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martes, 20 de septiembre de 2011

Sobre la misión del sacerdote en la Iglesia


Un teólogo de la Universidad de Navarra publica un libro sobre la misión del sacerdote en la Iglesia (entrevista)




El volumen, coordinado por Ramiro Pellitero, tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'.


Ramiro Pellitero, teólogo de la Universidad de Navarra, ha coordinado el libro La misión del sacerdote en la Iglesia (EUNSA). “La obra se dirige a los sacerdotes y los que se preparan para el sacerdocio, pero también a cualquier persona que deseen ahondar en el papel del presbítero en la sociedad contemporánea, en el valor de su servicio, centrado en la Eucaristía, y dirigido a promover la unidad y la vitalidad de la fe cristiana, y el amor entre las personas”, explica el profesor Pellitero.

     El volumen tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'. Recoge las intervenciones correspondientes a esa jornada, seguidos por otros textos que complementan el tema desde diversas perspectivas.
     Las primeras constituyen los cinco primeros capítulos: “Sacerdocio común y sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia” (Pedro Rodríguez), “Identidad del sacerdocio ministerial: la relacionalidad como clave de comprensión” (Santiago del Cura), “La dimensión profética del ministerio sacerdotal” (Rafael Zornoza Boy), “La presidencia litúrgica, elemento constitutivo del ministerio ordenado (Félix María Arocena) y “La unidad de vida en el sacerdote” (Lucas Francisco Mateo-Seco).
     Los segundos son: “‘Ordo Presbyterorum’ y Presbiterios locales” (José Ramón Villar), “La espiritualidad sacerdotal” (Vicente Bosch), “Aspectos fundamentales de la formación para el sacerdocio ministerial” (Tomás Rincón-Pérez), y “La propuesta vocacional como tarea de los sacerdotes” (Ángel Marzoa).

      El profesor Pellitero es capellán de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra y profesor de la Facultad de Teología y del InstitutoSuperior de Ciencias Religiosas (ISCR) del campus pamplonés. Es autor del blog "Iglesia y Nueva Evangelización" (http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com).


*     *     *


-En los tiempos que corren, ¿cuál es la misión del sacerdote?
 
La misión del sacerdote se inscribe en la misión de la Iglesia, que consiste en posibilitar el encuentro de Jesucristo con todas las personas. El sacerdote sirve en primer lugar a los cristianos: predica la Palabra de Dios, preside la celebración de los sacramentos (sobre todo la Eucaristía y el perdón de los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia) y promueve la caridad en todos los ámbitos. Como decía el entonces Cardenal Wojtyla
en 1978, el sacerdote se sitúa en el centro del misterio de Cristo, y desde ahí sirve a la verdadera felicidad de los hombres, que sólo puede encontrarse en el amor a Dios y al prójimo.


-En los últimos años ha habido algunos casos de infidelidad a la Iglesia por parte de sacerdotes, como ocurre con los abusos a menores. ¿En qué medida atentan contra la auténtica identidad del sacerdocio? ¿Pueden llegar a ensombrecerla?


Estos abusos cometidos por sacerdotes son, efectivamente, una gran infidelidad a la Iglesia, y antes que nada a las personas que se les confiaron. Y por tanto deben llevar, como ha señalado el Papa, al arrepentimiento sincero, a reparar el daño causado a las víctimas y, por parte de la Iglesia, a un examen de conciencia sobre la formación y la vida de los sacerdotes.

     Ciertamente, estos sucesos ensombrecen la imagen de los sacerdotes, pero no alteran su identidad. Cristo los escoge no porque sean superhombres, perfectos e intachables; sino porque, siendo de carne y hueso, pueden servirle como ministros. El acceso al sacerdocio va unido a la libre opción del que recibe la llamada de Dios. Esto exige del sacerdote una respuesta a lo largo de su vida. Y esa respuesta se apoya en la honradez humana como base de su empeño por la santidad y de su tarea al servicio a todos. Los valores éticos y las virtudes humanas y cristianas brillan en la gran mayoría de los sacerdotes, que se esfuerzan por ser fieles a su misión, desde el principio del cristianismo. Son hombres que no se han sentido “solterones”, sino que, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, han vivido y viven como “enamorados del Amor, del Hacedor del Amor” (Forja, n. 38).

-Como acaba de decir, este ministerio es un don para servir a los demás. ¿Cuáles son las mayores dificultades con las que se encuentran los sacerdotes para ponerlo en práctica?


En las familias (la Iglesia es una familia), los padres y madres necesitan también de los demás para criar y educar a los hijos; y, como todas las personas cuando caen enfermas o se hace mayores, necesitan de sus hijos. También los sacerdotes necesitan de Dios y de los demás cristianos a quienes ellos deben servir. Los sacerdotes requieren una vida de amistad con Dios (oración) y una formación adecuada, junto con el cariño y el apoyo necesarios para su ministerio. Es una gran responsabilidad de todos los cristianos rezar por los sacerdotes y no dejarles solos. Y es lógico que la sociedad, como se hace en tantos países, reconozca el servicio que los sacerdotes prestan a la educación, a la convivencia y a la paz.

-¿Cómo ha cambiado el cometido de los sacerdotes a lo largo de estos 2.000 años de historia? ¿En qué aspecto se tiene que poner más énfasis actualmente?


Esencialmente la tarea de los sacerdotes, sin la que no existirían la Iglesia ni los cristianos, siempre ha sido la misma: anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos, promover la caridad. En las diversas épocas y culturas se requiere subrayar unos aspectos u otros. A partir del Concilio Vaticano II, en formulación de Juan Pablo II, se redescubre que “el hombre es el camino de la Iglesia”. Esto quiere decir que la Evangelización se dirige a todos los hombres y mujeres, y afecta a todos los ámbitos -espirituales y materiales- de la vida humana.

     Con otras palabras, el anuncio del Evangelio ha de ir acompañado de la promoción humana, pues la persona es un todo compuesto de cuerpo y espíritu y llamado esencialmente a la relación con los demás. Todo esto lo impulsa el sacerdote desde su “lugar”: predicando, celebrando los sacramentos y orientando la vida cristiana de sus hermanos, y así presta un servicio incomparable a la sociedad entera.

     Hoy se ve necesario subrayar el valor de la adoración a Dios (la oración y el culto principalmente en la Eucaristía) y también la preocupación por las necesidades materiales y espirituales de los demás, precisamente como consecuencia de la oración y del culto; en este sentido es fundamental la Doctrina Social de la Iglesia.

-Una de las aportaciones de nuestra era son las nuevas tecnologías. ¿Cree que pueden ser una herramienta útil para los sacerdotes a la hora de predicar el Evangelio?


Como todos los instrumentos humanos que sirven a la comunicación, estas tecnologías pueden ser muy útiles, en la medida en que ayuden “realmente” y no distraigan o entorpezcan la comunicación entre las personas.

     En la tarea sacerdotal, estos medios pueden extender más lejos y antes la Palabra de Dios, aunque no sustituyen la presencia del sacerdote, particularmente en los sacramentos. Pueden servir a la preparación de la fe y mostrar aspectos de la fe que no se expresan fácilmente sólo con palabras que recubren conceptos; pues la fe afecta a todas las esferas de la persona, que vive y reflexiona a partir de sus experiencias, proyectos e ideales, relaciones familiares y sociales, etc.

     Así, estas tecnologías pueden enriquecer la comunicación del Evangelio por medio de imágenes u otros símbolos; por ejemplo, mostrando los frutos de la vida cristiana en las familias, los trabajos, los acontecimientos y el progreso auténtico de las personas y de los pueblos.



(publicado en www.unav.es, 20-IX-2011)

miércoles, 27 de diciembre de 2023

El misterio del templo en el Apocalipsis

(Imagen: belén en la catedral de León, España)

¿Qué es un templo y qué significa? ¿Es lo mismo el templo cristiano que otros templos? ¿Qué tiene que ver el templo con la vida corriente de un cristiano en el día a día? ¿Qué sentido tienen los ritos, los sacrificios, los sacramentos y el sacerdocio en la Iglesia católica? 

Son algunas de las preguntas que se planteaba Yves Congar, cuando escribió, en 1958 un libro que se tituló “El misterio del templo”. En él explica que el plan salvífico de Dios incluye su progresivo hacerse presente en sus criaturas. Y los templos son medios para eso.  

La fase final de ese proceso está expresada en el libro del Apocalipsis. Ahí se describe, de forma bella y dinámica, fuertemente simbólica y a la vez paradójica, que el templo o mejor el “no-templo” (porque se dice que allí no hay templo, o por lo menos no existirá ningún templo como los que históricamente se hayan podido conocer) será entonces la Iglesia.

A la vez, se la describe como una ciudad (la “nueva Jerusalén”) y una esposa…e incluso una familia, formada por una muchedumbre de todas las razas, pueblos y lenguas. 

Sobre todo, el “nuevo templo” es una Persona (Cristo), y lo demás gira en torno a Él, pero no sin nosotros (1). Veamos cómo lo explica el ilustre teólogo francés.


La nueva Jerusalén

“El Apocalipsis, para hablar del templo (…) lo describe con términos e imágenes que se refieren al Templo de Jerusalén. (…)

El Apocalipsis habla de dos templos, uno celeste y otro terrestre. Durante toda una serie de visiones, hay un templo en el cielo en el que algo ocurre, mientras dura todavía la historia terrena y existe incluso un templo sobre la tierra, en el que también ocurren otras cosas. En un momento dado, se nos anuncia el fin de la historia (…); Juan ve producirse el juicio de las Naciones (20, 11-15) y la aparición después de un nuevo cielo y de una nueva tierra (21, 1); la Jerusalén nueva desciende del cielo (21, 2) y queda instaurada entonces una situación nueva por lo que respecta al templo o a la inhabitación de Dios: hay ciertamente una ciudad, Jerusalén, ‘pero templo no vi en ella, pues el Señor, Dios Todopoderoso, con el Cordero, era su templo’ (21,22) (…).

Notemos en esta Jerusalén nueva del Apocalipsis el cumplimiento de los temas mayores del Antiguo y del Nuevo Testamento. Todo halla su recapitulación: ‘La aplicación de Jerusalén como tipo [imagen o símbolo] al estadio final de la obra de Dios entraña la alianza, la elección, el pueblo, la herencia, las doce tribus, los esponsales divinos, la inhabitación divina. Todo está renovado’ (J. Comblin). (…)

domingo, 31 de diciembre de 2023

El fundamental misterio mariano de la Iglesia

(Imagen: Gary Melchers, La Sagrada Familia (1891), Home and Studio. Belmont, Virginia. Descubierta por nosotros en la web del padre Patrick van der Vorst, Christian Art.

Es una de las noches en Belén. María y José están agotados. El Niño es la Luz, no se necesita ninguna otra. Y la puerta está abierta, como invitando a los que quieran bajar los escalones, para descubrir ese misterio de humildad).

En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, cabe reflexionar sobre su relación con la Iglesia. Para ello es útil la tipología. Es decir, la interpretación bíblica que señala ciertas figuras que anticipan, como modelo, otras realidades posteriores. Esta perspectiva, tan propia de los Padres de la Iglesia, procede del supuesto de que Dios anticipó la presencia de Cristo en los acontecimientos, personajes y leyes del Antiguo Testamento. En este sentido, María es una prefiguración y un modelo de la Iglesia.

[María precede a la Iglesia y la prefigura como fuente y mediadora de vida. De una vida que no es sólo la vida sociológica de un pueblo o como la suma de los individuos que lo componen. Es una vida que no procede de la naturaleza, sino que procede de un modo nuevo de Dios uno y trino. Veamos cómo lo explica el teólogo alemán Johann Auer en 1983 (*)].

"Empecemos por dos observaciones preliminares: 1) En este razonamiento se trata preferentemente de una ‘teología tipológica’: María aparece de diversas formas como modelo de la Iglesia y la Iglesia como su imitación. La importancia de María para la encarnación de Cristo se contempla respecto de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que, a su vez, y como sacramento universal de salvación, es fuente y mediadora de nueva vida. 2) A ello hay que añadir que aquí la Iglesia se entiende, incluso en la concepción católica, más que como la vasta realidad sociológica ordenada al pueblo de Dios, pues, como el mismo pueblo de Dios, aparece (sobre todo en la visión evangélica) más que como la suma de los cristianos individuales. 

jueves, 7 de diciembre de 2023

La maternidad espiritual de los cristianos

(Imagen: Abbott Handerson Thayer [Boston, MA, 1892-1893], Una Virgen, Smithsonian institution, Wikipedia commons). El cuadro representa a la esposa del pintor con dos de sus hijos. Según su historia, evoca la figura de María con Jesús y Juan Bautista. De ahí que pueda sugerir la maternidad espiritual de los sacerdotes (y, más aún, de todos los cristianos), según se recoge en la web de la diócesis de Saskatoon, Canada: https://rcdos.ca/).


En el prólogo del libro de K. Delahaye, “Ecclesia Mater en los Padres de la Iglesia de los tres primeros siglos” (*) desarrolla Yves Congar el tema de la maternidad de la Iglesia, vista desde los cristianos mismos. Es decir, los cristianos no solo son hijos de la Iglesia, sino que participan de su maternidad: están llamados a ser espiritualmente “madres”, capaces de engendrar a la Iglesia en otros.


La Iglesia no solo “hace” a los fieles, sino que también “es hecha” por ellos

(Congar se fija en el argumento de san Agustín sobre la unidad de la Iglesia, unidad de amor causada por el Espíritu Santo).

“Si se mira a los cristianos aisladamente, dice Agustín, todos y cada uno son hijos de la Iglesia. Si se los considera en la unidad que forman, en esta unitas cuyo principio es la caridad y el Espíritu Santo, entonces todos ejercen, en y por esta misma unidad, una maternidad espiritual: son ellos, es su unitas la que juzga rectamente, la que perdona los pecados y ejerce el poder de las llaves…, porque esta unidad es el lugar en el que habita y obra el Espíritu Santo. San Agustín va, pues, muy lejos en el camino abierto por la Tradición: no porque empuje en un sentido populista o democrático. Estamos lejos de ello: se trata más bien, en él, de una teología de la unitas o, lo que viene a ser lo mismo, del Espíritu Santo”.

(Desde ahí, subraya Congar que para los Padres, la Iglesia son, sencillamente los cristianos. Y no solo la Iglesia “hace” a los cristianos, cuando los bautiza; sino que también ellos “hacen” la Iglesia. ¿En qué sentido? En cuanto que, por su amor y su oración por los demás, por su apostolado, los cristianos colaboran en “engendrar” a Cristo espiritualmente en otros).

“La Iglesia, para los Padres –observa Congar–, era ‘el nosotros de los cristianos’. K. Delahaye lo muestra abundantemente para los Padres de los tres primeros siglos. (…) Es san Jerónimo quien escribe: ‘La Iglesia de Cristo no es otra cosa que las almas de los que creen en Cristo’ (Tract Ps. 86.). En la eclesiología jurídica de la época moderna, el aspecto según el cual la Iglesia es hecha por los fieles está casi enteramente olvidado en beneficio, prácticamente exclusivo, del aspecto según el cual ella hace a los fieles. A la Iglesia se la ve como la realidad suprapersonal, mediadora de la salvación de Cristo en beneficio de los hombres: estos no son más que sus hijos, y ella está por encima de ellos; de los dos momentos de la dialéctica en la que los Padres pensaban la maternidad de la Iglesia, se ha quitado aquel según el cual los fieles aparecen como engendrando la Iglesia, como lo decía San Beda (“Nam et ecclesia quotidie gignit ecclesiam” [Explan. Apocal lib. II: PL 93, 166 D]. =Pues la Iglesia cada día se engendra a sí misma).

Cuando la Iglesia ya no es vista como hecha por los fieles, sino principalmente como una institución mediadora, su misión y su maternidad se ven sobre todo en el ejercicio de actos exteriores válidos del ministerio instituido, y poco en la cualidad cristiana del amor y de la oración según la cual viven sus miembros" (Congar señala que esa cualidad destaca en el “descubrimiento” de su vocación que hizo Santa Teresa del Niño Jesús: “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor” [Manuscripts autobiographiques, B, 3v; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 426]

miércoles, 10 de octubre de 2012

La vida cristiana como culto espiritual


El Botafumeiro en la catedral de Santiago de Compostela.
Cada cristiano está llamado a dar convertir su vida en ofrenda 
de alabanza a Dios y servicio a sus hermanos


¿Qué es la vida cristiana? Benedicto XVI suele decir que consiste en el encuentro con una persona: Cristo, con todo lo que se deduce de ese encuentro. Por eso la existencia del cristiano se puede explicar como la ofrenda y el servicio de la propia existencia a Dios y, por Él, a los demás.

martes, 26 de octubre de 2021

Encuentro, escucha, discernimiento

(Participar en el sínodo sobre la sinodalidad) 

 


Al comienzo del proceso sinodal, que tiene como tema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión” (2021-2023), el Papa Francisco ha tenido tres intervenciones: con los fieles de Roma (18-IX-2021, una reflexión al inicio del camino sinodal (9-X-2021) y una homilía en la Misa de apertura del sínodo (10-X-2021). En ellas ha aportado luces para este proceso sinodal singular, que nos lleva a caminar mejor con la Iglesia según las orientaciones del actual pontificado. Vale la pena detenernos en esas orientaciones y sus motivos.

 

¿Qué significan "sínodo" y "sinodalidad"?

1. En su discurso a los fieles de Roma, Francisco explicó que la sinodalidad, es decir la participación de todos y a partir de la Iglesia local, es expresión de la naturaleza de la Iglesia, de su estilo y de su misión. Ya desde los primeros cristianos existía este sentido de “sínodo” (caminar juntos) en la vida de la Iglesia. Todos los fieles sostenían a la autoridad desde la vida y a su discernimiento sobre lo que era mejor hacer, mantener o evitar. El Espíritu Santo asistía a cada uno según su condición y ayudaba a comprender y tomar decisiones a los apóstoles.

La participación en la vida de la Iglesia lleva, en efecto, a sentirse responsables de la institución eclesial, divina y la vez humana y social, cada uno según su condición y vocación, para el bien de la misión evangelizadora. Es una manifestación más de la “cooperación orgánica” entre pastores y fieles que caracteriza la vida de la Iglesia según el sentir del Concilio Vaticano II. 

martes, 5 de agosto de 2014

Familia y sacerdocio real de los cristianos

Escuela cuzqueña, Sagrada familia (s. XVII)

El título de estas líneas puede parecer extraño para algunos, pero es una realidad importante para las familias cristianas. Todos los cristianos participamos del sacerdocio real de Cristo. La vida de la familia cristiana tiene, por eso, una dimensión sacerdotal. La vida familiar es una ofrenda a Dios, una escuela de fe, un servicio a las personas.

domingo, 10 de febrero de 2019

Sentir la Iglesia


Tiziano, Pentecostés (h. 1545),
                                                                 iglesia de Santa Maria della Salute (Venecia)

En su viaje a Panamá el papa Francisco tuvo un encuentro con los obispos centroamericanos (24-I-2019), que se celebró bajo el lema episcopal de san Oscar Romero: “Sentir con la Iglesia”. Se trata de un aspecto importante para todos los cristianos. Pues sentir con la Iglesia implica tener el “sentido de la Iglesia”, también como parte esencial de la vida espiritual.

¿Qué lugar ocupa la Iglesia en nuestras inquietudes e incluso en nuestra oración? Para tratar de responder a esta preguntas, quizá convenga plantearse antes otra: ¿Pero qué es la Iglesia?

Para muchos la Iglesia es una institución humana más. En la perspectiva cristiana la Iglesia es una realidad profunda que pertenece a la fe: “Creo en la Santa Iglesia Católica”. Esto se recoge en el llamado Credo o Símbolo de los apóstoles, profesión de fe que procede de la primitiva Iglesia de Roma, presidida por el apóstol Pedro.

En 1963, mientras se celebraba el Concilio Vaticano II, un perito teólogo llamado Joseph Ratzinger señalaba que interpretar bien el misterio de la Iglesia no era cosa solo de los padres conciliares, sino de todos los fieles cristianos. Primero, porque la Iglesia, como decía Guardini al principio del siglo, había “despertado en las almas” (esto es, los cristianos percibían, movidos por la gracia de Dios, la realidad eclesial en la que vivían y de la que formaban parte). Además, porque —de acuerdo con ese despertarse del sentido de la Iglesia en los cristianos— una declaración doctrinal sobre la Iglesia solo lograría tener un pleno significado “si se traduce en una realidad espiritual en la vida de fe de los individuos” (1).

miércoles, 29 de mayo de 2019

La "personalidad" de la Iglesia

M. Chagall, María y Jesús, 
vidriera en la iglesia de St. Stephan, Mainz (Alemania)

En la tradición cristiana se compara a la Iglesia, junto con Cristo, con una persona. Y esto tiene un gran contenido desde el punto de vista de la vida espiritual, y también para explicar muchas cuestiones que afectan a la vida y a la misión de los cristianos. 



En tiempos de tormentas –como son los actuales para la Iglesia y los cristianos– conviene considerar y fortalecer la propia personalidad. Dos veces recoge el Catecismo de la Iglesia Católica la expresión “persona mística” referida a la Iglesia en su unión con Cristo. La primera, al exponer la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, con expresión tomada de Santo Tomás de Aquino para explicar la relación entre Cristo y la Iglesia: “La Cabeza y los miembros, como si fueran una persona mística” (cf. n. 795). La segunda al hablar de los sacramentos y su celebración en la Iglesia, que forma con Cristo-Cabeza “como una única persona mística”, como recoge Pío XII (cf. n. 1119) en su encíclica de 1943.


miércoles, 26 de febrero de 2020

De héroes, reyes y gente corriente


Tatyana Kasatkina (1), experta en Dostoyevsky, dice que los jóvenes actuales están redescubriendo a este grande de la literatura universal. ¿Y por qué? Porque Dostoyevsky les ofrece “modelos de comportamiento orientados a hacer que el hombre piense, exista y se relacione con el mundo de un modo nuevo”.

Los jóvenes –continúa explicando– se hacen, hoy como siempre, preguntas fundamentales, de este tipo: "¿Qué relación se da entre el hombre y el mundo, y cómo se construye esa relación? (...) ¿Qué produce en el mundo la aparición de un nuevo ser humano? (...) ¿Cómo cambiar el mundo? (...) ¿Qué significa 'cambiar el mundo cambiando uno mismo'? ¿Y por qué debo ser yo mismo el instrumento de apoyo para producir un cambio y obtener un resultado que vaya mucho más allá de mi mero cambio personal? ¿Por qué el sacrificio de sí, el donarse totalmente (es decir, salir de los confines de uno mismo), no lleva a una reducción sino al contrario, a un incremento de mí mismo que coincide con mi realización? ¿Cómo puede el don de sí crear vínculos con los demás e influir en el mundo? (...) ¿Cómo poder darlo ‘todo’ cuando no se tiene ‘nada’?"

martes, 20 de junio de 2017

Corazón de misericordia

(reproducimos aquí con pequeños cambios la entrada publicada en junio del año pasado)

Junio es el mes del Corazón de Jesús, y por tanto, aquí “tocaba fondo” el Año de la misericordia. En el retiro espiritual que el Papa Francisco impartió con ocasión del jubileo sacerdotal (2-VI-2016), la víspera de la fiesta del Corazón de Jesús, explicaba qué es la misericordia de Dios y cómo nos va cambiando en personas misericordiosas. De Jesús aprendemos y en él vivimos qué significa "tener corazón" en cristiano.

La misericordia aparece ante todo como atributo de Dios (el nombre de Dios es misericordia), de sus “entrañas maternas” y de su fortaleza y fidelidad paterna. También como fruto de la Alianza con su Pueblo elegido. Y esto nos llega en el perdón de nuestros pecados por el sacramento de la Confesión o de la Penitencia.

La misericordia se derrama, explica Francisco, por dos vertientes: la misericordia de Dios con nosotros y nuestra misericordia con los demás, que nos conduce siempre a recibir de nuevo, con un espléndido efecto “boomerang”, la misericordia de Dios. Dos vertientes, y al mismo tiempo, una sola fuerza unitiva, la mayor fuerza unitiva que atraviesa la vida espiritual.

Tres sugerencias iniciales apunta el Papa para la oración sobre la misericordia: saborear con gusto lo que Dios nos concede, para agradecerle sus dones; evitar una excesiva intelectualización de la misericordia (que está hecha para la acción, para el servicio y para ayudar a los demás); pedir la gracia de crecer en misericordia, es decir, de ser más capaces de recibir y dar misericordia. Y en esta línea y como consecuencia, pide el Papa también la “conversión institucional, la conversión pastoral”.

Sigamos ahora el desarrollo de cada una de las tres meditaciones.

domingo, 10 de abril de 2011

Animar a la política




¿Qué idea tienen los ciudadanos, especialmente los jóvenes, de la política? La impresión de que la política es un dominio de la corrupción ¿no ha provocado en ellos un desinterés casi generalizado? ¿No se ve la política como una tarea que oscila entre la mera búsqueda del poder, de los “votos”, y la navegación en el mar de las tensiones y los particularismos, y que termina por agotar las energías de cualquiera?

      Y sin embargo no cabe, especialmente para los cristianos, desentenderse de la política. Lo subrayaba una vez más Benedicto XVI pronto hará un año (el 21 de mayo de 2010), ante el Pontificio Consejo para los Laicos.

      Los fieles laicos son Iglesia en el mundo, haciendo el mundo. Contribuyen al progreso y al desarrollo cultural y social de los pueblos con su competencia profesional, su vida familiar, sus relaciones de amistad y de cultura, etc. Su vida misma se convierte en expresión de fe, en ofrenda agradable a Dios y en servicio a todas las personas.

      Esto es posible porque los fieles laicos, como todos los cristianos desde el bautismo, participan del sacerdocio de Cristo bajo la modalidad del “sacerdocio común”. Todos los cristianos –en palabras de Benedicto XVI– están llamados a “ser testigos de Cristo en su vida diaria, en todas sus actividades y ambientes”.

      A los laicos –añadía– les corresponde “mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo”. Esto es, han de mostrar cómo las virtudes teologales pueden transformar la vida personal y la vida del mundo.

      De este modo testimoniarán “garantía de libertad y mensaje de liberación; que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres”.

      Todo un programa para la misión de los laicos. En concreto lo realizan al “participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia” y con un ideal de servicio al bien común: “compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común”.

      Pero no lo lograrán sin seguir de cerca la clara orientación de Benedicto XVI: “Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural”. Para el cristiano la política es un servicio, un ejercicio de caridad o de amor. Para hacer posible que los cristianos –hombres y mujeres– de hoy y de mañana se comprometan con esta tarea, se requiere que las comunidades cristianas sean ante todo escuelas de identidad cristiana, de testimonio y de servicio al bien común (¿lo son, comenzando por las familias?). Esto hará que “la inteligencia de la fe” se convierta en “inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación”.

      Sólo así habrá cristianos con una “auténtica sabiduría política”, necesaria para afrontar el ambiente actual, que Benedicto XVI caracteriza como impregnado por el relativismo cultural y el individualismo utilitarista y hedonista.

      Esa sabiduría política se distingue por la competencia profesional y la apertura a la verdad y al diálogo: “ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de cualquier reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses”. En línea con su primera encíclica –de la que todo esto es un desarrollo–, el Papa convoca, también desde la política, a una verdadera “revolución del amor”.

      Es la hora de trabajar por esta revolución. La Iglesia no está para servirse a sí misma sino al mundo. Los sacerdotes están para servir a los fieles y éstos a todas las personas. No se trata –acabamos de leer– de buscar un triunfo político o cultural por sí mismo, el triunfo de los cristianos frente al resto. Se trata de coherencia.

      Por tanto, cabe preguntarse: la formación que se imparte en las comunidades cristianas ¿está de acuerdo, efectivamente, con la enseñanza de la Iglesia, tanto en los aspectos de la fe como en la moral? ¿Se enseña a los fieles que la fe incide en el contexto social y lleva a la preocupación por los más débiles? ¿Está la Doctrina social de la Iglesia en la primera línea, como consecuencia de la oración y de la participación en los sacramentos? ¿Se presentan, sobre todo a los jóvenes, ideales altos de santidad y apostolado, y al mismo tiempo se cultiva en ellos la sensibilidad por las tareas sociales, culturales y políticas, que son oportunidades para servir?





(Una primera versión de este texto se publicó en www.cope.es, 27-V-2010)


* * *


En 1970 Bob Dylan compuso varias canciones del género “Gospel”, entre otras Gotta Serve Somebody. Aunque puede considerarse un tanto radical, en cierto sentido tiene razón. “Dos amores hicieron dos ciudades”, decía San Agustín: el amor a Dios (que desemboca en la preocupación por los demás) y el amor a uno mismo (que lleva al odio, a la destrucción y a ponerse al servicio del “padre de las mentiras”). Y todos, incluidos los que se dedican a la vida pública y política, nos situamos en uno u otro bando… De manera que se nos puede preguntar: tú, ¿a quien sirves?


* * * 


Bob Dylan, Gotta Serve Somebody

(Tendrás que servir a alguien)



Quizás seas un embajador en Inglaterra o Francia,
puede que te guste jugar, o quizá bailar
tal vez seas el campeón de peso pesado del mundo
o alguien socialmente importante, con un largo colgante de perlas.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí
vas a tener que servir a alguien,
puede ser el diablo o puede ser el Señor,
pero vas a tener que servir a alguien. 

Quizá seas un adicto al rock 'n' roll que hace cabriolas en el escenario,
tal vez tengas dinero y drogas a tu disposición, mujeres encerradas,
tal vez seas un hombre de negocios o un ladrón de alto nivel,
quizá te llamen “doctor” o quizá “jefe”.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí...

Es posible que seas un policía estatal, o un joven turco,
  o quizá presidas algún gran canal de televisión,
tal vez seas rico o pobre, ciego o cojo,
  o estés viviendo en otro país con otro nombre.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá seas un trabajador de la construcción que trabaja en una casa,
o quizá estés viviendo en una mansión, o tal vez en una cúpula,
tal vez poseas puede armas de fuego o incluso propios tanques,
puede que alquiles casas o tengas bancos propios.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Puede que seas un predicador con tu orgullo espiritual,
  oquizá un concejal de la ciudad que acepta sobornos,
tal vez estés trabajando en una peluquería, y sepas cómo cortar el cabello,
  o seas amante de alguien, o heredero de alguien.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá te guste usar algodón, o más bien seda,
puede que te guste beber whisky, o tomar leche,
es posible que te guste el caviar, o comer pan,
tal vez estés durmiendo en el suelo, o en una enorme cama.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá me llames Terry, o Jimmy,
puede que me llames Bobby, o Zimmy,
tal vez me llames RJ, o Ray,
puedes llamarme de otro modo, no importa lo que digas.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…  

jueves, 30 de junio de 2022

Necesidad de la formación litúrgica




La carta apostólica Desiderio desideravi (29-VI-2022), del Papa Francisco, subraya la necesidad de la formación litúrgica para todos los fieles, no solo para los laicos. La carta señala que la liturgia cristiana se entiende y se vive como encuentro con Cristo, sobre todo en la Eucaristía. Distingue el sentido de la liturgia con respecto a ciertas ideologías. Propone el asombro ante lo creado, como modo para redescubrir la belleza y el simbolismo de la liturgia, contando con la oración, la acción del Espíritu Santo y la realidad de la Iglesia.

 
Verdad, fuerza y belleza de la liturgia: el encuentro con Cristo

La finalidad de la liturgia, cuyo centro es la celebración de los sacramentos y especialmente la Eucaristía, es la comunión de los cristianos con el cuerpo y la sangre de Cristo. Es el encuentro de cada uno y de la comunidad cristiana como un solo cuerpo y una sola familia, con el Señor.

La liturgia, señala el Papa, garantiza la posibilidad del encuentro con Jesucristo en el “hoy” de nuestra vida, para trasformar todas nuestras actividades –el trabajo, las relaciones familiares, el esfuerzo por mejorar la sociedad ayudar a quien nos necesita– en luz y fuerza divinas. Esto es lo que Cristo ha querido en su última Cena. Esta es la finalidad de sus palabras: “Haced esto en memoria mía”. Desde entonces nos espera en la Eucaristía. Y la misión evangelizadora de la Iglesia no es otra cosa que la llamada para ese encuentro que Dios desea con todas las personas del mundo, encuentro que comienza en el bautismo.

En varias ocasiones enuncia progresivamente los objetivos de este documento: “Con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (n. 16); “Redescubrir cada día la belleza de la verdad de la celebración cristiana” (antes del n. 20); “(…) Reavivar el asombro por la belleza de la verdad de la celebración cristiana, recordar la necesidad de una auténtica formación litúrgica y reconocer la importancia de un arte de la celebración que esté al servicio de la verdad del misterio pascual y de la participación de todos los bautizados, cada uno con la especificidad de su vocación” (n. 62).
 

domingo, 24 de junio de 2012

Misa, adoración, vida

Rafael, Disputa del Sacramento (h. 1509), Museos Vaticanos

Rafael pintó en 1509 una de sus obras maestras, que se conoce como “la disputa del sacramento”, y que se podría llamar mejor la exaltación o la contemplación y el diálogo sobre la realidad asombrosa de la Eucaristía. En la parte superior se representa la Iglesia en el cielo: bajo el Padre, Cristo resucitado, flanqueado por la Virgen y San Juan Bautista, y rodeado por los ángeles y los santos. En la parte inferior, la Iglesia peregrina en la historia, en torno a la Eucaristía, que por la acción del Espíritu Santo, enlaza la tierra con el cielo.

     En la basílica de San Juan de Letrán, la tarde del Corpus, 7 de junio, Benedicto XVI celebraba la misa, antes de la procesión. En la homilía aclara dos aspectos de la Eucaristía: el culto eucarístico y su carácter sagrado.

domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre el culto espiritual y "el altar del corazón"

[Imagen: Fra Angelico, La Crucifixión (h. 1420-1423), Metropolitan Museum of Art, New York]

En una de sus audiencias generales de los miércoles, Benedicto XVI explicó el "culto espiritual" (*), que se puede considerar como el “contenido” del sacerdocio común de los bautizados: la capacidad que se nos otorga, con el bautismo, de convertir nuestra vida en ofrenda a Dios y servicio a los demás, también en la vida ordinaria, centrada en la Eucaristía.

El tema se inscribía dentro del año dedicado a san Pablo. El Papa Ratzinger se apoyó en tres textos de la carta a los Romanos, para mostrar que “san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto”.

domingo, 4 de marzo de 2012

Sacerdotes de la unidad

Detalle del retablo en el Santuario de Torreciudad (Huesca)


Quien se pregunte en qué consiste hoy ser sacerdote, qué valores representa y pide el sacerdocio ministerial, y cuál es su lugar en la Iglesia y en el mundo, hará bien en leer el texto que Benedicto XVI pronunció en el encuentro con los párrocos de Roma el jueves 23 de febrero.

      Se trata de una meditación sobre el pasaje de la Carta de San Pablo a los Efesios, 4, 1-16. Amplio y lleno de matices, el texto del Papa podría esquematizarse en tres puntos y una conclusión.


El sacerdote, encadenado por el amor

      Primero, el sacerdote es un “prisionero”, un encadenado, como Pablo, no sólo por amar a Cristo, sino por ese mismo amor. El amor es, ciertamente, una cadena; porque “El amor es sufrimiento, es entregarse, es perderse, y precisamente de este modo es fecundo”. Esa es la verdadera cadena que une a Pablo con Cristo, la cadena del amor: “Y también para todos nosotros esta debería ser la última cadena que nos libera, unidos con la cadena del amor a Cristo. Así encontramos la libertad y el verdadero camino de la vida, y, con el amor de Cristo, podemos guiar también a los hombres que nos han sido encomendados a este amor, que es la alegría, la libertad”.

      Prisionero y encadenado, el sacerdote es también alguien que ha sido “llamado”, y por tanto, alguien que sigue una voz. “Y mi vida debería ser un entrar cada vez más profundamente en la senda de la llamada”. La llamada le viene al sacerdote ya como cristiano, por el bautismo; y, luego, como Pastor, al servicio de Cristo y de sus fieles. Y en la medida en que se sitúa siempre a la escucha de esa llamada, el sacerdote se hace capaz de ayudar a que otros escuchen también al Señor que les llama; también ahora, cuando “El gran sufrimiento de la Iglesia de hoy en Europa y en Occidente es la falta de vocaciones sacerdotales”.


Llamado a servir en el "nosotros" de la Iglesia

      La vocación sacerdotal es una llamada a la esperanza, primero porque viene de Dios, que no falla. También porque no es sólo individual, sino dialógica, porque el que ha sido llamado, llama a su vez a otros. Y así se sitúa en el “nosotros” de la Iglesia. Por eso “ser fieles a la llamada del Señor implica descubrir este 'nosotros' en el cual y por el cual estamos llamados, así como ir juntos y realizar las virtudes necesarias”. Y eso también requiere “dejarse ayudar por el ‘nosotros’ y construir este ‘nosotros’ de la Iglesia”.


Humildad, mansedumbre, magnanimidad, "alteridad"

      Para todo esto el sacerdote necesita especialmente algunas virtudes. Según este pasaje de San Pablo: la humildad, la mansedumbre, la magnanimidad y lo que Benedicto XVI llama la “alteridad” (la capacidad de aceptar al otro). Se detiene en la humildad, virtud propiamente cristiana (cf. Fil 2, 6-8) que se opone al complacerse en sí mismo, pues “ser cristiano es ser verdadero, sincero, realista”. Es aprender, también por las pequeñas humillaciones cotidianas, el olvido de sí y la aceptación de la propia pequeñez, como base de un gran servicio a Dios. “Y sólo vivo bien viviendo la verdad, el realismo de mi vocación por los demás, con los demás, en el cuerpo de Cristo”.

      La mansedumbre, continúa el Papa, no quiere decir debilidad, pero se opone claramente a la violencia. La magnanimidad implica percibir que Dios siempre nos perdona y cuenta con nosotros. La “alteridad” supone aceptar con amor al otro, y no sólo soportarlo, y “es necesaria para la belleza de la sinfonía de Dios”.
     Estas virtudes las califica Benedicto XVI como “virtudes de la unidad”, sobre todo porque se encaminan a una unidad explícita; la que surge de “una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef 4, 5).


Unidad de la fe, de la esperanza y del amor

      La unidad de la fe se manifiesta por la unidad entre su dimensión personal (el acto de fe, que surge en el encuentro personal con Cristo) y el “contenido” de la fe (que es el “sí” a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).

      Por tanto, entiende el Papa, en la práctica, el “Año de la Fe” deberá ser “Año del Catecismo”, pues es necesario superar el “analfabetismo religioso”; vivir y comprender la fe, "no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza”. Por eso, añade Benedicto XVI, “debemos hacer lo posible por una renovación catequística”, para que crezca la unidad en la verdad. El Papa pone así el dedo en la llaga: la falta de una buena mediación entre el gran desarrollo teológico del último siglo (que nos ha dejado en herencia una contemplación renovada de Dios y una comprensión profunda de la Iglesia, separadas de la ganga de tantas ideas confusas que aún hoy se lanzan en los medios de comunicación y en otros foros pequeños, pero muy activos) y el profundo desconocimiento de la fe que hay en la calle.

      La unidad de la fe es también la unidad de la esperanza, puesto que Dios es de verdad el Omnipotente. Ciertamente, señala Benedicto XVI, en la historia Dios ha puesto un límite a su omnipotencia, al querer nuestra libertad. Pero al final lo que vence es el amor, no el mal sino el bien. Y de ahí la esperanza.

      Dios nos concede sus dones, gracias y carismas para la edificación de la Iglesia, entre otros, el don del sacerdocio, con las gracias que implica. Y todos esos dones son para contribuir a la formación de Cristo en nosotros. Señala el Papa la diferencia entre madurez de la fe e infantilismo; entre la falsa emancipación de quien se considera adulto por rechazar a la Iglesia, y la verdadera libertad de los hijos de Dios “que creen juntos en el Cuerpo de Cristo, con Cristo resucitado, y así ven la realidad, y son capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo”. (Cabe pensar aquí en la confusión que ha traído el proceso de secularización, aun admitiendo como ganancia positiva la autonomía, relativa, de las realidades temporales. Y también, por tanto, en la responsabilidad de los sacerdotes respecto a la vocación y misión propias de los fieles laicos).

      Todo ello desemboca en la unidad del amor, en ese vivir la verdad en la caridad, de que habla San Pablo (cf. Ef. 4, 16). Observa el Papa: “Hoy se discute sobre el concepto de verdad porque se combina con la violencia”, cuando en realidad son opuestas. La verdad la conocemos en Cristo y (atención) en su Cuerpo. Y así podemos crecer en la caridad, “que es la legitimación de la verdad y nos muestra qué es verdad”. La caridad es el fruto de la verdad y “si no hay caridad, tampoco nos apropiamos ni vivimos realmente la verdad”.

      El sacerdote está, en definitiva, al servicio de la unidad de la fe, de la esperanza y del amor. Sencillamente, al servicio de la vida cristiana en el mundo. 

(una primera versión se publicó en www.religionconfidencial.com, 4-II-2012)



martes, 12 de diciembre de 2023

Yo estoy en la Iglesia

                            
                                    Van Gogh, V., La Iglesia de Auvers (1890)-Wikipedia Commons




[Los años setenta del siglo XX fueron tiempos de dura prueba para la Iglesia. Al principio de esa década hubo también grandes figuras que testimoniaron su adhesión a Cristo, como Jean Daniélou en el texto “Yo estoy en la Iglesia” (*), del que extraemos los párrafos siguientes. La primera razón que da para permanecer y vivir en la Iglesia es que en ella se encuentra Jesucristo].


En la Iglesia se encuentra Cristo

“Lo que me atrae a la Iglesia no es la simpatía que yo pueda sentir hacia las personas que la componen, sino lo que se me da a través de estos hombres, no importa quienes sean, esto es, la verdad y la vida de Jesucristo. Yo me uno a la Iglesia porque Ella no puede separarse de Jesucristo, porque Jesucristo libremente se dio a sí mismo a Ella, porque no puedo encontrar a Jesucristo de una manera auténtica fuera de Ella. Esa es la respuesta a aquellos que dicen: ‘¿Por qué la Iglesia?’ Toda búsqueda de Cristo fuera de la Iglesia es una quimera. Es sólo a la Iglesia, que es su esposa, a quien Cristo dio las riquezas de su gloria para su distribución al mundo. (…)"

[Y no es que Daniélou dejara de conocer y apreciar las enseñanzas del Concilio Vaticano II acerca de la "preparación del Evangelio" que hay en las religiones o en las culturas (cf. Lumen gentium, 16, Gaudium et spes, 57); pues la Iglesia "con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre" (Lumen gentium, 17; cf. Ad gentes, 11). Y por ello "la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo" (Nostra aetate, 2). En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien al misterio pascual (la muerte y la resurrección) de Cristo (cf. Gaudium et spes, 22). Por eso, en el fondo ninguno de los hombres de buena voluntad se encuentra propiamente "fuera" de la Iglesia, pues aunque no lo sepan, ellos esperan y anhelan el anuncio de Cristo, único mediador y salvador del género humano, anuncio que viene por medio de la misión de la Iglesia. En efecto, solamente por la misión evangelizadora de la Iglesia se encuentra plenamente a Cristo. De ahí la importancia del apostolado cristiano y de la tarea misionera].

viernes, 10 de enero de 2014

Desafíos en la evangelización

Evangeliario de Enrique II (h. 1010), 
Bayerische Staatsbibliothek, Munich

Terminadas las fiestas navideñas, volvemos a nuestras tareas habituales, situados en medio de la “cuesta de enero”, que es lo que toca ahora. Y en esa cuesta (arriba, se entiende), los cristianos hemos de comunicar el mensaje del Evangelio en nuestra sociedad, precisamente para que vengan tiempos mejores. ¿Qué aspectos de esta sociedad actual son compatibles con el mensaje cristiano y cuáles no lo son? ¿Qué desafíos se deducen de una mirada a nuestra realidad cultural, especialmente en las ciudades? ¿Qué podemos aportar, también en los ámbitos eclesiales?

     Después de explicar que la renovación de la Iglesia debe ser una transformación misionera, el Papa Francisco dedica el capítulo segundo de Evangelii gaudium a analizar la situación contemporánea. Y lo hace poniendo en práctica el discernimiento o el estudio de los “signos de los tiempos”; es decir, una mirada desde la fe –cabría decir, con los ojos de Cristo, en su perspectiva– a la realidad, para emitir un juicio que permita orientar la acción evangelizadora.

lunes, 9 de marzo de 2020

Fe y sacramentos: diálogo de salvación

R. Van der Weyden, Tríptico de los siete sacramentos (h. 1440-1445),
Museo de Bellas Artes, Amberes (Bélgica)

A la izquierda se representan el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia o confesion de los pecados.
En el centro, detrás del Crucificado, la Eucaristía (la Misa).
A la derecha, el Orden sacerdotal, el Matrimonio y la Unción de los enfermos.

La íntima conexión entre la Fe y los sacramentos –se requieren mutuamente– es el tema del documento de la Comisión teológica Internacional titulado "La reciprocidad entre fe y sacramentos en la economía sacramental", publicado en marzo de 2020.

Para ilustrar esta necesaria implicación entre la fe y los sacramentos, el documento explica, en el segundo capítulo, el carácter de “diálogo” que tienen los sacramentos y, más en general, la vida cristiana. Diálogo entre Dios y las personas y viceversa, que lleva a un diálogo de amistad y fraternidad con los demás.

martes, 21 de noviembre de 2017

Vivir, conocer, comprender la Iglesia



El autor de este blog ha publicado "Eclesiología", en la colección de manuales ISCR del Instituto Superior de Ciencias Religiosas (ed. Eunsa), Universidad de Navarra.

El libro tiene como objetivo presentar una visión de conjunto de la Eclesiología.

Se plantea responder a preguntas acerca de la naturaleza y el origen de la Iglesia, no solamente como institución sino también en su realidad más profunda: ¿Quiso Cristo la Iglesia?, ¿cómo está configurada, quiénes pertenecen a ella y cómo se relacionan con ella otras personas?

Asimismo se ocupa del desarrollo, misión y destino de la Iglesia: lo que puede o no puede cambiar en la Iglesia y por qué, el papel que juega la Iglesia en los ámbitos culturales y sociales, el modo de compaginar en la Iglesia lo universal y lo local, si cabe la salvación fuera de la Iglesia, cómo es la relación de la Iglesia con los judíos y con otras religiones, qué pasará con la Iglesia cuando se acabe la historia. También se da pie a cuestiones muy actuales y personales: ¿cómo hablar hoy de la Iglesia? ¿Cabe “sentir” con la Iglesia, identificarse con ella?

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