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sábado, 22 de marzo de 2025

Sobre el Obispo de Roma y la sinodalidad

¿Cómo debe entenderse y ejercerse el ministerio del Papa? Se trata de una cuestión central para la Iglesia católica, para sus relaciones con las otras Iglesias y comunidades cristianas, así como para el desarrollo de su misión evangelizadora.

Esto es lo que plantea el documento de estudio publicado por el Dicasterio para la Unidad de los cristianos con el título “El Obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y respuestas a la enclíclica Ut unum sint” (13-VI-2024).

En esa encíclica, san Juan Pablo II invitaba en 1995 a replantear las formas en que el Papa pueda ejercer su ministerio, para que “pueda cumplir un servicio de fe y de amor” reconocido por todos los interesados (n. 95). Desde entonces, el ahora Diasterio y antes Pontificio Consejo para la Unidad de los cristianos ha venido ocupándose de recoger las respuestas a esa invitación, especialmente las surgidas en los diálogos teológicos del ecumenismo.

El subtítulo, “primacía y sinodalidad” indica no solo la circunstancia del proceso sínodal actualmente en marcha como referencia, sino y más profundamente el que la figura del primado y su ministerio se desea expresar en el marco de la sinodalidad de la Iglesia.

El texto responde también a lo que ha constatado el Papa Francisco: “Hoy el ministerio petrino no puede ser plenamente comprendido sin esta apertura al diálogo con todos los creyentes en Cristo” (Homilía en las vísperas de la Conversión de san Pablo, 25-I-2014).


Para leer más... (enlace al artículo de "Omnes", julio de 2024)

lunes, 24 de junio de 2024

Modernos y fieles

Esta mañana me llamó la atención una escena sencilla. Una joven iba en patinete a bastante velocidad por una acera. Llevaba atado un perrillo, que la seguía fielmente con evidente esfuerzo. Cuando llegaran a un semáforo tendrían que pararse. Y supongo que el perrillo experimentaría un cierto alivio antes de reemprender la carrera.

Un rato antes, yo acababa de leer un artículo del New York Times (cf. R. Douthat, “Can conservative and liberal catholics coexist?”, 8-V-2024). El autor opone los católicos liberales, y entre ellos critica al Papa (cuyo programa progresista ya habría alcanzado sus límites a la vez que producido una evidente decadencia), frente a los conservadores. Entre estos, según el articulista, caben notables distinciones, pues no se reducen únicamente a los tradicionalistas nostálgicos de la liturgia pre-Vaticano II, sino que también están los “neo-tradicionales”, capaces de convivir de forma moderada con los desarrollos posconciliares. Estos últimos serían los que probablemente lleguen a ser más influyentes o dominantes.

Ante la escena del patinete y el perrillo recordé que estamos en una época de cambios rápidos. No todos pueden ir al mismo ritmo. Además, puede haber interesados en que existan distintas velocidades, para lucrarse de las polémicas, de las ventajas de unos y las dificultades de otros. Mientras tanto, gracias a Dios, hay quienes, en la convivencia diaria o en la tarea educativa, se esfuerzan en moderar a unos para que comprendan e impulsar a los otros para que se sitúen algo más en ese ritmo acelerado.


El significado del Concilio Vaticano II

En mi mente todo ello se mezcló con la cuestión del significado del concilio Vaticano II. En el terreno eclesial suele decirse que el concilio fue como una encrucijada de dos trenes: el de la reforma o el progreso y el de la tradición. Con bastante esfuerzo se logró que se cruzaran. Pero luego cada uno siguió en la dirección que traía, porque los raíles no estaban preparados para otra cosa. Y así esos dos trenes se fueron separando de nuevo y cada vez más.

Benedicto XVI propuso una interpretación del concilio como “renovación (o reforma) en la continuidad”. No una reforma sin continuidad y tampoco una continuidad sin reforma.

Yves Congar había señalado algo parecido en su libro de 1950, publicado en español en 1953, Verdadera y falsa reforma en la Iglesia. En 1960 y 1963 escribió Tradición y tradiciones, y una síntesis en La tradición en la vida de la Iglesia (1964). En estos textos el eminente teólogo francés explica que la tradición (del latín tradere, entregar) es la vida entera de la Iglesia como comunión. Abarca no solamente las palabras escritas y habladas, sino también la oración, los sacramentos, los escritos de los Padres y otros muchos “monumentos” como él los llama, al servicio de los cuales se sitúa el oficio del Magisterio eclesial. 

domingo, 16 de junio de 2019

Sobre la educación cristiana de la sexualidad

«Nos prometimos el cielo, y nos quedamos en las nubes». Así dice un grafiti – expresión quizá de una pareja decepcionada– que contemplé hace algunos años. Hoy el ambiente cultural propicia una sexualidad desvinculada del amor y de la vida. Se facilita el sexo, pero se pone difícil encontrar el amor.

Con la intención de ofrecer algunas orientaciones a los educadores acerca de las cuestiones debatidas sobre la sexualidad humana «a la luz de la vocación al amor a la que toda persona es llamada», la Congregación para la Educación Católica ha publicado un documento titulado: «Varón y mujer los creó. Para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación» (2-II-2019). Una cuestión importante que tiene que ver con la antropología y la teología del cuerpo y del amor.

No se trata de un documento doctrinal, sino de una invitación a la reflexión, ante todo desde la razón, también desde la fe, con vistas a la tarea educativa. Se quiere así animar al diálogo entre los educadores, en un momento en que la enseñanza católica sobre este tema es considerada a veces como retrógrada.

jueves, 2 de junio de 2016

Verdad y comprensión en el acompañamiento espiritual y pastoral

La exhortación Amoris laetitia, del Papa Francisco, sobre el amor en la familia, puede verse en continuidad con lo que Juan Pablo II enseñó sobre la familia y dejó escrito en la exhortación Familiaris consortio (1981). El filósofo Henri Hude, que comenzó analizando la Amoris laetitia, ha explicado posteriormente esta continuidad, en relación con el contexto actual, con la misericordia y con algunas consideraciones de tipo filosófico y teológico.

jueves, 24 de marzo de 2016

Dios que sufre

S. Boticelli, Trinidad, 1465-1467

Ante la brutal violencia terrorista, habrá quien se pregunte dónde está Dios. Y los cristianos decimos: aquí, Dios está aquí, sufriendo con nosotros y con todos los que sufren, ahora y hasta el fin del mundo. No otra cosa revivimos en la Semana Santa. En una entrevista al papa emérito Benedicto XVI, publicada en un libro reciente y recogida en el “Osservatore Romano” (*), sale a relucir el sentido del sufrimiento en Dios.

El hombre moderno parece no tener necesidad de justificarse ante Dios, e incluso a veces se atreve a pedir a Dios que se justifique ante los males del mundo. El hombre ha perdido la sensibilidad de los propios pecados, se cree justo, y no siente necesidad de ninguna salvación. O por lo menos tiene la sensación de que Dios no puede dejar que se pierda la mayor parte de la humanidad.

miércoles, 15 de abril de 2015

Jesús, rostro de la misericordia

M. Chagall, Crucifixión blanca (1938), Instituto de arte de Chicago

Con la bula de convocación para el Jubileo extraordinario de la Misericordia, Misericordiae Vultus (11-IV-2015) se abre un periodo preparatorio de oración y estudio, diálogo y acción. Es un camino, el de la misericordia, que la Iglesia viene recorriendo desde su comienzo, más intensamente desde mediados del siglo pasado; y que ahora Francisco propone como catalizador de un impulso nuevo.

Para facilitar la lectura del texto del Papa y su asimilación, cabe estudiarlo distinguiendo algunas partes (distinción que es nuestra, no del documento).

lunes, 16 de septiembre de 2013

Juan Pablo II y la sensibilidad social

"Hay muchos indigentes en el mundo de hoy. ¿Me encierro en mis cosas, o estoy atento a quien necesita ayuda?". Este es el tweet que ha escrito el Papa Francisco hoy.

     La sensibilidad social y el "amor preferencial por los pobres" no es algo nuevo que haya venido con el Papa Francisco en su deseo de una "Iglesia pobre y para los pobres" (Discurso 16-III-2013). El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición" (n. 2444).

     Benedicto XVI explicó y fundamentó este principio, dándole el relieve que merece. La Iglesia viene tomando una conciencia progresiva de la importancia de los pobres y necesitados para su vida y su misión e incluso para la teología. Juan Pablo II insistió en la Doctrina social, o más ampliamente en la sensibilidad social, como dimensión esencial del Evangelio, como consecuencia de una auténtica oración y de un auténtico culto a Dios.

     Todo ello se refleja en la acogida, por parte del Magisterio (*), del principio "opción preferencial por los pobres", nacido en los ambientes de la Teología de la liberación de América Latina, tras purificarlo de tendencias menos cristianas y teológicas afines al análisis marxista.

domingo, 16 de junio de 2013

Llamados a una vida plena

¿Puede la vida humana comprenderse solamente con la razón? ¿Es suficiente la razón para conocer y vivir nuestros deberes hacia los demás? ¿Añade algo la fe?

Son las primeras cuestiones que se planteaba Robert Spaemann, en una conferencia pronunciada en la Academia Pontificia para la Vida (14-II-2000). En esa ocasión expuso sus reflexiones sobre la antropología de la Encíclica Evangelium Vitae (1995), de Juan Pablo II.

sábado, 30 de abril de 2011

La "revolución" de Juan Pablo II


En su encíclica sobre Cristo, Redentor del hombre (Redemptor hominis, 1979), centro del cosmos y de la historia, Juan Pablo II exponía lo que sería su programa: guiar a la Iglesia hasta traspasar el segundo milenio, en continuidad con la herencia de los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, cuyos nombres reunió el nuevo Papa en el suyo. Esa “herencia” se condensa, por así decir, en la puesta en marcha, realización y aplicación del Concilio Vaticano II. La aplicación del Concilio Vaticano II sigue siendo la gran tarea que la Iglesia y todos los cristianos en ella tenemos por delante, como servicio a nuestro mundo.

     Aplicar el Vaticano II significa no sólo darlo a conocer como punto de llegada, en la literalidad de sus textos y planteamientos, sino también como punto de partida para la renovación querida por el Concilio mismo. Allí la Iglesia expresó su autoconciencia sobre su identidad y su misión: servir, durante la historia, de signo e instrumento (“sacramento”) de Dios para ofrecer un diálogo de salvación a todo aquél que quiera escuchar el mensaje del Evangelio. 



Juan Pablo II y los jóvenes (Alberto Michelini)



El “programa” de Juan Pablo II


     En ese marco se situaban los trazos fundamentales del “programa” de Juan Pablo II: desarrollar las implicaciones de la colegialidad de los obispos en unión con el Romano Pontífice, y hacer más conscientes a todos los cristianos de su responsabilidad en lo que a partir de los años ochenta llamaría la “nueva evangelización”; impulsar la unidad de los cristianos como tarea en la que también todos, de una manera u otra están llamados a colaborar; continuar con el diálogo con las “religiones” y defender la paz y los Derechos humanos; relacionar más estrechamente la fe y la ciencia; y anunciar la Buena Noticia, única que puede liberar a los hombres de nuestro tiempo de sus miedos y angustias, también ante una posible autodestrucción…

     Pero ¿cómo, se preguntaba el Papa, llevar a cabo esas tareas? Y respondió siempre: dirigiendo la mirada al Misterio de Cristo, tratando de escuchar siempre de nuevo sus palabras, y reconstruir cada detalle de su vida en torno a la Eucaristía, fuente de vida, santidad y fuerza para la Iglesia. Ella recorre con Cristo “el camino del hombre”, es decir: se adentra en su corazón, le descubre el sentido de su vida personal y familiar, de su trabajo y de su dolor; le asegura que el amor es más grande que las heridas que deja el pecado en las personas y en la sociedad; le invita a recorrer el camino del hijo pródigo hasta el abrazo con el Padre en el sacramento de la Penitencia. Y a todos los cristianos les hace participar de la triple misión de Cristo: anunciar la Verdad plena, celebrar el culto, servir a la justicia y al amor. Para todo ello la Iglesia, y cada cristiano, necesita de una Madre: María.

     Juan Pablo II persiguió constantemente este programa, como norte de su tarea pastoral.


En el tercer milenio

     A partir de la celebración del Gran Jubileo, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte (2001) señalaba las pautas que la Iglesia debe seguir al adentrarse en el tercer milenio: desde la contemplación del “rostro” de Cristo en unión con Él por la oración y la vida sacramental, los cristianos están llamados a dar testimonio de la Verdad y, como consecuencia, tranformar la historia. Con otras palabras, el conocimiento y el amor de Cristo es la principal luz e impulso para contribuir a cambiar efectivamente tantas cosas que han de cambiarse en la sociedad, si queremos edificar un mundo en el que Dios sea conocido y amado. Tal es la única garantía de éxito para el hombre, según la célebre expresión de San Ireneo: Gloria Dei, vivens homo: la gloria de Dios es la vida del hombre.

     En esa trayectoria pastoral de Juan Pablo II se inscriben sus últimos documentos doctrinales: la Carta sobre el Rosario de la Virgen María (2001), su encíclica acerca de la Iglesia que vive de la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistia, 2003) y la Carta con motivo del Año de la Eucaristía (Mane nobiscum Domine, 2004). Ésta última puede considerarse como fruto y síntesis de un camino de madurez, recorrido, antes que nada, por el mismo Pontífice en su vida espiritual.


La Eucaristía: Dios se queda con nosotros

     En ese texto el Papa presentaba la Eucaristía como misterio de fe y de luz, y como signo e instrumento de Comunión, en las diversas dimensiones de su verdad profunda: banquete en el que Cristo se entrega como fruto del sacrificio sacramental que actualiza su muerte y resurrección, y del que también se deriva su presencia entre los hombres. Con una sencilla y profunda pedagogía, la Eucaristía aparece como proyecto de misión que cada cristiano está llamado a asumir: hacer propio del modo de ser de Jesús y sus actitudes de agradecimiento al Padre por sus dones, y de entrega generosa a sus hermanos. La Eucaristía se convierte así en el “corazón” de la vida, para la Iglesia y cada cristiano. En el secreto para dar un testimonio coherente, y lleno de fuerza, del amor de Dios. Y todo ello en el horizonte de la vida cotidiana, “donde se trabaja y se vive –en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida–“ (n. 26).


Juan Pablo II, amigo


     Juan Pablo II se dirigía siempre a todos y a cada uno, no sólo a los cristianos, ni siquiera al ámbito mucho más amplio de los creyentes. Hace años, al final de una distendida tertulia con un grupo numeroso de universitarios que habían acudido a Roma con motivo de la Semana Santa, les animaba a volver a su trabajo, y recordar que cada persona lleva en sí su misterio y su dolor. Consciente de pulsar las fibras más delicadas del misterio de la existencia humana, este gran Papa dedicó una atención particular a los jóvenes, a la familia y a los más débiles: los pobres y los enfermos, los niños y los ancianos. Su misma vida sólo se entiende desde el misterio de su identificación con Cristo.


Dar gloria a Dios por el amor

     En su último libro, Memoria e identidad, hay como una síntesis de su enseñanza acerca de la relación entre el hombre, Dios y el mundo: “Se podría decir, parafraseando a San Ireneo: Gloria Dei, mundus secundum amorem Dei ab homine excultus, la gloria de Dios es el mundo perfeccionado por el hombre según el amor de Dios”. La verdadera vida del hombre –ya hemos recordado a San Ireneo‑ está en la gloria de Dios. Al mismo tiempo, parece decir Juan Pablo II, la gloria de Dios depende del “cultivo” –término que remite a un trabajo enraizado en el “culto”, y que también implica “cultura”‑ que el hombre hace del mundo. La condición es que lo realice “según el amor de Dios”, participando de ese amor, por la obra de Cristo y la acción del Espíritu Santo.

     Para Juan Pablo II, el cristiano es alguien que vive la vida de Cristo y la comunica con la coherencia de su conducta y también con sus palabras. La vida ordinaria debe estar llena de Dios, sin conformarse con “ir tirando” mediocremente, pues la santidad es la vocación de todos. Una santidad que comienza por la transformación de la propia existencia a imagen de Cristo, y que se manifiesta en el servicio y en el compromiso para cambiar –en lo que depende de cada uno– tantas cosas pequeñas y grandes. La “revolución” cristiana –la mayor de todos los tiempos– sólo es posible desde la oración, pero es necesaria. Aquí se centra la “nueva evangelización” a la que Juan Pablo II nos convocó con el testimonio de su vida.


(Publicado en "La Razón", 15-IV-2005) 

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Hasta siempre, Juan Pablo II (Aciprensa)