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viernes, 8 de mayo de 2026

Primavera que forja unidad

El papa defiende el matrimonio entre hombre y mujer
Al cumplirse el primer año del pontificado de León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, la Iglesia y el mundo contemplan un estilo marcado por la profundidad de la interioridad agustiniana y una decidida urgencia misionera. Este "humilde siervo de Dios y de los hermanos", como describió el oficio papal en su primer encuentro con los cardenales, ha sabido recoger la herencia de su predecesor, Francisco, integrándola en una síntesis teológica donde la unidad y la caridad son los ejes transversales.

Testimonio de unidad para la paz

Su lema episcopal se ha convertido en hoja de ruta: "In Illo uno unum" (En Aquel uno –Cristo–, somos uno). Esta expresión de san Agustín no es solo deseo ecuménico, sino definición de la identidad eclesial: la comunión solo es posible si se converge en el Señor Jesús. En un mundo fragmentado, la Iglesia se ofrece como "puente" y "faro", no por la potencia de sus estructuras, sino por la santidad de sus miembros.

Uno de los acentos más vibrantes ha sido su llamamiento a una "paz desarmada y desarmante". En sus viajes, especialmente a tierras africanas y al Líbano, ha denunciado que la guerra es una "espiral destructiva" alimentada por la especulación de materias primas y la lógica del dominio. La paz no es una simple tregua, sino un cambio definitivo en el corazón de quien la recibe, con la fuerza del grano de trigo que si muere da vida a la espiga dorada. En todo gobierno el "poder es servicio", si antepone el bien común a los intereses particulares.

En la exhortación apostólica Dilexi te, ha recordado con fuerza que los pobres no son meros "objetos" de pastoral, sino "sujetos creativos" que estimulan a vivir el Evangelio con autenticidad. Siguiendo el espíritu de la Rerum novarum de su homónimo León XIII, el Papa ha denunciado la "exclusión" como la nueva cara de la injusticia social, instando a luchar por los derechos sagrados de "tierra, techo y trabajo". Su mensaje es claro: si la Iglesia no tocase la "carne de Cristo" en el necesitado y sufriente, se disolvería en una mundanidad espiritual vacía.


Educación y cultura, ecumenismo y fidelidad

El sucesor de Pedro ha sido especialmente sensible a la educación y la cultura. Con la proclamación de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia, el Papa apuesta por una formación que armonice fe y razón, como un “itinerario de la mente hacia Dios”; como una “luz amable” (Lead, kindly light), frente al riesgo del nihilismo que borra la esperanza. Ante la Inteligencia artificial, propone una alfabetización ética y crítica que proteja la dignidad humana y las relaciones interpersonales, que forme “constelaciones” capaces de diseñar la paz, sin anestesiar el “corazón inquieto” en busca de la verdad.

Este primer año ha coincidido con el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, evento que el obispo de Roma ha señalado como brújula para la unidad visible de los cristianos. Ha valorado especialmente el "ecumenismo de la sangre", reconociendo que los mártires de todas las tradiciones ya están unidos en la Cruz del Señor. Su mirada hacia las Iglesias orientales como "tesoros inestimables" refleja un deseo de catolicidad que no uniforma, sino que se enriquece con la diversidad. Y así, es capaz de la armonía que componen las cuerdas de una cítara.

León XIV ha invitado a los sacerdotes y seminaristas a vivir una "fidelidad que genera futuro", entendida como un camino constante de conversión y no como inmovilidad. Una propuesta que sirve para todos los cristianos. En este primer año, el pontífice ha proyectado una Iglesia totalmente sinodal y ministerial, que no se contempla a sí misma, sino que sale al encuentro de una humanidad sedienta de sentido.

Con la mirada puesta en el bimilenario de la Resurrección (2033), nos recuerda que, a pesar de las tinieblas de la historia, "el mal no prevalecerá" porque todos estamos en manos de Dios.

Buscador de sabiduría, diseñador de belleza y coreógrafo de esperanza, de una u otra forma el Papa nos dirá del 6 al 12 de junio en España –Madrid, Barcelona, Montserrat y Canarias– que es posible una humanidad verdaderamente nueva (*).
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(*) Artículo publicado en Diario de Navarra, 7-V-2026

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

El mensaje cristiano: vida, misión y belleza

 

B.E. Muriilo, La Anunciación (h. 1660), Museo Del Prado (Madrid)

El Papa presenta la vocación cristiana como un camino de belleza, que transforma la persona mediante el encuentro personal con Cristo y se desborda en comunicar a los demás el amor de Dios a través del testimonio.


León XIV sigue trazando las líneas principales de su hoja de ruta. En medio de su intensa actividad, nos ha recordado que ser cristiano es una llamada, es decir una vocación que se concreta de diversos modos. Lo ha subrayado con motivo de la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Y la vocación es para una misión: la misión evangelizadora, en la que todos hemos de participar. Por ello propone relanzar el compromiso evangelizador que impulsó el Papa Francisco, tal como ha dicho en su Carta a los cardenales.


Un camino de belleza


El 26 de abril se celebraba la LXIII Jornada de oración por las vocaciones. Un mes antes (16-III-2026), el Papa había publicado su mensaje, centrado en la vocación cristiana como camino de belleza que nos abre al conocimiento de Dios y a una existencia plenamente vivida en la confianza, y madurada en su compañía.

Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr. Lumen gentium 11 y todo el capítulo V) y en ese sentido hablamos de vocación cristiana. El sucesor de Pedro se pronuncia sobre este trasfondo. No se refiere sólo a las vocaciones sacerdotales o de especial consagración, sino también a la vocación cristiana de la mayor parte de los fieles, los laicos. Su mensaje es una confidencia especialmente con los jóvenes, para que encuentren cada uno su vocación concreta dentro del camino cristiano.

La vocación cristiana, explica el Papa, puede entenderse desde su dimensión interior, es decir,“como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”. Jesús es el pastor bueno y bello (cfr. Jn 10: la palabra griega kalós abarca ambos aspectos). Es decir, el pastor perfecto, auténtico y ejemplar, hasta dar la vida por su rebaño, lo que manifiesta el amor mismo de Dios.

“Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: ‘Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza’. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos ‘bellos’; su belleza nos transfigura”.

Como escribe el teólogo Pável Florenski, los santos se caracterizan, no solo por la bondad, sino también por “la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo”. Y en esto ve León XIV la revelación más profunda de la vocación: participar de la vida de Cristo, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

Evoca también el Papa el camino interior –un camino de vida, de fe y de sentido– de san Agustín, tal como lo manifiesta en Las Confesiones. “Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad”. Esto, señala León XIV, muestra la importancia del “cuidado de la interioridad”, que se centra en la oración.

Así es, y se trata de una de las propuestas –junto con la educación para la cultura digital y para la paz– con las que León XIV enriqueció el proyecto del “Pacto educativo global”, lanzado por el Papa Francisco.

Por todo ello, invita a todos a crear contextos favorables para que el don de la vocación pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado y así pueda dar fruto abundante.

martes, 21 de abril de 2026

Redescubrir "la alegría de evangelizar"

Se cumple un año del fallecimiento del Papa Francisco. Tras el primer consistorio con los cardenales (celebrado el 7 y 8 de enero pasados), donde se marcó el rumbo del pontificado, León XIV ha escrito una carta a los cardenales (12-IV-2026). En ella los anima a relanzar la propuesta de Evangelii gaudium (La alegría de evangelizar, documento programático del pontificado del Papa Bergoglio): una Iglesia que no se mira a sí misma, sino que se sitúa de modo renovado “en salida”. 

“Dicha Exhortación –les señala, declarando la clave de su carta– sigue representando un punto de referencia decisivo: no se limita a introducir nuevos contenidos, sino que recentra todo en el ‘kerigma’ como corazón de la identidad cristiana y eclesial”.

Y añade un argumento que se manifestó especialmente en ese consistorio respecto a la propuesta del Papa Francisco: “Se ha reconocido como un verdadero ‘soplo nuevo’, capaz de iniciar procesos de conversión pastoral y misionera, más que de producir reformas estructurales inmediatas, orientando así en profundidad el camino de la Iglesia”. En otros términos, cabría decir, se reconoce que el impulso a la evangelización es una orientación incisiva en la hoja de ruta del presente pontificado.


Interpelación para cada cristiano e impulso a la misión eclesial

León XIV concreta cómo “esta perspectiva interpela a la Iglesia en todos los niveles”. Primero, a nivel personal: “llama a cada bautizado a renovar el encuentro con Cristo, pasando de una fe simplemente recibida a una fe realmente vivida y experimentada” Y observa que “en este camino se ve afectada también la calidad misma de la vida espiritual, en el primado de la oración, en el testimonio que precede a las palabras y en la coherencia entre fe y vida”.

En segundo lugar, a nivel comunitario, impulsa a pasar “de una pastoral de conservación a una pastoral misionera, en la que las comunidades sean sujetos vivos del anuncio”. Es decir, “comunidades acogedoras, capaces de utilizar un lenguaje comprensible, atentas a la calidad de las relaciones y capaces de ofrecer espacios de escucha, de acompañamiento y de sanación”.

Concreta, a nivel diocesano, subrayando “la responsabilidad de los pastores para apoyar con firmeza la audacia misionera, velando por que no se vea pesada o sofocada por excesos organizativos, y favoreciendo un discernimiento que ayude a reconocer lo esencial”.

En suma: a nivel de cada uno, fe personal vivida, primacía de la oración, testimonio desde la coherencia con la vida; y a nivel eclesial, acogida, escucha y acompañamiento, impulso a la misión desde el discernimiento.


El centro: anunciar a Cristo


De todo ello, dice el Papa, surge “una comprensión de la misión profundamente unitaria” a partir del encuentro personal con Cristo: “una misión cristocéntrica y kerigmática, que nace de un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida y que se difunde por atracción más que por conquista. Es una misión integral, que aúna el anuncio explícito, el testimonio, el compromiso y el diálogo”.

Se trata de superar una perspectiva de mero aumento en número de seguidores, de mera conservación o de expansión institucional.

Lo expresa incisivamente León XIV, aludiendo a la “Iglesia en salida” que quiso Francisco: un impulso evangelizador capaz de señalar el horizonte de esperanza en un mundo que lo necesita: “Incluso cuando se reconoce minoritaria, la Iglesia está llamada a vivir sin complejos, como un pequeño rebaño portador de esperanza para todos, recordando que el fin de la misión no es su propia supervivencia, sino la comunicación del amor con el que Dios ama al mundo”.

Entre las indicaciones específicas que surgieron en el consistorio, concluye señalando cuatro, que, dice, merecen ser acogidas y meditadas más a fondo:

1) “la necesidad de relanzar Evangelii gaudium para verificar con honestidad qué es lo que, tras el paso de los años, se ha asimilado realmente y qué es lo que, por el contrario, sigue siendo desconocido y sin poner en práctica” (lo que manifiesta, entre otras cosas, el valor creciente que se reconoce a este documento en el impulso a la nueva evangelización);

2) de modo especial, “se debe prestar atención a la necesaria reforma de los itinerarios de iniciación cristiana” (lo que pone de relieve la importancia que se concede al anuncio y transmisión de la fe y, por tanto, a la catequesis);

3) “la atención a valorar también las visitas apostólicas y pastorales (*) como auténticas ocasiones ‘kerigmáticas’ y de crecimiento en la calidad de las relaciones” (todo ello como un instrumento del ministerio de los pastores al servicio de los fieles);

4) “la exigencia de reconsiderar la eficacia de la comunicación eclesial, incluso a nivel de la Santa Sede, en una perspectiva más claramente misionera” (lo que plantea la necesidad de articular esta comunicación, en sus diversas formas y medios, con el anuncio de la fe).

Como puede verse, la publicación de esta carta puede ser una ocasión y una invitación, para cada uno y para cada comunidad cristiana e institución eclesial, a un discernimiento sobre el camino recorrido desde la participación en la vida de Cristo, el compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

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(*) Las visitas apostólicas son inspecciones o evaluaciones oficiales ordenadas por la Santa Sede a una institución eclesiástica —como una diócesis, seminario o instituto religioso— para examinar su estado, corregir abusos o deficiencias y fomentar la disciplina y la fe (se fundamentan en el ministerio y la potestad del Papa, cf. can. 331). Las visitas pastorales son las que realiza el obispo a las parroquias y comunidades de su diócesis para fortalecer la fe, animar a los fieles y examinar la vida pastoral (cf. cans. 396-398). Ambas pueden considerarse como un tiempo de gracia, una manifestación de la cercanía de los pastores a los fieles, y una ocasión para la renovación de la vida cristiana y el fomento de la unidad.

miércoles, 8 de abril de 2026

Sobre los Ordinariatos anglicanos de la Iglesia Católica y su aportación a la educación de la fe



(Imagen: Nuestra Señora de Walsingham, patrona de Inglaterra)

En el documento por el que se crearon los ordinariatos personales para anglicanos que deseaban entrar en plena comunión con la Iglesia católica (cf. Benedicto XVI, Const. Ap. Anglicanorum coetibus, 2009), se dice que tienen la facultad de “mantener vivas en el seno de la Iglesia católica las tradiciones espirituales, litúrgicas y pastorales de la Comunión anglicana, como don precioso para alimentar la fe de sus miembros y riqueza para compartir” (cf. apartado III).

            Hace ahora poco más de un mes, el Dicasterio para la Doctrina de la fe invitó a los obispos responsables de esos ordinariatos a poner por escrito su experiencia sobre cómo han recibido e integrado esos elementos, a la vez culturales y religiosos, que vienen de la tradicion anglicana. Ahora se ha publicado su respuesta (Characteristics of the Anglican Heritage as Lived in the Ordinariates Established Under the Apostolic Constitution “Anglicanorum Coetibus”, 24-III-2016).

Ellos han afirmado que, a pesar de las distancias y los diversos lugares donde están asentados (como Inglaterra y Escocia, Orlando, Australia y Micronesia), tienen conciencia de compartir una identidad esencial (a core share identity). “Esta identidad compartida tiene su origen en un camino común de seguimiento de Cristo que los ha llevado a la plena comunión con la Iglesia católica”. Por eso entienden que, al entrar en la Iglesia católica, han traído con ellos lo que ya san Pablo VI denominó en 1970 un “patrimonio valioso de piedad y costumbres” que la Iglesia reconoce, como hemos visto, como un don precioso no solo para ellos sino también para compartir con los demás católicos.


La inculturación del Evangelio pasa por Inglaterra

Ya en junio de 2024 el cardenal Víctor Fernández, desde la catedral de Westminster (templo católico principal de Inglaterra y Gales), llamó la atención sobre el valor de estos ordinariatos en la perspectiva de la inculturación:
“La existencia del Ordinariato […] refleja una realidad profunda y hermosa sobre la naturaleza de la Iglesia y la inculturación del Evangelio, como un rico patrimonio inglés. Porque la Iglesia es una, y el Evangelio es uno, pero en el proceso de inculturación, el Evangelio se expresa en una variedad de culturas. De este modo, la Iglesia adquiere un nuevo rostro […] En este proceso, la Iglesia no solo da, sino que también se enriquece. Porque, como enseñó San Juan Pablo II, ‘cada cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera en que se predica, se comprende y se vive el Evangelio’ (Exh. ap. Ecclesia in Oceania, 2001, 16).

El Ordinariato, afirmó además el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la fe, representa una expresión concreta de esa realidad: “En el caso del Ordinariato, la fe católica se incultura entre personas que han vivido el Evangelio en el contexto de la Comunión Anglicana. Al entrar en plena comunión con la Iglesia católica, esta se ha enriquecido. Podemos decir, por tanto, que cada Ordinariato representa uno de los rostros de la Iglesia, que, en este caso, acoge ciertos elementos de la rica historia de la tradición anglicana: elementos que ahora se viven en la plenitud de la comunión católica”.

Como decíamos, el más reciente capítulo de esta historia es la lista que los obispos de los ordinariatos anglicanos han elaborado, enumerando los rasgos que consideran característicos de su herencia espiritual y pastoral. Identifican en 7 párrafos esos rasgos que, como se puede ver, constituyen interesantes sugerencias para la educación de la fe en el conjunto de la Iglesia Católica (cf. Characteristics…, documento citado). Estas caracteristicas, como veremos, tienen mucho que ver con san John Henry Newman. Con su figura y con su camino hacia la Iglesia Católica.

martes, 3 de marzo de 2026

El diálogo De Dios: oferta de amistad

Hoy se nos habla frecuentemente de la acogida, la escucha y el diálogo. En este contexto, ¿qué significado puede tener el que León XIV nos invite, tras el Año jubilar, a “redescubrir el Vaticano II” en sus documentos?

Juan Pablo II afirmó que este Concilio es “la gran gracia de la que Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”. En continuidad con sus predecesores cercanos, León XIV ha dicho que el Vaticano II sigue siendo “la estrella polar” del camino de la Iglesia.

¿No será, entonces, que el Concilio nos ilumina acerca de cómo ha sido la acogida, la escucha y el diálogo por parte de Dios con nosotros? ¿No será que nos guía para acoger lo que el Señor nos quiere revelar, de modo que podamos acertar en nuestro camino, siendo sal y luz para la humanidad?


El Concilio Vaticano II, una nueva aurora

En su catequesis introductoria (cf. Audiencia general 7-I-2026), el Papa Prevost ha señalado cómo, apoyado en la rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, “el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos” (cf. const. Dei Verbum).

Así mismo, “ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, c
omo misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo” (cf. const. Lumen gentium); “ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios (const. Sacrosanctum concilium). A la vez, el Vaticano II, que Juan XXIII consideró como una nueva aurora para la Iglesia, nos ha impulsado a “abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad” (cf. Const. pastoral Gaudium et spes).

León XIV ha subrayado que gracias al Concilio Vaticano II y siguiendo las orientaciones de san Pablo VI, “la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (enc. Ecclesiam suam, 34). Un diálogo que se extiende por medio del ecumenismo, del diálogo interreligioso y con las personas de buena voluntad.

Para leer más: enlace a "Omnes", marzo de 2026.

domingo, 1 de marzo de 2026

Anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana)

Duccio di Buoninsegna, La transfiguración (1308-1311)
National Gallery, Londres. Fotografía en Wikipedia Commons

La escena de la transfiguración del Señor es la primera que debe reproducir todo aspirante a pintar iconos. Ahí Jesús muestra su gloria como meta y modelo, que permanece en medio de nuestra historia y cumpliendo las promesas divinas anunciadas por los profetas. Pedro hubiera querido quedarse en ese momento glorioso: “hagamos tres tiendas”; pero, para llegar a la gloria definitiva, aún debe recorrer y experimentar el camino que también pasa por la cruz.

En la educación de la fe, la relación entre el anuncio y la experiencia no debe plantearse como una oposición, sino como una correlación necesaria para el encuentro vivo con Cristo. En esta relación se pueden destacar algunos aspectos fundamentales.


Superación de la dicotomía entre “contenido” y experiencia

Una educación cristiana que separe el mensaje doctrinal de la vivencia personal está destinada al fracaso. Por una parte, sin la experiencia de la fe, el anuncio se queda en un mero enunciado de conceptos que no permite un verdadero encuentro con Dios ni con los hermanos. Por otro lado, sin el “contenido” (o más bien el anuncio de la fe), la experiencia carece de la luz necesaria para madurar y para insertarse en el sentido de la vida cristiana y de la Iglesia.

La experiencia (la existencia y la vida humana) no es solo el destino de la propuesta de fe, sino el "lugar" donde Dios habla. Es, por tanto, un espacio constitutivo de la educación de la fe, sea en la modalidad de Enseñanza escolar de la religión, sea en la catequesis de la comunidad cristiana. La vida cotidiana es el lugar donde la Palabra de Dios resuena y donde Dios mismo continúa hablando hoy, para hacer que la experiencia humana adquiera una plenitud en la experiencia cristiana. Por tanto, el educador de la fe debe acercarse a la experiencia de las personas con actitud de escucha, reconociendo que el Espíritu Santo ya está actuando en ellas antes del anuncio explícito.


Pedagogía, discernimiento e inculturación

La pedagogía de la fe se realiza mostrando la relación entre el anuncio y la experiencia, entre la fe y la vida. Para ello, debe emplear el método del discernimiento (un proceso de interpretación o un “proceso hermenéutico” de cómo ha de llevarse esa acción educativa concreta), que tiene como dos direcciones complementarias: a) De la vida a la fe: los acontecimientos personales y sociales encuentran en el anuncio cristiano una luz que los interpreta en su verdad más profunda; b) De la fe a la vida: el mensaje del Evangelio debe presentarse mostrando siempre sus implicaciones vitales y su capacidad de dar plenitud a la existencia.

Esto tiene también que ver con la inculturación, que es “método” de la pedagogía de Jesús. “Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre” (León XIV, Mensaje al congreso teológico-pastoral sobre el acontecimiento guadalupano, en México, 25-II-2026). Esa es la lógica del misterio de la Encarnación. Por eso la inculturación del mensaje cristiano no es una concesión ni una mera estrategia sino una exigencia de la misión evangelizadora. Y por tanto, también una necesidad de la educación de la fe, para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de la propia vivencia humana y cultural, "informando" la madurez humana y cristiana

Y esto requiere asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo (cf. Ibid.). Por eso el educador de la fe ha de plantearse, en toda acción educativa, quiénes son las personas que se le confían, qué piensan, cuál es su trasfondo cultural, qué formación han recibido, qué necesitan, cuáles son sus gozos y sus esperanzas (cf. Gaudium et spes, 1). E indudablemente eso pide observar y escuchar sus vidas, sus preguntas, sus anhelos y sus inquietudes. Solo así se puede iluminar la existencia y liberarla de aquello que la oscurece y desfigura, para que pueda ser “trasfigurada” a imagen de Cristo.

Jesús es el modelo pedagógico de la unión entre fe y vida, anuncio y experiencia. Él no partía de abstracciones, sino de la observación de la vida cotidiana (la semilla, el sembrador, el banquete) para invitar a un proceso interior de reflexión. La pedagogía de la fe debe imitar este estilo, ayudando a las personas a leer los momentos de su vida, tanto las realidades ordinarias de cada día como los acontecimientos más extraordinarios, como "pasajes pascuales" de encuentro con el Resucitado, al modo de los discípulos de Emaús.


Testimonio, narración y símbolo

Además, el anuncio de la fe no es solo un discurso, sino el testimonio de un encuentro. En el anuncio del kerigma (Cristo ha muerto y resucitado por nuestra salvación), la vida del testigo que ha experimentado la salvación es lo que realmente conmueve al interlocutor. La relación entre anuncio y experiencia se hace visible cuando el educador se muestra como un acompañante y experto en humanidad, que sabe relacionar los gozos y angustias del hombre con el Evangelio.

En la era digital, la educación de la fe debe articular la "in-formación religiosa" con la “experiencia de Dios”. Dos modalidades se presentan para esto. En la Enseñanza escolar de la religión la base es la información reflexiva, respetuosa con la libertad e interpeladora sobre todo con la belleza de la fe vivida, de modo que la experiencia debe entretejerse con esa información. Mientras que en la catequesis de la comunidad cristiana el orden es el inverso: la experiencia cristiana en su conjunto es lo que se muestra y se busca crecer en madurez, si bien esto requiere continuamente crecer en formación.

En todo ello ayudan dos lenguajes. De un lado el lenguaje narrativo, que ayuda a entrelazar la historia de Jesús con la biografía personal, haciendo que la fe "se haga carne" (1) . De otro lado, el lenguaje simbólico y litúrgico, que permite que la persona se involucre con todos sus sentidos, pasando de ser un espectador a vivir una experiencia transformadora (2)

En resumen, la relación entre anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana) se muestra cuando la educación cristiana ayuda a la persona a descubrir que vale la pena creer y vivir la fe, como luz e impulso trasformador de la existencia cotidiana, porque el mensaje que recibe responde al anhelo de infinito de su propio corazón.

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(1) Sobre las ventajas y algunos inconvenientes de este lenguaje cf. Directorio de la catequesis, particularmente los nn. 207-208, 363-364. Ver también https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2020/01/nuestras-historias-y-sus-nudos.html#more

(2) A este propósito es aconsejable releer y trabajar la Carta apostólica del Papa Francisco Desiderio desideravi (2022) sobre la formación litúrgica. Para una introducción, https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2022/06/necesidad-de-la-formacion-liturgica.html

martes, 3 de febrero de 2026

La paz desarmante y la fidelidad

¿No es cierto que la paz que se nos está ofreciendo es paradójicamente una “paz armada”? Pero esa falsa “paz” es el resultado del miedo. Por otros caminos discurre la insistencia de León XIV, aunque parezca solo en su intento.

Entre sus enseñanzas de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.


La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’”. Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025). La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que “realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad” (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.



Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: “Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral” (n. 1). La fidelidad fecunda es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cf. Optatam totius, Proemio).

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, “la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (n. 4).


Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cf. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto afectivo (aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual. “Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio” (n. 13). Así serán eficaces en su servicio a Dios y al pueblo encomendado.

jueves, 29 de enero de 2026

Formar "constelaciones educativas"

 (Imagen: V. Van Goh, Noche estrellada sobre el Ródano, 1888, Museo de Orsay, Francia)

Durante el Jubileo de la esperanza, León XIV dirigió dos discursos a estudiantes y educadores, tuvo otro encuentro con miembros de universidades católicas y celebró la misa en la que proclamó a san John Henry Newman doctor de la Iglesia y copatrono (con santo Tomás de Aquino) de los educadores católicos. Finalmente, por lo que respecta a la educación, dirigido un videomensaje a los participantes en el congreso "Sin identidad no hay educación" (Madrid, noviembre de 2025).

En sus intervenciones el Papa se refirió a la educación (especialmente la de inspiración católica) hablando de "la ruta de las estrellas", y propuso formar "constelaciones educativas".


La fe es vivir en plenitud, no "ir tirando"

En el encuentro con los estudiantes (30-X-2025), con palabras de Pier Giorgio Frassati, les animó a una vida en plenitud: “Vivir sin fe no es vivir, sino ir tirando”. Hay que vivir además “Hacia lo alto”.

Les invitó a configurar su vida en analogía con las estrellas: “La verdadera paz nace cuando muchas vidas, como estrellas, se unen y forman un diseño. Juntos podemos formar constelaciones educativas que orienten el camino futuro”.

Apuntó: “Desde siempre, los viajeros han encontrado su rumbo en las estrellas”. También los estudiantes tienen estrellas o brújulas que les guían (padres, maestros, sacerdotes, buenos amigos, etc.). A la vez, están llamados, formando constelaciones de sentido con otros, a convertirse en “testigos luminosos para quienes les rodean”.

Galileo descubrió muchas cosas mirando a lo alto. La educación, dice León XIV, es como “un telescopio que les permite (a los estudiantes) mirar más allá, descubrir lo que por sí solos no verían. No se detengan, pues, a mirar el teléfono y sus rápidos fragmentos de imágenes: miren al cielo, miren hacia lo alto”.

El Papa se detuvo en los tres nuevos objetivos que ha añadido para el Pacto Educativo Global, en parte por petición de los jóvenes mismos: la vida interior, la educación digital y la educación para la paz. Vida interior: “No basta con tener un gran conocimiento científico, si luego no sabemos quiénes somos y cuál es el sentido de la vida. Sin silencio, sin escucha, sin oración, incluso las estrellas se apagan. Podemos saber mucho del mundo e ignorar nuestro corazón”. Como enseña san Agustín, educar para la vida interior significa “escuchar nuestra inquietud, no huir de ella ni atiborrarla con lo que no sacia”. “Nuestro deseo de infinito es la brújula que nos dice: ‘No te conformes, estás hecho para algo más grande’, ‘no te conformes con ir tirando, ¡vive!’”

Respecto a la tecnología, les exhortó a saber usar la tecnología con sabiduría sin dejar que la tecnología les utilice; cultivar la inteligencia emotiva, espiritual, social y ecológica; y construir espacios de fraternidad y creatividad. Y la educación de la paz se logra rechazando la violencia y la vulgaridad, y promoviendo la dignidad de todos.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Educación de miras altas

Acaba de ser publicada (con una traducción de trabajo en castellano) la Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, de León XIV (27-X-2025), con ocasión del LX aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis. 

Como invitación a la lectura del documento, señalamos sus claves.

La educación es el “tejido mismo” de la evangelización. Es una “obra coral” de la entera comunidad educativa. En nuestro mundo complejo, la educación de inspiración cristiana, con su propia identidad, es tanto o más necesaria que en la época del Vaticano II, como brújula (en la estela de la declaración Gravissimum educationis) para navegar en la nueva urgencia educativa (causada por las guerras, las migraciones, las desigualdades y las diversas formas de pobreza), como una de las expresiones más altas de la caridad cristiana y una forma de esperanza: tarea de amor y de reconstruir la confianza.


La tradición educativa de los cristianos

La tradición educativa de los cristianos tiene una historia larga, dinámica y viva. Hoy también debe renovarse (innovación) sobre el centro de la persona, y con el presupuesto de la relación entre fe y razón, sin olvidar los aspectos afectivos y sociales, pues la verdad se busca en comunidad. Es fundamental la escucha de las preguntas y el diálogo.

La pedagogía católica presupone una visión antropológica integral con visión cristiana (antropología cristiana: un humanismo integral que incluye la responsabilidad social, la contemplación espiritual y también de la belleza creada, promoviendo estilos de vida sostenibles); supera, por tanto, visiones funcionalistas y utilitaristas, excesivamente dependientes del mercado laboral y de las finanzas; pide el discernimiento de las situaciones de las personas y sus circunstancias y promueve la fraternidad entre los pueblos

Para educar en la relación entre fe, cultura y vida, en colaboración con las familias (los padres y madres son los primeros educadores, y el Estado debe respetar el principio de subsidiaridad), es necesario el testimonio cristiano de los profesores, así como su formación permanente en sus distintos aspectos (científico, pedagógico, cultural y espiritual).

Desde el punto de vista de las instituciones educativas (hoy se requiere una mayor generosidad y altura de miras, al servicio de la sociedad y de la misión cristiana), se pide crecer en colaboración entre los distintos carismas educativos, con creatividad y espíritu de servicio, incluyendo el discernimiento de la tecnología, y dando la primacía a la maduración de la persona. En síntesis: calidad (en la planificación pedagógica, en la formación de los docentes y en la gobernanza) y valentía (para garantizar el acceso a los más pobres y apoyar a las familias frágiles).

Propone retomar (y ampliar) las prioridades del “Pacto Educativo Global” que lanzó el Papa Francisco, ampliando los 7 objetivos con otros tres, referentes a la vida interior, la digitalidad humana y la educación para la paz.

domingo, 26 de octubre de 2025

Sinodalidad y esperanza



El jubileo de los equipos sinodales y organismos de participación ha convocado a los representantes de la implementación de la sinodalidad en los distintos continentes y grandes regiones donde la Iglesia camina en el mundo. El sábado 25 de octubre León XIV mantuvo un encuentro con estos equipos sinodales. Intervino un representante de cada continente o gran región del mundo y cada uno formuló una pregunta al Papa. A continuación el Papa fue respondiendo a cada pregunta en el marco de las orientaciones que consideró conveniente. El encuentro, transmitido en directo, fue muy ilustrativo del camino que se está recorriendo tras el Documento final del sínodo culminado en 2024, con evidentes diferencias de acentos y sensibilidades, pero con un común deseo de unidad para la misión, en torno al sucesor de Pedro y a los obispos.

El domingo 26 la homilía de León XIV fue particularmente representativa de las enseñanzas de su pontificado al menos hasta ahora. Desarrolló el sentido de la sinodalidad a partir de la humildad, como pedía el Evangelio del día (parábola del fariseo y del publicano).


El camino sinodal en África, Oceanía, Norteamérica y Oriente Medio

En el encuentro del sabado día 25, el representante de África expuso el intenso trabajo que está teniendo lugar en ese continente en lo que se refiere a la formación y acompañamiento para la participación en la sinodalidad, con un particular sentido de familia y en apertura al diálogo interreligioso y al logro de la paz. Preguntó cómo puede la Iglesia seguir ayudando en esta línea, respetando los principios de la sinodalidad.

(Como no existe publicado ningún texto del encuentro, ni lo que dijeron los que intervinieron ni lo que dijo el Papa será aquí recogido de modo literal).

viernes, 10 de octubre de 2025

El amor a los pobres, exigencia de la vida cristiana

Ante la exhortación apostólica “Dilexi te” (4-X-2025) alguien podría preguntarse: ¿por qué ahora un documento sobre los pobres? ¿Qué tiene que ver eso con la santidad como meta de la vida cristiana? ¿No es lo más importante la oración y los sacramentos? O por otra parte ¿no sería suficiente con insistir en que el cristianismo implica un compromiso social? En definitiva, ¿qué lugar deben ocupar los pobres y los necesitados en la Iglesia y en la vida cristiana?

Lo cierto es que el Papa León XIV ha demostrado ser “integrador” de los diversos aspectos de la vida cristiana, buscador de la unidad y de la coherencia. Pero de ningún modo relativizador, sino al revés, incisivo y profundo, sabiendo mostrar las exigencias de la verdad cristiana, aunque, ciertamente no se puede hablar de todo al mismo tiempo.

La exhortación apostólica Dilexi te, “te he amado” es el primer documento largo de León XIV. En su título recoge palabras que Cristo dirige, en el libro del Apocalipsis (3, 9), a una comunidad cristiana poco relevante y expuesta al desprecio. El texto se centra en el amor hacia los pobres. Se trata de un aspecto de la fe y de la vida cristiana que ha ido cobrando progresivamente importancia en el magisterio de la Iglesia sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449).

La presentación vincula el tema de este documento con la encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco sobre el amor divino y humano de Cristo, pues contemplar el amor de Cristo, en palabras de esa encíclica, “nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”.


El amor a los necesitados, camino de santificación

El Papa Prevost señala que el documento retoma un texto preparado por Francisco sobre los pobres y necesitados, “imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Declara compartir el deseo del Papa anterior “de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (3). Así queda enunciado el objetivo principal del documento: proponer este “camino de santificación” de fuerte raigambre evangélica: reconocer a Cristo en los necesitados para configurarse con Cristo, en lo que consiste la santidad.

miércoles, 1 de octubre de 2025

La Pascua de Jesús, fuente viva de esperanza

Icono de la Anástasis (Resurrección)

Dentro de la catequesis del Año Jubilar 2025, cuyo título es Jesucristo nuestra esperanza, León XIV ha dedicado las últimas semanas a la Pascua de Jesús. Es decir, a los acontecimientos que tuvieron lugar en torno a su pasión, muerte y resurrección.

¿Qué lugar ocupa en nuestra vida la entrega de Jesús por nosotros? ¿La consideramos como un hecho del pasado, sin conexión con nuestro presente y nuestro futuro? La fe cristiana nos asegura que se trata de algo central, lleno de implicaciones para nuestra vida personal, social y eclesial. 


Preparar el encuentro con Dios y con los demás

El primero de estos miércoles (cfr. Audiencia general, 6-VIII-2025)el Papa se centró en la palabra preparar. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?” (Mc 14, 12). En realidad, todo estaba preparado de antemano por Jesús: “La Pascua, que los discípulos deben preparar, está en realidad ya preparada en el corazón de Jesús”.

Al mismo tiempo, él pide a sus amigos que hagan su parte: “La gracia no elimina nuestra libertad, sino que la despierta. El don de Dios no anula nuestra responsabilidad, sino que la hace fecunda”.

Por tanto, tenemos, también nosotros, que preparar esa cena. No se trata solamente, advierte el sucesor de Pedro, de la liturgia o de la Eucaristía (que significa “acción de gracias”), sino de“nuestra disponibilidad para entrar en un gesto que nos supera”.

“La Eucaristía –observa León XIV– no se celebra solo en el altar, sino también en la vida cotidiana, donde es posible vivir todo como ofrenda y acción de gracias”.

De ahí la interpelación: “Podemos entonces preguntarnos: ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar para que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy ‘preparar’?”.

Algunas sugerencias: “Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar que el otro cambie, dar el primer paso. Quizás escuchar más, obrar menos o aprender a confiar en lo que ya está dispuesto”.

Leer el texto completo (enlace a la web de "Omnes")


martes, 2 de septiembre de 2025

Dejarse curar por Jesús


¿Por qué necesitamos dejarnos curar y contribuir a curar a los demás? Porque somos vulnerables. Sólo quien carece de experiencia o de conocimiento de sí mismo y de los otros puede desconocer esta necesidad.

Dentro del ciclo de catequesis correspondiente al Jubileo 2025 (“Jesucristo nuestra esperanza”), León XIV ha culminado, en el medio del verano, el itinerario de la vida publica de Jesús (encuentros, parábolas y curaciones), dedicando cuatro miércoles a las curaciones: Bartimeo, el paralítico de la piscina, la hemorroísa y la hija de Jairo, el sordomudo.


Bartimeo: levantarse ante Jesús que pasa y llama

En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con Bartimeo, un ciego y mendigoo (cf. Audiencia general, 11-VI-2025). Su nombre significa hijo de Timeo, pero también hijo del homor o de la admiración Y ello nos sugiere que “Bartimeo –por su dramática situación, su soledad y su actitud inmóvil, como observa san Agustín– no consigue vivir lo que está llamado a ser”.

Sentado al borde del camino, Bartimeo necesita que alguien lo levante y lo ayude a salir de su situación y seguir caminando. Y para ello hace lo que sabe hacer: pedir y gritar. Es una lección para nosotros. “Si realmente deseas algo –nos propone el Papa–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!”

De hecho, el grito de Bartimeo, “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47)– se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Bartimeo es ciego, pero, paradójicamente, ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús. Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama; “porque –observa el sucesor de Pedro– no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él”.

martes, 8 de julio de 2025

Las parábolas y los movimientos eclesiales





Van Gogh, El sembrador al atardecer, 1888

¿Qué tienen en común las parábolas del Evangelio con los movimientos eclesiales? Pues que en ambos casos actúa el Espíritu Santo, para fomentar la conversión personal y la misión de la Iglesia.

¿Hasta qué punto nos dejamos sorprender por la predicación de Jesús en los Evangelios? ¿Somos conscientes del impulso que el Espíritu Santo está imprimiendo a la Iglesia a través de los movimientos eclesiales? Son dos preguntas que pueden centrar algunas de las enseñanzas de León XIV en estas semanas.

La actividad magisterial del Papa continúa tomando fuerza e intensidad, atendiendo a las necesidades del Pueblo de Dios y de la sociedad civil, que no son pocas. De esta manera sigue pulsando los “primeros acordes” de su pontificado, que le invitan a prodigarse en su solicitud por todos. Y todo ello en el marco del año jubilar, que convoca en Roma a fieles católicos y otras personas de diversa condición, agrupados con frecuencia según los servicios que prestan a la Iglesia y al mundo.

Presentamos aquí sus tres catequesis sobre algunas parábolas de Jesús y los discursos que León XIV ha  dirigido a los movimientos eclesiales con motivo de su participación en el Jubileo.


Las parábolas nos interpelan

Jesús desea personalizar su mensaje y por ello sus enseñanzas tienen un carácter que hoy podríamos llamar antropológico o personalista, experiencial y a la vez interpelador, para cada uno de los que le escuchaban y también hoy para nosotros.

De hecho, observa León XIV que el término parábola viene del verbo griego ”paraballein”, que significa ”lanzar delante”: “La parábola me lanza delante una palabra que me provoca y me empuja a interrogarme”.

Al mismo tiempo, es interesante que el Papa se fije en ciertos aspectos siempre sorprendentes de los pasajes del Evangelio.

lunes, 2 de junio de 2025

León XIV: tras las huellas del Vaticano II

(Publicado en la web de "Omnes", 1-VI-2025)


 En pocas semanas hemos recibido ya muchas enseñanzas del nuevo Papa, León XIV. Los primeros días, sus palabras eran examinadas cuidadosamente por todos, para avizorar las claves y orientaciones de su pontificado.

¿Por dónde guiará a la Iglesia el nuevo pontífice?, queríamos saber. Pues bien, el mismo León XIV ha sido suficientemente explícito al respecto. A sus primeras palabras, desde la logia central del Vaticano el día de su elección, han seguido intervenciones clarificadoras.

Presentamos aquí esas primeras palabras, la homilía en la Misa con los cardenales y el discurso en el posterior encuentro con ellos y, finalmente, la homilía en el inicio del ministerio petrino.


Cristo resucitado trae la paz y la unidad

Como un eco de las de Cristo el día de su Resurrección, las palabras del nuevo Papa liberaron el aliento contenido de todos en la plaza del Vaticano (8-V-2022): “¡La paz esté con todos ustedes! Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo del Cristo Resucitado, el buen pastor que dio su vida por el rebaño de Dios. Yo también quisiera que este saludo de paz entrara en sus corazones, alcanzara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que se encuentren, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes!”

No se trata de cualquier paz, sino de la paz de Cristo Resucitado: “una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”, que proviene de Dios, quien nos ama a todos incondicionalmente.

Como Francisco, a quien el nuevo Papa evocó en su primera bendición a Roma y al mundo entero, también León XIV desea bendecir y asegurar al mundo la bendición de Dios y el amor de Dios, y su necesidad de seguir a Cristo:

“El mundo necesita su luz. La humanidad lo necesita como puente para ser alcanzada por Dios y por su amor. Ayúdenos también ustedes, y ayúdense unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz. ¡Gracias al Papa Francisco!”.

Agradeció a los cardenales el haberle elegido y propuso “caminar (…) como Iglesia unida, buscando siempre la paz, la justicia, tratando siempre de trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo, para proclamar el Evangelio, para ser misioneros”.

Declaró como hijo de san Agustín: “Con ustedes soy cristiano y para ustedes obispo”. Y añadió: “En este sentido, todos podemos caminar juntos hacia la patria que Dios nos ha preparado”. Y saludó especialmente a la Iglesia en Roma, que debe ser misionera, constructora de puentes, con los brazos abiertos a todos, como la plaza de san Pedro.

A Roma ha llegado desde Chiclayo (Perú) donde estuvo ocho años como obispo y lo recuerda –y es recordado allí– con afecto: “donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto para seguir siendo Iglesia fiel de Jesucristo”.

Expresó su deseo de caminar juntos, tanto en Chiclayo como en Roma. Con ello enlazó: “Queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que busca siempre estar cercana especialmente a los que sufren”.

Y terminó invocando a la Virgen de Pompeya, cuya advocación se celebraba ese día.

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miércoles, 21 de mayo de 2025

Del asombro a la coherencia

 (Actualidad de Nicea para la educación de la fe) *


Icono conmemorativo del primer Concilio de Nicea
(fuente: Wikipedia)

El 20 de mayo el mundo cristiano celebra los 1700 años del primer Concilio de Nicea, también primer concilio ecuménico. En él se declaró que Jesucristo es Dios (verdadero Dios y verdadero hombre), hijo eterno de Dios (homousios = de la misma naturaleza del Padre) y hecho hombre por nuestra salvación. La filiación divina de Jesús nos ha hecho hijos en Él y hermanos entre nosotros, especialmente los cristianos.

Esto ha tenido y sigue teniendo grandes consecuencias para la historia y la cultura, a través de la vida cristiana, como se apunta en el documento de la Comisión Teológica Internacional, “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador: 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025)”. Nos limitamos aquí a señalar algunas implicaciones educativas de las conclusiones del texto (cf. nn 121-124).



Belleza, asombro

Ante todo, el camino de la belleza. Se dice que esta celebración “es una invitación apremiante para que la Iglesia redescubra el tesoro que se le ha confiado y aproveche para compartirlo con alegría, en un nuevo impulso, incluso en una ‘nueva etapa de evangelización’”, con palabras del Papa Francisco. Sin duda con implicaciones educativas.

Lo primero que propone es “dejarnos asombrar por la inmensidad de Cristo para que todos queden maravillados; reavivar el fuego de nuestro amor al Señor Jesús, para que todos puedan arder de amor por él. Nada ni nadie es más hermoso, más vivificante, más necesario que Él”, como ya dijo Dostoievski.

En efecto, ¿cómo es posible acostumbrarse a que Dios se haya unido, en Cristo, a la humanidad para llevarla a la plenitud de la vocación humana, y, además, de modo que nos ha hecho hijos amados y hermanos en la familia de Dios mediante el Espíritu Santo?

Y por eso: “Quienes han visto la gloria (doxa) de Cristo pueden cantarla y dejar que la doxología se convierta en anuncio generoso y fraterno, es decir, en kerigma”.

sábado, 17 de mayo de 2025

Contigo, todo comienza de nuevo



En la vigilia pascual pasada (celebrada por el cardenal Giovanni Baptista Re), la homilía del Papa Francisco considera el signo litúrgico de la llama que desde el cirio pascual, de manera discreta y humilde, termina iluminando todo.


Como un pequeño brote de luz

“La Pascua del Señor no es un evento espectacular con el que Dios se impone y obliga a creer en Él; no es una meta que Jesús alcanza por un camino fácil, esquivando el Calvario; y tampoco nosotros podemos vivirla de manera despreocupada y sin dudas interiores”. De hecho y por el contrario, “la Resurrección es como pequeños brotes de luz que se abren paso poco a poco, sin hacer ruido, a veces todavía amenazados por la noche y la incredulidad”.

El estilo de Dios, señala el obispo de Roma, no es resolverlo todo mágicamente. Por eso, ante la muerte y el mal, el egoísmo y la violencia, hemos de confiar en la esperanza de la Pascua, y llevarla a los demás “con nuestras palabras, con nuestros pequeños gestos cotidianos, con nuestras decisiones inspiradas en el Evangelio”. Así anunciamos la presencia de un nuevo comienzo, un “clarear en la oscuridad”, incluso ahí donde parece imposible.

“En Jesús Resucitado tenemos, en efecto, la certeza de que nuestra historia personal y el camino de la humanidad, aunque todavía inmersos en una noche donde las luces parecen débiles, están en las manos de Dios; y Él, en su gran amor, no nos dejará tambalear ni permitirá que el mal tenga la última palabra”.

Y concluye Francisco con una exhortación: “¡Hagámosle espacio a la luz del Resucitado! Y nos convertiremos en constructores de esperanza para el mundo”.


Buscarlo en la vida

Finalmente, en la homilía de la misa de resurrección (20 de abril), leída por el cardenal Angelo Comastri, Francisco nos animaba, en su última homilía, a buscar al Señor sin cansancio, siempre de nuevo, porque con Él comienza todo de nuevo. De hecho, en los relatos de la resurrección “todos los protagonistas corren”, quizá por la preocupación de que quizá se han llevado el cuerpo del Maestro, y sobre todo, “por el deseo, el impulso del corazón, la actitud interior de quien se pone en búsqueda de Jesús”.

En todo caso, no hay que buscarlo en el sepulcro, porque ya no está allí, sino en la vida. “Porque si ha resucitado de entre los muertos, entonces Él está presente en todas partes, habita entre nosotros, se esconde y se revela también hoy en las hermanas y los hermanos que encontramos en el camino, en las situaciones más anónimas e imprevisibles de nuestra vida. Él está vivo y permanece siempre con nosotros, llorando las lágrimas de quien sufre y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor de cada uno de nosotros”.

“En Jesucristo lo tenemos todo”, decía Henri de Lubac. Jesús, señala Francisco, abre nuestra vida a la esperanza, y con Él se renueva nuestra vida. Y acaba pidiendo para todos nosotros el asombro de la fe pascual “porque contigo, Señor, todo es nuevo. Contigo, todo comienza de nuevo”. Así también hemos pedido que lo sea para el Papa Francisco. Descanse en la paz de Cristo y de su Madre.

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(*) Fragmento de un texto más amplio publicado en la revista "Omnes" (mayo del 2025) bajo el título "Hacer espacio a la luz". 

viernes, 16 de mayo de 2025

El camino evangelizador de Francisco

(publicado en la revista "Omnes", mayo de 2025)

El camino de Francisco, también en su magisterio doctrinal, ha sido un camino en cierto modo sorprendente –para quien lo sepa mirar con los ojos de la sencillez propia de la sabiduría–, como el de Cristo, y evangelizador. Aquí sugerimos las que pueden considerarse como principales luces de ese camino. Nos limitamos a sus encíclicas y exhortaciones apostólicas. 



La fe transforma porque abre al amor

La encíclica Lumen fidei (“La luz de la fe”, 2013) fue realizada, en cierto sentido,  como discreto broche, pero broche de oro, del pensamiento y doctrina del papa Ratzinger, que aparece con la colaboración y la firma de Francisco.

Presenta la fe cristiana como luz que hace vivir, porque en ella “se nos ha dado un gran Amor” que “nos transforma, ilumina el camino y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para poder recorrerlo con alegría” (n. 7)

La fe amplía el conocimiento de la verdad y trasnforma toda la persona. ¿Pero cómo lo hace? Sorprendentemente, afirma el texto: "La fe transforma toda la persona precisamente porque la fe se abre al amor” (n. 26), y así puede ayudar a ensanchar la razón. Y así, la fe cristiana, vivida realmente en la práctica, transforma la vida personal, familiar y social, la relación con la naturaleza y el sentido tanto de la alegría como del sufrimiento. 

viernes, 9 de mayo de 2025

Construir puentes




(Publicado por la Universidad de Navarra en su cuenta de Linkedin, el 9-V-2025)

En sus primeras palabras, León XIV ha anunciado y deseado la paz y la luz de Cristo.

Como proclamó el Concilio Vaticano II, Cristo es la "luz de las gentes" (Lumen gentium), el mediador de la salvación para todos y cada uno, el camino que Dios ha recorrido en lo que llamamos la “condescendencia” de Dios: su acercamiento para manifestarnos su misericordia.

"La humanidad –ha dicho el nuevo papa en referencia a Cristo– le necesita como puente para ser alcanzada por Dios y su amor". Cristo es "el Puente". Desde el 12 de diciembre de 2012, la cuenta de Twiter (después X) del papa es @pontifex. Pontífice significa hacedor o constructor de puentes.

A los discípulos de Cristo, León XIV les ha pedido ayuda e invitado para "construir puentes, mediante el diálogo y el encuentro, uniéndonos todos para ser un único pueblo, siempre en paz". 

El mundo necesita su luz

(Pubicado en Diario de Navarra, 9-V-2025)

En su homilía para la vigilia pascual (que leyó el cardenal Re), en vísperas del 20 de abril, el papa Francisco decía: “la Resurrección es como pequeños brotes de luz que se abren paso poco a poco, sin hacer ruido, a veces todavía amenazados por la noche y la incredulidad”.

Como la luz que brota del cirio pascual en esa noche, la luz de Cristo brota siempre de nuevo para el mundo con la elección de un nuevo papa.

León XIV lo ha dicho así desde el balcón de la Logia de las bendiciones, en la plaza de san Pedro del Vaticano este jueves 8 de mayo: “Cristo nos precede, el mundo necesita su luz. La humanidad le necesita como el puente para ser alcanzados por Dios y su amor”.

Con la luz de la Pascua nos ha llegado el nuevo pontífice, cuyo oficio tiene que ver con la construcción de puentes. Ha dedicado sus primeras palabras a la paz, a la unidad y a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Ha saludado a los presentes y al mundo deseando la paz de Cristo. No cualquier paz sino “la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”. Esa paz que “proviene de Dios, que nos ama a todos de manera incondicional”.

Junto con la paz, la unidad: “Todos estamos en manos de Dios, por lo tanto, sin miedo, todos unidos de la mano de Dios y entre nosotros, avancemos”. Podría verse como evocación de aquel “todos estamos en la misma barca” que dijo Francisco hace cinco años, en su célebre meditación durante la pandemia.

Nos ha emplazado a construir puentes “mediante el diálogo y el encuentro, para ser un único pueblo, siempre en paz”.

Y con la paz y la unidad, nos ha pedido ser fieles a Jesucristo: “Sin miedo para proclamar el Evangelio, para ser misioneros”.

Con este trinomio –paz, unidad, misión– el primer papa estadounidense, que ha gastado buena parte de sus años en el Perú –dedicó un afectuoso recuerdo a la que fue su diócesis en Chiclayo– se ha dirigido a los presentes, a los cristianos y al mundo. 

Poco antes se nos informaba que había elegido el nombre de León XIV.

Su predecesor León XIII ocupó la sede de Pedro durante veinticinco años, desde 1878 a 1903. Fue un papa de notable solidez teológica que no dudó en entablar diálogo con el mundo moderno para abrirle a la luz del Evangelio. Entre sus 85 encíclicas cabe destacar aquellas con las que alentó la renovación del tomismo (encíclica Aeterni Patris, 1879), puso las bases de la doctrina social de la Iglesia (encíclica Rerum novarum, 1891) e impulsó los estudios bíblicos (encíclica Providentissimus Deus, 1893).

El papa León XIV es agustino, doctor en Derecho canónico con una tesis sobre “el rol del prior local en la orden de san Agustín”. Ha sido misionero en el Perú durante muchos años y ha ocupado importantes cargos en su Orden. En los últimos años ha sido Prefecto de la Congregación para los obispos, por tanto, un estrecho colaborador del papa Francisco.

Bajo su liderazgo esperamos los cristianos seguir aportando luz al mundo, como también decía Francisco en su última homilía de la vigilia pascual, “con nuestras palabras, con nuestros pequeños gestos cotidianos, con nuestras decisiones inspiradas en el Evangelio”.