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martes, 21 de abril de 2026

Redescubrir "la alegría de evangelizar"

Se cumple un año del fallecimiento del Papa Francisco. Tras el primer consistorio con los cardenales (celebrado el 7 y 8 de enero pasados), donde se marcó el rumbo del pontificado, León XIV ha escrito una carta a los cardenales (12-IV-2026). En ella los anima a relanzar la propuesta de Evangelii gaudium (La alegría de evangelizar, documento programático del pontificado del Papa Bergoglio): una Iglesia que no se mira a sí misma, sino que se sitúa de modo renovado “en salida”. 

“Dicha Exhortación –les señala, declarando la clave de su carta– sigue representando un punto de referencia decisivo: no se limita a introducir nuevos contenidos, sino que recentra todo en el ‘kerigma’ como corazón de la identidad cristiana y eclesial”.

Y añade un argumento que se manifestó especialmente en ese consistorio respecto a la propuesta del Papa Francisco: “Se ha reconocido como un verdadero ‘soplo nuevo’, capaz de iniciar procesos de conversión pastoral y misionera, más que de producir reformas estructurales inmediatas, orientando así en profundidad el camino de la Iglesia”. En otros términos, cabría decir, se reconoce que el impulso a la evangelización es una orientación incisiva en la hoja de ruta del presente pontificado.


Interpelación para cada cristiano e impulso a la misión eclesial

León XIV concreta cómo “esta perspectiva interpela a la Iglesia en todos los niveles”. Primero, a nivel personal: “llama a cada bautizado a renovar el encuentro con Cristo, pasando de una fe simplemente recibida a una fe realmente vivida y experimentada” Y observa que “en este camino se ve afectada también la calidad misma de la vida espiritual, en el primado de la oración, en el testimonio que precede a las palabras y en la coherencia entre fe y vida”.

En segundo lugar, a nivel comunitario, impulsa a pasar “de una pastoral de conservación a una pastoral misionera, en la que las comunidades sean sujetos vivos del anuncio”. Es decir, “comunidades acogedoras, capaces de utilizar un lenguaje comprensible, atentas a la calidad de las relaciones y capaces de ofrecer espacios de escucha, de acompañamiento y de sanación”.

Concreta, a nivel diocesano, subrayando “la responsabilidad de los pastores para apoyar con firmeza la audacia misionera, velando por que no se vea pesada o sofocada por excesos organizativos, y favoreciendo un discernimiento que ayude a reconocer lo esencial”.

En suma: a nivel de cada uno, fe personal vivida, primacía de la oración, testimonio desde la coherencia con la vida; y a nivel eclesial, acogida, escucha y acompañamiento, impulso a la misión desde el discernimiento.


El centro: anunciar a Cristo


De todo ello, dice el Papa, surge “una comprensión de la misión profundamente unitaria” a partir del encuentro personal con Cristo: “una misión cristocéntrica y kerigmática, que nace de un encuentro con Cristo capaz de transformar la vida y que se difunde por atracción más que por conquista. Es una misión integral, que aúna el anuncio explícito, el testimonio, el compromiso y el diálogo”.

Se trata de superar una perspectiva de mero aumento en número de seguidores, de mera conservación o de expansión institucional.

Lo expresa incisivamente León XIV, aludiendo a la “Iglesia en salida” que quiso Francisco: un impulso evangelizador capaz de señalar el horizonte de esperanza en un mundo que lo necesita: “Incluso cuando se reconoce minoritaria, la Iglesia está llamada a vivir sin complejos, como un pequeño rebaño portador de esperanza para todos, recordando que el fin de la misión no es su propia supervivencia, sino la comunicación del amor con el que Dios ama al mundo”.

Entre las indicaciones específicas que surgieron en el consistorio, concluye señalando cuatro, que, dice, merecen ser acogidas y meditadas más a fondo:

1) “la necesidad de relanzar Evangelii gaudium para verificar con honestidad qué es lo que, tras el paso de los años, se ha asimilado realmente y qué es lo que, por el contrario, sigue siendo desconocido y sin poner en práctica” (lo que manifiesta, entre otras cosas, el valor creciente que se reconoce a este documento en el impulso a la nueva evangelización);

2) de modo especial, “se debe prestar atención a la necesaria reforma de los itinerarios de iniciación cristiana” (lo que pone de relieve la importancia que se concede al anuncio y transmisión de la fe y, por tanto, a la catequesis);

3) “la atención a valorar también las visitas apostólicas y pastorales (*) como auténticas ocasiones ‘kerigmáticas’ y de crecimiento en la calidad de las relaciones” (todo ello como un instrumento del ministerio de los pastores al servicio de los fieles);

4) “la exigencia de reconsiderar la eficacia de la comunicación eclesial, incluso a nivel de la Santa Sede, en una perspectiva más claramente misionera” (lo que plantea la necesidad de articular esta comunicación, en sus diversas formas y medios, con el anuncio de la fe).

Como puede verse, la publicación de esta carta puede ser una ocasión y una invitación, para cada uno y para cada comunidad cristiana e institución eclesial, a un discernimiento sobre el camino recorrido desde la participación en la vida de Cristo, el compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

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(*) Las visitas apostólicas son inspecciones o evaluaciones oficiales ordenadas por la Santa Sede a una institución eclesiástica —como una diócesis, seminario o instituto religioso— para examinar su estado, corregir abusos o deficiencias y fomentar la disciplina y la fe (se fundamentan en el ministerio y la potestad del Papa, cf. can. 331). Las visitas pastorales son las que realiza el obispo a las parroquias y comunidades de su diócesis para fortalecer la fe, animar a los fieles y examinar la vida pastoral (cf. cans. 396-398). Ambas pueden considerarse como un tiempo de gracia, una manifestación de la cercanía de los pastores a los fieles, y una ocasión para la renovación de la vida cristiana y el fomento de la unidad.

sábado, 4 de abril de 2026

Los cristianos en el encuentro de la fe con las culturas


León XIV, inspirado en la Virgen de Guadalupe, explica cómo la Iglesia propone una inculturación de la fe que no colonice las culturas, sino que las habite con amor para elevar sus valores y sanarlas desde su propia raíz.

¿Qué tiene que ver el mensaje del Evangelio con las culturas? ¿Qué luz nos ofrece sobre esto la vida de Cristo? ¿Qué criterios se deducen de ello para la misión de la Iglesia y el apostolado de los cristianos?

Nos situamos en medio de un profundo y vertiginoso cambio cultural, acompañado de un gran desarrollo tecnológico, y de no menores conflictos por motivaciones políticas, económicas e ideológicas. Esto nos interpela como cristianos, llamados a participar en la configuración del mundo, a la vez que anunciamos el mensaje del Evangelio como semilla de luz y de vida definitiva.

En este contexto, nos detenemos en un importante mensaje de León XIV sobre el acontecimiento de Guadalupe (en 2031 celebraremos los 500 años), así como en las enseñanzas del Papa durante algunas visitas pastorales a parroquias romanas. 


El Evangelio y las culturas

León XIV califica el acontecimiento guadalupano como “signo de perfecta inculturación” del Evangelio (cfr. Mensaje a un congreso sobre el acontecimiento guadalupano, 5-II-2026). Y se detiene a explicar en qué consiste esta inculturación.

Se trata del modo como ha sucedido la historia de la salvación, a través de las culturas, tal como se recoge en las Sagradas Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento: la Alianza con el pueblo elegido. Poco a poco, Dios se fue manifestando mientras acompañaba las vicisitudes del Pueblo de Israel. Luego, “Dios se reveló plenamente en Jesucristo, en quien no sólo comunica un mensaje, sino que se comunica Él mismo”. Y, por eso, enseña san Juan de la Cruz que después de Cristo no queda otra palabra por esperar, no hay nada más que decir, pues todo ha sido dicho en Él (cfr. Subida al Monte Carmelo, II, 22, 3-5).

Está claro que evangelizar, como expresa el mismo término, es llevar la “buena noticia” (Evangelio) de la salvación por Jesús. Ahora bien, el anuncio del mensaje evangélico acontece siempre dentro de una historia y de una experiencia concreta. Esto comenzó con Jesús de Nazaret, en el que el Hijo de Dios asumió nuestra carne (hablamos de su “encarnación”): asumió nuestra condición humana con todo lo que comporta, también a través de una cultura concreta.

Lo mismo debe seguir haciendo la evangelización: “Se sigue entonces que no puede ignorarse la realidad cultural de quienes reciben el anuncio y se comprende que la inculturación no es una concesión secundaria ni una mera estrategia pastoral, sino una exigencia intrínseca de la misión de la Iglesia”. Si bien es cierto que el Evangelio no se identifica con ninguna cultura particular, es capaz de impregnarlas (iluminarlas y purificarlas) con la verdad y la vida que proceden de Dios.

“Inculturar el Evangelio –explica León XIV– es, desde esta convicción, seguir el mismo camino que Dios ha recorrido: entrar con respeto y amor en la historia concreta de los pueblos para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de su propia vivencia humana y cultural”. Y observa: “Esto implica asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo, no sólo como vehículos externos del anuncio, sino como lugares reales en los que la gracia desea habitar y actuar”.

Dicho esto, añade lo que “no es” la inculturación: no es una “sacralización de las culturas ni su adopción como marco interpretativo decisivo del mensaje evangélico”; ni una “acomodación relativista o una adaptación superficial del mensaje cristiano”. No se trata, pues de “legitimar todo lo culturalmente dado o justificar prácticas, visiones del mundo o estructuras que contradicen el Evangelio y la dignidad de la persona”. Eso equivaldría a “desconocer que toda cultura —como toda realidad humana— debe ser iluminada y transformada por la gracia que brota del misterio pascual de Cristo”.

Por tanto y en síntesis condensada: “La inculturación es, más bien, un proceso exigente y purificador, mediante el cual el Evangelio, permaneciendo íntegro en su verdad, reconoce, discierne y asume las semina Verbi presentes en las culturas, y al mismo tiempo purifica y eleva sus valores auténticos, liberándolos de aquello que los oscurece o los desfigura. Estas semillas del Verbo, como huellas de la acción previa del Espíritu, encuentran en Jesucristo su criterio de autenticidad y su plenitud”.


Guadalupe, lección de pedagogía divina

En esta perspectiva, señala el Papa, “Santa María de Guadalupe es una lección de la pedagogía divina sobre la inculturación de la verdad salvífica”. No canoniza una cultura, pero tampoco la ignora, sino que la asume, purifica y transfigura convirtiéndola en “lugar” de encuentro con Cristo.

“La ‘Morenita’ manifiesta el modo de Dios para acercarse a su pueblo; respetuoso en su punto de partida, inteligible en su lenguaje y firme y delicado en su conducción hacia el encuentro con la Verdad plena, con el Fruto bendito de su vientre”.

Lo sucedido en el Tepeyac, asegura León XIV, no es una teoría ni una táctica; sino que “se presenta como un criterio permanente para el discernimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, llamada a anunciar al Verdadero Dios por quien se vive sin imponerlo, pero también sin diluir la radical novedad de su presencia salvadora”.

Pasando a la situación actual, observa el Papa que hoy la transmisión de la fe ya no puede darse por supuesta. Vivimos en sociedades plurales con visiones del hombre y de la vida que tienden a prescindir de Dios. En este contexto, es necesaria “una inculturación capaz de dialogar con estas realidades culturales y antropológicas complejas, sin asumirlas acríticamente, de modo que suscite una fe adulta y madura, sostenida en contextos exigentes y a menudo adverso”.

Esto implica que no cabe transmitir la fe “como una repetición fragmentaria de contenidos ni como una preparación meramente funcional para los sacramentos, sino como un verdadero camino de discipulado”; de modo que“la relación viva con Cristo forme creyentes capaces de discernir, de dar razón de su esperanza y de vivir el Evangelio con libertad y coherencia”.

Concluye León XIV replanteando la prioridad de la catequesis para todas las edades y en todos los lugares: “la catequesis se vuelve una prioridad irrenunciable para todos los pastores (cfr. CELAM, Documento de Aparecida, 295-300)”. La catequesis –insiste– “está llamada a ocupar un lugar central en la acción de la Iglesia, a acompañar de forma continua y profunda el proceso de maduración que conduce a una fe realmente comprendida, asumida y vivida de manera personal y consciente, incluso cuando ello suponga ir a contracorriente de los discursos culturales dominantes”.

(Este texto corresponde a una parte de un artículo más extenso.

Leer más en "Omnes" abril de 2026)

martes, 2 de septiembre de 2025

Dejarse curar por Jesús


¿Por qué necesitamos dejarnos curar y contribuir a curar a los demás? Porque somos vulnerables. Sólo quien carece de experiencia o de conocimiento de sí mismo y de los otros puede desconocer esta necesidad.

Dentro del ciclo de catequesis correspondiente al Jubileo 2025 (“Jesucristo nuestra esperanza”), León XIV ha culminado, en el medio del verano, el itinerario de la vida publica de Jesús (encuentros, parábolas y curaciones), dedicando cuatro miércoles a las curaciones: Bartimeo, el paralítico de la piscina, la hemorroísa y la hija de Jairo, el sordomudo.


Bartimeo: levantarse ante Jesús que pasa y llama

En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con Bartimeo, un ciego y mendigoo (cf. Audiencia general, 11-VI-2025). Su nombre significa hijo de Timeo, pero también hijo del homor o de la admiración Y ello nos sugiere que “Bartimeo –por su dramática situación, su soledad y su actitud inmóvil, como observa san Agustín– no consigue vivir lo que está llamado a ser”.

Sentado al borde del camino, Bartimeo necesita que alguien lo levante y lo ayude a salir de su situación y seguir caminando. Y para ello hace lo que sabe hacer: pedir y gritar. Es una lección para nosotros. “Si realmente deseas algo –nos propone el Papa–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!”

De hecho, el grito de Bartimeo, “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47)– se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Bartimeo es ciego, pero, paradójicamente, ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús. Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama; “porque –observa el sucesor de Pedro– no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él”.

domingo, 31 de diciembre de 2023

El fundamental misterio mariano de la Iglesia

(Imagen: Gary Melchers, La Sagrada Familia (1891), Home and Studio. Belmont, Virginia. Descubierta por nosotros en la web del padre Patrick van der Vorst, Christian Art.

Es una de las noches en Belén. María y José están agotados. El Niño es la Luz, no se necesita ninguna otra. Y la puerta está abierta, como invitando a los que quieran bajar los escalones, para descubrir ese misterio de humildad).

En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, cabe reflexionar sobre su relación con la Iglesia. Para ello es útil la tipología. Es decir, la interpretación bíblica que señala ciertas figuras que anticipan, como modelo, otras realidades posteriores. Esta perspectiva, tan propia de los Padres de la Iglesia, procede del supuesto de que Dios anticipó la presencia de Cristo en los acontecimientos, personajes y leyes del Antiguo Testamento. En este sentido, María es una prefiguración y un modelo de la Iglesia.

[María precede a la Iglesia y la prefigura como fuente y mediadora de vida. De una vida que no es sólo la vida sociológica de un pueblo o como la suma de los individuos que lo componen. Es una vida que no procede de la naturaleza, sino que procede de un modo nuevo de Dios uno y trino. Veamos cómo lo explica el teólogo alemán Johann Auer en 1983 (*)].

"Empecemos por dos observaciones preliminares: 1) En este razonamiento se trata preferentemente de una ‘teología tipológica’: María aparece de diversas formas como modelo de la Iglesia y la Iglesia como su imitación. La importancia de María para la encarnación de Cristo se contempla respecto de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que, a su vez, y como sacramento universal de salvación, es fuente y mediadora de nueva vida. 2) A ello hay que añadir que aquí la Iglesia se entiende, incluso en la concepción católica, más que como la vasta realidad sociológica ordenada al pueblo de Dios, pues, como el mismo pueblo de Dios, aparece (sobre todo en la visión evangélica) más que como la suma de los cristianos individuales. 

jueves, 7 de diciembre de 2023

La maternidad espiritual de los cristianos

(Imagen: Abbott Handerson Thayer [Boston, MA, 1892-1893], Una Virgen, Smithsonian institution, Wikipedia commons). El cuadro representa a la esposa del pintor con dos de sus hijos. Según su historia, evoca la figura de María con Jesús y Juan Bautista. De ahí que pueda sugerir la maternidad espiritual de los sacerdotes (y, más aún, de todos los cristianos), según se recoge en la web de la diócesis de Saskatoon, Canada: https://rcdos.ca/).


En el prólogo del libro de K. Delahaye, “Ecclesia Mater en los Padres de la Iglesia de los tres primeros siglos” (*) desarrolla Yves Congar el tema de la maternidad de la Iglesia, vista desde los cristianos mismos. Es decir, los cristianos no solo son hijos de la Iglesia, sino que participan de su maternidad: están llamados a ser espiritualmente “madres”, capaces de engendrar a la Iglesia en otros.


La Iglesia no solo “hace” a los fieles, sino que también “es hecha” por ellos

(Congar se fija en el argumento de san Agustín sobre la unidad de la Iglesia, unidad de amor causada por el Espíritu Santo).

“Si se mira a los cristianos aisladamente, dice Agustín, todos y cada uno son hijos de la Iglesia. Si se los considera en la unidad que forman, en esta unitas cuyo principio es la caridad y el Espíritu Santo, entonces todos ejercen, en y por esta misma unidad, una maternidad espiritual: son ellos, es su unitas la que juzga rectamente, la que perdona los pecados y ejerce el poder de las llaves…, porque esta unidad es el lugar en el que habita y obra el Espíritu Santo. San Agustín va, pues, muy lejos en el camino abierto por la Tradición: no porque empuje en un sentido populista o democrático. Estamos lejos de ello: se trata más bien, en él, de una teología de la unitas o, lo que viene a ser lo mismo, del Espíritu Santo”.

(Desde ahí, subraya Congar que para los Padres, la Iglesia son, sencillamente los cristianos. Y no solo la Iglesia “hace” a los cristianos, cuando los bautiza; sino que también ellos “hacen” la Iglesia. ¿En qué sentido? En cuanto que, por su amor y su oración por los demás, por su apostolado, los cristianos colaboran en “engendrar” a Cristo espiritualmente en otros).

“La Iglesia, para los Padres –observa Congar–, era ‘el nosotros de los cristianos’. K. Delahaye lo muestra abundantemente para los Padres de los tres primeros siglos. (…) Es san Jerónimo quien escribe: ‘La Iglesia de Cristo no es otra cosa que las almas de los que creen en Cristo’ (Tract Ps. 86.). En la eclesiología jurídica de la época moderna, el aspecto según el cual la Iglesia es hecha por los fieles está casi enteramente olvidado en beneficio, prácticamente exclusivo, del aspecto según el cual ella hace a los fieles. A la Iglesia se la ve como la realidad suprapersonal, mediadora de la salvación de Cristo en beneficio de los hombres: estos no son más que sus hijos, y ella está por encima de ellos; de los dos momentos de la dialéctica en la que los Padres pensaban la maternidad de la Iglesia, se ha quitado aquel según el cual los fieles aparecen como engendrando la Iglesia, como lo decía San Beda (“Nam et ecclesia quotidie gignit ecclesiam” [Explan. Apocal lib. II: PL 93, 166 D]. =Pues la Iglesia cada día se engendra a sí misma).

Cuando la Iglesia ya no es vista como hecha por los fieles, sino principalmente como una institución mediadora, su misión y su maternidad se ven sobre todo en el ejercicio de actos exteriores válidos del ministerio instituido, y poco en la cualidad cristiana del amor y de la oración según la cual viven sus miembros" (Congar señala que esa cualidad destaca en el “descubrimiento” de su vocación que hizo Santa Teresa del Niño Jesús: “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor” [Manuscripts autobiographiques, B, 3v; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 426]

miércoles, 12 de mayo de 2021

La importante misión de los catequistas

 


La institución del ministerio de los catequistas facilitará su misión, que viene siendo decisiva desde los primeros tiempos de la Iglesia para la transmisión de la fe.


Aunque la palabra “catequesis” evoca principalmente la formación de los niños y de los jóvenes, para los Padres de la Iglesia significaba la formación de todos los cristianos en todas las edades y circunstancias de la vida.

La tarea de los catequistas ha sido decisiva desde los primeros tiempos de la Iglesia. Con la institución del ministerio del catequista (cf. Motu proprio Antiquum ministerium, 10-V-2021),“la Iglesia ha querido reconocer este servicio como una expresión concreta del carisma personal que ha favorecido grandemente el ejercicio de su misión evangelizadora” (n. 2) Al hacerlo tiene en cuenta las circunstancias actuales: una renovada conciencia de la misión evangelizadora de toda la Iglesia (nueva evangelización), una cultura globalizada y la necesidad de una renovada metodología y creatividad, especialmente en la formación de las nuevas generaciones (cf. n. 5). 

 

viernes, 26 de febrero de 2021

La Iglesia, en el corazón de los cristianos

 

Un nuevo libro 

 
Sentir con la Iglesia 

 
Si para toda persona su «yo» está llamado a realizarse en su apertura a los demás (cf. GS 24), esto acontece con mayor plenitud en el cristiano que se deja plasmar enteramente por Dios, de modo que su «ser Iglesia» se va convirtiendo en «imagen viva de la Iglesia».


Ahora bien, este paso del ser al manifestarse, este enlace de la vocación con la misión, requiere que la realidad de su vida «en» la Iglesia impregne existencialmente la interioridad del cristiano: que ilumine su inteligencia, fortalezca su voluntad, inflame su corazón y vivifique todo su actuar en el mundo, dotándole de la libertad misma de los hijos de Dios.

Todo ello puede sintetizarse diciendo que el cristiano está también llamado a sentir con la Iglesia. Es decir, a amar a la Iglesia verdaderamente y con todas las consecuencias.

Con esta frase –que figura en el título de nuestro libro– no se quiere indicar, por tanto, solamente una opinión favorable a las doctrinas de la Iglesia o una mera disposición a participar de sus ritos o a cumplir sus normas morales, ni una adhesión más o menos pasajera a las personas que la representan oficialmente (principalmente el papa y los obispos); sino un vivir, conocer y comprender la Iglesia que sea fruto de la oración y de la reflexión, del diálogo y de la correspondencia diaria a la gracia que nos ha hecho cristianos por el bautismo. 

martes, 10 de noviembre de 2020

Fraternidad, discernimiento, comunicación

 

Trinidad (versión moderna del cuadro de Rublev),
tomada del blog de Diego Fares (diegojavierfares.com)
 
 
¿Cómo relacionar la fraternidad universal con el anuncio y la comunicación de la fe por parte de los cristianos?

1. En un libro publicado poco antes del Concilio Vaticano II, el joven teólogo Joseph Ratzinger se ocupó de La fraternidad de los cristianos (Salamanca 2004, original alemán de 1960). Es provechosa también ahora su lectura, a la luz de la encíclica Fratelli tutti. En el último capítulo de su libro, Ratzinger se pregunta cómo anunciar la fraternidad cristiana y promover la fraternidad universal. Y propone tres formas concretas del servicio cristiano a los “demás”: la misión, la caridad y el sufrimiento. 

jueves, 18 de enero de 2018

Teología pastoral como Teología de la misión

Se ha publicado un nuevo libro: R. Pellitero, Teología de la Misión (Colección Manuales del ISCR, n. 17), ed. Eunsa, Pamplona 2018, 210 pp. 

La vida cristiana es misión. Si toda vida humana es un proyecto y una tarea, lo es aún más en la perspectiva cristiana, como dice el Documento de Aparecida: "La vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es, en definitiva, la misión" (n. 360).

Según la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, la entera Iglesia es enviada por Dios para la salvación del mundo. Todos los discípulos de Cristo, según la propia condición de vida, dones y carismas, son responsables de la única Misión.

La misión cristiana se identifica con la vida cristiana: es un "hacer" que se realiza a medida que se vive, es decir, consiste en un modo de "ser".

Cada discípulo del Señor está enviado a llevar a cabo la misión personalmente y como comunidad “convocada”: Iglesia. Se es cristiano como miembro de un cuerpo, de un pueblo, de una familia. La misión es el testimonio del don recibido, que compromete a cada uno personalmente, y a todos juntos como Iglesia. Por eso hablamos de la Misión de la Iglesia.

Hoy estamos convocados a una renovación del testimonio evangelizador. Pero, ¿qué formas adquiere ese testimonio? ¿Cómo acertar en la tarea de “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (Evangelii gaudium, 273)? ¿Qué es lo esencial y más necesario? (cf. ibid, 35) ¿Cómo llevarlo a cabo con fidelidad y creatividad? ¿Cómo compartir el don con los individuos y las familias, con jóvenes y ancianos, con todas las personas, especialmente con los más pobres y necesitados? ¿Cómo configurar el diálogo de la fe con la cultura y las ciencias, en el contexto de los rápidos avances de las tecnologías de la comunicación? ¿Cómo articular la misión y sus tareas? ¿Cómo educar para la misión?

domingo, 17 de julio de 2016

Esperanza para mí y para los otros

En nuestra vida siempre hay incertidumbres. No solamente en el ámbito social y político, nacional e internacional; también en lo personal: ¿adónde vamos? ¿Qué hay más allá? ¿Qué podemos esperar? ¿En qué consiste propiamente la vida eterna y qué tiene que ver con nuestra vida normal, de todos los días?

Ante estas y otras preguntas parecidas, siempre puede ser un buen momento para releer la encíclica del ahora Papa emérito, Benedicto XVI, Spe salvi, de 2007, sobre la esperanza cristiana.

Ante la pregunta ¿qué podemos esperar? Joseph Ratzinger se plantea básicamente dos cuestiones: una autocrítica de la edad moderna y un nuevo aprendizaje del sentido cristiano de la esperanza.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Recibir a Dios

F. de Zurbarán, La Virgen niña dormida (h. 1630-1635), col. B. de Santander.

Duerme en una pausa de la oración en que estaba usando el libro (¿la Biblia?), 
soñando quizá en la venida del Mesías. 
A la derecha, un cuenco de porcelana con tres flores: 
la rosa (el amor), la azucena (la pureza) y el clavel (la fidelidad). 
Sobre su cabeza (hacer click para agrandar la imagen),
una luminosa aureola de cabecitas angélicas 
(Cf. comentario de Alfonso E. Pérez Sánchez).

El papel de María en la salvación y para cada cristiano se ha ido iluminando dentro del catolicismo, con más intensidad en los últimos siglos. Esto, decía Jean Daniélou, no es un añadido a la Sagrada Escritura ni es un residuo del paganismo, sino que proviene de haber entendido mejor la Biblia. Implica dos aspectos: entender mejor el misterio de su elección para ser madre de Dios; entender también por qué y cómo es madre nuestra, en cuanto que mantiene hacia nosotros la misma relación que tiene con Cristo. De todo ello se ocupa el gran teólogo francés en un capítulo de su libro “El misterio del Adviento” (Madrid 2006, original de 1948, pp. 109-128).

Su reflexión nos puede servir para terminar con intensidad la espera del Adviento, y vivir con intensidad la Navidad cristiana, especialmente este Año de la Misericordia, concentrándonos en la petición de la comunión espiritual que san Josemaría aprendió de un religioso escolapio: “Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Una oración que sirve a la vez para preparar la comunión eucarística siempre que podamos recibirla.

viernes, 20 de marzo de 2015

Anunciar la misericordia

C. H. Bloch, Cristo curando al enfermo en Betsaida (1883)


Con motivo de los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II, Francisco ha anunciado un Año santo o un jubileo extraordinario sobre la misericordia. Señala el diccionario que la misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos. Casi lo dice la misma palabra: misericordia, llevar las miserias (de los demás) en el corazón.

Desde el principio de su pontificado, Francisco viene subrayando especialmente que estamos en tiempo de misericordia. Señala que la verdad debe estar unida a la misericordia y viceversa, porque la misericordia es el estilo de Dios. Cabe explorar su documento programático, la exhortación Evangelii gaudium, en busca de sus propuestas sobre la misericordia. 

martes, 16 de diciembre de 2014

Alegría, don del adviento

Aunque algunos indicadores anuncian que comenzamos a salir de una crisis, sin embargo hay muchos que todavía la padecen en el día a día de sus vidas, sin trabajo, y sin horizontes para sacar adelante sus familias. En tantos lugares del planeta se vive el drama de las guerras y persecuciones, precisamente en este tiempo del Adviento que prepara para la buena noticia, la alegría de la Navidad. Ante los sufrimientos físicos y espirituales de tantas personas, heridas por la vida y huérfanos de alegría, ¿será bueno manifestar nuestra alegría, esa alegría del Adviento por la venida del Señor, y ofrecernos a compartirla con los demás?

     Se lo preguntaba Benedicto XVI hace ocho años ante la inminencia de la Navidad ¿”Cómo compartir con ellos la alegría sin faltarles al respeto por su sufrimiento?”. Y respondía: “La invitación a la alegría no es un mensaje alienante, ni un paliativo estéril, sino más bien una profecía de salvación, un llamamiento a un rescate que parte de la renovación interior” (Angelus, 17-XII-2006).

miércoles, 15 de octubre de 2014

Actitudes para ayudar a las familias

El lunes 13 de octubre ha tenido lugar la segunda conferencia del Cardenal Peter Erdo en el sínodo de la familia, recogiendo los puntos más sobresalientes de las intervenciones de la primera semana. Se propone –ha dicho– que escuchemos al mismo tiempo los signos de Dios y los de nuestro contexto histórico, para acertar en el modo de anunciar el mensaje cristiano sobre la familia.

     La conferencia comienza aludiendo al “deseo de familia” que, a pesar de las dificultades actuales, permanece vivo especialmente entre los jóvenes (cf. Documento de trabajo, n. 45). En el discernimiento espiritual y pastoral el ponente ha distinguido como tres etapas: la “escucha” de los desafíos culturales y pastorales; la “mirada” a las actitudes de Jesús; el “encuentro” con Jesús para discernir el modo mejor de ayudar a las familias. Cabría decir que estas tres palabras pueden verse en correspondencia con las tres etapas del discernimiento eclesial, que en su versión más conocida se han denominado: ver, juzgar y actuar.

martes, 24 de junio de 2014

Una madre rejuvenecida, fecunda y acogedora



El 16 de junio el Papa Francisco se ha dirigido a la asamblea diocesana de Roma, reunida bajo el tema: “Un pueblo que genera a sus hijos, comunidades y familias en las grandes etapas de la iniciación cristiana”. Y su propuesta está llena de sugerencias para la formación de los cristianos en la Iglesia entera.

miércoles, 18 de junio de 2014

Cristiano, nombre de misión


Misión, dice el diccionario, es el poder o la facultad que se da a alguien para ir a desempeñar algún cometido. Hoy la palabra misión se usa también para indicar, en una empresa, una declaración duradera del objeto, propósito o razón de ser de esa empresa. El cristiano lleva en su nombre –seguidor de Cristo, miembro de Cristo– su misión, esto es, trabajar para que se cumpla en el tiempo la misión de Cristo, comunicar a los hombres el Amor de Dios hacia cada uno.

lunes, 24 de marzo de 2014

Actitudes para comunicar la fe




La celebración del primer año de pontificado del Papa Francisco, su estilo y sus interpelaciones, nos pueden ayudar a plantearnos: ¿es comunicable la fe? Puesto que es un don, más bien se trata de suscitar la apertura a ese don divino, que es luz e impulso para vivir. ¿Qué debemos tener en cuenta al tratar de esto con otra persona o en grupo, en una conversación de amistad o mediante charlas, coloquios u otras sesiones de formación más organizadas?

            El Papa Francisco nos ha dado algunas orientaciones al respecto, cuando aconseja que el predicador debe prepararse con cuatro ingredientes básicos: estudio, oración, reflexión y creatividad. Y si no, “es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido” (Evangelii gaudium, n. 145). Pues bien, todo esto es aplicable a cada cristiano, llamado a comunicar la fe según sus propias circunstancias y en el marco de su testimonio de vida.

            Luego el Papa señala cinco puntos. Los tres primeros se refieren a la Palabra de Dios. Esto también nos conviene a todos, no solamente a los predicadores, pues el anuncio de la fe requiere primero, en el que anuncia, una respuesta “suya” a la Palabra de Dios, como condición para que pueda suscitar la fe en otros. 

lunes, 13 de enero de 2014

Responsabilidad evangelizadora de todos los cristianos

D. Ghirlandaio, Llamada de los apóstoles (1481), detalle
Capilla Sixtina (Vaticano)

La prioridad absoluta en la evangelización es anunciar a Cristo. Y quien tiene esta responsabilidad es “la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza”: cada uno de los cristianos personalmente y la Iglesia en su conjunto. Lo desarrolla el Papa Francisco en el capítulo tercero de Evangelii gaudium, antes de hablar de dos importantes cauces para la evangelización: la predicación y la educación en la fe.

lunes, 6 de enero de 2014

Una estrella de esperanza


(La vida cristiana como Epifanía)
  

Gentile da Fabriano, Adoración de los Magos (1424), 
Florencia, Galleria degli Uffici

En uno de sus libros evoca el cardenal Ravasi lo sucedido en el año 614, cuando el rey persa Cosroes cercó la basílica de Belén, que encierra en su cripta la gruta del Nacimiento, construida por Elena, madre de Constantino en el 330. Al ver en el frontal una representación de los Reyes Magos caracterizados como persas, desistió de su empeño. Y así los Magos salvaron la gruta.

     Predicaba Benedicto XVI, en la Epifanía de 2012, que los Magos, por su corazón inquieto, vigilante y valiente fueron capaces no sólo de seguir la estrella sino de iluminar, con su actitud, el camino de los hombres hacia Cristo.

     En la misma línea, el Papa Francisco, en su homilía de Epifanía de este año ha dicho que el ejemplo de los Magos "nos ayuda a levantar la mirada hacia la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre, de 'pequeño cabotaje', sino a dejarnos atraer siempre por lo que es bueno, verdadero, bello… por Dios, ¡que todo esto lo es de modo cada vez más grande!" (Homilía 6-I-2013). Para ello, y de acuerdo con la tradición cristiana, nos ha aconsejado contemplar "dos libros": el del Evangelio (escucharlo, leerlo y meditarlo) y el de la creación (el mundo creado por Dios y los acontecimientos de nuestra vida). 

     En otras ocasiones, reflexionando sobre las actitudes de los Magos, el Papa Ratzinger ponía de relieve la conexión entre la humildad, la adoración y la sabiduría.

miércoles, 30 de octubre de 2013

La misión de los cristianos





Las misiones y los misioneros siempre han sido importantes en el cristianismo. Más aún, son la vanguardia y el referente primero de la evangelización. Al mismo tiempo, todos los cristianos tenemos una misión. Esto significa nuestro nombre, “cristiano”, que deriva de Cristo, el “ungido” por Dios para la salvación del mundo.