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jueves, 13 de marzo de 2025

Comunicar y compartir la esperanza


¿Cuáles han sido el primer mensaje y el primer gran acontecimiento del Año Santo? El Papa los dedicó al mundo de la comunicación. Sucedió poco antes de su ingreso en el hospital...

Con motivo de este Jubileo, exhorta el sucesor de Pedro a los comunicadores:

“Cuenten también historias de esperanza, historias que alimenten la vida. Que su arte de contar historias (storytellling) sea también arte de contar historias de esperanza (hopetelling). Cuando cuenten el mal, dejen espacio para la posibilidad de remendar lo que está desgarrado, para que el dinamismo del bien pueda reparar lo que está roto. Siembren interrogantes”.


Enlace al artículo publicado en "Omnes", número de marzo n. 740, pp. 24-27. 



lunes, 24 de junio de 2024

Modernos y fieles

Esta mañana me llamó la atención una escena sencilla. Una joven iba en patinete a bastante velocidad por una acera. Llevaba atado un perrillo, que la seguía fielmente con evidente esfuerzo. Cuando llegaran a un semáforo tendrían que pararse. Y supongo que el perrillo experimentaría un cierto alivio antes de reemprender la carrera.

Un rato antes, yo acababa de leer un artículo del New York Times (cf. R. Douthat, “Can conservative and liberal catholics coexist?”, 8-V-2024). El autor opone los católicos liberales, y entre ellos critica al Papa (cuyo programa progresista ya habría alcanzado sus límites a la vez que producido una evidente decadencia), frente a los conservadores. Entre estos, según el articulista, caben notables distinciones, pues no se reducen únicamente a los tradicionalistas nostálgicos de la liturgia pre-Vaticano II, sino que también están los “neo-tradicionales”, capaces de convivir de forma moderada con los desarrollos posconciliares. Estos últimos serían los que probablemente lleguen a ser más influyentes o dominantes.

Ante la escena del patinete y el perrillo recordé que estamos en una época de cambios rápidos. No todos pueden ir al mismo ritmo. Además, puede haber interesados en que existan distintas velocidades, para lucrarse de las polémicas, de las ventajas de unos y las dificultades de otros. Mientras tanto, gracias a Dios, hay quienes, en la convivencia diaria o en la tarea educativa, se esfuerzan en moderar a unos para que comprendan e impulsar a los otros para que se sitúen algo más en ese ritmo acelerado.


El significado del Concilio Vaticano II

En mi mente todo ello se mezcló con la cuestión del significado del concilio Vaticano II. En el terreno eclesial suele decirse que el concilio fue como una encrucijada de dos trenes: el de la reforma o el progreso y el de la tradición. Con bastante esfuerzo se logró que se cruzaran. Pero luego cada uno siguió en la dirección que traía, porque los raíles no estaban preparados para otra cosa. Y así esos dos trenes se fueron separando de nuevo y cada vez más.

Benedicto XVI propuso una interpretación del concilio como “renovación (o reforma) en la continuidad”. No una reforma sin continuidad y tampoco una continuidad sin reforma.

Yves Congar había señalado algo parecido en su libro de 1950, publicado en español en 1953, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia. En 1960 y 1963 escribió Tradición y tradiciones, y una síntesis en La tradición en la vida de la Iglesia (1964). En estos textos el eminente teólogo francés explica que la tradición (del latín tradere, entregar) es la vida entera de la Iglesia como comunión. Abarca no solamente las palabras escritas y habladas, sino también la oración, los sacramentos, los escritos de los Padres y otros muchos “monumentos” como él los llama, al servicio de los cuales se sitúa el oficio del Magisterio eclesial. 

domingo, 17 de marzo de 2024

Once años con Francisco



"Los papas reciben una asistencia especial del Espíritu Santo para llevar a cabo su tarea”


Entrevista (Miriam Lafuente) con el sacerdote Ramiro Pellitero, teólogo y escritor, publicada en "El Faro de Melilla", 16-III-2024) (*)

-Cada Papa trae consigo sus carismas. ¿Cuál sería el carisma más destacado en la figura de Papa Francisco?

-El Papa Francisco es ante todo un pastor. Le gusta estar con la gente, echa de menos visitar las parroquias, subir a los medios públicos de transporte, conversar con las familias, los jóvenes y los niños, visitar a los enfermos, compartir su tiempo con los pobres y los encarcelados. De ahí brota el mensaje más importante de su pontificado: la primacía de la misericordia sin descuidar la verdad de la doctrina.

-El Papa hace viajes a lugares con minoría católica. ¿Por qué cree usted que lo hace?

-Supongo que lo hace porque se sabe Padre común de los católicos y se siente llamado a acompañar a los más débiles y pequeños. También con una misión de testimonio del amor que Dios Padre ha manifestado en Jesucristo. Un amor que debe manifestarse ante el mundo con hechos, con gestos, a veces pequeños pero claros, en todo lo que hace la Iglesia, con el impulso del Espíritu Santo.

martes, 9 de enero de 2024

Iglesia, santidad y pecado

J. Petinir, El bautismo de Cristo (1521-1524), Kunsthistorischesmuseum, Viena 


En 1968 publicó Joseph Ratzinger por vez primera su Introducción al cristianismo: lecciones sobre el credo apostólico. En la parte tercera, bajo el epígrafe “La santa Iglesia católica” considera la cuestión de la santidad y el pecado en la Iglesia (1).

Ahí explica que, en la perspectiva de la fe cristiana, la santidad es una característica esencial de la Iglesia, que confesamos en el Credo. Esto no quiere decir que los cristianos sean perfectos, sino que la Iglesia tiene, por su lado divino, por decirlo así, una santidad originaria que no perderá nunca, porque participa de la santidad de Cristo. Durante la historia, esa santidad, que se manifiesta sobre todo en los santos que han vivido con nosotros, coexiste con nuestros fallos y pecados (todos, también los cristianos, somos pecadores). Pero Dios sigue siendo fiel a su Alianza sellada definitivamente por Cristo.

En efecto, dice el Vaticano II, en la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia, que ella es “indefectiblemente santa” (LG 39) por su relación con la Trinidad: elegida por el Padre, redimida por el Hijo, santificada por el Espíritu Santo (conexión entre el Espíritu Santo y la Iglesia santa) y santificadora por medio de las “cosas santas”: principalmente la fe y los sacramentos, que dan como fruto la caridad, sustancia de la santidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 823-829).

También señala el Concilio: “La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (n. 8). Por tanto, en sí misma, la Iglesia es santa, pero durante la historia conviven en ella santos (justos) y pecadores.

Dicho de otra manera: hay en la Iglesia una santidad “ontológica”, que antes hemos llamado originaria, y que se debe a su mismo ser; y una santidad “histórica”, imperfecta o incoada, la que llama aquí Ratzinger “santidad profana”, debida a la existencia, en la Iglesia y durante la historia, de pecadores (todos lo somos, al menos potencialmente, así como todos estamos llamados a la santidad definitiva). Y en cuanto a esa “santidad profana”, tal vez podría completarse esa comprensión diciendo que lo que se llama profano en este mundo no significa necesariamente pecaminoso; y, sin dejar de ser profano, puede llegar por la acción de la gracia a ser santo e incluso santificador.

Hoy, como ayer, las deficiencias de los creyentes apartan a algunos de la Iglesia. A la vez muchas personas siguen descubriendo a Cristo a través de la Iglesia y de tantos cristianos que contribuyen, la mayoría de ellos calladamente en su vida ordinaria de familia y trabajo, a edificar la Iglesia y participan en su misión evangelizadora.

“Se podría decir –afirma aquí el que después sería Papa Ratzinger– que la Iglesia, precisamente en su paradójica estructura de santidad y pecado es verdaderamente figura de la gracia en este mundo”. Pero veamos cómo y en qué orden se expresa el mismo Ratzinger].

sábado, 23 de diciembre de 2023

Sobre la iglesia y el "misterio de la luna"


 


(Imagen: M. Chagall, El circo azul (1950), detalle. Museo nacional de arte moderno, Centro G. Pompidou, Paris) 

La Iglesia ha sido comparada desde antiguo con la luna. Entre los autores que han escrito sobre esto figuran Henri de Lubac (1) y Joseph Ratzinger (2).


La “constitución lunar de la Iglesia”



[De Lubac toma, de los Padres de la Iglesia, la imagen de la luna para comprender mejor a la Iglesia. Esto permite penetrar en este misterio, el de la Iglesia, que nos ilumina de noche mientras ella toma su luz del Sol, que es Cristo. Luego desaparece durante el día, para reaparecer de nuevo en la noche, crece y decrece, pero no desaparece… Una imagen que nos sigue ayudando hoy y siempre].

“Cristo –señala De Lubac– es el sol de justicia, la única fuente de luz. La Iglesia, como la luna, recibe de él todo su esplendor en cada instante. Por tanto, es posible hablar, con Dídimo El Ciego, de una ‘constitución lunar de la Iglesia’. Lo mismo que la luna en la noche, también la Iglesia brilla en la oscuridad de este siglo, iluminando la noche de nuestra ignorancia, para señalarnos el camino de la salvación. Su luz, prestada por Cristo, no es más que una pálida claridad, una refulgentia suboscura, como dice san Buenaventura, que nos presenta los símbolos de una verdad que todavía no puede impresionar directamente nuestros ojos mortales. Mientras que el sol permanece siempre en su gloria, ella pasa incesantemente por fases diversas, creciendo unas veces y decreciendo otras, tanto si se trata de su extensión mensurable desde fuera como si se trata de su fervor íntimo, porque no cesa de soportar las contradicciones y las vicisitudes humanas (cf. Tomás de Aquino). Pero nunca disminuye hasta el punto de perecer; siempre vuelve a restaurarse su integridad (cf. Casiodoro). Su testimonio, en determinadas épocas, puede quizás oscurecerse: la sal de la tierra pierde su sabor, su ‘lado demasiado humano’ adquiere mayor relieve, la fe vacila en los corazones; pero tenemos siempre la seguridad de que ‘los santos volverán siempre a brotar’ (Ch. Péguy).

Pero es preciso que comprendamos más a fondo, juntamente con Orígenes y con san Ambrosio, estas fases oscuras de la luna. Significan que la Iglesia, en este siglo, es una Iglesia siempre moribunda, pero que así es como se renueva, acercándose de este modo a Cristo, su esposo. (...) Cerca de su sol, el Señor crucificado, en el oscurecimiento de la pasión, ella empieza a crecer de nuevo hasta conseguir su verdadera fecundidad (cf. Orígenes). Se hunde en las tinieblas para participar de la plenitud secreta de la vida del resucitado: ‘Cristo la vació para llenarla, lo mismo que se vació a sí mismo para llenarnos a todos. De este modo la luna anuncia el misterio de Cristo’ (San Ambrosio).

Y este oscurecimiento, si es un ocaso, es también una aurora. Anuncia la absorción definitiva de la luna en su sol, según el versículo del salmo: ‘En sus días florecerá la justicia, y dilatada paz hasta que no haya luna’ (Sal 71, 7).  (...) ”



* * *

La Iglesia no es como un trozo de árbol

Escribe Joseph Ratzinger (2): “Por incontrovertiblemente correcto que sea cuanto nos muestra el microscopio cuando observamos en él un trozo de árbol, al mismo tiempo puede, sin duda, tapar la verdad si nos hace olvidar que lo individual no es solo lo individual, sino que en el todo tiene una existencia que no se puede estudiar en el microscopio y, sin embargo, es verdadera, más verdadera que el aislamiento de lo individual.

Digamos las cosas a partir de ahora de forma no figurada. La perspectiva del presente ha cambiado nuestra mirada a la Iglesia también en el sentido de que en la práctica ya solo vemos la Iglesia desde el ángulo de la factibilidad, preguntándonos qué se puede hacer de ella. (…)”

[Ratzinger presenta una imagen dura, aunque realista, de la situación de la Iglesia, y del juicio que en ese momento –principios de los años setenta– dominaba, al menos en Europa, sobre ella. Y no solo es que la mirada a la Iglesia se quedara corta, tomando una parte (la corteza del árbol) por el todo. Sino que, además, la imagen profunda e inefable de la Iglesia que venía iluminando y vivificando los siglos, parecía desmoronarse ante los ojos del llamado hombre moderno. No quedaba de ella piedra sobre piedra. Ya no era, dice, un signo que llama a la fe (cf. Is 11, 12), como la consideraba el concilio Vaticano I, sino que parecía, “más bien, el principal obstáculo para aceptar la fe”].

“ (La Iglesia) Ya no parece ella misma una realidad de la fe, sino la organización de los que creen, harto contingente, aunque quizá ineludible, y que debería ser reconfigurada lo más rápidamente posible con arreglo a los más modernos hallazgos de la sociología. (…)

Habíamos dicho que en nuestro tratamiento de la Iglesia nos acercamos tanto a ella que ya no la percibimos en su conjunto. Esa idea se puede ampliar si se recurre para ello a una imagen que encontraron los Padres de la Iglesia en contemplación simbólica del mundo y de la Iglesia. Explicaban que en la estructura del cosmos la luna era una imagen de lo que es la Iglesia en la estructura de la salvación, en el cosmos espiritual”. 



Una imagen (la luna) muy exacta de la Iglesia

“(…) Y efectivamente, por sí misma considerada, la luna solo es eso, solo es desierto, arena y roca. Y sin embargo, no en sí, sino gracias a otra cosa que ella, y para otra cosa que ella, también es luz, y sigue siéndolo incluso en la época de los viajes espaciales. Es lo que no es ella misma. Lo otro, lo no suyo, es ciertamente también su realidad: en cuanto no es suyo. (…) Y ahora pregunto yo: ¿no es esa una imagen muy exacta de la Iglesia? Quien toma muestras minerales en ella y la recorre con la sonda espacial solo puede descubrir desierto, arena y roca, las debilidades humanas del hombre y su historia, con sus desiertos, su polvo y sus cimas. Esto es lo suyo. Y, sin embargo, no es lo más propio de la Iglesia. Lo decisivo es que ella, aunque ella misma solo sea arena y piedra, es, con todo, luz que viene del Señor, de otro que ella: lo no suyo es lo verdaderamente suyo; lo que le es más propio, es más, su esencia, radica en que no cuenta ella misma, sino en que lo que cuenta en ella es lo que ella no es, radica en que solo existe para estar expropiada de ella misma, radica, en suma, en que tiene una luz que ella no es y, sin embargo, ella es solo por causa de esa luz. Es ‘luna’ –mysterium lunae– y así concierte al creyente, pues precisamente así es lugar de una decisión espiritual permanente. (…)”


Argumentos para “estar” en la Iglesia

(Desde esa consideración de la Iglesia como “luna” que interpela continuamente la fe, prosigue el teólogo Ratzinger, bajando al plano personal. ¿Qué se deduce de las anteriores consideraciones concretamente para nuestra fe, para nuestro “estar” en la Iglesia?]

“Estoy en la Iglesia porque creo que, hoy como ayer, y de forma insuprimible por nosotros, detrás de ‘nuestra Iglesia’ vive ‘Su Iglesia’ y que no puedo estar con Él de otro modo que estando con y en Su Iglesia. Estoy en la Iglesia porque, a pesar de todo, creo que en lo más hondo no es nuestra Iglesia, sino precisamente ‘Su’ Iglesia. (…)

A ello se añade una cosa más: al igual que no se puede creer solo, sino únicamente creyendo con otros, tampoco se puede creer en virtud de una potestad propia y por propia invención, sino únicamente si y porque hay una capacitación para la fe que no está en mi propio poder, que proviene de mi poder, sino que me precede. Una fe inventada por uno mismo es una contradicción en sí misma. Pues, no en vano, una fe inventada por mí mismo solamente podría garantizarme y decirme lo que ya soy y sé yo mismo de todas formas, y no podría superar el límite de mi yo. De ahí que también una Iglesia hecha por sí misma, una comunidad que se cree a sí misma, que solo sea por gracia de ella misma, constituya una contradicción en sí misma. Si la fe exige comunidad, ha de tratarse de una comunidad que tenga potestad y que me preceda, no de una comunidad que sea mi propia creación, el instrumento de mis propios deseos. (…) Por mucho que el cristianismo pueda haber fracasado concretamente en su historia (y ha fracasado una y otra vez de un modo desconcertante), los criterios de la justicia y del amor han partido, incluso contra la voluntad de ella, de todas formas del mensaje en ella custodiado, con frecuencia contra ella y, sin embargo, nunca sin el callado poder de lo que está depositado en ella.


Con otras palabras: permanezco en la Iglesia porque veo la fe realizable solo en ella, y no, en último término, contra ella, como una necesidad para el hombre, es más, para el mundo, de la que este vive, incluso cuando no la comparte. (…) Permanezco en la Iglesia porque solo la fe de la Iglesia redime al hombre”.


[También el Papa Benedicto recogía la imagen de la luna aplicada a la Iglesia. Cristo es la luz verdadera que brilla; y, en la medida en que la Iglesia está unida a él, en la medida en que se deja iluminar por él, ilumina también la vida de las personas y de los pueblos. Muchas personas esperan de nosotros, los cristianos un compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre. En efecto necesitan ver esa luz que es Cristo –desde su “pequeña” fuente en Belén–, que atrae a todas las personas del mundo y guía a los pueblos por el camino de la paz (cf. Homilía 6-I-2006).


San Bernardo presenta a María, coronada por el sol y con la luna bajo sus pies, como “vivo lazo de unión entre los dos astros, entre la Iglesia y Jesucristo”.


Y san John Henry Newman, dirigiéndose a María, exclama: "¡Vellón entre el rocío y la superficie, Cristo y la Iglesia, el sol y la luna, tú eres la senda, Virgen María!"]
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(1) H. De Lubac, Paradoja y misterio de la Iglesia (edición francesa de 1967), 3ªed, Salamanca 2002, pp. 43-44.
(2) Cf. J. Ratzinger, "¿Por qué sigo en la Iglesia?” (1ª ed. en alemán, 1971), en Id., Obras completas VIII/2: Iglesia: Signo entre los pueblos, Madrid 2020, 1140-1156, pp. 1142-1152.

  

lunes, 15 de abril de 2019

Dios, Cristo y la Iglesia




Jesús dormido en la barca durante la tormenta
Catedral de San Vicente (ss. XI-XVI),
Borgoña (Francia)

Como ha informado Vatican News, se ha hecho público un artículo del papa emérito, Benedicto XVI, con sus reflexiones sobre el tema de “la Iglesia y los abusos sexuales”.

Después de interpretar el contexto sociológico de lo que ocurrió a partir de los años 60 del pasado siglo –sobre todo en relación con la moralidad– y sus implicaciones para la Iglesia y la formación de los sacerdotes, ofrece tres conclusiones que coinciden con los tres temas principales de su libro de 1968, “Introducción al cristianismo”: Dios, Cristo y la Iglesia.

sábado, 5 de enero de 2019

Estrella de libertad

Cuadro de Giovani da Modena (1410),
iglesia de San Petronio, Bolonia

La estrella de los Magos nos trae esa libertad que Cristo nos ha ganado, la libertad de los hijos de Dios.

En la época en que Daniélou publicó su libro “Los símbolos cristianos primitivos” (1951: en castellano, eds. Ega, Bilbao 1993), había ya suficiente investigación acerca de la estrella de los Magos (Mt 2, 2) en el marco de la cultura bíblica.

La estrella tiene una larga historia que la precede en los textos del Antiguo Testamento (cf. la “estrella de Jacob” de Num 24, 17), del cristianismo primitivo y en relación con las culturas circundantes. Esa estrella es anunciadora de la salvación que trae el Mesías y que llega a todas las gentes.

San Justino ( s. II) dice que la estrella es uno de los nombres de Cristo, y la pone en relación con la estrella que vieron los Magos en Oriente. Para nosotros, es también una estrella de esperanza.


viernes, 18 de mayo de 2018

Redescubrir la encíclica "Lumen fidei"




En el V aniversario de la encíclica Lumen fidei y en el horizonte, ya cercano, del Sínodo sobre "los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional" (octubre 2018), se ha publicado un nuevo libro.

Lumen fidei es una encíclica singular: por el hecho de haberse escrito «a cuatro manos», entre el papa Benedicto y el papa Francisco, porque se publicó en un momento especialmente significativo en nuestra Iglesia (en el marco del Año de la Fe convocado por Benedicto XVI, en el 50 aniversario del Concilio Vaticano II y en el 20 aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica) y sobre todo porque incide en la apremiante necesidad de iluminar con la luz de la Fe y del amor un mundo convulso y oscurecido. Creer en el amor es, verdaderamente, lo que el Espíritu Santo promueve en nosotros y el motor de toda conversión. Los catorce artículos que reúne este libro, coordinado por Ramiro Pellitero, profesor de Eclesiología y de Teología Pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, contribuyen a leer y profundizar en la encíclica desde tres perspectivas: Fe y razón, Teología y vida cristiana e Historia y arte. Un excelente material para discernir y desarrollar nuestra vocación cristiana.

                                                                             * * *

martes, 18 de abril de 2017

El valor del compromiso

La Pascua cristiana es la celebración del cumplimiento de los compromisos divinos. ¿Y qué hay de los nuestros? ¿Pero tiene sentido el compromiso? ¿Vale la pena comprometerse, por ejemplo en el matrimonio?

Escribe el Papa Francisco que “comprometerse con otro de un modo exclusivo y definitivo siempre tiene una cuota de riesgo y de osada apuesta”. Y añade que el rechazo de asumir este compromiso tiene algo de egoísmo interesado, no acaba de reconocer los derechos del otro y no termina de presentarlo a la sociedad como digno de ser amado incondicionalmente (cf. exhort. Amoris laetitia, n. 132).

Situados entre los sínodos sobre la familia y el sínodo sobre los jóvenes, el compromiso es un tema puente que vale la pena plantearse. Comenzamos por la mirada al ambiente cultural sobre el compromiso y examinamos su significado antropológico. Nos fijamos luego en el contenido bíblico y cristiano de ese valor. Por ultimo mostramos algunas características del compromiso propio de la vocación para formar un matrimonio y una familia.

lunes, 6 de febrero de 2017

Vocación cristiana y promoción humana

Cuando se emplea la palabra “vocación” (llamada), ha sido frecuente durante siglos pensar sólo en los candidatos para el seminario o para la vida religiosa. El Concilio Vaticano II habló de “vocación cristiana” y aún más: esa vocación cristiana es “vocación universal a la santidad”. En un sentido más amplio todavía, el Concilio habló de “vocación humana”, porque toda vida humana es una llamada a la plenitud de la belleza, del bien y la verdad que se abren en Dios.

Pues bien, la promoción humana –el desarrollo humano integral– es parte, y parte esencial, de la vocación cristiana; y más aún, de toda existencia humana. Así se dice en la encíclica Caritas in veritate, donde el término “vocación” aparece en 25 ocasiones:

“Todos los hombres perciben el impulso interior de amar de manera auténtica; amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano”. Esa vocación universal al amor y a la verdad es manifestada por Jesucristo, que la libera de las limitaciones humanas y la hace plenamente posible.

martes, 24 de enero de 2017

Hacia el sínodo sobre los jóvenes


El documento preparatorio del Sínodo de 2018 sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” se dirige principalmente a los obispos y otras autoridades eclesiásticas. El Papa ha querido también entregarlo a los jóvenes como “brújula” para este caminar del sínodo (cf. Carta a los jóvenes, 13-I-2017).

La introducción plantea “acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud", y también pedir a los jóvenes que "ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia”. Para comprender y describir la experiencia vocacional propone fijarse especialmente en la figura del apóstol Juan.

jueves, 24 de marzo de 2016

Dios que sufre

S. Boticelli, Trinidad, 1465-1467

Ante la brutal violencia terrorista, habrá quien se pregunte dónde está Dios. Y los cristianos decimos: aquí, Dios está aquí, sufriendo con nosotros y con todos los que sufren, ahora y hasta el fin del mundo. No otra cosa revivimos en la Semana Santa. En una entrevista al papa emérito Benedicto XVI, publicada en un libro reciente y recogida en el “Osservatore Romano” (*), sale a relucir el sentido del sufrimiento en Dios.

El hombre moderno parece no tener necesidad de justificarse ante Dios, e incluso a veces se atreve a pedir a Dios que se justifique ante los males del mundo. El hombre ha perdido la sensibilidad de los propios pecados, se cree justo, y no siente necesidad de ninguna salvación. O por lo menos tiene la sensación de que Dios no puede dejar que se pierda la mayor parte de la humanidad.

jueves, 8 de octubre de 2015

El sínodo sobre la familia en la estela del Concilio Vaticano II


En sus palabras introductorias a los trabajos del sínodo sobre la familia (5-X-2015) Francisco ha señalado que el sínodo “es una expresión eclesial, o sea, es la Iglesia que camina junta para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios; es la Iglesia que se interroga sobre su fidelidad al depósito de la fe, que para ella no representa un museo para mirar y mucho menos solo para salvaguardar, sino que es una fuente viva en la que la Iglesia bebe para saciar la sed e iluminar el depósito de la vida”.

martes, 16 de diciembre de 2014

Alegría, don del adviento

Aunque algunos indicadores anuncian que comenzamos a salir de una crisis, sin embargo hay muchos que todavía la padecen en el día a día de sus vidas, sin trabajo, y sin horizontes para sacar adelante sus familias. En tantos lugares del planeta se vive el drama de las guerras y persecuciones, precisamente en este tiempo del Adviento que prepara para la buena noticia, la alegría de la Navidad. Ante los sufrimientos físicos y espirituales de tantas personas, heridas por la vida y huérfanos de alegría, ¿será bueno manifestar nuestra alegría, esa alegría del Adviento por la venida del Señor, y ofrecernos a compartirla con los demás?

     Se lo preguntaba Benedicto XVI hace ocho años ante la inminencia de la Navidad ¿”Cómo compartir con ellos la alegría sin faltarles al respeto por su sufrimiento?”. Y respondía: “La invitación a la alegría no es un mensaje alienante, ni un paliativo estéril, sino más bien una profecía de salvación, un llamamiento a un rescate que parte de la renovación interior” (Angelus, 17-XII-2006).

martes, 25 de noviembre de 2014

De máquinas, de personas y de sueños


Hace pocos días me he encontrado con una de esas películas no tan recientes, que muchos no conocen. Como escribió el crítico de cine Rogert Ebert sobre “La invención de Hugo” (Hugo, M. Scorsese, 2011), es un film en 3D, fruto de que un gran artista –su director– haya podido disponer de todos los instrumentos y recursos necesarios para hacer una película acerca de las películas. Y a la vez, una fábula fascinante para (algunos, no todos) niños, como prueba del corazón que el artista ha puesto en su obra.
(Ver tráiler).

    En efecto, se trata de un relato amable y sugerente, en parte histórico y en parte autobiográfico, casi como un cuento que puede hacer las delicias de muchos niños y de muchos otros que sean capaces de mirar como ellos; especialmente si son amantes del arte y del cine, de la música y de la fotografía, de los libros y de las historias.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Opción por los sencillos

Un desafío para la inteligencia 



Día a día se hace más patente la importancia de lo sencillo, que no es lo simple. Muchas veces tenemos miedo a lo sencillo, quizá porque presentimos que es lo más real. Cuentan de un ensayista español que a veces, terminado un texto, se lo pasaba a su secretario, menos versado en filosofías, para ver si lo comprendía. Y si le decía: “se entiende perfectamente”, entonces el autor le replicaba: “pues oscurézcalo un poco”…

miércoles, 30 de octubre de 2013

Antropología cristiana y familia de Dios





Clave de la educación cristiana es la antropología cristiana, es decir la visión cristiana del hombre. Es esta una “antropología de la trascendencia”  (J.M. Bergoglio) que conduce a vivir y educar en la Iglesia, familia de Dios. La fe ha de educarse como apertura al amor; con alegría y, a los niños, cuando empiezan a percibir y conocer, con expresiones familiares y, poco a poco, con argumentos sencillos pero realistas. Necesitamos formar para la experiencia cristiana y en la tradición viva de la Iglesia. Es una labor de filigrana que lleva a educar para vivir las consecuencias de la fe, tanto las personales como las familiares y eclesiales.

lunes, 11 de marzo de 2013

La Iglesia: Cristo que vive en los cristianos

Mater ecclesiae, mosaico en la plaza de San Pedro, Vaticano


Las últimas palabras “públicas” de Benedicto XVI como Sucesor de Pedro consistieron en su despedida de los cardenales y un breve saludo a las personas congregadas para recibirle en Castelgandolfo. En la línea del día anterior, quiso dedicarlas a la Iglesia, “razón y pasión” de su vida. Y al hacerlo –como otras expresiones de estas semanas finales de su pontificado– expresa algo que pertenece al centro mismo de su ministerio petrino.

viernes, 8 de marzo de 2013

Barca de Pedro, Iglesia viva


Giotto, Navicella (1605-1613), Fábrica de San Pedro, Vaticano


Ante la plaza de San Pedro llena, Benedicto XVI ha revivido, en su última audiencia del 27 de febrero, el día en que comenzó su ministerio petrino: “Veo que la Iglesia está viva”.


La Iglesia está viva con la juventud de Cristo


     “La Iglesia está viva –fue su saludo aquel 24 de abril de 2005– porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente”. La Iglesia está viva y es joven, señalaba. La Iglesia vive con esa juventud de Cristo resucitado. Y por eso, manifestaba no tener otro programa que ponerse a la escucha de Dios para que Él siga conduciendo a la Iglesia.

jueves, 7 de marzo de 2013

Ecumenismo y diálogo con las religiones


M. Chagall, Vidriera (1962) en el Hebrew Medical Center, Jerusalen


El impulso al ecumenismo fue otro de los grandes temas desde el comienzo del Concilio Vaticano II. No sucedió así con la reflexión sobre el diálogo con las religiones, que surgió más adelante.

    Benedicto XVI ha señalado el hecho de que cristianos protestantes y católicos sufrieran la persecución del nazismo como un factor importante para que, durante el Concilio, sobre todo el episcopado alemán impulsara una mayor profundización sobre la unidad entre los cristianos (cf. Inédito publicado con motivo del 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano, 2-VIII-2012 y también el último Encuentro con el clero romano, 14-II-2013).