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viernes, 10 de octubre de 2025

El amor a los pobres, exigencia de la vida cristiana

Ante la exhortación apostólica “Dilexi te” (4-X-2025) alguien podría preguntarse: ¿por qué ahora un documento sobre los pobres? ¿Qué tiene que ver eso con la santidad como meta de la vida cristiana? ¿No es lo más importante la oración y los sacramentos? O por otra parte ¿no sería suficiente con insistir en que el cristianismo implica un compromiso social? En definitiva, ¿qué lugar deben ocupar los pobres y los necesitados en la Iglesia y en la vida cristiana?

Lo cierto es que el Papa León XIV ha demostrado ser “integrador” de los diversos aspectos de la vida cristiana, buscador de la unidad y de la coherencia. Pero de ningún modo relativizador, sino al revés, incisivo y profundo, sabiendo mostrar las exigencias de la verdad cristiana, aunque, ciertamente no se puede hablar de todo al mismo tiempo.

La exhortación apostólica Dilexi te, “te he amado” es el primer documento largo de León XIV. En su título recoge palabras que Cristo dirige, en el libro del Apocalipsis (3, 9), a una comunidad cristiana poco relevante y expuesta al desprecio. El texto se centra en el amor hacia los pobres. Se trata de un aspecto de la fe y de la vida cristiana que ha ido cobrando progresivamente importancia en el magisterio de la Iglesia sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449).

La presentación vincula el tema de este documento con la encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco sobre el amor divino y humano de Cristo, pues contemplar el amor de Cristo, en palabras de esa encíclica, “nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”.


El amor a los necesitados, camino de santificación

El Papa Prevost señala que el documento retoma un texto preparado por Francisco sobre los pobres y necesitados, “imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Declara compartir el deseo del Papa anterior “de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (3). Así queda enunciado el objetivo principal del documento: proponer este “camino de santificación” de fuerte raigambre evangélica: reconocer a Cristo en los necesitados para configurarse con Cristo, en lo que consiste la santidad.

domingo, 22 de septiembre de 2024

El diálogo y la colaboración entre los creyentes


(Imagen: personas de diversas religiones trabajando en un proyecto común) 

Durante su visita apostólica en Asia y Oceanía, el Papa Francisco mantuvo un encuentro de carácter interreligioso en Yacarta, Indonesia (un país de gran mayoría musulmana, donde solamente hay un 10% de cristianos y un 3% de católicos), en la mezquita “Istiqlal” (cf. Discurso 5-IX-2024). Fue diseñada por un arquitecto cristiano y está unida a la catedral católica de Santa María de la Asunción por el “túnel (subterráneo) de la amistad”. Allí Francisco alabó la nobleza y la armonía en la diversidad, de modo que los cristianos pueden testimoniar su fe en diálogo con grandes tradiciones religiosas y culturales. El lema de su visita fue “fe, fraternidad, comprensión”.


Amistad y trabajo conjunto

Animó el Papa a los creyentes a proseguir con la comunicación –simbolizada en ese túnel de la amistad– en la vida del país:

“Los animo a continuar por este camino: que todos, todos juntos, cultivando cada uno la propia espiritualidad y practicando la propia religión, podamos caminar en la búsqueda de Dios y contribuir a construir sociedades abiertas, cimentadas en el respeto recíproco y en el amor mutuo, capaces de aislar las rigideces, los fundamentalismos y los extremismos, que son siempre peligrosos y nunca justificables”.

En esta perspectiva, quiso dejarles dos orientaciones. En primer lugar, ver siempre en profundidad. Porque más allá de las diferencias entre las religiones –diferencias en las doctrinas, ritos y prácticas–, “podríamos decir la raíz común de todas las sensibilidades religiosas es una sola: la búsqueda del encuentro con lo divino, la sed de infinito que el Altísimo ha puesto en nuestro corazón, la búsqueda de una alegría más grande y de una vida más fuerte que la muerte, que anima el viaje de nuestras vidas y nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios”.

E insistió en lo fundamental: “Mirando en profundidad, percibiendo lo que fluye en lo más íntimo de nuestra vida, el deseo de plenitud que vive en lo más profundo de nuestro corazón, descubrimos que todos somos hermanos, todos peregrinos, todos en camino hacia Dios, más allá de lo que nos diferencia”.

Con ello aludía a una de las claves de estos días: el significado de las religiones y el diálogo y la colaboración entre creyentes (1).

Pocos días después diría a los jóvenes en Singapur: “todas las religiones son un camino hacia Dios” (Encuentro, 13-IX-2024). Así es y se cumple en las religiones propiamente dichas y en la medida en que respeten la dignidad humana y no se opongan a la fe cristiana. No se dice esto, por tanto, en referencia a las deformaciones de la religión como la violencia, el terrorismo, el satanismo, etc.

Por otra parte, el Papa tampoco afirmó que las religiones fueran entre sí equivalentes, o que tuvieran el mismo valor en la perspectiva cristiana (cf. Decl. Nostra Aetate del Concilio Vaticano II y el magisterio posterior, cf. Decl. Dominus Iesus, de 2000). De hecho, la doctrina católica enseña que las religiones, junto con elementos de verdad y de bien, tienen elementos que es necesario purificar (vid. también el documento de la Comisión Teológica Internacional, El cristiano y las religiones, 1996). (2)

En segundo lugar, Francisco invitó a cuidar las relaciones entre los creyentes. Así como un pasaje subterráneo conecta, crea un enlace, “lo que realmente nos acerca es crear una conexión entre nuestras diferencias, ocuparnos de cultivar lazos de amistad, de atención, de reciprocidad”. 

sábado, 19 de noviembre de 2022

El templo de Dios y los pobres

Han transcurrido cinco años desde que Francisco instituyó la Jornada Mundial de los Pobres. En esta ocasión (cf. Homilía, 13-XI-2022; ver también el Mensaje para la VI Jornada mundial de los pobres, publicado el 13 de junio pasado), el Papa se refirió al templo de Jerusalén, que muchos admiraban en su esplendor (cf. Lc 21, 5-11). Ese templo, en la perspectiva cristiana, era prefiguración del verdadero templo de Dios, es decir, Jesús como cabeza de la Iglesia (cf. Jn 2, 18-21).

Es algo que nos afecta personalmente a cada cristiano. Porque ese trasfondo de la historia de la salvación y de la fe cristiana debe ser traducido en concreto, en el aquí y ahora de nuestra vida, mediante el discernimiento. Para mostrarlo, en esta ocasión el Papa se ha fijado en dos exhortaciones del Señor: “no os dejéis engañar”, y “dar testimonio”. 


Discernimiento para no dejarse engañar

Los oyentes de Jesús se preocupaban por cuándo y cómo se producirían los espantosos acontecimientos que les estaba anunciando (entre ellos la destrucción del templo). Tampoco nosotros, nos aconseja Francisco, hemos de dejarnos llevar por “la tentación de leer los hechos más dramáticos de manera supersticiosa o catastrófica, como si ya estuviéramos cerca del fin del mundo y ya no valiera la pena empeñarnos en nada bueno”.

Jesús nos dice, en palabras del sucesor de Pedro: “Aprended a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, seguros de que estando cerca de Dios ni un cabello de vuestra cabeza perecerá (Lc 21, 18)”.

Además, aunque la historia está llena de situaciones dramáticas, guerras y calamidades, eso no es el fin, ni es para paralizarse por el miedo o el derrotismo de quien piensa que todo está perdido y es inútil esforzarse. El cristiano no se deja atrofiar por la resignación ni por el desánimo. Ni siquiera en las situaciones más difíciles, “porque su Dios es el Dios de la resurrección y de la esperanza, que siempre nos levanta: con Él siempre se puede mira arriba, recomenzar y volver a empezar”. 

viernes, 27 de agosto de 2021

Liderazgo educativo y tecnologías digitales

 




En un discurso a la International Catholic Legislators Network (27-VIII-2021), el Papa Francisco ha recordado que estamos todavía en un momento difícil: “La pandemia del Covid-19 está arrasando”.

Difícil, no solo por eso, sino porque es necesario afrontar las dificultades, particularmente las dificultades educativas, que esta crisis ha puesto de relieve: “Afrontar las causas profundas que la crisis ha revelado y amplificado: la pobreza, la desigualdad social, el extenso desempleo y la falta de acceso a la educación”.

Francisco se ha referido también al papel de las tecnologías en relación con el bien común, la dignidad humana, e, implícitamente, la educación. “Las maravillas de la ciencia y de la tecnología moderna han aumentado nuestra calidad de vida” (cf. Laudato sí’, 102). “Sin embargo –añade–, abandonadas a sí mismas y solo a las fuerzas del mercado, sin las directrices adecuadas dadas por las asambleas legislativas y otras autoridades públicas guiadas por un sentido de responsabilidad social, esas innovaciones pueden amenazar la dignidad del ser humano”.

Advierte que no se trata de frenar el progreso tecnológico, pero sí de proteger la dignidad humana, especialmente en relación con la plaga de la pornografía infantil, la explotación de los datos personales, los ataques a las infraestructuras críticas como los hospitales, las falsedades difusas por las redes sociales, etc. 

domingo, 15 de agosto de 2021

La llamada al arte de la vida


¿Qué puede incitar a que un comerciante de arte, cercano a su retiro y con problemas económicos, consiga un cuadro en una subasta, como “último tesoro”? ¿Qué puede significar que un buen pintor renuncie a firmar su obra? ¿Y cómo se relaciona ese cuadro con la vida del que lo ha comprado, inicialmente con la idea de revenderlo por un precio mucho mayor, puesto que ya sabía que era realmente una obra maestra?

Todo ello se plantea en la película finesa “El artista anónimo” (Klaus Härö, Tuntematum mestari, 2018, primer premio en el festival de Washington D.C., 2019, guión de Anna Heinämaa), estrenada en España en octubre de 2020.

Estamos ante una buena historia con dimensión pedagógica y familiar, a partir del conocimiento del alma humana y la búsqueda de la verdad. También es una parábola para valorar el trabajo bien hecho, y recordar que siempre hay posibilidad de redención: segundas oportunidades. Una película pequeña y no revolucionaria, se ha dicho, pero con un buen saber hacer que la hace sugerente e incluso apasionante. Un destello sobre el sentido de la vida, del arte e incluso del dinero –han señalado otros–, sobre la evolución de nuestra cultura y el diálogo entre las generaciones, que rechaza las fáciles respuestas y subraya la necesidad de contemplación. Y todo ello apoyado en un excelente trabajo de cámara, y en la música de Vivaldi, Mozart, Händel y Rachmaninov.

Pero hay más que puede verse en esta sencilla pero universal historia. Un plus que, posibilitando esas interpretaciones, llama al espectador desde planos más hondos. Una propuesta magistralmente mediada por la trama afectiva, cultural y también religiosa del film. Un plus que tiene que ver con la esperanza, no exento de buen humor. 

lunes, 14 de diciembre de 2020

San José, el trabajo y la paternidad

¿Qué significado tiene el trabajo y qué significa ser padre? Son dos temas que aborda el Papa Francisco en la parte final de su carta Patris corde (8-XII2020) sobre san José. Continuamos aquí la invitación a la lectura de la carta que iniciamos hace unos días.


Desde León XIII (cf. enc. Rerum novarum, 1891), la Iglesia propone a san José como modelo de trabajador y patrono de los trabajadores. Al contemplar la figura de san José, dice Francisco en su carta, se comprende mejor el significado del trabajo que da dignidad, y el lugar del trabajo en el plan de la salvación. Por otra parte, hoy nos conviene a todos una reflexión sobre la paternidad.

sábado, 24 de octubre de 2020

La fraternidad, don y tarea

El objetivo es sugerir algunas pistas para la lectura o relectura de la encíclica Fratelli tutti, sobre su trasfondo, unidad y trazos principales. Después de una introducción, pasamos a cuestiones de método y perspectiva, para terminar subrayando algunos aspectos de los contenidos (*). 

martes, 22 de enero de 2019

La "revolución del servicio" desde la JMJ de Panamá

Panamá es un lugar clave para la nueva evangelización en y desde Centroamérica. Su papel de comunicación, gracias al canal, entre los dos océanos Atlántico y Pacífico y su liderazgo en el crecimiento económico de Latinoamérica hacen de este país un lugar estratégico, para que llegue el mensaje de Francisco a los jóvenes del mundo.

La JMJ de Panamá cuenta con el primer papa americano, más precisamente latinoamericano y de habla española. Sin duda este hecho –que el papa comparta el habla hispana con las gentes que lo acogen– hará especialmente significativo este encuentro con los jóvenes. La cultura de estos países posee una gran riqueza de valores, también desde el punto de vista cristiano.

domingo, 17 de julio de 2016

Esperanza para mí y para los otros

En nuestra vida siempre hay incertidumbres. No solamente en el ámbito social y político, nacional e internacional; también en lo personal: ¿adónde vamos? ¿Qué hay más allá? ¿Qué podemos esperar? ¿En qué consiste propiamente la vida eterna y qué tiene que ver con nuestra vida normal, de todos los días?

Ante estas y otras preguntas parecidas, siempre puede ser un buen momento para releer la encíclica del ahora Papa emérito, Benedicto XVI, Spe salvi, de 2007, sobre la esperanza cristiana.

Ante la pregunta ¿qué podemos esperar? Joseph Ratzinger se plantea básicamente dos cuestiones: una autocrítica de la edad moderna y un nuevo aprendizaje del sentido cristiano de la esperanza.


martes, 21 de junio de 2016

Sentido cristiano de la ecología


Se cumple un año de la encíclica del Papa Francisco Laudato si’, sobre el cuidado de la Casa común. La fe bíblica asegura la dignidad de la persona humana y su valor especial, por haber sido creada para una vida de amor que sea respuesta al amor divino. Esa respuesta de amor comporta el cuidar con respeto el mundo y los seres que lo pueblan. Ya se ve que esto nada tiene que ver con un antropocentrismo despótico o radical, en el sentido denunciado por muchos de los que se dedican a la ética ambiental. 

Veamos en primer lugar la relación entre cristianismo y antropocentrismo y en segundo lugar los compromisos ecológicos que resultan de la fe bíblica.

martes, 12 de agosto de 2014

Amor matrimonial y amor a los hijos

Se acerca el sínodo extraordinario sobre la familia. Y conviene preguntarse por el significado concreto del matrimonio cristiano y de la familia cristiana. ¿Qué supone o qué significa concretamente el adjetivo “cristiano” en lo que respecta a la sexualidad conyugal? ¿Cómo se prolonga ese amor a través de la familia?


sábado, 1 de marzo de 2014

Mirar al futuro

Serenidad, valentía, sabiduría


El tema del futuro o del destino aparece rara vez al hablar de ética en nuestro tiempo. Pero no ha sido así antes. Hegel escribe: “…el comienzo, el principio de la ciencia moral es el respeto que debemos tener al destino”. ¿Pero de qué sirve plantearse esto –se pregunta Spaemann en el último capítulo de sus Cuestiones fundamentales de Ética– si no podemos cambiar nuestro destino?

miércoles, 12 de febrero de 2014

Oración, trabajo y evangelización

En su defensa de los más débiles, como los concebidos y no nacidos o los que padecen injustas desigualdades sociales, y en su participación ciudadana con todas las personas de buena voluntad, los cristianos deben mostrar una actitud no de pura polémica, sino de clarividencia, que procede de la propia coherencia en el compromiso con Dios y con los demás. Esto no es posible hoy sin una vida espiritual intensa, que nada tiene que ver con intimismos o espiritualismos. Así lo enseña con claridad el Papa Francisco.

     El último capítulo de Evangelii gaudium se titula “evangelizadores con espíritu”. Esto deben ser todos los cristianos. Y esto quiere decir “evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo”. Algo que requiere la oración, “sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía”, y también el convertir la fe en vida (cf. n. 260).

sábado, 14 de septiembre de 2013

Servir, acompañar, defender


Para servir hay que agacharse, hay que inclinarse. El Papa Francisco ha visitado el centro Astalli de Roma, donde se acoge a muchos refugiados que han llegado primero a Lampedusa, y buscan una vida digna. Desde allí ha llamado de nuevo a las puertas de nuestra vida, porque esos refugiados son parte de nuestro propio cuerpo, la humanidad. Y ha pronunciado tres palabras arriesgadas, comprometedoras e incluso provocadoras: servir, acompañar, defender.

     Servir, acompañar, defender. Así expresa el Papa el “programa de atención” a los refugiados. Tres palabras que representan bien la actitud ética y cristiana que esas personas merecen y necesitan, y que todos debemos tener hacia ellos.

sábado, 27 de abril de 2013

Renunciar a los ídolos


N. Poussin, La adoración del becerro de oro (1633)
[cf. Ex. 32, 15-24, 3034; Sal. 105]
National Gallery, Londres


El 14 de abril el Papa Francisco celebró misa en la Basílica de San Pablo Extramuros. Junto a la tumba de San Pablo, quiso reflexionar sobre tres verbos: anunciar, dar testimonio, adorar. Y comenzó invitando a preguntarse: “¿Somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana?”. Desde ahí desarrolló cómo “la fe nace de la escucha, y se
refuerza con el anuncio”.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Custodiar y servir


En el inicio oficial de su tarea (19-III-2013), tomando pie de la vida de San José, el papa Francisco ha explicado cómo entiende su ministerio, en el contexto de algo que corresponde a todos: “custodiar” y “servir”. El ministerio del papa se sitúa al servicio de la vida cristiana. La vida cristiana está al servicio de todos y del mundo creado. Y toda persona encuentra también ahí –en el cuidado y en el servicio– el sentido de su vida: custodiar los dones de Dios, cosa que sólo puede hacerse con amor. 


La misión de San José y la nuestra

     La misión de San José (cf. Mt 1, 24) le ha servido de arranque, después de referirse a la onomástica de Benedicto XVI: "Le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud". San José fue custodio: “Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: ‘Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo’ (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Sobre el servicio de la caridad


Sucedió el 14 de Noviembre en Times Square, Nueva York. 
El policía le compró unas botas y le invitó a un café. 
No sabía que una turista le estaba sacando una foto

El trabajo y la vida ordinaria brindan muchas ocasiones 
para vivir la caridad y la misericordia aquí y ahora.


Un breve pero importante documento de Benedicto XVI subraya el papel central de la caridad en la misión de la Iglesia y la responsabilidad de los obispos en el impulso de la caridad (uno de los dos pilares de la nueva evangelización, junto con la confesión de la fe), y establece un marco normativo de referencia para las organizaciones caritativas católicas.

viernes, 15 de junio de 2012

Fuerza de la oración y vida ordinaria

M. Chagall, Paris through the window (1913), Museo Guggenheim, Nueva York


En la audiencia general del 13 de junio, Benedicto XVI ha presentado la fuerza de la oración cristiana, también en la vida ordinaria, a partir de un texto de san Pablo (cf. 2 Co 12, 1-10). 



Dios actúa por medio de nuestra oración


     Para legitimar su apostolado, san Pablo subraya no sus realizaciones personales, sus esfuerzos y éxitos, sino la acción de Dios en él, por medio de la oración, y a través de él. San Pablo llegó a tener revelaciones extraordinarias, de modo que, en palabras de Benedicto XVI, “el Señor lo tomó totalmente, lo atrajo hacia sí, como lo había hecho en el camino de Damasco en el momento de su conversión” (cf. Flp. 3, 12).

     En un segundo momento, san Pablo continúa diciendo que precisamente para que no caiga en la soberbia por las revelaciones recibidas, Dios permite que el apóstol lleve en sí una “espina”, un “aguijón” (cf. 2 Co 12, 7), una debilidad o flaqueza que le hace sufrir y pedir tres veces ser liberado de ella. Pero experimenta que Dios le responde: “Mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza” (v. 9). 



A pesar de nuestras debilidades

     El Papa se admira de cómo san Pablo ha comprendido hasta el fondo lo que significa ser apóstol: se complace incluso en sus flaquezas, “es decir, no se enorgullece de sus acciones, sino de la actividad de Cristo que obra precisamente en su debilidad” (cf. vv. 9-10). San Pablo es consciente de ser un “siervo inútil”, un “vaso de barro”. En su oración se da cuenta de cómo debe afrontar todos sus sufrimientos, dificultades y persecuciones: “abriéndose con confianza a la acción del Señor”. Porque hace oración comprende que “cuando uno experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios, que no abandona, no te deja solo, sino que se convierte en apoyo y fuerza”.

     Por eso, aunque Pablo ha pedido ser librado de esa “espina”, es como si Dios le respondiese: “No, eso es para ti. Tendrás la gracia suficiente para resistir y hacer lo que debe hacerse”.

     Como en otras ocasiones, Benedicto XVI nos invita a hacer nuestras esas actitudes auténticamente cristianas. La profunda humildad y confianza de san Pablo en Dios es también fundamental en nuestra vida y ante nuestras debilidades.Y esa “respuesta” de Dios vale para nosotros: “El Señor no nos libera de los males, más bien nos ayuda a madurar en los sufrimientos, en las dificultades, en las persecuciones” (cf. vv. 16 y 17); pues aunque las dificultades sean grandes, comparadas con la grandeza del amor de Dios, parecen ligeras. 



Humildad y confianza en Dios

     Humildad: “En la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades lo que realiza el Reino de Dios, sino es Dios que obra maravillas a través de nuestra debilidad, de nuestra insuficiencia para lo encomendado”.

     Confianza en Dios: en las dos “revelaciones” que relata San Pablo (la primera con motivo de su conversión y la segunda como experiencia contemplativa, cf. Hch 9, 4 y 2 Co 12, 9), queda clara la enseñanza. “Solo la fe, el confiar en la acción de Dios, en la bondad de Dios que no nos abandona, es la garantía de no trabajar en vano. Así la gracia del Señor ha sido la fuerza que acompañó a san Pablo en el enorme esfuerzo por difundir el Evangelio, y su corazón ha entrado en el corazón de Cristo, haciéndose capaz de dirigir a otros hacia Aquel que murió y resucitó por nosotros”.

     “En la oración ‑­invita el Papa- abrimos, por lo tanto, nuestro ánimo al Señor para que Él venga a habitar en nuestra debilidad, transformándola en fuerza para el Evangelio”, así como por la encarnación del Hijo de Dios, ha “puesto su tienda” entre nosotros para iluminar y transforma nuestra vida y el mundo.

     Esto evoca la escena de la transfiguración en el monte Tabor (cf. Mc 9, 5 ss). Pero ahí también se aprende que “contemplar al Señor es, al mismo tiempo, fascinante y tremendo: fascinante, porque nos atrae hacia él y rapta nuestro corazón hacia lo alto, llevándolo a su altura donde experimentamos la paz, la belleza de su amor; tremendo porque pone al descubierto nuestra debilidad humana, nuestra deficiencia, el esfuerzo para superar al Maligno que amenaza nuestras vidas, esa espina también clavada en nuestra carne”. Lo importante es que “En la oración, en la contemplación cotidiana del Señor, recibimos la fuerza del amor de Dios” para vencer todas las dificultades (cf. Rm 8, 38-39).

     Es de notar la advertencia de Benedicto XVI “en un mundo donde hay el riesgo de confiar únicamente en la eficiencia y el poder de los medios humanos”. Precisamente “en este mundo estamos llamados a redescubrir y dar testimonio del poder de Dios que se comunica en la oración, con la que crecemos cada día en configurar nuestra vida a la de Cristo”, que se hizo débil para manifestar el poder de Dios que también a nosotros nos hace vivir (cf. 2 Co 13,4). 



Mística cristiana y vida ordinaria

     En la última parte de su audiencia, el Papa se refiere a la relación entre la mística cristiana y la vida ordinaria. Se ha dicho (A. Schweitzer) que Pablo era simplemente un místico. Pero la mística de San Pablo, señala el Papa, “no se fundamenta solo sobre la base de los acontecimientos extraordinarios que experimentó, sino también en la cotidiana e intensa relación con el Señor, que siempre lo ha sostenido con su gracia”. Y añade: “La mística no lo ha alejado de la realidad, por el contrario, le dio la fuerza para vivir cada día para Cristo y para construir la Iglesia hasta el fin del mundo en ese momento”.

     También para nosotros (y esto sin duda adquiere un relieve especial para los fieles laicos) “La unión con Dios no aleja del mundo, sino que nos da la fuerza para permanecer de tal modo, que se pueda hacer lo que se debe hacer en el mundo”. También en la oración podemos quizá experimentar algunos momentos de más intensidad, en que notemos la presencia del Señor, “pero es importante la constancia, la fidelidad en la relación con Dios, especialmente en las situaciones de aridez, de dificultad, de sufrimiento, de aparente ausencia de Dios”. Así, dice Benedicto XVI, solamente si estamos “aferrados al amor de Cristo” podremos afrontar como san Pablo las dificultades (cf. Flp. 4, 13). Y cuanto más espacio demos a la oración, más descubriremos “la fuerza concreta del amor de Dios”, a pesar de la aridez, como testimonia la vida de la beata Madre Teresa de Calcuta.

     La conclusión es una insistencia sobre este punto: “La contemplación de Cristo en nuestra vida no nos saca –como he dicho– de la realidad, sino que nos hace aún más partícipes de las experiencias humanas, porque el Señor, atrayéndonos hacia sí en la oración, nos permite hacernos presentes y cercanos a cada hermano en su amor”.

     Así es. Y la oración contemplativa, como predicaba San Josemaría, es no solamente posible sino necesaria, también para los cristianos llamados a la santidad en medio del mundo.




(publicado en www.religionconfidencial.com, 14-VI-12)

miércoles, 6 de junio de 2012

Familia, trabajo, fiesta




“La familia, el trabajo y la fiesta” era el tema del VII Encuentro mundial de las familias. En su homilía en el parque de Bresso, Milán (3-VI-2012), Benedicto XVI ha explicado la relación de esos tres elementos en el marco cristiano.


La Iglesia como familia

      En primer lugar la Iglesia como familia. A ella nos incorporamos por el bautismo. “En aquel momento se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial”. Concretamente “hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios”, sagrario de la Trinidad, en palabras de San Ambrosio, o como dice el Concilio Vaticano II, pueblo “unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 4).

      Por medio de la Iglesia, continúa el Papa, somos así llamados a vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad. “Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores”. Se nos confía “la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por ‘irradiación’, con la fuerza del amor vivido”. Todo esto tiene, en efecto, una importancia difícil de exagerar.


La familia, comunión de vida y amor

      En segundo lugar, la familia. “La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada, al igual que la Iglesia, a ser imagen del Dios Único en Tres Personas”. Hombre y mujer han sido creados para ser imagen de Dios no sólo cada uno sino en su colaboración y donación recíproca (cf. Gn 1, 27-28). “Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida”.

     Esto tiene un valor especial en el caso de los esposos, con una triple fecundidad de su amor: “Viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar”. En un segundo momento, “es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Y también “es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación”.


Educación de los hijos, cuidado de los padres


     Con respecto a la educación de los hijos, Benedicto XVI aconseja a los esposos: “Cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad”. Y dice a los hijos: “Procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor”.


Amor entre los esposos


    En cuanto al amor entre los esposos, “el proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, (…) haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total”. Esto se puede lograr manteniendo viva la gracia del sacramento del matrimonio y renovando con valentía cada día el “sí” al amor recíproco y hacia todos. De esta manera “también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret”.

      Insiste el Papa: “Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo”.


Evangelio vivo, Iglesia doméstica

      Es así, muestra Benedicto XVI, como cada familia puede convertirse en un “Evangelio vivo”, en una “Iglesia doméstica” (cf. Exh. Familiaris consortio, 49), con toda la belleza propia del proyecto familiar cristiano.

     Y no se trata de un ideal irrealizable: “Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil”.


Familia y trabajo

     Tercero, la familia en relación con el trabajo, en nuestro ambiente utilitarista e individualista. “Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias”. “Es más –añade el Papa­–, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social”.


Familia, trabajo y domingo 

     Cuarto y último elemento de esta relación: el descanso y la fiesta. A partir del Génesis (cf. Gn 2, 2-3), donde Dios mostró que el trabajo debía tener un descanso periódico, que se estableció semanal, “para nosotros, los cristianos el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal”.

     También es el “día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, (…) para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor”.

     Asimismo “es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte”. Y “es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa”.

      Por eso, pide el Papa: “Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios”.

     Y concluye: “Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano”.

      Un programa para meditar y sobre todo para vivir.




 (publicado en www.religionconfidencial.com, 4-VI-2012) 

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Imágenes del VII Encuentro Mundial de las Familias

viernes, 4 de mayo de 2012

Oración y acción


Tintoretto, Cristo en casa de Marta y María (1540-1545)

Antes es la obligación que la devoción, dice el refrán popular. Con ello suele significarse que no hay que dar prioridad a las cosas que nos agradan o que son buenas, pues primero está el cumplimiento del deber. Pero si se intenta entenderlo en sentido literal, puede confundir.

      Y confunde siempre que se piensa el deber como una “obligación”, en el sentido de un quehacer puramente humano y externo, y se entiende por “devoción” una actividad de tipo espiritual que puede o no desarrollarse, según el gusto y sensibilidad religiosa de cada uno.


El deber primero es la oración


      En realidad, el deber primero del hombre es la oración, el trato de amistad y diálogo con Dios, la piedad auténtica, base de toda devoción. Y la oración, que es ya una acción, no es sin embargo mera acción humana, sino que en ella interviene Dios, también como amigo y como interlocutor. Para los cristianos la oración, de un modo u otro, se dirige siempre al Padre, por el Hijo y en el amor del Espíritu que a los dos une y con ellos nos une: nos da unidad y vida en la Iglesia, familia de Dios al servicio del mundo. Por tanto, la relación entre oración y acción solo puede captarse en las coordenadas generales de la vida cristiana: la fe, los sacramentos, el servicio de la caridad.

      Tanto la oración como la acción (externa) son expresiones esenciales de la vida cristiana. Pero no están al mismo nivel, porque la oración, en su forma más alta de contemplación, se refiere a la finalidad de la vida cristiana: el amor a Dios que se traduce en el amor a los demás; mientras que la acción se refiere al medio para lograr ese amor. Así que es la oración (el diálogo con Dios y la contemplación de su belleza y grandeza, con la ayuda de la liturgia) la que debe impulsar a la acción. Y en la vida cristiana, gracias a la oración, que nos ayuda a discernir la voluntad de Dios y nos da las fuerzas para seguirla, todo puede convertirse en un “medio”, en un camino u ocasión para proclamar, celebrar y vivir la fe y para alcanzar la plenitud del amor.

      Además de estas razones, que podríamos llamar de antropología cristiana, hay otros motivos de orden más pedagógico, o si se quiere pastoral, para comprender la prioridad de la oración sobre la acción. 


Sin orden interior no se puede bucar el Reino de Dios

     Primero, que el Reino de Dios se difunde desde lo que san Pablo llama el “hombre interior”; es decir, desde el corazón del cristiano. “Antes” de buscarlo fuera hay que edificarlo dentro: sin orden en el espíritu, es difícil que se pueda actuar para la ordenación de la vida y del mundo al Reino de Dios.

     En segundo lugar, que como consecuencia del pecado, tanto la inteligencia como la voluntad y los afectos fácilmente se pierden o se desordenan en sus objetivos y en su orden mutuo: la luz de la fe no brilla con toda su capacidad orientativa, la voluntad puede torcerse y con ella la pureza de intención, y los sentidos reclaman una atención que puede dañar la serenidad habitual incluso de quien está unido a Dios.

      Finalmente, hay que recordar la tendencia que hay en nuestro tiempo hacia el activismo.

      Por otra parte, para asegurar la prioridad de la oración hay que estar persuadido de algunos argumentos, en la línea de que la oración fomentaría el subjetivismo, el individualismo o el egocentrismo, la falta de espontaneidad, la evasión de la realidad, o supondría un anacronismo respecto al mundo moderno. Esto no es ajeno a las diversas concepciones de la religión que hoy se difunden, también dentro del cristianismo, e incluso, en su caso, a los modos distintos (no igualmente válidos) de enfocar el apostolado cristiano.

     Pero todo ello no hace sino confirmar la necesidad de la auténtica oración, y de anteponer la oración a la acción. Pues la “actividad” más importante para el cristiano es una vida espiritual y sacramental intensa, que surge del esfuerzo por corresponder a la acción del Espíritu Santo con el “combate espiritual” personal. De esa fuente debe manar la actividad apostólica, verdadero servicio de caridad, que para la mayoría de los cristianos se desarrolla en el ambiente de la vida cotidiana: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, culturales, etc. Ese es el camino, y no hay otro, para que la oración en la vida corriente se traduzca en anuncio y testimonio de la fe, en acción apostólica y promoción humana.


La justicia y el amor deben brotar de la oración

     De la prioridad de la oración en relación con el anuncio de la Palabra de Dios, se ocupó Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 25 de abril. Como punto de partida tomó el suceso que cuentan los Hechos de los Apóstoles (6, 1ss), cuando éstos decidieron no abandonar el anuncio de la fe y la predicación, sino organizar, por medio de los diáconos, la atención a personas necesitadas de asistencia y ayuda. Se trataba, según el Papa, de “dos realidades que se deben vivir en la Iglesia: la predicación de la palabra, la primacía de Dios, y la caridad práctica, la justicia”; porque “la Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad”. Además hay que tener en cuenta que “la caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo” (así es, en efecto, tanto para la Iglesia-institución como para cada cristiano personalmente).

     En esta ordenación de actividades se refleja, a juicio de Benedicto XVI, lo que sucedió durante la vida pública de Jesús en casa de Marta y María, en Betania. Mientras Marta estaba abrumada con el trabajo de la casa, María escuchaba la palabra del Señor (cf. Lc. 10,38-42). Las palabras de Jesús, “… María ha elegido la mejor parte”, no significan oposición entre la oración y la actividad diaria o la caridad. Lo mismo que las de los apóstoles: “"Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch. 6,4), no significan que decidieron apartarse del servicio de caridad abnegada a todos. En ambos casos, entiende el Papa, lo que se muestra es “la prioridad que debemos darle a Dios; (…) no se condena la actividad por el prójimo, por el otro, pero se subraya que debe ser penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación”.


Sin la oración, la acción se vacía

    En esta línea –continúa-, se manifiestan los santos (como san Agustín, san Ambrosio y san Bernardo). Precisamente porque “han experimentado una profunda unidad de vida entre la oración y la acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos”, han insistido en la necesidad del recogimiento interior para defenderse del activismo.

     Por eso, deduce Benedicto XVI, el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que consideramos subraya la importancia del trabajo y del servicio a los demás, “pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza”. Y es que “sin la oración diaria fielmente vivida, nuestra acción se vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos”. De ahí las palabras de una invocación tradicional cristiana: "Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar, tenga siempre en ti su principio y en ti su cumplimiento".

     Y concluye resaltando esta necesidad de anteponer la oración, particularmente para los pastores de la Iglesia: “Para los pastores esta es la primera y más valiosa forma de servicio a la grey a ellos confiada. Si los pulmones de la oración y la palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: la oración es la respiración del alma y de la vida”. Esto, sin olvidar que cuando se hace oración, incluso en el silencio de la Iglesia o en la propia habitación, “estamos unidos en el Señor con muchos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos que, a pesar de su individualidad, elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, de acción de gracias y de alabanzas”.


(publicado en www.analisisdigital.com, 3-V-2012)