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viernes, 8 de mayo de 2026

Primavera que forja unidad

El papa defiende el matrimonio entre hombre y mujer
Al cumplirse el primer año del pontificado de León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, la Iglesia y el mundo contemplan un estilo marcado por la profundidad de la interioridad agustiniana y una decidida urgencia misionera. Este "humilde siervo de Dios y de los hermanos", como describió el oficio papal en su primer encuentro con los cardenales, ha sabido recoger la herencia de su predecesor, Francisco, integrándola en una síntesis teológica donde la unidad y la caridad son los ejes transversales.

Testimonio de unidad para la paz

Su lema episcopal se ha convertido en hoja de ruta: "In Illo uno unum" (En Aquel uno –Cristo–, somos uno). Esta expresión de san Agustín no es solo deseo ecuménico, sino definición de la identidad eclesial: la comunión solo es posible si se converge en el Señor Jesús. En un mundo fragmentado, la Iglesia se ofrece como "puente" y "faro", no por la potencia de sus estructuras, sino por la santidad de sus miembros.

Uno de los acentos más vibrantes ha sido su llamamiento a una "paz desarmada y desarmante". En sus viajes, especialmente a tierras africanas y al Líbano, ha denunciado que la guerra es una "espiral destructiva" alimentada por la especulación de materias primas y la lógica del dominio. La paz no es una simple tregua, sino un cambio definitivo en el corazón de quien la recibe, con la fuerza del grano de trigo que si muere da vida a la espiga dorada. En todo gobierno el "poder es servicio", si antepone el bien común a los intereses particulares.

En la exhortación apostólica Dilexi te, ha recordado con fuerza que los pobres no son meros "objetos" de pastoral, sino "sujetos creativos" que estimulan a vivir el Evangelio con autenticidad. Siguiendo el espíritu de la Rerum novarum de su homónimo León XIII, el Papa ha denunciado la "exclusión" como la nueva cara de la injusticia social, instando a luchar por los derechos sagrados de "tierra, techo y trabajo". Su mensaje es claro: si la Iglesia no tocase la "carne de Cristo" en el necesitado y sufriente, se disolvería en una mundanidad espiritual vacía.


Educación y cultura, ecumenismo y fidelidad

El sucesor de Pedro ha sido especialmente sensible a la educación y la cultura. Con la proclamación de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia, el Papa apuesta por una formación que armonice fe y razón, como un “itinerario de la mente hacia Dios”; como una “luz amable” (Lead, kindly light), frente al riesgo del nihilismo que borra la esperanza. Ante la Inteligencia artificial, propone una alfabetización ética y crítica que proteja la dignidad humana y las relaciones interpersonales, que forme “constelaciones” capaces de diseñar la paz, sin anestesiar el “corazón inquieto” en busca de la verdad.

Este primer año ha coincidido con el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, evento que el obispo de Roma ha señalado como brújula para la unidad visible de los cristianos. Ha valorado especialmente el "ecumenismo de la sangre", reconociendo que los mártires de todas las tradiciones ya están unidos en la Cruz del Señor. Su mirada hacia las Iglesias orientales como "tesoros inestimables" refleja un deseo de catolicidad que no uniforma, sino que se enriquece con la diversidad. Y así, es capaz de la armonía que componen las cuerdas de una cítara.

León XIV ha invitado a los sacerdotes y seminaristas a vivir una "fidelidad que genera futuro", entendida como un camino constante de conversión y no como inmovilidad. Una propuesta que sirve para todos los cristianos. En este primer año, el pontífice ha proyectado una Iglesia totalmente sinodal y ministerial, que no se contempla a sí misma, sino que sale al encuentro de una humanidad sedienta de sentido.

Con la mirada puesta en el bimilenario de la Resurrección (2033), nos recuerda que, a pesar de las tinieblas de la historia, "el mal no prevalecerá" porque todos estamos en manos de Dios.

Buscador de sabiduría, diseñador de belleza y coreógrafo de esperanza, de una u otra forma el Papa nos dirá del 6 al 12 de junio en España –Madrid, Barcelona, Montserrat y Canarias– que es posible una humanidad verdaderamente nueva (*).
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(*) Artículo publicado en Diario de Navarra, 7-V-2026

 

martes, 3 de febrero de 2026

La paz desarmante y la fidelidad

¿No es cierto que la paz que se nos está ofreciendo es paradójicamente una “paz armada”? Pero esa falsa “paz” es el resultado del miedo. Por otros caminos discurre la insistencia de León XIV, aunque parezca solo en su intento.

Entre sus enseñanzas de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.


La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’”. Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025). La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que “realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad” (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.



Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: “Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral” (n. 1). La fidelidad fecunda es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cf. Optatam totius, Proemio).

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, “la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (n. 4).


Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cf. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto afectivo (aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual. “Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio” (n. 13). Así serán eficaces en su servicio a Dios y al pueblo encomendado.

domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre el culto espiritual y "el altar del corazón"

[Imagen: Fra Angelico, La Crucifixión (h. 1420-1423), Metropolitan Museum of Art, New York]

En una de sus audiencias generales de los miércoles, Benedicto XVI explicó el "culto espiritual" (*), que se puede considerar como el “contenido” del sacerdocio común de los bautizados: la capacidad que se nos otorga, con el bautismo, de convertir nuestra vida en ofrenda a Dios y servicio a los demás, también en la vida ordinaria, centrada en la Eucaristía.

El tema se inscribía dentro del año dedicado a san Pablo. El Papa Ratzinger se apoyó en tres textos de la carta a los Romanos, para mostrar que “san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto”.

martes, 20 de febrero de 2024

El "triple oficio" de Cristo, de la Iglesia y del cristiano




Duccio di Bouninsegna, La pesca milagrosa (h. 1655), 
Museo dell'Opera del Duomo, Siena.


Lo que se conoce como “triple oficio” (o ministerio) de Cristo (profeta, sacerdote y rey) es un esquema teológico que ha dado frutos abundantes en los últimos siglos para la teología y la pastoral de la Iglesia. Los párrafos aquí recogidos pertenecen a la síntesis que Santiago Madrigal publicó, sobre este tema, en un buen Diccionario de Eclesiología hace pocos años (*).

El autor identifica cuatro buenos servicios de este “esquema”: 1) explicar en unidad el ser y el obrar de Cristo (como se estudian respectivamente en la cristología y la soteriología), de acuerdo con la teología bíblica; 2) la inserción del misterio de la Iglesia en el misterio de Cristo (de modo que el triple munus de Cristo es participado como triplex munus Ecclesiae [triple oficio de la Iglesia] antes que en el cristiano singular), tal como se expone en el Concilio Vaticano II (Lumen gentium); 3) una buena base tanto para la teología del laicado como para la teología del ministerio episcopal; 4) un marco para articular las dimensiones y tareas de la única misión evangelizadora de la Iglesia.


La unidad entre el ser y el obrar de Cristo

“Aunque la tripartición de los oficios de Cristo es sólo una de las formas posibles de sistematizar los numerosos títulos que la Escritura le asigna, hoy podemos decir que la doctrina de los tria munera Christi [tres oficios de Cristo] se ha generalizado en la teología católica tras el espaldarazo que recibió del magisterio eclesiástico en el Vaticano II. Frente a la dogmática tradicional, esta división tripartita no reduce de forma casi exclusiva el significado antropológico y soteriológico [en relación con la obra redentora de Cristo] de la cristología. El esquema permite describir de forma sintética los aspectos fundamentales de la misión de Cristo, porque una cristología que no quiere escindir la persona y la obra, es decir, orientada hacia la soteriología, deberá poner de manifiesto las funciones mesiánicas del profeta y revelador, del sumo sacerdote y del Señor de la creación. Desde la teología bíblica afirmamos que en Cristo y por Cristo ha revelado Dios el misterio de su gracia, ha realizado la reconciliación con la humanidad pecadora y la ha hecho partícipe de su gloria divina. Profeta, sacerdote, rey, no son tres funciones distintas, sino tres aspectos diversos de la función salvífica del único mediador (1 Tm 2, 5; Hb 8, 6)”.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

El misterio del templo en el Apocalipsis

(Imagen: belén en la catedral de León, España)

¿Qué es un templo y qué significa? ¿Es lo mismo el templo cristiano que otros templos? ¿Qué tiene que ver el templo con la vida corriente de un cristiano en el día a día? ¿Qué sentido tienen los ritos, los sacrificios, los sacramentos y el sacerdocio en la Iglesia católica? 

Son algunas de las preguntas que se planteaba Yves Congar, cuando escribió, en 1958 un libro que se tituló “El misterio del templo”. En él explica que el plan salvífico de Dios incluye su progresivo hacerse presente en sus criaturas. Y los templos son medios para eso.  

La fase final de ese proceso está expresada en el libro del Apocalipsis. Ahí se describe, de forma bella y dinámica, fuertemente simbólica y a la vez paradójica, que el templo o mejor el “no-templo” (porque se dice que allí no hay templo, o por lo menos no existirá ningún templo como los que históricamente se hayan podido conocer) será entonces la Iglesia.

A la vez, se la describe como una ciudad (la “nueva Jerusalén”) y una esposa…e incluso una familia, formada por una muchedumbre de todas las razas, pueblos y lenguas. 

Sobre todo, el “nuevo templo” es una Persona (Cristo), y lo demás gira en torno a Él, pero no sin nosotros (1). Veamos cómo lo explica el ilustre teólogo francés.


La nueva Jerusalén

“El Apocalipsis, para hablar del templo (…) lo describe con términos e imágenes que se refieren al Templo de Jerusalén. (…)

El Apocalipsis habla de dos templos, uno celeste y otro terrestre. Durante toda una serie de visiones, hay un templo en el cielo en el que algo ocurre, mientras dura todavía la historia terrena y existe incluso un templo sobre la tierra, en el que también ocurren otras cosas. En un momento dado, se nos anuncia el fin de la historia (…); Juan ve producirse el juicio de las Naciones (20, 11-15) y la aparición después de un nuevo cielo y de una nueva tierra (21, 1); la Jerusalén nueva desciende del cielo (21, 2) y queda instaurada entonces una situación nueva por lo que respecta al templo o a la inhabitación de Dios: hay ciertamente una ciudad, Jerusalén, ‘pero templo no vi en ella, pues el Señor, Dios Todopoderoso, con el Cordero, era su templo’ (21,22) (…).

Notemos en esta Jerusalén nueva del Apocalipsis el cumplimiento de los temas mayores del Antiguo y del Nuevo Testamento. Todo halla su recapitulación: ‘La aplicación de Jerusalén como tipo [imagen o símbolo] al estadio final de la obra de Dios entraña la alianza, la elección, el pueblo, la herencia, las doce tribus, los esponsales divinos, la inhabitación divina. Todo está renovado’ (J. Comblin). (…)

lunes, 9 de marzo de 2020

Fe y sacramentos: diálogo de salvación

R. Van der Weyden, Tríptico de los siete sacramentos (h. 1440-1445),
Museo de Bellas Artes, Amberes (Bélgica)

A la izquierda se representan el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia o confesion de los pecados.
En el centro, detrás del Crucificado, la Eucaristía (la Misa).
A la derecha, el Orden sacerdotal, el Matrimonio y la Unción de los enfermos.

La íntima conexión entre la Fe y los sacramentos –se requieren mutuamente– es el tema del documento de la Comisión teológica Internacional titulado "La reciprocidad entre fe y sacramentos en la economía sacramental", publicado en marzo de 2020.

Para ilustrar esta necesaria implicación entre la fe y los sacramentos, el documento explica, en el segundo capítulo, el carácter de “diálogo” que tienen los sacramentos y, más en general, la vida cristiana. Diálogo entre Dios y las personas y viceversa, que lleva a un diálogo de amistad y fraternidad con los demás.

lunes, 5 de agosto de 2019

Dolor y gratitud, ánimo y alabanza


La Carta del papa Francisco a los sacerdotes (4-VIII-2019), con motivo de los 160 años de la muerte del santo Cura de Ars, llega en un momento oportuno, cuando muchos necesitan el agradecimiento y el ánimo de un hermano mayor y padre.

La carta tiene cuatro partes, señaladas por cuatro palabras que manfiestan las actitudes que el papa quiere transmitir a los presbíteros: dolor, gratitud, ánimo y alabanza. Y todo ello sobre el trasfondo de la esperanza y de la confianza en la misericordia de Dios.

domingo, 10 de febrero de 2019

Sentir la Iglesia


Tiziano, Pentecostés (h. 1545),
                                                                 iglesia de Santa Maria della Salute (Venecia)

En su viaje a Panamá el papa Francisco tuvo un encuentro con los obispos centroamericanos (24-I-2019), que se celebró bajo el lema episcopal de san Oscar Romero: “Sentir con la Iglesia”. Se trata de un aspecto importante para todos los cristianos. Pues sentir con la Iglesia implica tener el “sentido de la Iglesia”, también como parte esencial de la vida espiritual.

¿Qué lugar ocupa la Iglesia en nuestras inquietudes e incluso en nuestra oración? Para tratar de responder a esta preguntas, quizá convenga plantearse antes otra: ¿Pero qué es la Iglesia?

Para muchos la Iglesia es una institución humana más. En la perspectiva cristiana la Iglesia es una realidad profunda que pertenece a la fe: “Creo en la Santa Iglesia Católica”. Esto se recoge en el llamado Credo o Símbolo de los apóstoles, profesión de fe que procede de la primitiva Iglesia de Roma, presidida por el apóstol Pedro.

En 1963, mientras se celebraba el Concilio Vaticano II, un perito teólogo llamado Joseph Ratzinger señalaba que interpretar bien el misterio de la Iglesia no era cosa solo de los padres conciliares, sino de todos los fieles cristianos. Primero, porque la Iglesia, como decía Guardini al principio del siglo, había “despertado en las almas” (esto es, los cristianos percibían, movidos por la gracia de Dios, la realidad eclesial en la que vivían y de la que formaban parte). Además, porque —de acuerdo con ese despertarse del sentido de la Iglesia en los cristianos— una declaración doctrinal sobre la Iglesia solo lograría tener un pleno significado “si se traduce en una realidad espiritual en la vida de fe de los individuos” (1).

martes, 2 de octubre de 2018

50º Aniversario de Romano Guardini



Se han cumplido 50 años de la muerte de Romano Guardini, insigne sacerdote y predicador, profesor universitario, filósofo, teólogo y educador. Nació en 1895 en Verona y murió el 1 de octubre de 1968 en Múnich. El 16 de Diciembre de 2017 comenzó su proceso de beatificación.

Guardini escribió libros memorables como "La esencia del cristianismo" o "El espíritu de la liturgia".


El sueño de Guardini

En 1964 -cuatro años antes de su muerte- tuvo un sueño, que relata de esta manera:

«En el sueño se decía que cuando el hombre nace, se le entrega una palabra,
y era importante lo que esto significaba: no era sólo un talento, sino una
palabra. Esta es pronunciada en el interior de la esencia del hombre y es
como la palabra clave para todo lo que posteriormente sucede […]. Todo lo
que acontece en el decurso de los años es consecuencia de esta palabra, es
su explicación y realización»

(R. Guardini, Apuntes para una autobiografía, ed. Encuentro, Madrid 1992, pp. 12-13, original alemán de 1985, publicado de modo póstumo. Guardini comenzó a escribir esta autobiografía en los años cuarenta, a punto de cumplir 60 años)

martes, 21 de noviembre de 2017

Vivir, conocer, comprender la Iglesia



El autor de este blog ha publicado "Eclesiología", en la colección de manuales ISCR del Instituto Superior de Ciencias Religiosas (ed. Eunsa), Universidad de Navarra.

El libro tiene como objetivo presentar una visión de conjunto de la Eclesiología.

Se plantea responder a preguntas acerca de la naturaleza y el origen de la Iglesia, no solamente como institución sino también en su realidad más profunda: ¿Quiso Cristo la Iglesia?, ¿cómo está configurada, quiénes pertenecen a ella y cómo se relacionan con ella otras personas?

Asimismo se ocupa del desarrollo, misión y destino de la Iglesia: lo que puede o no puede cambiar en la Iglesia y por qué, el papel que juega la Iglesia en los ámbitos culturales y sociales, el modo de compaginar en la Iglesia lo universal y lo local, si cabe la salvación fuera de la Iglesia, cómo es la relación de la Iglesia con los judíos y con otras religiones, qué pasará con la Iglesia cuando se acabe la historia. También se da pie a cuestiones muy actuales y personales: ¿cómo hablar hoy de la Iglesia? ¿Cabe “sentir” con la Iglesia, identificarse con ella?

* * *

martes, 20 de junio de 2017

Corazón de misericordia

(reproducimos aquí con pequeños cambios la entrada publicada en junio del año pasado)

Junio es el mes del Corazón de Jesús, y por tanto, aquí “tocaba fondo” el Año de la misericordia. En el retiro espiritual que el Papa Francisco impartió con ocasión del jubileo sacerdotal (2-VI-2016), la víspera de la fiesta del Corazón de Jesús, explicaba qué es la misericordia de Dios y cómo nos va cambiando en personas misericordiosas. De Jesús aprendemos y en él vivimos qué significa "tener corazón" en cristiano.

La misericordia aparece ante todo como atributo de Dios (el nombre de Dios es misericordia), de sus “entrañas maternas” y de su fortaleza y fidelidad paterna. También como fruto de la Alianza con su Pueblo elegido. Y esto nos llega en el perdón de nuestros pecados por el sacramento de la Confesión o de la Penitencia.

La misericordia se derrama, explica Francisco, por dos vertientes: la misericordia de Dios con nosotros y nuestra misericordia con los demás, que nos conduce siempre a recibir de nuevo, con un espléndido efecto “boomerang”, la misericordia de Dios. Dos vertientes, y al mismo tiempo, una sola fuerza unitiva, la mayor fuerza unitiva que atraviesa la vida espiritual.

Tres sugerencias iniciales apunta el Papa para la oración sobre la misericordia: saborear con gusto lo que Dios nos concede, para agradecerle sus dones; evitar una excesiva intelectualización de la misericordia (que está hecha para la acción, para el servicio y para ayudar a los demás); pedir la gracia de crecer en misericordia, es decir, de ser más capaces de recibir y dar misericordia. Y en esta línea y como consecuencia, pide el Papa también la “conversión institucional, la conversión pastoral”.

Sigamos ahora el desarrollo de cada una de las tres meditaciones.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cultura de la misericordia, tras el Año de la Misericordia

Beato Angelico, Misterio de la Encarnación (1445), detalle,
Museo del Prado (Madrid)

Una cultura y un tiempo de misericordia. Así es, debe ser, el tiempo de la Iglesia. Y así lo propone la carta apostólica Misericordia et misera, al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia (20-XI-2016).

            El nombre del documento procede de San Agustín, cuando comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8, 1-11). A propósito de este pasaje del Evangelio es sorprendente que el Papa afirme: “Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”. Un camino que podemos ver jalonado en cinco puntos.

domingo, 16 de marzo de 2014

Tiempo de misericordia




                                                     P. Brueghel, Obras de misericordia (1601-1625)
Museo de arte antiguo, Lisboa


Me contó un sacerdote lo que le sucedió una vez en misa, al comienzo de la lectura del Evangelio. Tocaba el pasaje que relata cómo acudían a Jesús muchos tullidos ciegos, lisiados, sordomudos y otros, para ponerse a sus pies y Él los curaba. Entonces “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer…’” (Mt 15, 32).

            Al llegar a este punto de su lectura, el sacerdote tuvo que pararse unos momentos. Se le había puesto un nudo en la garganta. Había pasado sobre ese texto muchas veces, como también había leído que, en otra ocasión, “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6, 32). Pero nunca le había afectado de esa manera. 

Vivimos en un tiempo de misericordia. Esto no se refiere solamente a la Cuaresma, o al pontificado del Papa Francisco -del que se cumple un año-, sino también al tiempo que vivimos los católicos, con raíces en el pasado siglo.

viernes, 10 de enero de 2014

Compromiso con Dios y con los demás

En una entrevista al periodista Andrea Tornielli, le preguntan si cree que el objetivo de la Evangelii gaudium es el de "encender la Iglesia", y si piensa que el Papa Francisco conseguirá alcanzar este objetivo.

     El prestigioso vaticanista responde afirmativamente, si se cumple una condición: “Solo en la medida en la que cada pastor, cada sacerdote, religioso o religiosa, cada creyente se deje cuestionar por el testimonio y la palabra del Papa, evitando la actitud –lamentablemente difundida– de quien se siente sencillamente confirmado en lo que ya está haciendo y en quien, por una parte o por otra, tiene el problema de encasillar al Papa en sus propios esquemas” (Zenit, 7-I-2014).

            Cabe tomar estas palabras como invitación a la lectura del entero documento papal; y concretamente ahora, de lo que Francisco llama, en el capítulo segundo, “tentaciones” de los evangelizadores (ver los nn. 76-101 de Evangelii gaudium). En esos párrafos –situados en el capítulo segundo que se titula “En la crisis del compromiso comunitario”–, Francisco vuelve sobre cuestiones afrontadas en Río de Janeiro, durante sus discursos a los obispos brasileños y al Comité coordinador del CELAM, respectivamente el 27 y 28 de julio del pasado año.

martes, 2 de abril de 2013

Aprender a salir de nosotros mismos




El Papa anterior, Benedicto XVI, señalaba con frecuencia el peligro de ser individualistas. Los cristianos debemos vencerlo haciendo operativo el “nosotros” que formamos en la familia de Dios que es la Iglesia; pues ese “nosotros” está para abrirnos a todas las personas del mundo, llevándolas a Cristo. En estas primeras semanas de su pontificado, el Papa Francisco viene insistiendo en ese argumento.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Tres perlas en el Sínodo


En su balance del Sínodo sobre la nueva evangelización, el periodista Sandro Magister recoge tres intervenciones que expresan de algún modo el ambiente que allí debió de vivirse, al decir de los participantes.

 
Educación en la fe, los sacerdotes y los jóvenes

     La primera intervención fue la que recibió más aplausos en la sala. Tommaso Spinelli, joven catequista, laico, de Roma, habló de la educación de la fe (la catequesis), del papel de los sacerdotes y la respuesta de los jóvenes (la traducción es mía):

     “La nueva evangelización necesita sustancia: catequesis con densidad, que sepa decir algo serio a nuestra vida, pero también y sobre todo, vidas con densidad (referentes), que muestren con los hechos la solidez de quien es cristiano. Con mayor razón hoy, cuando las familias están desunidas y con frecuencia renuncian a su papel educativo, los sacerdotes testimonian a los jóvenes la fidelidad de una vocación y la posibilidad de escoger un modo de vivir alternativo y más bello respecto al propuesto por la sociedad.

viernes, 4 de mayo de 2012

Oración y acción


Tintoretto, Cristo en casa de Marta y María (1540-1545)

Antes es la obligación que la devoción, dice el refrán popular. Con ello suele significarse que no hay que dar prioridad a las cosas que nos agradan o que son buenas, pues primero está el cumplimiento del deber. Pero si se intenta entenderlo en sentido literal, puede confundir.

      Y confunde siempre que se piensa el deber como una “obligación”, en el sentido de un quehacer puramente humano y externo, y se entiende por “devoción” una actividad de tipo espiritual que puede o no desarrollarse, según el gusto y sensibilidad religiosa de cada uno.


El deber primero es la oración


      En realidad, el deber primero del hombre es la oración, el trato de amistad y diálogo con Dios, la piedad auténtica, base de toda devoción. Y la oración, que es ya una acción, no es sin embargo mera acción humana, sino que en ella interviene Dios, también como amigo y como interlocutor. Para los cristianos la oración, de un modo u otro, se dirige siempre al Padre, por el Hijo y en el amor del Espíritu que a los dos une y con ellos nos une: nos da unidad y vida en la Iglesia, familia de Dios al servicio del mundo. Por tanto, la relación entre oración y acción solo puede captarse en las coordenadas generales de la vida cristiana: la fe, los sacramentos, el servicio de la caridad.

      Tanto la oración como la acción (externa) son expresiones esenciales de la vida cristiana. Pero no están al mismo nivel, porque la oración, en su forma más alta de contemplación, se refiere a la finalidad de la vida cristiana: el amor a Dios que se traduce en el amor a los demás; mientras que la acción se refiere al medio para lograr ese amor. Así que es la oración (el diálogo con Dios y la contemplación de su belleza y grandeza, con la ayuda de la liturgia) la que debe impulsar a la acción. Y en la vida cristiana, gracias a la oración, que nos ayuda a discernir la voluntad de Dios y nos da las fuerzas para seguirla, todo puede convertirse en un “medio”, en un camino u ocasión para proclamar, celebrar y vivir la fe y para alcanzar la plenitud del amor.

      Además de estas razones, que podríamos llamar de antropología cristiana, hay otros motivos de orden más pedagógico, o si se quiere pastoral, para comprender la prioridad de la oración sobre la acción. 


Sin orden interior no se puede bucar el Reino de Dios

     Primero, que el Reino de Dios se difunde desde lo que san Pablo llama el “hombre interior”; es decir, desde el corazón del cristiano. “Antes” de buscarlo fuera hay que edificarlo dentro: sin orden en el espíritu, es difícil que se pueda actuar para la ordenación de la vida y del mundo al Reino de Dios.

     En segundo lugar, que como consecuencia del pecado, tanto la inteligencia como la voluntad y los afectos fácilmente se pierden o se desordenan en sus objetivos y en su orden mutuo: la luz de la fe no brilla con toda su capacidad orientativa, la voluntad puede torcerse y con ella la pureza de intención, y los sentidos reclaman una atención que puede dañar la serenidad habitual incluso de quien está unido a Dios.

      Finalmente, hay que recordar la tendencia que hay en nuestro tiempo hacia el activismo.

      Por otra parte, para asegurar la prioridad de la oración hay que estar persuadido de algunos argumentos, en la línea de que la oración fomentaría el subjetivismo, el individualismo o el egocentrismo, la falta de espontaneidad, la evasión de la realidad, o supondría un anacronismo respecto al mundo moderno. Esto no es ajeno a las diversas concepciones de la religión que hoy se difunden, también dentro del cristianismo, e incluso, en su caso, a los modos distintos (no igualmente válidos) de enfocar el apostolado cristiano.

     Pero todo ello no hace sino confirmar la necesidad de la auténtica oración, y de anteponer la oración a la acción. Pues la “actividad” más importante para el cristiano es una vida espiritual y sacramental intensa, que surge del esfuerzo por corresponder a la acción del Espíritu Santo con el “combate espiritual” personal. De esa fuente debe manar la actividad apostólica, verdadero servicio de caridad, que para la mayoría de los cristianos se desarrolla en el ambiente de la vida cotidiana: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, culturales, etc. Ese es el camino, y no hay otro, para que la oración en la vida corriente se traduzca en anuncio y testimonio de la fe, en acción apostólica y promoción humana.


La justicia y el amor deben brotar de la oración

     De la prioridad de la oración en relación con el anuncio de la Palabra de Dios, se ocupó Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 25 de abril. Como punto de partida tomó el suceso que cuentan los Hechos de los Apóstoles (6, 1ss), cuando éstos decidieron no abandonar el anuncio de la fe y la predicación, sino organizar, por medio de los diáconos, la atención a personas necesitadas de asistencia y ayuda. Se trataba, según el Papa, de “dos realidades que se deben vivir en la Iglesia: la predicación de la palabra, la primacía de Dios, y la caridad práctica, la justicia”; porque “la Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad”. Además hay que tener en cuenta que “la caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo” (así es, en efecto, tanto para la Iglesia-institución como para cada cristiano personalmente).

     En esta ordenación de actividades se refleja, a juicio de Benedicto XVI, lo que sucedió durante la vida pública de Jesús en casa de Marta y María, en Betania. Mientras Marta estaba abrumada con el trabajo de la casa, María escuchaba la palabra del Señor (cf. Lc. 10,38-42). Las palabras de Jesús, “… María ha elegido la mejor parte”, no significan oposición entre la oración y la actividad diaria o la caridad. Lo mismo que las de los apóstoles: “"Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch. 6,4), no significan que decidieron apartarse del servicio de caridad abnegada a todos. En ambos casos, entiende el Papa, lo que se muestra es “la prioridad que debemos darle a Dios; (…) no se condena la actividad por el prójimo, por el otro, pero se subraya que debe ser penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación”.


Sin la oración, la acción se vacía

    En esta línea –continúa-, se manifiestan los santos (como san Agustín, san Ambrosio y san Bernardo). Precisamente porque “han experimentado una profunda unidad de vida entre la oración y la acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos”, han insistido en la necesidad del recogimiento interior para defenderse del activismo.

     Por eso, deduce Benedicto XVI, el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que consideramos subraya la importancia del trabajo y del servicio a los demás, “pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza”. Y es que “sin la oración diaria fielmente vivida, nuestra acción se vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos”. De ahí las palabras de una invocación tradicional cristiana: "Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar, tenga siempre en ti su principio y en ti su cumplimiento".

     Y concluye resaltando esta necesidad de anteponer la oración, particularmente para los pastores de la Iglesia: “Para los pastores esta es la primera y más valiosa forma de servicio a la grey a ellos confiada. Si los pulmones de la oración y la palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: la oración es la respiración del alma y de la vida”. Esto, sin olvidar que cuando se hace oración, incluso en el silencio de la Iglesia o en la propia habitación, “estamos unidos en el Señor con muchos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos que, a pesar de su individualidad, elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, de acción de gracias y de alabanzas”.


(publicado en www.analisisdigital.com, 3-V-2012)

lunes, 30 de abril de 2012

Todos llamados, todos responsables

"Señor, úneme al árbol al que pertenezco" 
(A. de Saint-Éxupéry)

Toda llamada espera una respuesta. En el vocabulario cristiano tradicional se ha empleado la palabra “vocación” para referirse particularmente a la vida sacerdotal y a la vida religiosa (hoy denominada más ampliamente vida consagrada). Pero, como el Concilio Vaticano II quiso declarar en su constitución Lumen gentium, en la Iglesia, “todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad” (n. 39); dicho de otra manera, “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (n. 40).

     Esta es la común vocación cristiana. Todos los cristianos están llamados por Dios para manifestar su amor en el mundo, según las condiciones de vida de cada uno. La palabra “Iglesia” significa precisamente vocación, llamada conjunta de muchos. Y “cristiano” es nombre de vocación: llamado a participar de la vida y la misión de Cristo.


La existencia humana es una llamada


      Pero aún hay más. Todas las personas, y no sólo los cristianos, están llamadas por Dios a encontrarse con Él, a descubrir su amor, dejarse transformar por él y llevarlo a los demás. La existencia humana es siempre una llamada del Amor al amor.

     En su mensaje para la 49 Jornada mundial de oración por las vocaciones (29-IV-2012), escribe Benedicto XVI: “Toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31, 3)”.

      Ya en su primera encíclica explicaba que el plan salvífico de Dios es un designio de amor, que se narra en la Biblia como una historia de amor: “Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía” (Deus caritas est, n. 17).


Iglesia, familia y vocación

     Pues bien, la Iglesia existe para anunciar la belleza de ese amor. Escribe el Papa en este mensaje que “la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada”. Y esto puede aplicarse tanto a la Iglesia universal como a las Iglesias locales, y también a los movimientos y a todas las realidades eclesiales.

      Incluso afirma que “esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32)”. Concreta que cada familia, “comunidad de vida y de amor” (Gaudium et spes, 48), es lugar privilegiado de la formación humana y cristiana; y puede convertirse en el mejor “seminario” (que quiere decir semillero) de las vocaciones, en la medida en que las familias sean “casas y escuelas de comunión”.

      Es claro que con ello no se quiere desnaturalizar la familia, haciendo de ella lo que no es. Al contrario, ese ha de ser el horizonte mejor: la comunión de vida y amor, comunión que quiere decir unión en la diversidad, y participación en la tarea común de vivir como personas y como cristianos.


Toda vocación es vocación al amor

     Benedicto XVI señala que en el contexto de “la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones”, con la ayuda de la oración y los sacramentos, particularmente la Eucaristía. Y que el amor de Dios se expresa, se descubre y se aprende en el amor al prójimo, “sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren”. Amor a Dios y amor al prójimo son “dos amores” que “brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan”.

     A este propósito cabe recordar que, en la Iglesia, la vocación cristiana se vive en tres modos o caminos principales: la mayor parte de los cristianos, los fieles laicos, poseen la vocación de ordenar las realidades temporales (el trabajo, la familia, la cultura, etc.) al Reino de Dios como desde dentro (dice el Concilio) de esas mismas realidades. Otros, los ministros sagrados (obispos, presbíteros y diáconos) hacen presente la vida y la acción de Cristo ante los demás. Y la vida religiosa o consagrada da un testimonio público de la fe por medio de determinados votos, y desarrollando sus correspondientes dones y carismas.


Sentido de la vida y compromiso

     Todos los cristianos, unos y otros, necesitamos de los demás. Es importante para cada uno descubrir su vocación concreta. Y luego, ser fiel a esa vocación, como a lo más querido, a lo que da sentido a la vida, porque hace grande lo pequeño y ordinario, y más fácil y llevadero, lo grande o extraordinario.

     En otras ocasiones el Papa ha puesto de relieve que la vocación cristiana implica el compromiso de colaborar en el desarrollo humano integral. Esto pertenece a “la caridad en la verdad”. Pues si bien todos los hombres perciben en su interior una llamada a la verdad y al amor, el Evangelio es la mayor luz y el mayor impulso para esa tarea. Y cada cristiano la lleva a cabo según su vocación concreta y sus posibilidades (cf. la encíclica Caritas in veritate, de 2009).


El papel de los padres y madres

      Algunos padres y madres se preguntan cómo actuar en relación con la vocación concreta de sus hijos. Ese papel podría resumirse en estos términos: orientar y apoyar, con su consejo y su oración. Deben orientar a sus hijos para descubrir su vocación, sea que se inclinen por la vocación sacerdotal, religiosa, o laical (y ésta, bien en el matrimonio o en el celibato al servicio de los demás por medio de un trabajo profesional, o de alguna tarea de caridad). No deben inmiscuirse hasta el punto de obligar a los hijos a tomar una determinada opción. En ningún caso han de ser obstáculos para que los hijos cumplan con la voluntad de Dios y el servicio a los demás.

     En la medida en que los hijos lo necesitan (y de algún modo siempre necesitan algo de esto), los padres deben aconsejarles sobre su camino, después de considerar ante Dios la vocación de sus hijos, y si es preciso consultando con personas prudentes y de criterio cristiano. En este consejo han de tener en cuenta la razón (la ética) y la fe, las necesidades concretas de la Iglesia y del mundo, y las aptitudes de sus hijos, a los que se supone que conocen bien. Además, no acaba ahí su responsabilidad, sino que durante toda su vida deberán apoyarles con la oración y el buen ejemplo de cristianos.


(publicado en www.religionconfidencial.com, 30-IV-2012)

lunes, 9 de abril de 2012

El sí de Jesús en su oración

P. Veronese, La agonía en el Huerto (h. 1583)
Pinacoteca de Brera, Milán

Durante su homilía en San Juan de Letrán, el jueves santo 5 de abril, Benedicto XVI contemplaba, una vez más, la oración de Jesús en “la noche oscura del Monte de los Olivos”. No se trata solamente de la muerte que se cierne sobre él, por la traición de sus amigos y las asechanzas de sus enemigos. Es la oscuridad del mal presente en todos los siglos y en cada persona, muerte para la vida verdadera. En medio de esa oscuridad, la oración de Jesús abre a la luz y a la vida, a la verdad y a la inocencia, a la salvación y a la libertad.


La oración de Jesús, luz y vida

     Jesús reza como luz y vida, entrando en nuestra oscuridad y en nuestra muerte. “Jesús sale en la noche. La noche significa falta de comunicación, una situación en la que uno no ve al otro. Es un símbolo de la incomprensión, del ofuscamiento de la verdad. Es el espacio en el que el mal, que debe esconderse ante la luz, puede prosperar. Jesús mismo es la luz y la verdad, la comunicación, la pureza y la bondad. Él entra en la noche. La noche, en definitiva, es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva de comunión y de vida. Jesús entra en la noche para superarla e inaugurar el nuevo día de Dios en la historia de la humanidad”.


La oración del Hijo y del "niño"

     Jesús reza como Hijo y como “niño”. Ante Pedro, Santiago y Juan, en la transfiguración, Jesús hablaba de su “éxodo” en Jerusalén. ¿Qué podía significar aquello?, se preguntaban. Ahora, observa el Papa, “los discípulos son testigos del primer tramo de este éxodo, de la extrema humillación que, sin embargo, era el paso esencial para salir hacia la libertad y la vida nueva, hacia la que tiende el éxodo”. Sin embargo, y a pesar de que Jesús les pidió que le apoyaran en aquella oración de Getsemaní, pronto se durmieron. Sí pudieron escuchar algo de la oración de Jesús, que luego contaron. Sobre todo cómo llamaba a Dios Abbá, equivalente de nuestro “papá”.

     Este es así, señala Benedicto XVI, “el lenguaje de quien es verdaderamente ‘niño’, Hijo del Padre, de aquel que se encuentra en comunión con Dios, en la más profunda unidad con él”. Así se muestra que lo más característico de Jesús según los evangelios es el trato con su Padre Dios: “El ser con el Padre es el núcleo de su personalidad”. Y sólo a través de Cristo conocemos verdaderamente a Dios (cf. Jn 1, 18) como Padre bueno y omnipotente.


Oración de sacerdote

     Jesús ora como sacerdote. Según Mateo y Marcos “cayó rostro en tierra”. San Lucas dice que Jesús rezaba arrodillado. Por eso entiende el Papa que “los cristianos con su arrodillarse, se ponen en comunión con la oración de Jesús en el Monte de los Olivos”. Así le acompañan en aquél “combate” consigo mismo y por nosotros.

     No se trata únicamente, insiste Benedicto XVI, de la angustia natural ante la muerte: “En las noches del mal, él ensancha su mirada. Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre él. Él también me ve, y ora también por mí. Así, este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento esencial en el proceso de la Redención”.

     Y deduce que “por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en el Monte de los Olivos como un acto sacerdotal. En esta oración de Jesús, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre”.


La oración del "nuevo Adán"

     Jesús reza como nuevo Adán que repara la soberbia del pecado, y nos abre a la libertad. Jesús se somete amorosamente a la voluntad de su Padre: “Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). Aunque su voluntad natural como hombre se resiste, se abandona en lo que el Padre quiere. “Con esto ­–explica el Papa– ha transformado la actitud de Adán, el pecado primordial del hombre, salvando de este modo al hombre. La actitud de Adán había sido: No lo que tú has querido, Dios; quiero ser dios yo mismo. Esta soberbia es la verdadera esencia del pecado”.

     Esto, añade Benedicto XVI, sucedió no solamente con Adán; también nos pasa a nosotros: “Pensamos ser libres y verdaderamente nosotros mismos sólo si seguimos exclusivamente nuestra voluntad. Dios aparece como el antagonista de nuestra libertad. Debemos liberarnos de él, pensamos nosotros; sólo así seremos libres. Esta es la rebelión fundamental que atraviesa la historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida”.

     Y agrega lo que ha dicho muchas veces a lo largo de su pontificado, como voz de la experiencia que brota de la historia, tristemente renovada: “Cuando el hombre se pone contra Dios, se pone contra la propia verdad y, por tanto, no llega a ser libre, sino alienado de sí mismo”. Por eso: “Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente ‘como Dios’, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de él o negándolo”.


Su sí en la oración nos hace libres

     Así, concluye el Papa, en la oración de Getsemaní “Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad”. Y con su “sí” a la voluntad de Dios, ha hecho posible que seamos verdaderamente libres.

     De nuevo comprendemos cómo esta oración del Señor, por un lado, condensa todo el misterio de su oración. Y cómo su oración es la raíz y el fundamento, el centro siempre vivo, la fuerza y la eficacia de nuestra oración. También el camino que todos pueden descubrir y recorrer.

Sacerdotes unidos a Cristo para servir



Cada año, en la misa del Jueves santo por la mañana, o si no es posible los días anteriores, los sacerdotes renuevan sus promesas en torno al obispo.

     Ellos están vinculados con Cristo para servir a los fieles cristianos. Deben, por eso, obediencia a la Iglesia y han de esforzarse por ser santos. Al acercarse el año de la fe, en la misa crismal del día 5 de abril, Benedicto XVI les ha recordado la necesidad de enseñar los fundamentos de la fe, y de desempeñar su ministerio en favor del “hombre entero”, con alegría y disponibilidad.


Configuración con Cristo

     Este día el obispo pregunta a los sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”.

     Con esto, según el Papa, se expresan sobre todo dos cosas: el vínculo interior o configuración con Cristo y “la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización”. Es decir, “se pide que nosotros, que yo, no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?.


Obediencia


     En segundo lugar, ha señalado Benedicto XVI cómo recientemente un grupo de sacerdotes ha publicado, en un país europeo, una llamada a la desobediencia, en nombre de la renovación de la Iglesia. Se pregunta el Papa si la desobediencia “es verdaderamente un camino para renovar la Iglesia”; si en ella se puede ver “algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?”

    Y explica que, ciertamente, Cristo “ha corregido las tradiciones humanas que amenazaban con sofocar la palabra y la voluntad de Dios”. Y “lo ha hecho para despertar nuevamente la obediencia a la verdadera voluntad de Dios, a su palabra siempre válida”.

     Pero de esta manera, todavía se interroga, “¿acaso no se defiende de hecho el inmovilismo, el agarrotamiento de la tradición?” Y responde que no. Especialmente se ve que no es así cuando se mira a tantas personas, concretamente sacerdotes santos, que han contribuido notablemente a la renovación de la Iglesia, precisamente desde su configuración con Cristo. “Los santos nos indican cómo funciona la renovación y cómo podemos ponernos a su servicio”, sobre todo bajo el humilde signo del grano de mostaza.


Anunciar y enseñar el mensaje de la fe

     En tercer lugar subraya el Papa uno de los deberes sacerdotales: la enseñanza. Alude al “analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente”. Concretamente, “los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos”. Y este conocimiento es necesario porque “para vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra”.

     La cercanía del año de la fe, con motivo de los 50 años del Concilio Vaticano II, “debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría”. ¿Dónde está ese mensaje? “Los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios”. Benedicto XVI se refiere también al magisterio de Juan Pablo como fuente de orientaciones para las necesidades de nuestro tiempo.

     Ahora bien, observa el Papa, no por predicar la fe de la Iglesia perdemos nuestra personalidad. Al contrario, según San Agustín: “No me pertenezco y llego a ser yo mismo precisamente por el hecho de que voy más allá de mí mismo y, mediante la superación de mí mismo, consigo insertarme en Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia”. A lo que se añade un motivo de credibilidad: “Si no nos anunciamos a nosotros mismos e interiormente hemos llegado a ser uno con aquél que nos ha llamado como mensajeros suyos, de manera que estamos modelados por la fe y la vivimos, entonces nuestra predicación será creíble. No hago publicidad de mí, sino que me doy a mí mismo”. Así lo hizo el Cura de Ars, llegando con su predicación al corazón de la gente.


Servir al "hombre entero"

     Finalmente Benedicto XVI evoca la expresión “celo por las almas” que hoy se usa poco, porque a algunos les parece que expresa un falso dualismo entre el cuerpo y el alma. Evidentemente, replica, el hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y alma. “Pero esto no puede significar que ya no tengamos alma, un principio constitutivo que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su muerte terrena”.


     Y explica algo que considera necesario aclarar hoy: “Como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre entero, también por sus necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin techo. Pero no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren por la violación de un derecho o por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma”. Esto es lo que, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, hacemos con celo (que significa, según el diccionario del castellano: cuidado, diligencia y esmero que se pone en una tarea)

     Concluye el Papa enlazando con los argumentos anteriores: “Por eso no podemos dar la sensación de que “cumplimos concienzudamente nuestro horario de trabajo, pero que antes y después sólo nos pertenecemos a nosotros mismos”. El sacerdote, insiste, no se pertenece a sí mismo: pertenece a Cristo y por eso está para servir, con alegría y celo, a la verdad y al amor.

     Es esta una llamada a la fidelidad renovada y creativa, al compromiso humilde y entusiasta en la tarea ministerial al servicio de todos.


(publicado en www.cope.es, 9-IV-2012)