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sábado, 25 de abril de 2026

Formar para la escucha del corazón

El discurso de León XIV a los profesores de religión católica de Italia (25-IV-2026) ofrece orientaciones que son válidas también para otros lugares y culturas. En él se traza el marco global de esta importante actividad educativa y se indican luego algunos puntos concretos para hacer frente a los desafíos actuales. Un texto que puede ayudar al discernimiento educativo.

La exposición del Papa puede abordarse en dos partes. En una primera parte se traza el marco de la enseñanza de la religión católica, como podemos ver en los puntos siguientes (numeración nuestra).


El marco de la enseñanza escolar de la religión

1. "La dimensión religiosa (...) 'es un elemento constitutivo de la experiencia humana y no puede ser marginada en el proceso formativo de las nuevas generaciones' (CEI, Nota pastoral La enseñanza de la religión católica: laboratorio de cultura y diálogo, 11 de diciembre de 2025). 

2. En su texto bien conocido ("Nos has hecho para ti, y nuestro corazón no descansa hasta que descanse en ti": Confesiones 1, 1), san Agustín "hablaba de una búsqueda interior a la cual siempre han estado ligadas, en el ser humano, las grandes preguntas de la vida: la relación con Dios, con la creación y con los demás; de este modo, la sed de infinito, inherente a cada persona, puede convertirse en energía para promover la paz, para renovar la sociedad y para colmar sus contradicciones".  Aquí se refleja la dimensión plenamente humanizadora de la educación. 

3. En este contexto, el servicio de enseñar religion católica, "expresión del cuidado de la Iglesia por las nuevas generaciones, es como un trampolín desde el cual niños, adolescentes y jóvenes pueden aprender a lanzarse a la fascinante aventura del diálogo interior; y en esto constituye un elemento indispensable de aquella alianza educativa de la que hoy hay tanta necesidad". Lo humanizador se enlaza con lo ético al ir descubriendo la dignidad de la persona y enfrentarse con el sentido de las grandes cuestiones: el sentido de la vida y del amor, del dolor, el más allá. 

4. Además, "la enseñanza de la religión católica es una disciplina de gran valor cultural, útil para comprender las dinámicas históricas y sociales, así como las expresiones del pensamiento, del ingenio y de las artes que han dado forma y siguen modelando el rostro de Italia, de Europa y de tantos países del mundo". Dimensión cultural de la enseñanza escolar de la religión. 

5. En cuanto al modo de realizar esta enseñanza, es "en diálogo con los demás ámbitos del saber y de la investigación religiosa, y sobre todo en el estudio de las páginas inagotables de la Biblia, a través de las cuales conocemos a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, revelación del rostro del Padre y modelo perfecto de humanidad". Dimension de interdisciplinariedad, fundamentación en la Escritura y centralidad de Jesucristo. 

6. De esta forma, "hacéis accesible a las nuevas generaciones, en pleno respeto de la libertad de cada uno, aquello que de otro modo podría permanecer incomprensible y vago". En efecto, no se trata de un adoctrinamiento (en el sentido negativo atribuido hoy con frecuencia a esta palabra), sino de una información reflexiva que fundamenta el crecimiento interior de cada alumno. Se inscribe en el derecho a la libertad religiosa que tienen los padres y madres a la hora de escoger el horizonte religioso para sus hijos, y también a la libertad religiosa de tantos adolescentes, jóvenes y adultos (también no cristianos y no creyentes) que desean conocer la religión católica por diversos motivos. 

7. "La verdadera laicidad no excluye el hecho religioso, sino que sabe valorarlo como un recurso educativo". Esto, apunta el Papa, forma parte de un marco más amplio: "Conocer y amar lo que uno es, para saber encontrarse con el otro con respeto y apertura". De nuevo resalta la dimensión antropológica y social de la educación, y la importancia de una cultura del encuentro. 


Los caminos de una educación del corazón 

En una segunda parte, León XIV comparte algunas reflexiones orientativas para los educadores, reunidos en este encuentro nacional bajo el lema newtoniano "El corazón habla al corazón" (Cor ad cor loquítur). 

1. Esas palabras, dice, contienen la propuesta de un camino en el que "la verdad es la meta y la relación personal el medio para alcanzarla". Esto compromete a los educadores, en su tarea, "para ayudar a los chicos a reconocer una voz que en realidad ya resuena en ellos, a no sepultarla ni confundirla con los ruidos que los rodean".  Se trata por tanto de un servicio muy valioso a la personalización y libertad interior de cada alumno, y una ayuda en el horizonte de la sabiduría a través de la escucha y contemplación de uno mismo, de los demás y del mundo. Máxime "en una época en la que vivimos constantemente asediados por estímulos de todo tipo", por lo que "acallar esa voz es facilísimo". Y por ello, "educar para escucharla o redescubrirla es uno de los dones más grandes que se pueden ofrecer a las nuevas generaciones". 

Apelando a una visión transcendente de la persona como base de la educación (no existe ninguna "educación neutra), añade León XIV: "El ser humano no puede vivir sin la verdad ni sin significados auténticos". Y agrega que "los jóvenes, aunque a veces parezcan apáticos o insensibles, tras una fachada de aparente indiferencia, en realidad a menudo esconden la inquietud y el sufrimiento de quien «siente demasiado» y con demasiada intensidad, sin lograr poner nombre a lo que experimenta".

2. Retoma todo lo anterior y llega el Papa al climax de su discurso, señalando, ante todo, el núcleo antropológico de la educación escolar: "Hacer escuela, por tanto, significa formar a las personas en la escucha del corazón y, con ello, en la libertad interior y en la capacidad de pensamiento crítico, según dinámicas en las que fe y razón no se ignoran ni mucho menos se oponen, sino que son compañeras de camino en la búsqueda humilde y sincera de la verdad".  

Tal es, en efecto, el trasfondo de toda educación plenamente humana, y especialmente de la enseñanza escolar de la religión. De ahí se deduce algo que todo educador sabe bien: "Por eso, educar requiere la paciencia de sembrar sin pretender resultados inmediatos, respetando los tiempos de crecimiento de la persona. Y, sobre todo —enseña Newman—, requiere amor". 

3. Una tercera recomendación amplia el papel del educador o del profesor, como guía y acompañante, junto con otras personas (principalmente los padres y madres de familia), como luz y apoyo para el crecimiento de cada persona. "La verdad pasa a través de las personas, y para vuestros alumnos esas personas sois también vosotros". Y aquí enumera los que puedes considerarse elmentos del perfil ideal del educador de la fe. Vosotros, les dice el Papa, "estáis llamados a ser maestros creíbles porque estáis enamorados de Dios y de ellos; a transmitir valores sin protagonismos ni moralismos; a ofrecer miradas que levantan y a ser testigos de esa coherencia humilde y cercana que hace amables y deseables incluso los contenidos más exigentes". 

Insiste León XIV en el estilo de la educación hoy requerida, mirando ahora desde los alumnos: "Vuestros alumnos no necesitan respuestas prefabricadas, sino cercanía y honestidad por parte de adultos que caminen a su lado con autoridad y responsabilidad mientras afrontan las grandes preguntas de la vida". Esto traerá consecuencias en los alumnos: "Recordarán los ojos y las palabras de quienes supieron reconocer en ellos un don único, de quienes los tomaron en serio, de quienes no tuvieron miedo de compartir con ellos un tramo de camino, mostrándose a su vez hombres y mujeres que buscan, piensan, viven y creen".

No traza el sucesor de Pedro un panorama fácil, para estos especialistas en la educación de la fe que hoy necesitamos. Manifiesta querer para ellos y para sus alumnos lo mejor. Y por eso les pone el listón alto, confiado en que no les falta la ayuda divina y el aprecio y cariño de todos para esta fascinante aventura: colaborar a que los alumnos puedan "descubrir" a Dios y, si lo desean, seguirle en el camino cristiano. León XIV enfrenta a los educadores con "la necesidad de una sólida competencia, animada por la pasión por el estudio, el rigor cultural y la preparación didáctica, porque la enseñanza de la religión católica requiere también actualización, capacidad de proyectos y uso de lenguajes adecuados".

4. Concluye calificando estos desafíos de "dramáticos y al mismo tiempo apasionantes". Una tarea, en suma, de servicio a las personas y a la Iglesia. Retoma unas palabras suyas que, si bien sirven para todos los educadores, retratan el papel de los profesores de religión católica: "Servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, incansables buscadores de la sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza" (Carta apostólica Dibujar nuevos mapas de esperanza, 11.3).

sábado, 4 de abril de 2026

Los cristianos en el encuentro de la fe con las culturas


León XIV, inspirado en la Virgen de Guadalupe, explica cómo la Iglesia propone una inculturación de la fe que no colonice las culturas, sino que las habite con amor para elevar sus valores y sanarlas desde su propia raíz.

¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?

Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.

En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas. 


El Evangelio y las culturas

León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.

Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, a través de las culturas, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, “Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo”. Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su “encarnación”): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.

Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: “Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia”. Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.

“Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural”. Y observa: “Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar”.

Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una “sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico”; ni una “acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano”. No se trata, pues de “legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona”. Eso equivaldría a “desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo”.

Por tanto y en síntesis condensada: “La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud”.


Guadalupe, lección de pedagogía divina

En esta perspectiva, señala el Papa, “Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica”. No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.

“La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre”.

Lo sucedido en el Tepeyac, asegura León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que “se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora”.

Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria “una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso”.

Esto implica que no cabe transmitir la fe “como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado”; de modo que“la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia”.

Concluye León XIV replanteando la prioridad de la catequesis para todas las edades y en todos los lugares: “la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)”. La catequesis –insiste– “está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes”.

(Este texto corresponde a una parte de un artículo más extenso.

Leer más en "Omnes" abril de 2026)

martes, 3 de marzo de 2026

El diálogo De Dios: oferta de amistad

Hoy se nos habla frecuentemente de la acogida, la escucha y el diálogo. En este contexto, ¿qué significado puede tener el que León XIV nos invite, tras el Año jubilar, a “redescubrir el Vaticano II” en sus documentos?

Juan Pablo II afirmó que este Concilio es “la gran gracia de la que Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”. En continuidad con sus predecesores cercanos, León XIV ha dicho que el Vaticano II sigue siendo “la estrella polar” del camino de la Iglesia.

¿No será, entonces, que el Concilio nos ilumina acerca de cómo ha sido la acogida, la escucha y el diálogo por parte de Dios con nosotros? ¿No será que nos guía para acoger lo que el Señor nos quiere revelar, de modo que podamos acertar en nuestro camino, siendo sal y luz para la humanidad?


El Concilio Vaticano II, una nueva aurora

En su catequesis introductoria (cf. Audiencia general 7-I-2026), el Papa Prevost ha señalado cómo, apoyado en la rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, “el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos” (cf. const. Dei Verbum).

Así mismo, “ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, c
omo misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo” (cf. const. Lumen gentium); “ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios (const. Sacrosanctum concilium). A la vez, el Vaticano II, que Juan XXIII consideró como una nueva aurora para la Iglesia, nos ha impulsado a “abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época moderna en el diálogo y en la corresponsabilidad” (cf. Const. pastoral Gaudium et spes).

León XIV ha subrayado que gracias al Concilio Vaticano II y siguiendo las orientaciones de san Pablo VI, “la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (enc. Ecclesiam suam, 34). Un diálogo que se extiende por medio del ecumenismo, del diálogo interreligioso y con las personas de buena voluntad.

Para leer más: enlace a "Omnes", marzo de 2026.

domingo, 26 de octubre de 2025

Sinodalidad y esperanza



El jubileo de los equipos sinodales y organismos de participación ha convocado a los representantes de la implementación de la sinodalidad en los distintos continentes y grandes regiones donde la Iglesia camina en el mundo. El sábado 25 de octubre León XIV mantuvo un encuentro con estos equipos sinodales. Intervino un representante de cada continente o gran región del mundo y cada uno formuló una pregunta al Papa. A continuación el Papa fue respondiendo a cada pregunta en el marco de las orientaciones que consideró conveniente. El encuentro, transmitido en directo, fue muy ilustrativo del camino que se está recorriendo tras el Documento final del sínodo culminado en 2024, con evidentes diferencias de acentos y sensibilidades, pero con un común deseo de unidad para la misión, en torno al sucesor de Pedro y a los obispos.

El domingo 26 la homilía de León XIV fue particularmente representativa de las enseñanzas de su pontificado al menos hasta ahora. Desarrolló el sentido de la sinodalidad a partir de la humildad, como pedía el Evangelio del día (parábola del fariseo y del publicano).


El camino sinodal en África, Oceanía, Norteamérica y Oriente Medio

En el encuentro del sabado día 25, el representante de África expuso el intenso trabajo que está teniendo lugar en ese continente en lo que se refiere a la formación y acompañamiento para la participación en la sinodalidad, con un particular sentido de familia y en apertura al diálogo interreligioso y al logro de la paz. Preguntó cómo puede la Iglesia seguir ayudando en esta línea, respetando los principios de la sinodalidad.

(Como no existe publicado ningún texto del encuentro, ni lo que dijeron los que intervinieron ni lo que dijo el Papa será aquí recogido de modo literal).

viernes, 10 de octubre de 2025

El amor a los pobres, exigencia de la vida cristiana

Ante la exhortación apostólica “Dilexi te” (4-X-2025) alguien podría preguntarse: ¿por qué ahora un documento sobre los pobres? ¿Qué tiene que ver eso con la santidad como meta de la vida cristiana? ¿No es lo más importante la oración y los sacramentos? O por otra parte ¿no sería suficiente con insistir en que el cristianismo implica un compromiso social? En definitiva, ¿qué lugar deben ocupar los pobres y los necesitados en la Iglesia y en la vida cristiana?

Lo cierto es que el Papa León XIV ha demostrado ser “integrador” de los diversos aspectos de la vida cristiana, buscador de la unidad y de la coherencia. Pero de ningún modo relativizador, sino al revés, incisivo y profundo, sabiendo mostrar las exigencias de la verdad cristiana, aunque, ciertamente no se puede hablar de todo al mismo tiempo.

La exhortación apostólica Dilexi te, “te he amado” es el primer documento largo de León XIV. En su título recoge palabras que Cristo dirige, en el libro del Apocalipsis (3, 9), a una comunidad cristiana poco relevante y expuesta al desprecio. El texto se centra en el amor hacia los pobres. Se trata de un aspecto de la fe y de la vida cristiana que ha ido cobrando progresivamente importancia en el magisterio de la Iglesia sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449).

La presentación vincula el tema de este documento con la encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco sobre el amor divino y humano de Cristo, pues contemplar el amor de Cristo, en palabras de esa encíclica, “nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”.


El amor a los necesitados, camino de santificación

El Papa Prevost señala que el documento retoma un texto preparado por Francisco sobre los pobres y necesitados, “imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Declara compartir el deseo del Papa anterior “de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (3). Así queda enunciado el objetivo principal del documento: proponer este “camino de santificación” de fuerte raigambre evangélica: reconocer a Cristo en los necesitados para configurarse con Cristo, en lo que consiste la santidad.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Mensaje cristiano y catequesis (nuevo libro)




El autor de este blog ha publicado un libro de Alfredo García Suárez, Mensaje cristiano y catequesis. Textos escogidos (Edición y estudio introductorio a cargo de Ramiro Pellitero), Eunsa, Pamplona 2024.

Contenido (párrafos tomados de la contracubierta) 

Se recogen aquí algunos escritos de un teólogo de raza, el profesor Alfredo García Suárez. Entre los temas de fondo destacan tres: el laicado, la educación de la fe y la renovación de la Iglesia.  

En primer lugar, el compromiso cristiano en el mundo. “Por medio de sus miembros laicos –entiende el autor–, la Iglesia informa la integridad del orden temporal, lo fermenta con la levadura evangélica, configurándolo en sus perfiles humanos y en sus líneas cristianas”. 

En segundo lugar, siempre en el marco teológico del mensaje cristiano, propone una comprensión profunda e incisiva de la tarea educativa de la fe que puede contribuir a mejorarla, también en las circunstancias actuales de globalización y cultura tecnológica.

Finalmente, aporta criterios decisivos para participar en la renovación de la Iglesia y en su misión evangelizadora.

viernes, 26 de enero de 2024

La bendición de la unidad


(Imagen: vidriera en la iglesia católica de Santa Teresa del Niño Jesús, Springfield, Ohio. El antiguo símbolo de la cruz, el ancla y el corazón expresa la unidad de la fe, la esperanza y el amor)

La Semana de oración por la unidad de los cristianos este año ha tenido como lema Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo (Lc 10, 27). El amor es manifestación de unidad y camino de unidad. Dentro de la Trinidad, el Espíritu Santo es el principio de unidad (entre el amor de Dios Padre y el amor del Hijo) y de la vida íntima entre las Personas divinas. Y es el Espíritu Santo el principal artífice de la unidad de los cristianos, que requiere nuestra oración y nuestro empeño de muchas maneras. Comenzando por el esfuerzo en la unidad entre los fieles católicos.

Para la fe católica, la unidad se edifica especialmente en la comunión eucarística. Dice Benedicto XVI en su primera encíclica sobre Dios es amor: «La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo solo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él y, por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos. Nos hacemos ‘un cuerpo’, aunados en una única existencia. Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos» (n. 14).


La unidad del amor y la bendición

En efecto. Todo lo que hace la Iglesia, lo que quiere hacer, es la unidad del amor. Primero entre los creyentes, luego entre todas las personas y en armonía con el mundo creado. Ese es el bien que la Iglesia busca, en cumplimiento de su misión evangelizadora.

Ya en el libro del Génesis Dios crea con su palabra que es eficaz y con su amor que dice y hace el bien, lo bueno. Continuamente se sucede el ritmo: «Y dijo Dios… hágase / Y vio Dios que era bueno». Como plenitud de la historia de la salvación, viene Jesucristo, cuyo mensaje es Evangelio, buena noticia, porque es Palabra que nos trae el bien. Y todo lo que la Iglesia hace, quiere decir y hacer el bien, bendecir. Si alguien no lo entendiera así en algún caso, podría ser porque no ha comprendido de qué se trata, o porque no se le ha explicado de modo adecuado.

Más específicamente, los ministros de la Iglesia bendicen en los sacramentos, que tienen la fuerza de transmitir la gracia de Dios cuando se celebran en la forma y condiciones requeridas. En otras ocasiones bendicen a personas, objetos e incluso animales, con fórmulas previstas en los rituales. Incluso con otras bendiciones no ritualizadas, de forma más sencilla, cuando los fieles acuden a ellos pidiendo con confianza (fiducia supplicans) su intercesión ante Dios para el camino de la vida y el cumplimiento de su voluntad, aunque en el presente se encuentren en situaciones objetivamente inmorales. Ante todo en estas bendiciones lo que se bendice es la presencia de Dios, que nunca abandona al hombre en cualquier circunstancia de la vida. Por tanto, se bendice Su bondad, que se muestra como misericordia hacia sus criaturas, plenamente manifestada en Cristo y extendida por la misión de la Iglesia (2). A la vez, se trata de oraciones de intercesión para invocar su protección, de modo que nuestra vida se adecúe a su bondad y participe en mayor grado posible de ella. Derivadamente, se bendice la confianza en Dios, que lleva a pedir la bendición, y los esfuerzos por hacer el bien y ayudar a otros (aunque sean pobres esfuerzos y pequeñas ayudas a nivel humano) (3). 

Más aún, todos los fieles pueden invocar a Dios sobre sí mismos o sobre otros, sobre sus viajes y sus actividades, para que Él les proteja y les ayude, en su respuesta a la llamada a la santidad y al apostolado que tiene todo cristiano.

Por otra parte, cabe preguntarse si ha sido bueno todo lo que se ha bendecido. La bendición, o las bendiciones que la Iglesia por medio de sus ministros imparte, como toda acción eclesial, se sitúan en la historia, en el tiempo de los hombres. Y, por tanto, es posible que su ejercicio o su significado haya sido herido por las limitaciones y las fragilidades humanas. Por eso las bendiciones deben ser promovidas junto con la necesaria purificación de la memoria histórica.

jueves, 10 de agosto de 2023

Mancharse las manos, pero no el corazón

El 3 de agosto, a media mañana, el Papa se encontró con los jóvenes de Scholas Occurrentes en Cascais. Le habían preparado un mural de tres kilómetros y medio, recogiendo situaciones y sentimientos, a base de líneas y de brochazos un tanto inconexos, muchos de los cuales los habían plasmado los mismos que los experimentaban…

Al llegar el Papa se lo fueron enseñando. Y luego le dieron un pincel para que diera el último toque a esa “obra de arte”, a esa “capilla sixtina”, como le llamó Francisco medio bromeando.

Y le hicieron al mismo tiempo algunas preguntas. Concretamente tres preguntas. (Hemos dejado nuestros comentarios entre paréntesis).

domingo, 29 de mayo de 2022

Sobre la aceptación de sí mismo

Según Guardini (*), el presupuesto para el crecimiento de la vida moral, es decir, de la madurez en los valores, es la aceptación de uno mismo. Aceptarse a sí mismo, a las personas que nos rodean, al tiempo en que vivimos (cf. para lo que sigue R. Guardini, Una ética para nuestro tiempo, Madrid 1977, cap. III, pp. 140ss.).

Esto no quiere decir “dejarse llevar” sino trabajar en la realidad y si es preciso luchar por ella, para transformarla, para mejorarla en lo que dependa de nosotros, aunque sólo sea “un granito de arena”. 

En el animal sólo hay un acuerdo consigo mismo, no existe la dinámica propia del espíritu humano, que consiste en una tensión entre ser y deseo: entre lo que somos y lo que queremos ser, tensión que es buena, siempre que nos mantenga en la realidad y no nos haga refugiarnos en fantasías. 

Se puede comenzar por la aceptación de uno mismo: circunstancias, carácter, temperamento, fuerzas y debilidades, posibilidades y límites. Esto no es obvio, pues con frecuencia uno no se acepta: hay hastío, protesta, evasión por la imaginación, disfraces y máscaras de lo que somos, no sólo ante los demás sino ante uno mismo. Y esto no es bueno. Pero esconde la realidad de un deseo de crecer, que pertenece a la sabiduría. “Puedo y debo trabajar en mi estructura vital, dándole forma, mejorándola; pero, ante todo, he de decir ‘sí’ a lo que es, pues si no todo se vuelve inauténtico” (ibid., pp. 142s). 

Así, el que se le ha dado por naturaleza un sentido práctico, debe aprovecharlo, pero consciente de que carece de imaginación y creatividad. Mientras que el artista debe sufrir temporadas de vacío y desánimo, Quien es muy sensible ve más, pero sufre más. El que tiene un ánimo frío y no le afecta nada, se arriesga a desconocer grandes aspectos de la existencia humana. Cada uno debe aceptar lo que tiene, purificarlo para servir con ello a los demás, y luchar por lo que no tiene, contando también con los otros. 

En la práctica esto no es fácil. Hay que empezar por llamar bueno a lo bueno, malo a lo malo; sin molestarse cuando algo sale mal o a uno le corrigen. Sólo reconociendo mis propios defectos, que se van conociendo poco a poco, tengo la base real para mi superación. 

También hay que aceptar la situacion vital, la etapa de la vida en la que estamos y la época histórica en la que vivo, sin trata de escaparme de esas realidades: procurando conocerlas y mejorarlas. No se puede escapar hacia el pasado o hacia el futuro, sin valorar lo presente. 

Aquí entra la aceptación del destino (tratado por R. Spaemann en el último capítulo de Ética: cuestiones fundamentales, Pamplona 2010). El destino no es azar, sino resultado de la conexión de elementos interiores y exteriores, algunos de los cuales dependen de nosotros. Primero de nuestras disposiciones, carácter, naturaleza, etc. (de nuevo: aceptarse a sí mismo). Pero además es resultado de nuestra libertad en el día a día, también en lo pequeño que dejamos o no dejamos pasar. 

Aceptarse a sí mismo o al destino puede hacerse difícil cuando viene el dolor o el sufrimiento. Por eso incluye la capacidad de aprender del sufrimiento, sin limitarse a evitarlo, como es lógico, en lo posible; sino tratando de comprenderlo, aprender de él.

Aceptar la propia vida es aceptarla como recibida, recibida de los padres, de la situación histórica y de los antepasados, pero también, cabe pensar con sabiduría, de Dios. 

Según el cristianismo, Dios tiene experiencia de nuestros problemas pues ha tomado carne en Jesucristo, que se hizo vulnerable hasta el extremo, pero con plena libertad. Y en Dios no hay falta de sentido. Un sentido que no es solamente racional sino a la vez amor. Por eso no hay que confundir el hecho de que yo no capte hoy y ahora el sentido de esta situación, con el hecho de que esta situación tiene un sentido en el conjunto de mi vida, que yo debo descubrir y aprovechar con confianza.
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(*) Además del libro que se cita en este artículo, ver la primera parte (original de 1955) de su pequeño libro: “La aceptación de sí mismo; las edades de la vida”, Cristiandad, Madrid 1977; Lumen, Buenos Aires 1992. El tema de la aceptación fue desarrollado por el autor ocho años más tarde en un segundo libro, sobre las virtudes, que es el referido en nuestro texto. Cf. “La aceptación”, en Una ética para nuestro tiempo (originalmente titulado "Tugenden", virtudes, y publicado como segunda parte de La esencia del cristianismo, Cristiandad, Madrid 2007, pp. 139-151); en este caso la aceptación se considera como una virtud junto con otras del ámbito del dominio de sí (como respeto y fidelidad, paciencia y ascetismo, ánimo y valentía, concentración y silencio), de la búsqueda de la verdad y de la solidaridad. 


jueves, 25 de noviembre de 2021

Educación y humanismo cristiano

 

 

Ha sido publicado el libro del autor de este blog, R. Pellitero, Educación y humanismo cristiano. Una aportación de belleza y esperanza, ed. Eunsa, Pamplona 2021, 401 pp. 

(En la portada, Jesús escuchando y enseñando en el templo a los 12 años, según el detalle de esta vidriera, situada en la iglesia de Saint-Sulpice de Festugières, Francia, por Ludovic Alleaume, 1919)


De la contraportada

La pandemia del covid-19 ha replanteado nuevos e importantes retos a nivel educativo. Estaba ya en marcha un proceso de renovación del currículo de religión en distintos países, de acuerdo con requerimientos cada vez más internacionales y globalizados. A ello se añade, en lo que respecta a la Iglesia católica, la publicación de la tercera edición del Directorio para la catequesis (marzo de 2020) y el establecimiento del ministerio instituido de los catequistas (mayo de 2021).

En un ambiente de pluralismo social y religioso, la perspectiva cristiana contribuye a una auténtica globalización ética y educativa en nuestra cultura digital. Hace posible una existencia nueva, que viene acompañada de las semillas de una tierra nueva, de un mundo nuevo.

Este libro tiene tres partes. La primera presenta la necesidad de una acción educativa que promueva la integración de la persona en su propio crecimiento y maduración. La segunda muestra la centralidad de Cristo en una educación de inspiración cristiana que aspire a ser coherente. Acorde, por tanto, con las dimensiones educativas de la fe. La tercera concreta algunos objetivos y medios en el marco de la nueva evangelización.

Aspira a mostrar cómo el mensaje cristiano contribuye a humanizar el mundo en un horizonte de belleza y de esperanza. 

martes, 10 de noviembre de 2020

Fraternidad, discernimiento, comunicación

 

Trinidad (versión moderna del cuadro de Rublev),
tomada del blog de Diego Fares (diegojavierfares.com)
 
 
¿Cómo relacionar la fraternidad universal con el anuncio y la comunicación de la fe por parte de los cristianos?

1. En un libro publicado poco antes del Concilio Vaticano II, el joven teólogo Joseph Ratzinger se ocupó de La fraternidad de los cristianos (Salamanca 2004, original alemán de 1960). Es provechosa también ahora su lectura, a la luz de la encíclica Fratelli tutti. En el último capítulo de su libro, Ratzinger se pregunta cómo anunciar la fraternidad cristiana y promover la fraternidad universal. Y propone tres formas concretas del servicio cristiano a los “demás”: la misión, la caridad y el sufrimiento. 

sábado, 24 de octubre de 2020

La fraternidad, don y tarea

El objetivo es sugerir algunas pistas para la lectura o relectura de la encíclica Fratelli tutti, sobre su trasfondo, unidad y trazos principales. Después de una introducción, pasamos a cuestiones de método y perspectiva, para terminar subrayando algunos aspectos de los contenidos (*). 

domingo, 4 de octubre de 2020

"Fratelli tutti": Amistad y fraternidad, diálogo y encuentro

 

La tercera encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social (3-X-2020) es una encíclica social, escrita desde las “convicciones cristianas” y ofrecida en diálogo a todas las personas de buena voluntad. 

Esas convicciones cristianas están recogidas en la referencia al concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et spes, 1).

Por tanto, arranca desde una mirada al mundo que “es más que una aséptica descripción de la realidad”. Supone un “intento de buscar una luz en medio de lo que estamos viviendo”, una búsqueda abierta al diálogo y con el fin de “plantear unas líneas de acción” (56). El método es el propio del discernimiento ético y pastoral, que trata, como indica la palabra, de distinguir el camino del bien para encauzar, superando los riesgos de las polarizaciones unilaterales, el obrar personal en el contexto de la sociedad y de las culturas.

Al tratar de la fraternidad y la amistad social, el Papa declara que se detiene en la dimensión universal de la fraternidad. No en vano una de las claves del documento es el rechazo del individualismo. “Todos somos hermanos”, miembros de la misma familia humana, que procede de un solo Creador, y que navega en la misma barca. La globalización nos manifiesta la necesidad que tenemos de colaborar para promover juntos el bien común y el cuidado de la vida, el diálogo y la paz. 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Asombro, belleza y testimonio cristiano

Pestsäule (Columna de la peste), Viena
 
Columna monumental de 21 metros de atltura, dedicada a la Trinidad,
levantada en Viena en 1693 para agradecer el fin de la peste
que había asolado la ciudad años antes



El mensaje que el cardenal Parolin ha enviado al encuentro de Rimini, de parte del Papa Francisco (5-VIII-2020), subraya la posibilidad del asombro, para descubrir, también en medio de las experiencias dramáticas de la pandemia, con ojos de niño (cf. Mt 18, 3) el valor de la existencia humana, de la existencia de los demás seres y del amor, Y también el don de la fe. Ese asombro se traduce ahora ­–puede y debe traducirse– en compasión y en servicio a las necesidades de quienes nos rodean.

En efecto. La admiración, el asombro o estupor tiene que ver con la capacidad de mirar. El guardagujas le dice al Principito (capítulo XXII) que en los trenes los viajeros no buscan ni persiguen nada, normalmente duermen o bostezan; “únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios.... únicamente ellos saben lo que buscan…”.

Si el principio de la filosofía es la atención hacia la realidad y la vida, también el asombro –capacidad exclusivamente humana– es condición para captar el Misterio que está en la raíz y el fundamento de todas las cosas y especialmente de todo lo que tiene que ver con las personas, la nostalgia y el anhelo de infinito. Con ello se conecta el camino de la belleza, cuya plenitud se encuentra en Cristo, que revela la maravilla de la vida cuando se descubre un amor que salva.

“Diversas personas –se lee en ese mensaje– se han apresurado en la búsqueda de respuestas o incluso solo de preguntas sobre el sentido de la vida, a lo que todos aspiramos, aunque no seamos conscientes: en lugar de apagar esa sed más profunda, el confinamiento ha reavivado en algunos la capacidad de maravillarse ante personas y hechos que antes se daban por supuestos. Una circunstancia tan dramática ha restituido, al menos un poco, un modo más genuino de apreciar la existencia, sin la complejidad de las distracciones y preconceptos que manchan la mirada, desdibuja las cosas, vacía el asombro y nos priva de preguntarnos quiénes somos”.