– que demandan ese refuerzo de su identidad. Han pasado de un cristianismo de “pertenencia”, que se daba por supuesto hace décadas, a un cristianismo que necesita de “convicciones” para vivir y respirar, y no encuentran quiénes les ayuden a conciliar su fe con su razón. Quizá pueda educárseles como “contestatarios”, pero hay que cuidar de no abandonarlos en el voluntarismo y el fideísmo, primos-hermanos del fundamentalismo.


Lo básico es previo a lo crítico, la identidad es antes que el diálogo

     La cuestión está en que lo “básico” –los verdaderos fundamentos de la vida cristiana que se integran perfectamente con la razón, aunque la superen: la oración y los sacramentos, la gracia  y las virtudes, el combate contra el pecado, la vida eterna– es previo a lo “crítico”, y la identidad es previa al diálogo. Esto no quiere decir que la dimensión crítica y dialógica del cristianismo deban desaparecer, y quedar encerradas en las paredes de las casas o de los templos, permaneciendo ausentes del debate público. No. Sólo quiere decir que son momentos “segundos” respecto a lo primero: la identidad, lo básico. Cuando alguien no sabe quién es o a qué ha venido, es difícil que pueda aclararse en la maraña del mercado de opiniones e ideologías.
     Todo esto es lo que plantea agudamente Mons. Jean-Louis Bruguès –secretario de la Congregación para la Educación Católica– en un texto publicado en el “Osservatore Romano”, el 3 de junio de 2009. El texto se refiere a la formación de los seminaristas, pero vale para todos. Lo que propone es “una formación teológica sintética, orgánica y que apunte a lo esencial”, la primacía de lo básico y “la renuncia a una formación inicial signada por un espíritu crítico… y por la tentación de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a estos jóvenes el necesario background cultural”. En otros términos, añade, “yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que los detalles, la arquitectura más que la decoración”.


Redescubrir el Catecismo de la Iglesia Católica

     Para esta tarea, señala como referente principal el Catecismo de la Iglesia Católica. Quizá alguien esté tentado de pensar: ¡vaya descubrimiento, el catecismo de nuestras bisabuelas! Pues sí, el catecismo como sabio instrumento de transmisión de la fe. Pero no un catecismo cualquiera, sino el que la Iglesia Católica (con su Compendio) propone para el siglo XXI. Este Catecismo contiene cuanto el Concilio Vaticano II consideró importante para explicar la fe en nuestro tiempo; lógicamente, con las mediaciones necesarias de las familias, los catequistas y los formadores. Por eso hay que considerar la propuesta de Mons. Bruguès como una aportación luminosa en el momento actual, que vale la pena redescubrir por parte de todos los que tenga a su cargo la formación. 


Una nueva formación para una nueva situación

     Concluye Mons. Bruguès que los formadores deben “asegurar armoniosamente”, en primer lugar, “el paso de una interpretación del Concilio Vaticano II a otra” (es decir, pasar desde aquella fascinación ingenua por la “apertura al mundo”, a una toma de conciencia de los desafíos actuales). Y en segundo lugar, también probablemente es necesario asegurar el paso “de un modelo eclesial a otro” (o sea, desde una “pertenencia” que se daba por supuesta, a una “convicción” que se busca, se mantiene y se acrecienta con el esfuerzo de la razón, de la experiencia de la fe vivida y de la comunión con los demás cristianos).
     Efectivamente, el reto de la formación cristiana está hoy en las prioridades y en las proporciones. Las casas se comienzan por los cimientos. Sobre la base de una formación humana y espiritual adecuadas, hay que guardar íntegro el depósito recibido –la fe y la tradición cristiana– y abrirlo a los desarrollos legítimos y necesarios del pensamiento, de la cultura y de la ciencia, que conservan matrices de raíz cristiana (la igualdad y la libertad, la solidaridad y la responsabilidad, etc.). Y esto constituye, a su vez, la raíz de una formación que sea permanentemente misionera o evangelizadora. Todo ello es condición para un diálogo auténtico entre religión y cultura, y, por tanto, para el progreso como personas y como cristianos. Pero, no lo olvidemos, el primer desafío es “la formación de los formadores”. 


Publicado en www.cope.es, 7-VII-2009
Reproducido en el libro
"Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios",
ed. Eunsa, 2010

miércoles, 2 de febrero de 2011

A los buscadores de Dios



La “Carta a los buscadores de Dios” (Conferencia episcopal italiana, abril de 2009) se dirige tanto a personas creyentes como a otras alejadas de Dios, que quizá lo buscan sin saberlo. También a los que dicen estar cansados de buscar, estancados, resignados o desilusionados.
            El documento se compone de tres partes: una invitación a reflexionar sobre “las preguntas que nos unen”; un testimonio dirigido a dar razón de la esperanza cristiana; y una propuesta a quien mantiene abierta la posibilidad de un encuentro con el Dios de Jesucristo. Aquí sólo nos detenemos en la primera parte: las preguntas de los “buscadores de Dios”.
            Ante todo, somos buscadores insaciables de la felicidad. Pero “algunos han acusado a la tradición cristiana de oponerse al deseo de la felicidad, de mirar demasiado al futuro olvidando el presente. A veces se acusa a los creyentes del precio excesivo que hay que pagar para asegurar la felicidad, o se reprochan los modelos que saben a renuncia, incluso un poco masoquista, presentados para alcanzar la felicidad. Alguno ha llegado a la decisión de deber liberar al hombre de Dios para restituirle el derecho a la libertad”. Pero a la vez son evidentes la fragilidad y los límites de la existencia, que a veces nosotros mismos construimos: cuando priorizamos el tener sobre el ser, nos cargamos de cosas inútiles, o ponemos las cosas por delante de las personas. La experiencia, en todo caso, es que no somos eternos ni omnipotentes, y que los bienes más importantes son la vida y el amor. Queremos vivir pero no estamos demasiado dispuestos a esperar al más allá, y entonces aparece la tentación de la resignación o del cinismo. Y sin embargo, la esperanza tiene que ver sobre todo con la alegría y la unidad, en el corazón –unidad de sentimientos y de proyectos– y en la historia –sentido de los compromisos–…
            ¿Y qué pasa con el amor y los fracasos? Nos damos cuenta de que el amor se origina en el don de sí mismo, que tiene que ver también con la acogida del otro, y con el futuro de una comunión en libertad de los dos. Pero nos da la impresión de que no somos capaces, por la experiencia del afán posesivo, la ingratitud, los deseos de aprisionar al otro. Con todo, seguimos con una nostalgia de un amor infinito… (¿Será una trampa, una mentira de la naturaleza?)


Escena de la película "La Misión" (R. Joffé, 1986)

            Luego está el sentido del trabajo. Quien lo pierde, pierde el sentido de la vida. También se puede caer esclavo del trabajo. Pero se presiente como una responsabilidad heredada, y debida a las generaciones que nos siguen. Percibimos que un enfoque economicista o materialista destruye su dignidad. La perspectiva cristiana señala la necesidad del descanso y de la fiesta; no sólo para recuperar las fuerzas, y seguir trabajando como esclavos. Sino sobre todo como manifestaciones de libertad, como experiencias de comunión en familia y de mejora de las relaciones con los demás y con la naturaleza. Para los cristianos, el domingo es “memorial” de Cristo resucitado y anticipación de la vida futura; liberación de la idolatría del dinero, de la posesión, de la obsesión por el trabajo; y posibilidad para vivir la sobriedad y la solidaridad con los más débiles.
            ¿Por qué no conseguimos la justicia y la paz? Quizá –se sugiere aquí de modo interesante– porque nos faltan en el ambiente cotidiano de las relaciones familiares y sociales, del estilo de vida; porque nos sobra ruido y activismo y nos falta contemplación y respeto a la dignidad de las personas.
            En el fondo de las preguntas por el sentido y la esperanza, está la constatación de que, para alcanzarlos, precisamos de algo por encima de nosotros que nos dé la fuerza para lograrlo: es la pregunta sobre Dios. Pero ese Dios, ¿quién es, dónde está, cómo podemos conocerlo?. Y acertadamente se apunta que “creer no es ante todo asentir a una demostración clara o a un proyecto carente de incógnitas”: no se cree en algo que uno pueda poseer y administrar con seguridad y pacíficamente. “Creer es fiarse de alguien, asentir a la llamada del extranjero que  invita, poner la propia vida en las manos de otro, porque sea el único y verdadero Señor”. Creer no es irracional, pero no creer –sobre todo si se mantiene como una actitud superficial– no es digno de la persona. Por eso hay que decir que no “a una fe negligente o indolente, estática y rutinaria; como también a un rechazo ideológico de Dios, a una cómoda intolerancia, que se defiende evitando las preguntas más verdaderas, porque no sabe vivir el sufrimiento del amor”. Entonces, ¿creer significa perderlo todo y renunciar a todo signo? No, porque eso sería olvidar la misericordia de Dios, manifestada en Cristo (¡en su Corazón!) y en la Iglesia: ahí encontramos el alimento, la luz, el camino: “no para eximirnos de la lucha, sino para darnos fuerza; no para adormecer la conciencia, sino para despertarla y estimularla hacia los trabajos y los días del amor, en que el amor invisible se haga presente”.
            Sin Dios, es difícil el sentido de la vida. Con Él, un continuo desafío. Pero el único fracaso sería cansarse de buscar.

Publicado en www.religionconfidencial.com, 19-VI-2009
Reproducido en el libro "Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios, ed. Eunsa, 2010