martes, 22 de septiembre de 2026

El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro


Dialogar con otras religiones no significa relativizar la fe católica – Iglesiaactualidad

Sesenta años después de la promulgación de la histórica declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, la Santa Sede ofrece un documento de calado teológico y pedagógico, que revisa el legado de «Nostra aetate», evalúa los desafíos del presente y traza las coordenadas futuras del diálogo interreligioso.

 

La chispa de una revolución silenciosa

 

El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).

 Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.

 

Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto

 

La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.

            En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión. 

            La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable (cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).

            Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.


Leer más (enlace a la web de "Omnes", 17-IX-2026

viernes, 4 de septiembre de 2026

Constructores de comunión

 (Invitación a la relectura de la encíclica Magnifica humanitas) 

Magnífica Magnifica Humanitas - Blog CJ

Con el verano de por medio, ha pasado suficiente tiempo para poder realizar una lectura sosegada de la primera encíclica de León XIV: Magnifica humanitas (15-V-2026). Un texto cuyo tema no es la inteligencia artificial, sino, como reza el subtítulo, “la custodia de la persona humana en un tiempo de inteligencia artificial”.


Al mismo tiempo, señala cómo debe ser la contribución de los cristianos a la construcción de una ciudad más humana y fraterna. El preludio y el finale enmarcan las sinfonías. Vale la pena prestar especial atención al momento inicial y al final de la encíclica, aunque sean breves, para captar bien el contenido de su mensaje.


El preludio: ¿Babel o Jerusalén?

En la época de León XIII lo nuevo era la revolución industrial con sus avances y riesgos. Hoy, dice el Papa, necesitamos realizar un “discernimiento compartido” que nos ayude, en este “cambio de época” a responder algunas preguntas fundamentales: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?” (n. 6).

Para edificar responsablemente en nuestro tiempo, el Papa propone dos “imágenes” bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cfr. Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cfr. Ne 2, 6) después del exilio en Babilonia (cfr. n. 7-10).

“La primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna” (n. 9).

Afirma León XIV que precisamente “esta obra compartida” es la expresión de la forma de construir propia de los cristianos: “Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (n. 10).

Se perfila así, podría decirse, una antropología cristiana del trabajo, que culmina en el don de la Ciudad de Dios definitiva: el Cielo, el Reino de Dios consumado, la Iglesia, comunión de los santos en un mundo reconciliado y transformado. “Esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las ‘ciudades’ de hoy” (Ibid.).

Para leer más (enlace a la web de la revista "Omnes", 2-IX-2026).