La perspectiva de la fe cristiana aporta una potente luz al discernimiento de la tarea educativa, tanto en la escuela como en la universidad. En esta última además, fomenta una verdadera “revolución cultural” al servicio de la sociedad. Lo ha dicho Francisco citando un documento sobre la renovación de los estudios en las universidades y facultades de la Iglesia.
El papa se extendió sobre este tema en una meditación que dirigió en la Pontificia Universidad Lateranense, el pasado 26 de marzo.
Partió de la liturgia del día (Dn 3, 25. 34-43). Un pasaje del libro de Daniel, donde se presenta la oración de tres jóvenes –arrojados a un horno de fuego por negarse a adorar una estatua del rey de Babilonia– y como Dios les libró de todo mal. Siempre pasa así, señaló Francisco: “Escuchar la Escritura a partir de la realidad del “hoy” desvela y comunica ulteriores significados que en ella se contienen”. Para dar valor a los creyentes ante las persecuciones sufridas por su fe, el libro recuerda los personajes ilustres que vivieron la fidelidad a Dios y su Torá. Así “la memoria del pasado nos trae no solo un mensaje, sino que nos aporta la fuerza de la pertenencia a un pueblo”.
Podemos dividir la intervención de Francisco en tres pasos: 1) presentación del contexto actual en relación con el camino académico; 2) llamada de atención ante una cultura individualista y consejo de cultivar una memoria agradecida; 3) propuesta de una tarea intelectual y educativa que esté vivificada por el espíritu cristiano, en el horizonte de la verdad y del amor.
Punto de encuentro para educadores, catequistas y personas interesadas en la formación cristiana
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domingo, 31 de marzo de 2019
La fe, al servicio de la cultura y de la sociedad
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martes, 2 de octubre de 2018
50º Aniversario de Romano Guardini
Se han cumplido 50 años de la muerte de Romano Guardini, insigne sacerdote y predicador, profesor universitario, filósofo, teólogo y educador. Nació en 1895 en Verona y murió el 1 de octubre de 1968 en Múnich. El 16 de Diciembre de 2017 comenzó su proceso de beatificación.
Guardini escribió libros memorables como "La esencia del cristianismo" o "El espíritu de la liturgia".
El sueño de Guardini
En 1964 -cuatro años antes de su muerte- tuvo un sueño, que relata de esta manera:
«En el sueño se decía que cuando el hombre nace, se le entrega una palabra,
y era importante lo que esto significaba: no era sólo un talento, sino una
palabra. Esta es pronunciada en el interior de la esencia del hombre y es
como la palabra clave para todo lo que posteriormente sucede […]. Todo lo
que acontece en el decurso de los años es consecuencia de esta palabra, es
su explicación y realización»
(R. Guardini, Apuntes para una autobiografía, ed. Encuentro, Madrid 1992, pp. 12-13, original alemán de 1985, publicado de modo póstumo. Guardini comenzó a escribir esta autobiografía en los años cuarenta, a punto de cumplir 60 años)
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domingo, 1 de diciembre de 2013
Autoridad y comprensión
M. Chagall, Violinista (1914)
(El padre de Chagall era violinista)
En la exhortación “Evangelii gaudium” el Papa Francisco propone que los educadores en la fe sean “alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio” (n. 168).
Hoy la autoridad se confunde frecuentemente con el poder. De ahí la dificultad para resolver, en educación, el dilema entre autoridad y “comprensión” (término que se suele reducir a la tolerancia), exigencia y cariño, prestigio del profesor y cercanía al alumno. Todo esto importa mucho en la educación cristiana; pues según el cristianismo toda auténtica autoridad –también la educativa– viene de Dios (cf. Rm 13, 1) y encuentra su definitiva legitimación en el servicio al bien común, cuya plenitud es el amor.
Hoy la autoridad se confunde frecuentemente con el poder. De ahí la dificultad para resolver, en educación, el dilema entre autoridad y “comprensión” (término que se suele reducir a la tolerancia), exigencia y cariño, prestigio del profesor y cercanía al alumno. Todo esto importa mucho en la educación cristiana; pues según el cristianismo toda auténtica autoridad –también la educativa– viene de Dios (cf. Rm 13, 1) y encuentra su definitiva legitimación en el servicio al bien común, cuya plenitud es el amor.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Cultura del encuentro
En Cerdeña el Papa Francisco se ha reunido con el mundo de la cultura (cf. Discurso en la Facultad de Teología,22-IX-2013). Ha expuesto algunas “reflexiones” a partir de su experiencia como hombre y como pastor. Y lo ha hecho tomando pie del pasaje de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Acompañados y guiados en su encuentro con Jesús, aquellos discípulos pasaron por tres etapas: desilusión, resignación, esperanza. Y para “acercar y encontrar caminos de esperanza”, el Papa ha calificado de muy valioso el papel de la Universidad.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
La memoria cultural de Europa
Dios, razón, derecho
¿Cuáles son los criterios para establecer lo justo?
La política debe guiarse por la sabiduría y la justicia. De otra manera se suprime el derecho, y los políticos se convertirían, según San Agustín, en un grupo de bandidos. Esto sucedió en la Alemania del siglo XX, con el riesgo de destruir al hombre y al mundo. Entonces, se pregunta el Papa, “¿cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente?”.
Enuncia sucesivamente tres criterios. Primero, el criterio de la mayoría, válido para muchas materias, pero no para las cuestiones fundamentales (como la dignidad del hombre), porque (como sucedió entonces) el derecho vigente puede ser una injusticia. Segundo, el criterio religioso, la referencia a una revelación divina (muy frecuente en la historia). Tercero: la naturaleza y la razón, criterio que ha seguido el cristianismo: “El cristianismo se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”.
Las ideas positivistas (acerca de la naturaleza y la razón)
En la segunda mitad del siglo XX, la idea del derecho natural pierde vigencia fuera del ámbito católico. Esto sucedió porque el positivismo separó el “ser” del “deber”. Y lo hizo sobre la base de sus ideas acerca de la naturaleza y de razón. Si la naturaleza se entiende como "un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos" (Kelsen), de ahí no se deduce ningún criterio ético. Lo mismo vale para la difundida noción positivista de la razón, según la cual lo que no es verificable (como la ética y la religión) no entra en el ámbito de la razón o de la ciencia.
Si “la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana”, no es suficiente. Además, en la medida en que niega (de modo exclusivista e intolerante, irracional e inhumano) las dimensiones más profundas del hombre, se vuelve contra la humanidad, puede manipularla y destruirla. Es un hecho histórico comprobado y una amenaza también actual.
Esto es, según Benedicto XVI, lo que está sucediendo en Europa. Pero, paradójicamente, con ello “Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los ‘recursos’ de Dios, que transformamos en productos nuestros”.
Ecología y apertura a la razón creadora
La solución pasa por “abrir las ventanas”, ver de nuevo la inmensidad del mundo, “aprender a usar todo esto de modo justo”, recuperar la grandeza de la razón y la profundidad de la naturaleza, que nos puede abrir a la razón creadora.
El movimiento ecologista llamó la atención hacia el respeto a la naturaleza, que no existe sólo en función de nuestro uso. (Naturaleza que, por cierto, en el diccionario del castellano se define no sólo como conjunto del universo, sino ante todo como “esencia y propiedad característica de cada ser”). Esto incluye primero, dice el Papa, el valor de una “ecología del hombre”, que no es sólo libertad, espíritu y voluntad, sino también naturaleza.
Kelsen, el teórico del positivismo jurídico, a la edad de 84 años (en 1965) abandonó la separación o el dualismo entre “ser” y “deber”. Antes había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad; por tanto, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto –seguía diciendo Kelsen– supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza; pero "discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vana". Y aquí Benedicto XVI se pregunta “¿Es así verdaderamente?”
De hecho tal reflexión está en los pilares del patrimonio cultural europeo: “Sobre la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la comprensión de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y la conciencia de la responsabilidad de los hombres en su conducta”. Y de esto deben extraerse consecuencias: “Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad”.
Históricamente “la cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”. Pues bien: “Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”. Y esto significa asumir “la razón abierta al lenguaje del ser”.
Este discurso de Benedicto XVI es, en continuidad con la apelación de Juan Pablo II, una llamada de atención a redescubrir las raíces de Europa. Es el camino para seguir sirviendo al auténtico progreso del hombre de modo realista, también en el contexto contemporáneo, de acuerdo con la naturaleza y con la razón. Por eso, efectivamente, allí donde se reconoce a Dios es donde hay futuro.
Puerta de Brandemburgo (Berlín)
El que algunos consideran como tercer discurso más importante de Benedicto XVI en el ámbito intelectual (después de los de Ratisbona y París), dirigido a los parlamentarios en el Bundestag (22-IX-2011) trata acerca de los fundamentos del derecho. Puede dividirse en tres partes: los criterios para establecer lo justo; las ideas positivistas; el redescubrimiento de la naturaleza y de la razón creadora.
¿Cuáles son los criterios para establecer lo justo?
Enuncia sucesivamente tres criterios. Primero, el criterio de la mayoría, válido para muchas materias, pero no para las cuestiones fundamentales (como la dignidad del hombre), porque (como sucedió entonces) el derecho vigente puede ser una injusticia. Segundo, el criterio religioso, la referencia a una revelación divina (muy frecuente en la historia). Tercero: la naturaleza y la razón, criterio que ha seguido el cristianismo: “El cristianismo se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”.
Las ideas positivistas (acerca de la naturaleza y la razón)
En la segunda mitad del siglo XX, la idea del derecho natural pierde vigencia fuera del ámbito católico. Esto sucedió porque el positivismo separó el “ser” del “deber”. Y lo hizo sobre la base de sus ideas acerca de la naturaleza y de razón. Si la naturaleza se entiende como "un conjunto de datos objetivos, unidos los unos a los otros como causas y efectos" (Kelsen), de ahí no se deduce ningún criterio ético. Lo mismo vale para la difundida noción positivista de la razón, según la cual lo que no es verificable (como la ética y la religión) no entra en el ámbito de la razón o de la ciencia.
Si “la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana”, no es suficiente. Además, en la medida en que niega (de modo exclusivista e intolerante, irracional e inhumano) las dimensiones más profundas del hombre, se vuelve contra la humanidad, puede manipularla y destruirla. Es un hecho histórico comprobado y una amenaza también actual.
Esto es, según Benedicto XVI, lo que está sucediendo en Europa. Pero, paradójicamente, con ello “Europa se sitúa, ante otras culturas del mundo, en una condición de falta de cultura y se suscitan, al mismo tiempo, corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, y sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los ‘recursos’ de Dios, que transformamos en productos nuestros”.
Ecología y apertura a la razón creadora
La solución pasa por “abrir las ventanas”, ver de nuevo la inmensidad del mundo, “aprender a usar todo esto de modo justo”, recuperar la grandeza de la razón y la profundidad de la naturaleza, que nos puede abrir a la razón creadora.
El movimiento ecologista llamó la atención hacia el respeto a la naturaleza, que no existe sólo en función de nuestro uso. (Naturaleza que, por cierto, en el diccionario del castellano se define no sólo como conjunto del universo, sino ante todo como “esencia y propiedad característica de cada ser”). Esto incluye primero, dice el Papa, el valor de una “ecología del hombre”, que no es sólo libertad, espíritu y voluntad, sino también naturaleza.
Kelsen, el teórico del positivismo jurídico, a la edad de 84 años (en 1965) abandonó la separación o el dualismo entre “ser” y “deber”. Antes había dicho que las normas podían derivar solamente de la voluntad; por tanto, la naturaleza podría contener en sí normas sólo si una voluntad hubiese puesto estas normas en ella. Esto –seguía diciendo Kelsen– supondría un Dios creador, cuya voluntad ha entrado en la naturaleza; pero "discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vana". Y aquí Benedicto XVI se pregunta “¿Es así verdaderamente?”
De hecho tal reflexión está en los pilares del patrimonio cultural europeo: “Sobre la base de la convicción acerca de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la comprensión de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y la conciencia de la responsabilidad de los hombres en su conducta”. Y de esto deben extraerse consecuencias: “Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su totalidad”.
Históricamente “la cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma – del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”. Pues bien: “Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”. Y esto significa asumir “la razón abierta al lenguaje del ser”.
Este discurso de Benedicto XVI es, en continuidad con la apelación de Juan Pablo II, una llamada de atención a redescubrir las raíces de Europa. Es el camino para seguir sirviendo al auténtico progreso del hombre de modo realista, también en el contexto contemporáneo, de acuerdo con la naturaleza y con la razón. Por eso, efectivamente, allí donde se reconoce a Dios es donde hay futuro.
(publicado en www.cope.es, 26-IX-2011)
* * *
Himno de la Unión Europea
martes, 23 de agosto de 2011
Encarnar la fe en la vida y en la inteligencia
(La tarea universitaria a la luz de Cristo)
Encuentro de Benedicto XVI con profesores jóvenes universitarios en El Escorial, 19-VIII-2011
En su encuentro con profesores jóvenes universitarios (El Escorial, 19-VIII-11), Benedicto XVI recordó sus años de profesor en la Univerdad de Bonn, cuando a pesar de la situación de carestía, “todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato con colegas de las diversas disciplinas, y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos”.
Universidad y reduccionismos de la tarea universitaria
Ilusión, interdisciplinariedad, investigación. De ahí brotaba el sentido y la definición de la universidad: “universitas de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes”, o como dijo Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas, partida II, tít. XXXI).
El ser y quehacer universitario –señalaba el Papa– no permite ser reducido a una mera capacitación técnica, con una visión utilitarista de la educación movida por el pragmatismo inmediato, pues esto lleva a pérdidas dramáticas: “Desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder”; asimismo –añadirá después– esa visión puede llevar a ideologías cerradas a la razón, y conducir al servilismo de “una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor”.
La fe cristiana promueve la racionalidad y la sabiduría
Por el contrario, “la Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana”. La fe cristiana en Cristo como logos por quien todo fue hecho (Cf Jn 1, 3) ilumina y vivifica el ser y el trabajo universitario. “Esta buena noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa racionalidad”.
La tarea del profesor universitario católico implica el ideal de “proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres”. ¿Cómo puede llevarse esto a la práctica? “El modo de hacerlo no solo es enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el Logos se encarnó para poner su morada entre nosotros”. (Es decir, desarrollar ese proceso personalmente para luego poder transmitirlo a otros).
“En este sentido –concreta el Papa– los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber, sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad”.
Buscar y encontrar la verdad
De esta manera podrán transmitir ese ideal (buscar y encontrar la verdad) a los alumnos. A este propósito citó a Platón: “Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos” (Parménides, 135d). Y añadió Benedicto XVI: “Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente”.
Por tanto, continuó el Papa, “os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza”.
Finalmente, concretó dos aspectos para esta tarea: la unidad entre el conocimiento y el amor, y la trascendencia de la verdad unida a la humildad.
Unidad entre el conocimiento y el amor
En primer lugar, “el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues ‘no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor’ (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor”. Y observó: “De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador”.
Humildad ante la verdad
En segundo lugar, “la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva”.
Por eso, especialmente en el ejercicio intelectual y docente, “la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad”. Consecuencia: “No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos”. Esto puede lograrse con la ayuda de Cristo, Verdad y Camino, “que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt 5,13-15).
En definitiva: buscar e impulsar la búsqueda de la verdad sin reduccionismos, promover la racionalidad propia de la sabiduría, hacer creíble la fe a base de vivirla (no sólo de enseñarla), y unir el conocimiento y el amor sobre la base de la humildad. He aquí la tarea de un profesor universitario cristiano. El compromiso con la verdad requiere coherencia de vida, y esta coherencia le viene de su unión real con la caridad. El discurso de Benedicto XVI no trata de meros conceptos. Pide un redescubrimiento de los núcleos existenciales de la tarea universitaria, y, en consecuencia, una revisión de las actitudes personales y de los hechos que la hacen posible.
(publicado en www.analisisdigital.com, 21-VIII-2011)
viernes, 27 de mayo de 2011
Fe cristiana y universidad
Marc Chagall, Notre Dame y la torre Eiffel (1960)
La fe es luz e impulso para la ciencia y la cultura, y vivifica la tarea universitaria al servicio de las personas y de la transformación de la sociedad
Con motivo del 90º aniversario de su fundación, el 21 de mayo Benedicto XVI dirigió unas palabras a los miembros de la Universidad Católica del Sacro Cuore (Roma). En ellas manifestó el servicio que la fe cristiana presta a la ciencia y a la cultura.
Crisis del humanismo y de la universidad
En una mirada a las transformaciones de nuestro tiempo, que se reflejan en la universidad, señalaba: “La cultura humanista parece afectada por un progresivo deterioro, mientras que se pone el acento en las disciplinas llamadas ‘productivas’, de ámbito tecnológico y económico; hay una tendencia a reducir el horizonte humano al nivel de lo que es mensurable, a eliminar el saber sistemático y crítico, la cuestión fundamental del sentido. La cultura contemporánea, entonces, tiende a confinar a la religión fuera de los espacios de la racionalidad”.
Ante esto, la perspectiva cristiana como marco del trabajo intelectual en una Universidad de inspiración católica, sirve a la ciencia y a la cultura, al ampliar el horizonte y el camino hacia la verdad plena; pues “sin orientación a la verdad, sin una actitud de búsqueda humilde y ardua, toda cultura se deteriora, cae en el relativismo y se pierde en lo efímero”. En cambio, “liberada de la presión de un reduccionismo que la mortifica y la limita, puede abrirse a una interpretación verdaderamente iluminada por la realidad, desarrollando así un auténtico servicio a la vida”.
Por tanto la fe y la cultura están íntimamente unidas. Y por eso “es necesario que en la Universidad haya una auténtica pasión por la cuestión de lo absoluto, la verdad misma, y por tanto también por el saber teológico”. Y explicaba el Papa: “Uniendo en sí la audacia de la búsqueda y la paciencia de la maduración, el horizonte teológico puede y debe valorar todos los recursos de la razón. La cuestión de la Verdad y de lo Absoluto –la cuestión de Dios– no es una investigación abstracta, divorciada de la realidad cotidiana, sino la pregunta crucial, de la que depende radicalmente el descubrimiento del sentido del mundo y de la vida”.
La tarea universitaria y el servicio de la fe a la persona y a la sociedad
Si el presupuesto del trabajo universitario es “la pasión auténtica por el hombre”, según el Concilio Vaticano II, la fe es capaz de donar luz a la existencia: “La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Gaudium et spes, 11).
Ahora bien, no hay que perder de vista que la fe es inseparable de la caridad, pues “el núcleo profundo de la verdad de Dios, de hecho, es el amor con el que Él se ha inclinado hacia el hombre y, en Cristo, le ha ofrecido dones infinitos de gracia” (cf. 1 Jn 4, 7 y 8). Por eso San Agustín pudo decir: “No se entra en la verdad sino por la caridad” (Contra Faustum, 32).
Según Juan Pablo II, el hombre necesita la verdad y el amor, para no perder el frágil tesoro de la libertad y exponerse a la violencia de las pasiones y condicionamientos abiertos y ocultos (cf. Enc. Centesimus annus, 46). Y a propósito del amor Benedicto XVI observa: “La fe cristiana no hace de la caridad un sentimiento vago y piadoso, sino una fuerza capaz de iluminar los senderos de la vida en todas sus expresiones”. No se trata sólo de una ayuda ocasional, sino de “transformar la vida de la persona y las mismas estructuras de la sociedad”. Pues bien: “Este es un compromiso específico que la misión en la Universidad os llama a realizar como protagonistas apasionados, convencidos de que la fuerza del Evangelio es capaz de renovar las relaciones humanas y penetrar el corazón de la realidad”.
En definitiva, la tarea universitaria iluminada por el Evangelio debe “mostrar cómo la fe cristiana es un fermento de cultura y luz para la inteligencia, estímulo para desarrollar todas las potencialidades positivas, por el bien auténtico del hombre”. De esa manera, “lo que la razón percibe, la fe lo ilumina y manifiesta. La contemplación de la obra de Dios abre al saber la exigencia de la investigación racional, sistemática y crítica; la búsqueda de Dios refuerza el amor por las letras y ciencias profanas”. Así lo señala Hugo de San Víctor: “La fe es ayudada por la razón y la razón es perfeccionada por la fe” (De sacramentis, I, III, 30: PL 176, 232).
La capilla universitaria
De ahí también que la capilla universitaria debe ser como el corazón de la Universidad y sus tareas. En palabras del Beato Juan Pablo II, se trata de “un lugar del espíritu, en el que los creyentes en Cristo, que participan de diferentes modos en el estudio académico, pueden detenerse para rezar y encontrar alimento y orientación. Es un gimnasio de virtudes cristianas, en el que la vida recibida en el bautismo crece y se desarrolla sistemáticamente. Es una casa acogedora y abierta para todos los que, escuchando la voz del Maestro en su interior, se convierten en buscadores de la verdad y sirven a los hombres mediante su dedicación diaria a un saber que no se limita a objetivos estrechos y pragmáticos. En el marco de una modernidad en decadencia, la capilla universitaria está llamada a ser un centro vital para promover la renovación cristiana de la cultura mediante un diálogo respetuoso y franco, unas razones claras y bien fundadas (cf. 1 Pe 3, 15), y un testimonio que cuestione y convenza” (Discurso a los Capellanes europeos, 1 de mayo de 1998).
En efecto. En la medida en que la vida universitaria esté abierta realmente a la verdad y al amor, los que allí trabajan y estudian pueden encontrar en la fe cristiana la luz y el impulso para servir efectivamente a los demás.
En efecto. En la medida en que la vida universitaria esté abierta realmente a la verdad y al amor, los que allí trabajan y estudian pueden encontrar en la fe cristiana la luz y el impulso para servir efectivamente a los demás.
(publicado en www.religionconfidencial.com, 27-V-2011)
martes, 22 de febrero de 2011
El papel de la Teología en la universidad
Es un hecho que la teología está presente en muchas universidades del mundo (sobre todo en Estados Unidos y Alemania). Prestigiosas facultades de teología ocupan un lugar natural en el concierto de los saberes universitarios.
Si en nuestros países latinos se planteara la presencia de la teología en las universidades públicas, no es difícil imaginar la indignación de laicistas combativos, que pondrían el “grito en el cielo”…
Pero más allá de una cuestión de “corrección política”, cabe preguntarse si la teología tiene un lugar propio en la universidad, y, si es el caso, qué papel le corresponde.
Esta pregunta presupone otra: ¿No es una pretensión ilegítima, –sobre todo por parte de la Iglesia católica– el que la fe esté presente en el diálogo intercultural? ¿No pertenecen la fe y la religión al ámbito de lo no racional, de lo ajeno a la cultura, al mundo de las emociones y sentimientos, que deben quedarse en la esfera de lo privado, dentro de la conciencia de cada uno, y que sólo podrían manifestarse en los templos?
El 23 de junio de 2007 Benedicto XVI se dirigió a los participantes en el Primer Encuentro de Profesores y Rectores de de las Universidades Europeas, reunidos bajo el tema “Un nuevo humanismo para Europa. El papel de las Universidades”. En esa ocasión llamó la atención sobre tres cuestiones interrelacionadas.
Ayudar a buscar la verdad más plena y la razón más profunda
En primer lugar recordó que “históricamente, el humanismo se desarrolló en Europa gracias a la interacción fecunda entre las diversas culturas de sus pueblos y la fe cristiana”. Hoy Europa se sitúa ante la crisis de la modernidad. Una crisis que tiene que ver no tanto con la preocupación sobre el hombre y sus anhelos, sino más bien con un humanismo paradójicamente cerrado a la verdad más plena y profunda sobre el hombre, que consiste en su apertura a la trascendencia, su apertura a Dios.
Ayudar a buscar la verdad más plena y la razón más profunda
En primer lugar recordó que “históricamente, el humanismo se desarrolló en Europa gracias a la interacción fecunda entre las diversas culturas de sus pueblos y la fe cristiana”. Hoy Europa se sitúa ante la crisis de la modernidad. Una crisis que tiene que ver no tanto con la preocupación sobre el hombre y sus anhelos, sino más bien con un humanismo paradójicamente cerrado a la verdad más plena y profunda sobre el hombre, que consiste en su apertura a la trascendencia, su apertura a Dios.
La segunda cuestión que planteó el Papa fue la necesidad de ampliar nuestra idea de racionalidad. Si la razón se limita a la “dimensión meramente empírica” de la realidad (es decir a lo que se ve y se toca, se pesa y se mide), entonces el resultado es irracional, puesto que la razón de por sí está abierta también a otras dimensiones de la realidad, como son, sobre todo, la verdad y el amor.
Facilitar la unidad y la comunicación entre los saberes
Facilitar la unidad y la comunicación entre los saberes
A este propósito se preguntó, en tercer lugar, por la aportación del cristianismo al humanismo del futuro. Para denominar el horizonte que el cristianismo plantea, empleó la expresión “civilización del amor”. “Los profesores universitarios, en particular –señaló– están llamados a encarnar la virtud de la caridad intelectual, redescubriendo su primordial vocación a formar las generaciones futuras no sólo mediante la enseñanza, sino también a través del testimonio profético de la propia vida”. A esta vocación del profesor universitario corresponde la vocación de la universidad misma, que, como indica su nombre, debe buscar la unidad y la comunicación entre las diversas disciplinas, sin ceder a la fragmentación propia de las especializaciones. Según el Papa, esto pertenece a la identidad cultural de Europa, y por tanto a su contribución en el diálogo con otras culturas.
Concluía Benedicto XVI que la metodología interdisciplinar en la universidad –que el proceso de Bolonia quiere impulsar– se enriquecerá si cuenta con la colaboración de los teólogos, de modo que la luz del Evangelio pueda esclarecer la cultura contemporánea.
La teología ayuda a vivir con más coherencia la fe cristiana
La teología ayuda a vivir con más coherencia la fe cristiana
Todo ello implica la pregunta por la teología misma, su naturaleza y su método. La teología parte del mundo creado y la vida cristiana. Su objetivo es comprender mejor a Dios para vivir una vida más plena. Decía Benedicto XVI en marzo de 2007 a una delegación de los teólogos de Tubinga que la teología plantea en la universidad la cuestión de la verdad y su sentido para las personas. Plantea las preguntas radicales para la vida del hombre que las ciencias, por su propio método, no pueden resolver. Y, poniéndose a la escucha de la fe cristiana, hace posible la respuesta de la fe en el mundo de hoy.
La teología no ha de ofrecer, pues, una reflexión puramente académica, sino que al modo de los Padres de la Iglesia, ha de ser una expresión de la vida cristiana que facilite un marco de referencia para la pedagogía de la fe y el apostolado. Hoy es necesario aprender, por ejemplo, de San Juan Crisóstomo. Como observaba Benedicto XVI en septiembre de 2007, el Crisóstomo supo poner de relieve la dimensión pastoral de la teología; es decir, “la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial”.
De esta manera –como sugirió más adelante al presentar la teología del Pseudo- Dionisio Areopagita (14-V-2008)– la luz de la verdad y del amor puede iluminar la razón para que descubra la belleza de Dios. La teología auténtica es ciencia y “sabiduría de la cruz”, conocimiento y, más aún, participación del Amor que transforma el mundo. Por eso el modelo de toda teología es la “ciencia de los santos” (audiencia general 21-X-2009). También por eso, los verdaderos teólogos son los que, haciéndose pequeños ante Dios, permiten que Él les toque en el corazón y en la existencia (cf. homilía a la Comisión teológica internacional, 3-XII-2009). Tal es, en efecto, el horizonte de la teología que hoy –y siempre– puede iluminar la cultura contemporánea y servir a la universidad.
(publicado en www.forumlibertas.com, 10-V-2010)
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