sábado, 13 de octubre de 2012

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La misa, oración en el "nosotros" de la Iglesia

W. A. Bouguereau, Piedad (1876)

La liturgia –especialmente la misa, pero también el resto de las celebraciones sacramentales y la liturgia de las horas– es escuela de oración. Y como tal, nos impulsa a salir de nosotros mismos y abrirnos a las necesidades de la familia de Dios en el mundo.

      En la audiencia general del 3 de octubre, Benedicto XVI ha querido que nos preguntemos: “¿Reservo en mi vida un espacio suficiente a la oración? Y, sobre todo, ¿qué lugar ocupa en mi relación con Dios la oración litúrgica, especialmente la santa misa, como participación en la oración común del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia?

La oración es identificarse con Cristo

     En primer lugar se ha detenido en subrayar que la oración cristiana es identificarse con Cristo, ser una sola con él. Y de esta manera “redescubro mi identidad personal, la de hijo auténtico que mira a Dios como a un Padre lleno de amor”.

     Pero, continúa el Papa, “no olvidemos que a Cristo lo descubrimos, lo conocemos como Persona viva, en la Iglesia. La Iglesia es su Cuerpo”. Así como el hombre y la mujer, según el Génesis, están llamados en el matrimonio a ser “una sola carne” (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 30ss.; 1 Co 6, 16s), entre Cristo y la Iglesia hay un vínculo inseparable por la fuerza unificadora del amor. Ahora bien, este vínculo entre Cristo y la Iglesia, “no anula el ‘tú’ y el ‘yo’, sino que los eleva a su unidad más profunda”, a la dignidad de los hijos de Dios en Cristo.

     Esto –observa Benedicto XVI– es lo que va sucediendo poco a poco al participar de la liturgia. Nos sumergimos en las palabras de la Iglesia, con todo lo que somos, y nos vamos transformando en nuestro pensamiento, en el sentimiento y en el querer que coincide cada vez más con la voluntad de Dios.

     De este modo nuestra oración, especialmente en la liturgia, sigue el modelo de la oración que Cristo nos enseñó: el Padrenuestro. Después de la primera palabra, Padre, “el diálogo que Dios establece en la oración con cada uno de nosotros, y nosotros con él, incluye siempre un ‘con’; no se puede rezar a Dios de modo individualista”. Es decir: “En la oración litúrgica, sobre todo en la Eucaristía, y —formados por la liturgia— en toda oración, no hablamos sólo como personas individuales, sino que entramos en el nosotros de la Iglesia que ora. Debemos transformar nuestro yo entrando en este nosotros”.

     Cabría resumir así lo visto hasta ahora: la liturgia es escuela que nos enseña a rezar saliendo de uno mismo y entrando en este “nosotros” que es la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.


Superar el individualismo en favor de la universalidad

     Pero aún hay más, porque el individualismo puede afectar no solamente a personas singulares, sino a grupos o comunidades. También la liturgia les enseña a salir de sí mismas, encerrándose en sus propios esquemas y en sus metas particulares, para integrarse en la gran familia universal de la Iglesia.

     Lo explica el Papa con términos agustinianos: quien celebra la liturgia es el “Cristo total”, Cristo Cabeza con su Cuerpo que es la Iglesia. Por tanto, “la liturgia no es una especie de ‘auto-manifestación’ de una comunidad, sino que es, en cambio, salir del simple ‘ser-uno-mismo’, estar encerrado en sí mismo, y acceder al gran banquete, entrar en la gran comunidad viva, en la cual Dios mismo nos alimenta”.

     Con otras palabras, “la liturgia implica universalidad y este carácter universal debe entrar siempre de nuevo en la conciencia de todos. La liturgia cristiana es el culto del templo universal que es Cristo resucitado, cuyos brazos están extendidos en la cruz para atraer a todos en el abrazo del amor eterno de Dios. Es el culto del cielo abierto”. En consecuencia, la liturgia “nunca es sólo el acontecimiento de una sola comunidad, con su ubicación en el tiempo y en el espacio”.

     En definitiva: “Es importante que cada cristiano se sienta y esté realmente insertado en este ‘nosotros’ ‘universal, que proporciona la base y el refugio al ‘yo’ en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”. No se trata de un “hacer” nuestro o mío, “sino que es acción de Dios en nosotros y con nosotros”.


La liturgia se celebra para Dios, debe ser fiel a la Iglesia, y en ella no hay extranjeros

     Para finalizar, tres consecuencias prácticas. Primera, por esta apertura a la universalidad de la Iglesia, la liturgia –entiende el Papa– “no puede ser ideada o modificada por la comunidad o por los expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal”. En segundo lugar, también por eso “no existen ‘extranjeros’ en la comunidad litúrgica”, que abraza a todos los creyentes de todos los tiempos y lugares. Tercero, cuando nos centramos en cómo hacer que la litugia sea atrayente e interesante, corremos el riesgo de olvidar lo sustancial: “La liturgia se celebra para Dios y no para nosotros mismos; es su obra; él es el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a él y dejarnos guiar por él y por su Cuerpo, que es la Iglesia”.

     Insiste Benedicto XVI: cada día hemos de aprender a vivir la liturgia, especialmente la misa, como oración en el “nosotros” de la Iglesia, “que dirige su mirada no a sí misma, sino a Dios, y sintiéndonos parte de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos”.

     Concluyendo, la liturgia de la Iglesia, sobre todo la misa, es una antítesis del individualismo, singular o de grupo. Nos sitúa en el horizonte de la fidelidad al proyecto universal de la familia de Dios, que Él va realizando con nuestra colaboración.



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