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sábado, 4 de abril de 2026

Los cristianos en el encuentro de la fe con las culturas


León XIV, inspirado en la Virgen de Guadalupe, explica cómo la Iglesia propone una inculturación de la fe que no colonice las culturas, sino que las habite con amor para elevar sus valores y sanarlas desde su propia raíz.

¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?

Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.

En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas. 


El Evangelio y las culturas

León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.

Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, a través de las culturas, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, “Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo”. Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su “encarnación”): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.

Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: “Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia”. Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.

“Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural”. Y observa: “Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar”.

Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una “sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico”; ni una “acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano”. No se trata, pues de “legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona”. Eso equivaldría a “desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo”.

Por tanto y en síntesis condensada: “La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud”.


Guadalupe, lección de pedagogía divina

En esta perspectiva, señala el Papa, “Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica”. No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.

“La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre”.

Lo sucedido en el Tepeyac, asegura León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que “se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora”.

Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria “una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso”.

Esto implica que no cabe transmitir la fe “como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado”; de modo que“la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia”.

Concluye León XIV replanteando la prioridad de la catequesis para todas las edades y en todos los lugares: “la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)”. La catequesis –insiste– “está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes”.

(Este texto corresponde a una parte de un artículo más extenso.

Leer más en "Omnes" abril de 2026)

martes, 3 de marzo de 2026

El diálogo De Dios: oferta de amistad

Hoy se nos habla frecuentemente de la acogida, la escucha y el diálogo. En este contexto, ¿qué significado puede tener el que León XIV nos invite, tras el Año jubilar, a “redescubrir el Vaticano II” en sus documentos?

Juan Pablo II afirmó que este Concilio es “la gran gracia de la que Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”. En continuidad con sus predecesores cercanos, León XIV ha dicho que el Vaticano II sigue siendo “la estrella polar” del camino de la Iglesia.

¿No será, entonces, que el Concilio nos ilumina acerca de cómo ha sido la acogida, la escucha y el diálogo por parte de Dios con nosotros? ¿No será que nos guía para acoger lo que el Señor nos quiere revelar, de modo que podamos acertar en nuestro camino, siendo sal y luz para la humanidad?


El Concilio Vaticano II, una nueva aurora

En su catequesis introductoria (cf. Audiencia general 7-I-2026), el Papa Prevost ha señalado cómo, apoyado en la rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, “el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos” (cf. const. Dei Verbum).

Así mismo, “ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, c
omo misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo” (cf. const. Lumen gentium); “ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios (const. Sacrosanctum concilium). A la vez, el Vaticano II, que Juan XXIII consideró como una nueva aurora para la Iglesia, nos ha impulsado a “abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad” (cf. Const. pastoral Gaudium et spes).

León XIV ha subrayado que gracias al Concilio Vaticano II y siguiendo las orientaciones de san Pablo VI, “la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (enc. Ecclesiam suam, 34). Un diálogo que se extiende por medio del ecumenismo, del diálogo interreligioso y con las personas de buena voluntad.

Para leer más: enlace a "Omnes", marzo de 2026.

domingo, 1 de marzo de 2026

Anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana)

Duccio di Buoninsegna, La transfiguración (1308-1311)
National Gallery, Londres. Fotografía en Wikipedia Commons

La escena de la transfiguración del Señor es la primera que debe reproducir todo aspirante a pintar iconos. Ahí Jesús muestra su gloria como meta y modelo, que permanece en medio de nuestra historia y cumpliendo las promesas divinas anunciadas por los profetas. Pedro hubiera querido quedarse en ese momento glorioso: “hagamos tres tiendas”; pero, para llegar a la gloria definitiva, aún debe recorrer y experimentar el camino que también pasa por la cruz.

En la educación de la fe, la relación entre el anuncio y la experiencia no debe plantearse como una oposición, sino como una correlación necesaria para el encuentro vivo con Cristo. En esta relación se pueden destacar algunos aspectos fundamentales.


Superación de la dicotomía entre “contenido” y experiencia

Una educación cristiana que separe el mensaje doctrinal de la vivencia personal está destinada al fracaso. Por una parte, sin la experiencia de la fe, el anuncio se queda en un mero enunciado de conceptos que no permite un verdadero encuentro con Dios ni con los hermanos. Por otro lado, sin el “contenido” (o más bien el anuncio de la fe), la experiencia carece de la luz necesaria para madurar y para insertarse en el sentido de la vida cristiana y de la Iglesia.

La experiencia (la existencia y la vida humana) no es solo el destino de la propuesta de fe, sino el "lugar" donde Dios habla. Es, por tanto, un espacio constitutivo de la educación de la fe, sea en la modalidad de Enseñanza escolar de la religión, sea en la catequesis de la comunidad cristiana. La vida cotidiana es el lugar donde la Palabra de Dios resuena y donde Dios mismo continúa hablando hoy, para hacer que la experiencia humana adquiera una plenitud en la experiencia cristiana. Por tanto, el educador de la fe debe acercarse a la experiencia de las personas con actitud de escucha, reconociendo que el Espíritu Santo ya está actuando en ellas antes del anuncio explícito.


Pedagogía, discernimiento e inculturación

La pedagogía de la fe se realiza mostrando la relación entre el anuncio y la experiencia, entre la fe y la vida. Para ello, debe emplear el método del discernimiento (un proceso de interpretación o un “proceso hermenéutico” de cómo ha de llevarse esa acción educativa concreta), que tiene como dos direcciones complementarias: a) De la vida a la fe: los acontecimientos personales y sociales encuentran en el anuncio cristiano una luz que los interpreta en su verdad más profunda; b) De la fe a la vida: el mensaje del Evangelio debe presentarse mostrando siempre sus implicaciones vitales y su capacidad de dar plenitud a la existencia.

Esto tiene también que ver con la inculturación, que es “método” de la pedagogía de Jesús. “Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre” (León XIV, Mensaje al congreso teológico-pastoral sobre el acontecimiento guadalupano, en México, 25-II-2026). Esa es la lógica del misterio de la Encarnación. Por eso la inculturación del mensaje cristiano no es una concesión ni una mera estrategia sino una exigencia de la misión evangelizadora. Y por tanto, también una necesidad de la educación de la fe, para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de la propia vivencia humana y cultural, "informando" la madurez humana y cristiana

Y esto requiere asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo (cf. Ibid.). Por eso el educador de la fe ha de plantearse, en toda acción educativa, quiénes son las personas que se le confían, qué piensan, cuál es su trasfondo cultural, qué formación han recibido, qué necesitan, cuáles son sus gozos y sus esperanzas (cf. Gaudium et spes, 1). E indudablemente eso pide observar y escuchar sus vidas, sus preguntas, sus anhelos y sus inquietudes. Solo así se puede iluminar la existencia y liberarla de aquello que la oscurece y desfigura, para que pueda ser “trasfigurada” a imagen de Cristo.

Jesús es el modelo pedagógico de la unión entre fe y vida, anuncio y experiencia. Él no partía de abstracciones, sino de la observación de la vida cotidiana (la semilla, el sembrador, el banquete) para invitar a un proceso interior de reflexión. La pedagogía de la fe debe imitar este estilo, ayudando a las personas a leer los momentos de su vida, tanto las realidades ordinarias de cada día como los acontecimientos más extraordinarios, como "pasajes pascuales" de encuentro con el Resucitado, al modo de los discípulos de Emaús.


Testimonio, narración y símbolo

Además, el anuncio de la fe no es solo un discurso, sino el testimonio de un encuentro. En el anuncio del kerigma (Cristo ha muerto y resucitado por nuestra salvación), la vida del testigo que ha experimentado la salvación es lo que realmente conmueve al interlocutor. La relación entre anuncio y experiencia se hace visible cuando el educador se muestra como un acompañante y experto en humanidad, que sabe relacionar los gozos y angustias del hombre con el Evangelio.

En la era digital, la educación de la fe debe articular la "in-formación religiosa" con la “experiencia de Dios”. Dos modalidades se presentan para esto. En la Enseñanza escolar de la religión la base es la información reflexiva, respetuosa con la libertad e interpeladora sobre todo con la belleza de la fe vivida, de modo que la experiencia debe entretejerse con esa información. Mientras que en la catequesis de la comunidad cristiana el orden es el inverso: la experiencia cristiana en su conjunto es lo que se muestra y se busca crecer en madurez, si bien esto requiere continuamente crecer en formación.

En todo ello ayudan dos lenguajes. De un lado el lenguaje narrativo, que ayuda a entrelazar la historia de Jesús con la biografía personal, haciendo que la fe "se haga carne" (1) . De otro lado, el lenguaje simbólico y litúrgico, que permite que la persona se involucre con todos sus sentidos, pasando de ser un espectador a vivir una experiencia transformadora (2)

En resumen, la relación entre anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana) se muestra cuando la educación cristiana ayuda a la persona a descubrir que vale la pena creer y vivir la fe, como luz e impulso trasformador de la existencia cotidiana, porque el mensaje que recibe responde al anhelo de infinito de su propio corazón.

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(1) Sobre las ventajas y algunos inconvenientes de este lenguaje cf. Directorio de la catequesis, particularmente los nn. 207-208, 363-364. Ver también https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2020/01/nuestras-historias-y-sus-nudos.html#more

(2) A este propósito es aconsejable releer y trabajar la Carta apostólica del Papa Francisco Desiderio desideravi (2022) sobre la formación litúrgica. Para una introducción, https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2022/06/necesidad-de-la-formacion-liturgica.html

martes, 3 de febrero de 2026

La paz desarmante y la fidelidad

¿No es cierto que la paz que se nos está ofreciendo es paradójicamente una “paz armada”? Pero esa falsa “paz” es el resultado del miedo. Por otros caminos discurre la insistencia de León XIV, aunque parezca solo en su intento.

Entre sus enseñanzas de las últimas semanas, en la estela del Jubileo de la Esperanza, nos centramos en su Mensaje para la 59ª Jornada Mundial de la paz, que marca el comienzo del año 2026, y su carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del 60º aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis.


La revolución de una paz desarmante

El mensaje de León XIV para la Jornada mundial de la paz (1-I-2026) se titula: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz ‘desarmada y desarmante’”. Se trata de un eco, directo y ampliado, de las primeras palabras que pronunció al salir al balcón de la basílica de san Pedro en el Vaticano (8-V-2025). La paz que trae Cristo resucitado –observa en la introducción– no es un mero deseo, sino que “realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad” (cf. Ef 2, 14). La misión cristiana, que comporta la paz con su aspecto luminoso respecto a las tinieblas y oscuridades de los conflictos, sigue adelante. Con el anuncio de los sucesores de los apóstoles y el impulso de tantos discípulos de Cristo, es “la más silenciosa revolución”.



Fidelidad sacerdotal fecunda

La carta apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, firmada por León XIV el 8 de diciembre de 2025, fue publicada a finales de diciembre.

El título contiene ya la propuesta dirigida a los sacerdotes y especificada al comienzo: “Perseverar en la misión apostólica nos ofrece la posibilidad de interrogarnos sobre el futuro del ministerio y de ayudar a otros a percibir la alegría de la vocación presbiteral” (n. 1). La fidelidad fecunda es un don que se entiende y se recibe en el marco de la Iglesia y su misión. Al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal tiene un papel importante en la anhelada renovación de la Iglesia (cf. Optatam totius, Proemio).

De ahí la invitación de León XIV a releer los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, donde se deseaba reafirmar la identidad sacerdotal y, a la vez, abrir el ministerio a nuevas perspectivas de profundización doctrinal. Una relectura que debe ser iluminada por el hecho de que, tras el Concilio, “la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (n. 4).


Mantener vivo el don de Dios y cuidar la fraternidad

Ante fenómenos dolorosos, como los abusos o los abandonos del ministerio por parte de algunos sacerdotes, el Papa subraya la necesidad de una respuesta generosa al don recibido (cf. 2 Tm 1, 6). La base debe ser el seguimiento de Cristo, con el apoyo de la formación integral y continua. En esta formación destaca, desde la etapa del seminario, el aspecto afectivo (aprender a amar como Jesús), la madurez humana y la solidez espiritual. “Comunión, sinodalidad y misión no pueden realizarse, en efecto, si en el corazón de los sacerdotes la tentación de la autorreferencialidad no cede el paso a la lógica de la escucha y del servicio” (n. 13). Así serán eficaces en su servicio a Dios y al pueblo encomendado.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Educación de miras altas

Acaba de ser publicada (con una traducción de trabajo en castellano) la Carta apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza, de León XIV (27-X-2025), con ocasión del LX aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis. 

Como invitación a la lectura del documento, señalamos sus claves.

La educación es el “tejido mismo” de la evangelización. Es una “obra coral” de la entera comunidad educativa. En nuestro mundo complejo, la educación de inspiración cristiana, con su propia identidad, es tanto o más necesaria que en la época del Vaticano II, como brújula (en la estela de la declaración Gravissimum educationis) para navegar en la nueva urgencia educativa (causada por las guerras, las migraciones, las desigualdades y las diversas formas de pobreza), como una de las expresiones más altas de la caridad cristiana y una forma de esperanza: tarea de amor y de reconstruir la confianza.


La tradición educativa de los cristianos

La tradición educativa de los cristianos tiene una historia larga, dinámica y viva. Hoy también debe renovarse (innovación) sobre el centro de la persona, y con el presupuesto de la relación entre fe y razón, sin olvidar los aspectos afectivos y sociales, pues la verdad se busca en comunidad. Es fundamental la escucha de las preguntas y el diálogo.

La pedagogía católica presupone una visión antropológica integral con visión cristiana (antropología cristiana: un humanismo integral que incluye la responsabilidad social, la contemplación espiritual y también de la belleza creada, promoviendo estilos de vida sostenibles); supera, por tanto, visiones funcionalistas y utilitaristas, excesivamente dependientes del mercado laboral y de las finanzas; pide el discernimiento de las situaciones de las personas y sus circunstancias y promueve la fraternidad entre los pueblos

Para educar en la relación entre fe, cultura y vida, en colaboración con las familias (los padres y madres son los primeros educadores, y el Estado debe respetar el principio de subsidiaridad), es necesario el testimonio cristiano de los profesores, así como su formación permanente en sus distintos aspectos (científico, pedagógico, cultural y espiritual).

Desde el punto de vista de las instituciones educativas (hoy se requiere una mayor generosidad y altura de miras, al servicio de la sociedad y de la misión cristiana), se pide crecer en colaboración entre los distintos carismas educativos, con creatividad y espíritu de servicio, incluyendo el discernimiento de la tecnología, y dando la primacía a la maduración de la persona. En síntesis: calidad (en la planificación pedagógica, en la formación de los docentes y en la gobernanza) y valentía (para garantizar el acceso a los más pobres y apoyar a las familias frágiles).

Propone retomar (y ampliar) las prioridades del “Pacto Educativo Global” que lanzó el Papa Francisco, ampliando los 7 objetivos con otros tres, referentes a la vida interior, la digitalidad humana y la educación para la paz.

viernes, 10 de octubre de 2025

El amor a los pobres, exigencia de la vida cristiana

Ante la exhortación apostólica “Dilexi te” (4-X-2025) alguien podría preguntarse: ¿por qué ahora un documento sobre los pobres? ¿Qué tiene que ver eso con la santidad como meta de la vida cristiana? ¿No es lo más importante la oración y los sacramentos? O por otra parte ¿no sería suficiente con insistir en que el cristianismo implica un compromiso social? En definitiva, ¿qué lugar deben ocupar los pobres y los necesitados en la Iglesia y en la vida cristiana?

Lo cierto es que el Papa León XIV ha demostrado ser “integrador” de los diversos aspectos de la vida cristiana, buscador de la unidad y de la coherencia. Pero de ningún modo relativizador, sino al revés, incisivo y profundo, sabiendo mostrar las exigencias de la verdad cristiana, aunque, ciertamente no se puede hablar de todo al mismo tiempo.

La exhortación apostólica Dilexi te, “te he amado” es el primer documento largo de León XIV. En su título recoge palabras que Cristo dirige, en el libro del Apocalipsis (3, 9), a una comunidad cristiana poco relevante y expuesta al desprecio. El texto se centra en el amor hacia los pobres. Se trata de un aspecto de la fe y de la vida cristiana que ha ido cobrando progresivamente importancia en el magisterio de la Iglesia sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449).

La presentación vincula el tema de este documento con la encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco sobre el amor divino y humano de Cristo, pues contemplar el amor de Cristo, en palabras de esa encíclica, “nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”.


El amor a los necesitados, camino de santificación

El Papa Prevost señala que el documento retoma un texto preparado por Francisco sobre los pobres y necesitados, “imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Declara compartir el deseo del Papa anterior “de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (3). Así queda enunciado el objetivo principal del documento: proponer este “camino de santificación” de fuerte raigambre evangélica: reconocer a Cristo en los necesitados para configurarse con Cristo, en lo que consiste la santidad.

miércoles, 1 de octubre de 2025

La Pascua de Jesús, fuente viva de esperanza

Icono de la Anástasis (Resurrección)

Dentro de la catequesis del Año Jubilar 2025, cuyo título es Jesucristo nuestra esperanza, León XIV ha dedicado las últimas semanas a la Pascua de Jesús. Es decir, a los acontecimientos que tuvieron lugar en torno a su pasión, muerte y resurrección.

¿Qué lugar ocupa en nuestra vida la entrega de Jesús por nosotros? ¿La consideramos como un hecho del pasado, sin conexión con nuestro presente y nuestro futuro? La fe cristiana nos asegura que se trata de algo central, lleno de implicaciones para nuestra vida personal, social y eclesial. 


Preparar el encuentro con Dios y con los demás

El primero de estos miércoles (cfr. Audiencia general, 6-VIII-2025)el Papa se centró en la palabra preparar. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?” (Mc 14, 12). En realidad, todo estaba preparado de antemano por Jesús: “La Pascua, que los discípulos deben preparar, está en realidad ya preparada en el corazón de Jesús”.

Al mismo tiempo, él pide a sus amigos que hagan su parte: “La gracia no elimina nuestra libertad, sino que la despierta. El don de Dios no anula nuestra responsabilidad, sino que la hace fecunda”.

Por tanto, tenemos, también nosotros, que preparar esa cena. No se trata solamente, advierte el sucesor de Pedro, de la liturgia o de la Eucaristía (que significa “acción de gracias”), sino de“nuestra disponibilidad para entrar en un gesto que nos supera”.

“La Eucaristía –observa León XIV– no se celebra solo en el altar, sino también en la vida cotidiana, donde es posible vivir todo como ofrenda y acción de gracias”.

De ahí la interpelación: “Podemos entonces preguntarnos: ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar para que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy ‘preparar’?”.

Algunas sugerencias: “Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar que el otro cambie, dar el primer paso. Quizás escuchar más, obrar menos o aprender a confiar en lo que ya está dispuesto”.

Leer el texto completo (enlace a la web de "Omnes")


domingo, 7 de septiembre de 2025

Los fundamentos de la formación

Romano Guardini fue un gran pensador y educador. En su obra se esfuerza por señalar los fundamentos antropológicos y éticos de la formación en general, y también de la formación cristiana (*).

Entiende que lo propio de la tarea educativa, y por tanto de la ciencia pedagógica es ayudar en la dinámica humana del llegar a ser (o devenir). Y hacerlo desde la propia identidad y en relación con lo que no soy (todo lo que hay frente a mí: las personas, el mundo y sobre todo Dios), para convertirlo, poniendo en juego mi libertad, en contenido de mi vida. 

Hay por tanto "dos dialécticas" o dos tensiones en el hacerse vivo del hombre. Una primera, que tira desde la persona, y que consiste en que "la mismidad del individuo que se hace está tensada desde la propia posibilidad hacia la propia realidad". Es decir, un llegar a ser a partir de sí mismo. Y una segunda que tira desde la vida exterior, de modo que arrastra al individuo hacia la realidad que está frente a él: "Solo puedo realizarme vivamente a mi mismo si voy más allá de mí mismo hacia lo que no soy, hacia el ser frente a mí: hacia las cosas, hacia las personas, hacia las ideas, hacia las obras y tareas". 

Pues bien, afirma Guardini: “En esta doble dialéctica y en sus direcciones de movimiento, se basa todo el impulso formativo”. Se trata de fomentar el “tránsito de lo viviente posible a lo viviente real”. La formación debe ayudar a que la persona se sitúe de modo dinámico y realista, y vaya madurando entre esas dos tensiones.

Crítica este autor tres concepciones insuficientes de la formación, que han atravesado la historia humana, pero son insuficientes de por sí: 1) el centrarse en el puro conocimiento (pues este no garantiza la sabiduría, y tiende a abandonar la vida real); 2) el buscar la pura ética o el valor moral (lo que es empobrecedor porque inhibe la plenitud humana y cultural); 3) el fomentar solo la plenitud natural, biológica y estética (lo que pude caer en lo infrahumano). 

A estas concepciones y a otras de tipo social, económico o político les falta, según Guardini, lo específicamente pedagógico. Pues, como en otros seres, lo propio del hombre es la configuración de su propio ser, la forma que le corresponde. Y lo demás está incluido en esto.


Dos dimensiones y dos “pedagogías”: identidad y servicio

En esta estructura propia de la persona humana, destaca Guardini dos dimensiones o componentes, que se corresponden respectivamente con las dos dialécticas señaladas más arriba: el elemento inmanente (que le lleva a perfeccionarse a sí misma desde sus propias estructuras) y el elemento trascendente (que le lleva a perfeccionarse saliendo de sí misma hacia el mundo exterior y hacia Dios).

El elemento imanente, a su vez, está constituido por la tensión entre dos polos: la forma humana esencial y la plenitud o movimiento existencial.

La forma humana contiene tanto lo biológico y lo psíquico como lo espiritual: la conciencia, la libertad, la iniciativa, la decisión y la acción; y está abierta a los demás, al mundo y a Dios. La plenitud de esta forma está en la vida de la gracia, que le otorga una semejanza con el ser divino. Para Guardini la forma del hombre constituye el primer fundamento de lo pedagógico.

Pero no debe entenderse esta “forma” según un canon abstracto, una norma universal establecida a priori, y en todo caso separada de las situaciones concretas en que se encuentra la persona. Si se entendiera así, una pedagogía centrada en la forma humana destruiría la auténticamente humano, e incluso podría hacer de esa idea o valor abstracto algo así como un dios.

Tampoco cabe suprimir la forma y quedarse solo con las situaciones concretas, en una perspectiva “actualista” (lo propio humano sería simplemente enfrentarse sucesivamente con las acciones aisladas) o existencialista; pues esto no tiene en cuenta que la persona pide una continuidad en el ser y en el hacer; y también esto puede llevar a un sentido trágico de la existencia.

Precisamente lo propio de la pedagogía es comprender y trabajar ayudando a la persona a situarse en la intersección entre esos dos polos: forma y movimiento, identidad (abierta a la libertad) y desarrollo (siempre desde la posesión de sí misma, mediante el encuentro, el diálogo, la amistad, el trabajo, etc). Subraya Guardini que la formación (la ayuda para lograr a llegar a la plenitud de la forma) no debe dirigirse a configurar la persona según una forma subjetivista o egocéntrica, sino abierta a lo “objetivo”, es decir,  a la relación y comunión con los demás, con Dios y con el mundo. Y con ello tenemos el elemento trascendente de la pedagogía.

Por eso la “pedagogía de la identidad” debe ir unida a una "pedaogía del servicio" que comienza por la aceptación de sí mismo, de las personas y de las cosas no como uno las considere o valore subjetivamente, sino en sí mismas (según sus leyes y valores reales y objetivos); y continúa por el servicio a las necesidades, peticiones y valores del “objeto”, constituido por la realidad que no es ella misma.


Riesgos o límites de estas “pedagogías”

Tambien cada una de esas “pedagogías” tiene sus riesgos o límites. La pedagogía de la inmanencia o de la identidad “tiene el peligro de empobrecer a la persona, encerrarla en sí misma. Por eso necesita como contrapartida la otra pedagogía de la aceptación y del servicio . Y así podrá desarrollar las “virtudes del carácter”: disciplina, diligencia, fidelidad, responsabilidad, fiabilidad, justicia, sensatez y mesura; y más de fondo, el auténtico hacerse a sí mismo, que solo puede realizarse por la auténtica entrega al "tú".

En cuanto a la pedagogía de la trascendencia o del servicio, tiene el límite relacionado con el orden que me impida caer en el caos, al relacionarme con las cosas, perjudicando mi identidad. Esto se puede resolver teniendo en cuenta el contrapunto de la otra dimensión: la pedagogía de la identidad constituida por el juego entre forma y movimiento o plenitud.


Orden, decisiones, discernimiento

En definitiva, para Guardini, los tres puntos de vista descritos (la forma, el movimiento y el servicio) expresan tres estructuras y posibilidades de la pedagogía que no pueden separarse porque se complementan necesariamente. La elección del orden que deben guardar en el acto pedagógico concreto puede variar, y depende de las decisiones del sujeto (de la persona o del educador) en las situaciones particulares, en determinadas temporadas, o en la relación con la vida en su conjunto. (De ahí la importancia, podríamos decir por nuestra parte, del discernimiento educativo en el educador y de que este enseñe a la persona a discernir a la hora de su actuar).

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(*) Hay sustancial acuerdo en que el ensayo del autor más acabado sobre este tema es “Fundamentación de la teoría de la formación”. Ver la traducción al castellano de Sergio Sánchez Migallón con el estudio introductorio de Rafael Fayos Febrer, Romano Guardini, Fundamentación de la teoría de la formación, Eunsa, Pamplona 2020.
         Entre la abundante bibliografía sobre su pensamiento y su actualidad, cabe citar la breve introducción de A. López Quintás, “La revitalización de un gran maestro”, en Humanitas 9 (2004) n. 34, 278-285.

martes, 2 de septiembre de 2025

Dejarse curar por Jesús


¿Por qué necesitamos dejarnos curar y contribuir a curar a los demás? Porque somos vulnerables. Sólo quien carece de experiencia o de conocimiento de sí mismo y de los otros puede desconocer esta necesidad.

Dentro del ciclo de catequesis correspondiente al Jubileo 2025 (“Jesucristo nuestra esperanza”), León XIV ha culminado, en el medio del verano, el itinerario de la vida publica de Jesús (encuentros, parábolas y curaciones), dedicando cuatro miércoles a las curaciones: Bartimeo, el paralítico de la piscina, la hemorroísa y la hija de Jairo, el sordomudo.


Bartimeo: levantarse ante Jesús que pasa y llama

En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con Bartimeo, un ciego y mendigoo (cf. Audiencia general, 11-VI-2025). Su nombre significa hijo de Timeo, pero también hijo del homor o de la admiración Y ello nos sugiere que “Bartimeo –por su dramática situación, su soledad y su actitud inmóvil, como observa san Agustín– no consigue vivir lo que está llamado a ser”.

Sentado al borde del camino, Bartimeo necesita que alguien lo levante y lo ayude a salir de su situación y seguir caminando. Y para ello hace lo que sabe hacer: pedir y gritar. Es una lección para nosotros. “Si realmente deseas algo –nos propone el Papa–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!”

De hecho, el grito de Bartimeo, “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47)– se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Bartimeo es ciego, pero, paradójicamente, ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús. Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama; “porque –observa el sucesor de Pedro– no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él”.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Del asombro a la coherencia

 (Actualidad de Nicea para la educación de la fe) *


Icono conmemorativo del primer Concilio de Nicea
(fuente: Wikipedia)

El 20 de mayo el mundo cristiano celebra los 1700 años del primer Concilio de Nicea, también primer concilio ecuménico. En él se declaró que Jesucristo es Dios (verdadero Dios y verdadero hombre), hijo eterno de Dios (homousios = de la misma naturaleza del Padre) y hecho hombre por nuestra salvación. La filiación divina de Jesús nos ha hecho hijos en Él y hermanos entre nosotros, especialmente los cristianos.

Esto ha tenido y sigue teniendo grandes consecuencias para la historia y la cultura, a través de la vida cristiana, como se apunta en el documento de la Comisión Teológica Internacional, “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador: 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025)”. Nos limitamos aquí a señalar algunas implicaciones educativas de las conclusiones del texto (cf. nn 121-124).



Belleza, asombro

Ante todo, el camino de la belleza. Se dice que esta celebración “es una invitación apremiante para que la Iglesia redescubra el tesoro que se le ha confiado y aproveche para compartirlo con alegría, en un nuevo impulso, incluso en una ‘nueva etapa de evangelización’”, con palabras del Papa Francisco. Sin duda con implicaciones educativas.

Lo primero que propone es “dejarnos asombrar por la inmensidad de Cristo para que todos queden maravillados; reavivar el fuego de nuestro amor al Señor Jesús, para que todos puedan arder de amor por él. Nada ni nadie es más hermoso, más vivificante, más necesario que Él”, como ya dijo Dostoievski.

En efecto, ¿cómo es posible acostumbrarse a que Dios se haya unido, en Cristo, a la humanidad para llevarla a la plenitud de la vocación humana, y, además, de modo que nos ha hecho hijos amados y hermanos en la familia de Dios mediante el Espíritu Santo?

Y por eso: “Quienes han visto la gloria (doxa) de Cristo pueden cantarla y dejar que la doxología se convierta en anuncio generoso y fraterno, es decir, en kerigma”.

sábado, 17 de mayo de 2025

Contigo, todo comienza de nuevo



En la vigilia pascual pasada (celebrada por el cardenal Giovanni Baptista Re), la homilía del Papa Francisco considera el signo litúrgico de la llama que desde el cirio pascual, de manera discreta y humilde, termina iluminando todo.


Como un pequeño brote de luz

“La Pascua del Señor no es un evento espectacular con el que Dios se impone y obliga a creer en Él; no es una meta que Jesús alcanza por un camino fácil, esquivando el Calvario; y tampoco nosotros podemos vivirla de manera despreocupada y sin dudas interiores”. De hecho y por el contrario, “la Resurrección es como pequeños brotes de luz que se abren paso poco a poco, sin hacer ruido, a veces todavía amenazados por la noche y la incredulidad”.

El estilo de Dios, señala el obispo de Roma, no es resolverlo todo mágicamente. Por eso, ante la muerte y el mal, el egoísmo y la violencia, hemos de confiar en la esperanza de la Pascua, y llevarla a los demás “con nuestras palabras, con nuestros pequeños gestos cotidianos, con nuestras decisiones inspiradas en el Evangelio”. Así anunciamos la presencia de un nuevo comienzo, un “clarear en la oscuridad”, incluso ahí donde parece imposible.

“En Jesús Resucitado tenemos, en efecto, la certeza de que nuestra historia personal y el camino de la humanidad, aunque todavía inmersos en una noche donde las luces parecen débiles, están en las manos de Dios; y Él, en su gran amor, no nos dejará tambalear ni permitirá que el mal tenga la última palabra”.

Y concluye Francisco con una exhortación: “¡Hagámosle espacio a la luz del Resucitado! Y nos convertiremos en constructores de esperanza para el mundo”.


Buscarlo en la vida

Finalmente, en la homilía de la misa de resurrección (20 de abril), leída por el cardenal Angelo Comastri, Francisco nos animaba, en su última homilía, a buscar al Señor sin cansancio, siempre de nuevo, porque con Él comienza todo de nuevo. De hecho, en los relatos de la resurrección “todos los protagonistas corren”, quizá por la preocupación de que quizá se han llevado el cuerpo del Maestro, y sobre todo, “por el deseo, el impulso del corazón, la actitud interior de quien se pone en búsqueda de Jesús”.

En todo caso, no hay que buscarlo en el sepulcro, porque ya no está allí, sino en la vida. “Porque si ha resucitado de entre los muertos, entonces Él está presente en todas partes, habita entre nosotros, se esconde y se revela también hoy en las hermanas y los hermanos que encontramos en el camino, en las situaciones más anónimas e imprevisibles de nuestra vida. Él está vivo y permanece siempre con nosotros, llorando las lágrimas de quien sufre y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor de cada uno de nosotros”.

“En Jesucristo lo tenemos todo”, decía Henri de Lubac. Jesús, señala Francisco, abre nuestra vida a la esperanza, y con Él se renueva nuestra vida. Y acaba pidiendo para todos nosotros el asombro de la fe pascual “porque contigo, Señor, todo es nuevo. Contigo, todo comienza de nuevo”. Así también hemos pedido que lo sea para el Papa Francisco. Descanse en la paz de Cristo y de su Madre.

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(*) Fragmento de un texto más amplio publicado en la revista "Omnes" (mayo del 2025) bajo el título "Hacer espacio a la luz". 

viernes, 16 de mayo de 2025

El camino evangelizador de Francisco

(publicado en la revista "Omnes", mayo de 2025)

El camino de Francisco, también en su magisterio doctrinal, ha sido un camino en cierto modo sorprendente –para quien lo sepa mirar con los ojos de la sencillez propia de la sabiduría–, como el de Cristo, y evangelizador. Aquí sugerimos las que pueden considerarse como principales luces de ese camino. Nos limitamos a sus encíclicas y exhortaciones apostólicas. 



La fe transforma porque abre al amor

La encíclica Lumen fidei (“La luz de la fe”, 2013) fue realizada, en cierto sentido,  como discreto broche, pero broche de oro, del pensamiento y doctrina del papa Ratzinger, que aparece con la colaboración y la firma de Francisco.

Presenta la fe cristiana como luz que hace vivir, porque en ella “se nos ha dado un gran Amor” que “nos transforma, ilumina el camino y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para poder recorrerlo con alegría” (n. 7)

La fe amplía el conocimiento de la verdad y trasnforma toda la persona. ¿Pero cómo lo hace? Sorprendentemente, afirma el texto: "La fe transforma toda la persona precisamente porque la fe se abre al amor” (n. 26), y así puede ayudar a ensanchar la razón. Y así, la fe cristiana, vivida realmente en la práctica, transforma la vida personal, familiar y social, la relación con la naturaleza y el sentido tanto de la alegría como del sufrimiento. 

domingo, 27 de abril de 2025

Los mensajes de Francisco

 (Entrevista al autor de este blog, publicada en "Ecclesia", 21-IV-2025)




—Francisco llegó a la silla de Pedro tras la renuncia de un gigante del pensamiento, como Benedicto XVI: ¿hasta qué punto este pontificado ha sido, en materia de escritos, una continuación de la doctrina de Benedicto XVI y qué ha aportado de nuevo?

Si por doctrina entendemos una explicación de la fe, diría que en lo sustancial hay continuidad, como no podría ser menos, tratándose de dos papas que, además, han ejercido su ministerio uno tras otro en nuestro tiempo. Lo sustancial del mensaje cristiano se puede expresar en el trinomio fe-sacramentos-amor. Los dos papas expresaron el mismo mensaje, si bien en un orden diverso de elementos, o con acentos o subrayados diferentes.

Por limitarnos ahora a las encíclicas, Benedicto XVI comenzó por el amor (Deus caritas est, 2005), que puede verse como fruto de la fe y de los sacramentos. Siguió con la esperanza (Spe salvi, 2007) y, por medio de una encíclica social, mostró las implicaciones sociales del mensaje cristiano (Caritas in veritate, 2009). Finalmente, proyectó una encíclica donde mostró la luz y la capacidad trasformadora de la fe cristiana (Lumen fidei, 2013), con la colaboración de Francisco y firmada por él. En su opinión, además, se trata de una encíclica que merecería ser más conocida, estudiada y valorada.

Francisco, tras ese texto «a cuatro manos» sobre la fe (Lumen fidei), publica su exhortación programática Evangelii gaudium (2013), sobre la alegría de evangelizar, es decir, de anunciar la fe cristiana. Luego, con un lenguaje de tipo antropológico y social, muestra las dimensiones cósmicas (Laudato si’, 2015) y humanas (Fratelli tutti, 2020) del mensaje cristiano. Y explicita el núcleo de ese mensaje, que es el amor de Dios, por así decir, condensado en el Corazón de Cristo (Dilexit nos, 2024).

No se trata, por tanto, de una mera continuación de la «doctrina» del papa anterior, sino, repito, de una profundización en ciertos aspectos y de un subrayado de otros. Se podría decir que, en general, la perspectiva de Francisco es más práctica —es decir, referida a la acción— que especulativa, pero no por ello carece de especulación, si bien lo está de modo distinto. La novedad no reside tanto en el qué, sino sobre todo en el cómo o la forma del mensaje.

En cuanto a esta forma, los escritos de los dos papas son bastante diferentes, como era de esperar por el carácter, la formación y la procedencia geográfica y cultural de cada uno. En perspectiva creyente habría que señalar, ante todo, la asistencia del Espíritu Santo para cada necesidad, y los carismas, en sentido teológico, de cada papa.

Leer más (enlace a Ecclesia)

jueves, 13 de marzo de 2025

Comunicar y compartir la esperanza


¿Cuáles han sido el primer mensaje y el primer gran acontecimiento del Año Santo? El Papa los dedicó al mundo de la comunicación. Sucedió poco antes de su ingreso en el hospital...

Con motivo de este Jubileo, exhorta el sucesor de Pedro a los comunicadores:

“Cuenten también historias de esperanza, historias que alimenten la vida. Que su arte de contar historias (storytellling) sea también arte de contar historias de esperanza (hopetelling). Cuando cuenten el mal, dejen espacio para la posibilidad de remendar lo que está desgarrado, para que el dinamismo del bien pueda reparar lo que está roto. Siembren interrogantes”.


Enlace al artículo publicado en "Omnes", número de marzo n. 740, pp. 24-27. 



Jardinero de una nueva humanidad: Doce años con Francisco

Pocos días antes de cumplirse los doce años de su pontificado, Francisco ha agradecido a los voluntarios de todo el mundo “tantos pequeños gestos de servicio gratuito [que] hacen germinar brotes de una nueva humanidad; ese jardín que Dios ha soñado y que sigue soñando para todos nosotros”...

(Publicado en www.vidanuevadigital.com, 13-III-2025)

Enlace al artículo


miércoles, 1 de enero de 2025

Paz, esperanza, fraternidad

 

El mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2025 (“Perdona nuestras ofensas, concédenos la paz”) se inscribe en el Jubileo recién comenzado. Tiene cuatro partes.

Ante todo, se invita a situarnos “escuchando el grito de la humanidad amenazada” por tantas injusticias que son resultado de los pecados (Juan Pablo II habló de las “estructuras pecado”, enc. Sollicitudo rei socialis, 36). Conviene que “todos, juntos y personalmente, nos sintamos llamados a romper las cadenas de la injusticia y, así, proclamar la justicia de Dios” (Mensaje, n. 4).

En la segunda parte se pide “Un cambio cultural: todos somos deudores”. “El cambio cultural y estructural para superar esta crisis se realizará cuando finalmente nos reconozcamos todos hijos del Padre y, ante Él, nos confesemos todos deudores, pero también todos necesarios, necesarios unos de otros” (n. 8).


Tres propuestas en la Jornada jubilar de la Paz

En tercer lugar, Francisco hace tres propuestas concretas (cf. n. 11): 
1) “una notable reducción si no una total condonación, de la deuda internacional que grava sobre el destino de muchas naciones” (Juan Pablo II, Carta ap. Tertio millennio ineunte, 51); 
2) “la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones” (cf. Bula Spes non confundit, para el jubileo de 2025, 10); y 
3) “la constitución de un fondo mundial que elimine definitivamente el hambre” y facilite a los países más pobres un desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático (cf. enc. Fratelli tutti, 262 y otras intervenciones recientes del Papa).

La última parte se titula “La meta de la paz”. Esta pasa por un cambio profundo y práctico de actitudes a nivel personal y social, un “desarme del corazón” (Juan XXIII). “A veces –dice Francisco–, es suficiente algo sencillo, como ‘una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito’ (n. 14 del mensaje, cf. Spes non confundit, 18). Porque, “en efecto, la paz no se alcanza solo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado”.

En las vísperas de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios (31-XII-2024) señalaba el Papa: “La esperanza de un mundo fraterno no es una ideología, no es un sistema económico, no es el progreso tecnológico. La esperanza de un mundo fraterno es Él, el Hijo encarnado, enviado del Padre para que todos podamos llegar a ser lo que somos, es decir, hijos del Padre que está en el cielo, y por tanto hermanos y hermanas entre nosotros”. 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Mensaje cristiano y catequesis (nuevo libro)




El autor de este blog ha publicado un libro de Alfredo García Suárez, Mensaje cristiano y catequesis. Textos escogidos (Edición y estudio introductorio a cargo de Ramiro Pellitero), Eunsa, Pamplona 2024.

Contenido (párrafos tomados de la contracubierta) 

Se recogen aquí algunos escritos de un teólogo de raza, el profesor Alfredo García Suárez. Entre los temas de fondo destacan tres: el laicado, la educación de la fe y la renovación de la Iglesia.  

En primer lugar, el compromiso cristiano en el mundo. “Por medio de sus miembros laicos –entiende el autor–, la Iglesia informa la integridad del orden temporal, lo fermenta con la levadura evangélica, configurándolo en sus perfiles humanos y en sus líneas cristianas”. 

En segundo lugar, siempre en el marco teológico del mensaje cristiano, propone una comprensión profunda e incisiva de la tarea educativa de la fe que puede contribuir a mejorarla, también en las circunstancias actuales de globalización y cultura tecnológica.

Finalmente, aporta criterios decisivos para participar en la renovación de la Iglesia y en su misión evangelizadora.

domingo, 1 de septiembre de 2024

El encuentro y su papel en la pedagogía


M. Chagall, Lucha de Jacob con el ángel (1967) 
Musée National Marc Chagall, Niza (Francia)

Educar es educar desde y para el encuentro. Se reconoce que uno de los textos pedagógicos más importantes de Romano Guardini, que conservan hoy toda su vigencia, es el que dedica al encuentro (*).

Dejemos a un lado, aunque el autor lo considera brevemente, el encuentro entre dos objetos materiales, entre dos plantas, entre dos animales, que en cada caso sigue unas leyes diversas según sus respectivos modos de ser.


Condiciones para que se dé el encuentro personal


Hablamos de encuentro, se nos dice, propiamente cuando un hombre contacta con la realidad. No es todavía un encuentro si solo busca, por ejemplo satisfacer su hambre, aunque puede ir más allá del instinto. Como todavía no lo es tampoco un simple choque entre dos personas.

Dos condiciones iniciales para que se dé un encuentro (personal), según Guardini, serían: 1) el toparse con la realidad más allá de una interacción simplemente mecánica, biológica o psicoógica; 2) establecer una distancia respecto a esa realidad, fijarse en su singularidad, tomar postura ante ella y adoptar una conducta práctica respecto a ella.

Para todo ello se requiere la libertad. En la libertad se pueden ver dos lados: una libertad material, por la que podamos entrar en relación con todo lo que nos rodea; una libertad formal, como facultad de actuar (o no) desde la energía inicial propia de la persona. A veces la persona puede llegar a la convicción de que no se debe confiar en todo lo que sale al encuentro: “Puede cerrar las puertas de su corazón, y dejar fuera el mundo. La antigua Stoa [escuela del estoicismo] lo hizo así, y así se comporta la ascesis religiosa, para dirigir el amor solo a Dios”[1].

El encuentro puede partir solamente de parte de la persona, por ejemplo, frente a una cosa que despierta nuestro interés, como una fuente, un árbol o un pájaro y se puede convertir en una imagen de algo más profundo o incluso puede ayudar a comprender radicalmente la existencia. Esto, siempre que se venza la costumbre, la indiferencia o el esnobismo, la presunción engreída y llena de sí mismo[2]. Tales son los enemigos principales del encuentro.

Pero el encuentro puede ser también bilateral, y entonces surge una relación especial, en la que dos personas se valoran más profundamente, más allá de su mera presencia o sus funciones sociales: se convierten en un “tú”.

Como contenidos del encuentro Guardini enumera: 1) el conocimiento de la persona y de su conducta que de ahí se deriva; 2) una “vivencia peculiar de la familiaridad y de la extrañeza”: familiaridad que puede crecer y convertirse en confianza en unión; y aquí, la relación con el carácter y la actividad, el pueblo y el grupo social, las ideas, la relación con el mundo, etc; pero también con las diferencias, la extrañeza y la irritación, la antipatía y la enemistad; 3) Siempre, incluso entre las personas más íntimas, está ese elemento de extrañeza, por el carácter irreductible de la individualidad. Esto marca necesariamente la distancia de la persona.

Además, el encuentro requiere que se dé “un buen momento”, un momento propicio, que se constituye a partir de miles de elementos más o menos conscientes o inconscientes: vivencias del pasado e imágenes, energías y tensiones, necesidades, ambiente, estado de ánimo, elementos creativos y afectivos, etc. De ahí la dificultad o la imposibilidad de “confeccionar” un encuentro, y la apertura del encuentro hasta acercarse a la Providencia y a la suerte.

El encuentro requiere, pues, a la vez, la libertad y la espontaneidad, en el sentido de que solo acontece si no se busca, como sería el encuentro con una flor azul que abre el camino hacia el tesoro.

domingo, 18 de agosto de 2024

Sentido de la vida y educación cristiana

Duccio di Buoninsegna, Jesús cura a un ciego de nacimiento (1311),
National Gallery, Londres

Sentido de la vida y educación cristiana


Contemplamos estos días el valor reconocido a los esfuerzos, mantenidos durante largo tiempo, de quienes llegan a obtener medallas en las Olimpiadas. Todos ellos, cuando se les pregunta, vienen a decir: "ha valido la pena el esfuerzo".

Sin duda el esfuerzo tiene que ver con el sentido de la vida, y esto es importante en la educación especialmente de los jóvenes.  ¿Cómo ilumina esto la fe cristiana?


La búsqueda de la felicidad y el valor de la vida

    De un lado, hay en cada persona una búsqueda innata de felicidad, entendida como vida plena. A esto se vincula la pregunta por un bien supremo, que responda al porqué y para qué de la vida, y también la pregunta por el lugar del sufrimiento en la vida humana. De ahí la importancia de la educación del sentido que viene, a confluir con la orientación de los deseos, de las metas y de los fines de cada cual. 
    A la necesidad de una vida con sentido, se opuso el siglo pasado el "absurdismo", propio del existencialismo radical. Esto venía representado por el mito de Sísifo, condenado a subir una gran piedra por una pendiente: al llegar arriba la piedra se resbalaba y caía, y la situación se volvía a repetir indefinidamente,  de modo que la vida humana es un continuo comenzar en una tarea sin sentido. Se proponía aceptar ese sinsentido. 
    Sin embargo, la propuesta no es racional y por ello tampoco sana. 
    ¿Cómo encontrar un sentido verdadero de la vida? Verdadero puede traducirse aquí por válido, acorde con la realidad de las personas y sus esperanzas. Evidentemente, no todos los "sentidos" tienen el mismo valor. Si así fuera la vida de los hitlerianos y la de los santos sería equivalente. Nada sería bueno ni malo. Sin el sentido, como saben bien los psiquiatras, crece el riesgo del nihilismo y de la depresión, quizá compensados transitoriamente por mecanismos exteriores (ruidos, activismo, drogas, etc.) o por el esfuerzo en la lucha contra enemigos más o menos imaginarios. 
    En la práctica uno tiende a llenar de "sentidos" su vida o dejar que se la llenen otros: el ambiente, la mayoría, los medios de comunicación. Pero no todos los sentido, decíamos, valen los mismo. La vida no es un saco que se puede llenar de cualquier cosa. Ya san Agustín decía: "Corres bien, pero fuera del camino". 

domingo, 12 de mayo de 2024

Paciencia

(Imagen: Tiziano o Giorgione, Cristo llevando la cruz (h. 1506-1507), Scuola Grande di san Rocco, Venecia).

En su pequeño pero excelente libro sobre Virtudes (*), Romano Guardini dedica un capítulo a la Paciencia.

La primera acepción de paciencia que aparece en el diccionario del español es “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”. Y entre los sinónimos se ofrecen términos como aguante, estoicismo o resignación. Así las cosas, no es extraño que en el sentir popular la paciencia no tenga un brillo particularmente atractivo. Quizá por ello se cuestiona Guardini si se trata, en efecto, de algo gris o mezquino, con que una vida oprimida trate de justificar su pobreza.

Para profundizar en el tema, el ilustre teólogo italoalemán se traslada inmediatamente a la cima de la realidad, que para un creyente se sitúa en Dios. Dios ha creado el mundo, pero ¿por qué? Contestar a esta pregunta a fondo no es posible en esta tierra.

De todas formas, aventura algunas reflexiones: Dios no tenía necesidad del mundo, a él no le sirve de nada. “Quizá –añade– en tales consideraciones, presentimos algo así como las raíces de la paciencia divina”.

El caso, explica Guardini, es que Dios no sólo ha creado el mundo, sino que lo mantiene y sostiene. Y no se harta de él.

A este propósito, evoca el mito indio de Shiva en estos términos: “El formador del universo, que creó el mundo en una tormenta de entusiasmo, pero luego se hartó de él, lo pisoteó despedazándolo y produjo uno nuevo. Con éste pasó lo mismo, y la producción y la destrucción prosiguen interminablemente”. Y con ello esta divinidad se transformó en imagen de la impaciencia.

En la perspectiva cristiana, el verdadero Dios tiene una relación bien diferente respecto al mundo.