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jueves, 29 de enero de 2026

Formar "constelaciones educativas"

 (Imagen: V. Van Goh, Noche estrellada sobre el Ródano, 1888, Museo de Orsay, Francia)

Durante el Jubileo de la esperanza, León XIV dirigió dos discursos a estudiantes y educadores, tuvo otro encuentro con miembros de universidades católicas y celebró la misa en la que proclamó a san John Henry Newman doctor de la Iglesia y copatrono (con santo Tomás de Aquino) de los educadores católicos. Finalmente, por lo que respecta a la educación, dirigido un videomensaje a los participantes en el congreso "Sin identidad no hay educación" (Madrid, noviembre de 2025).

En sus intervenciones el Papa se refirió a la educación (especialmente la de inspiración católica) hablando de "la ruta de las estrellas", y propuso formar "constelaciones educativas".


La fe es vivir en plenitud, no "ir tirando"

En el encuentro con los estudiantes (30-X-2025), con palabras de Pier Giorgio Frassati, les animó a una vida en plenitud: “Vivir sin fe no es vivir, sino ir tirando”. Hay que vivir además “Hacia lo alto”.

Les invitó a configurar su vida en analogía con las estrellas: “La verdadera paz nace cuando muchas vidas, como estrellas, se unen y forman un diseño. Juntos podemos formar constelaciones educativas que orienten el camino futuro”.

Apuntó: “Desde siempre, los viajeros han encontrado su rumbo en las estrellas”. También los estudiantes tienen estrellas o brújulas que les guían (padres, maestros, sacerdotes, buenos amigos, etc.). A la vez, están llamados, formando constelaciones de sentido con otros, a convertirse en “testigos luminosos para quienes les rodean”.

Galileo descubrió muchas cosas mirando a lo alto. La educación, dice León XIV, es como “un telescopio que les permite (a los estudiantes) mirar más allá, descubrir lo que por sí solos no verían. No se detengan, pues, a mirar el teléfono y sus rápidos fragmentos de imágenes: miren al cielo, miren hacia lo alto”.

El Papa se detuvo en los tres nuevos objetivos que ha añadido para el Pacto Educativo Global, en parte por petición de los jóvenes mismos: la vida interior, la educación digital y la educación para la paz. Vida interior: “No basta con tener un gran conocimiento científico, si luego no sabemos quiénes somos y cuál es el sentido de la vida. Sin silencio, sin escucha, sin oración, incluso las estrellas se apagan. Podemos saber mucho del mundo e ignorar nuestro corazón”. Como enseña san Agustín, educar para la vida interior significa “escuchar nuestra inquietud, no huir de ella ni atiborrarla con lo que no sacia”. “Nuestro deseo de infinito es la brújula que nos dice: ‘No te conformes, estás hecho para algo más grande’, ‘no te conformes con ir tirando, ¡vive!’”

Respecto a la tecnología, les exhortó a saber usar la tecnología con sabiduría sin dejar que la tecnología les utilice; cultivar la inteligencia emotiva, espiritual, social y ecológica; y construir espacios de fraternidad y creatividad. Y la educación de la paz se logra rechazando la violencia y la vulgaridad, y promoviendo la dignidad de todos.

domingo, 1 de septiembre de 2024

El encuentro y su papel en la pedagogía


M. Chagall, Lucha de Jacob con el ángel (1967) 
Musée National Marc Chagall, Niza (Francia)

Educar es educar desde y para el encuentro. Se reconoce que uno de los textos pedagógicos más importantes de Romano Guardini, que conservan hoy toda su vigencia, es el que dedica al encuentro (*).

Dejemos a un lado, aunque el autor lo considera brevemente, el encuentro entre dos objetos materiales, entre dos plantas, entre dos animales, que en cada caso sigue unas leyes diversas según sus respectivos modos de ser.


Condiciones para que se dé el encuentro personal


Hablamos de encuentro, se nos dice, propiamente cuando un hombre contacta con la realidad. No es todavía un encuentro si solo busca, por ejemplo satisfacer su hambre, aunque puede ir más allá del instinto. Como todavía no lo es tampoco un simple choque entre dos personas.

Dos condiciones iniciales para que se dé un encuentro (personal), según Guardini, serían: 1) el toparse con la realidad más allá de una interacción simplemente mecánica, biológica o psicoógica; 2) establecer una distancia respecto a esa realidad, fijarse en su singularidad, tomar postura ante ella y adoptar una conducta práctica respecto a ella.

Para todo ello se requiere la libertad. En la libertad se pueden ver dos lados: una libertad material, por la que podamos entrar en relación con todo lo que nos rodea; una libertad formal, como facultad de actuar (o no) desde la energía inicial propia de la persona. A veces la persona puede llegar a la convicción de que no se debe confiar en todo lo que sale al encuentro: “Puede cerrar las puertas de su corazón, y dejar fuera el mundo. La antigua Stoa [escuela del estoicismo] lo hizo así, y así se comporta la ascesis religiosa, para dirigir el amor solo a Dios”[1].

El encuentro puede partir solamente de parte de la persona, por ejemplo, frente a una cosa que despierta nuestro interés, como una fuente, un árbol o un pájaro y se puede convertir en una imagen de algo más profundo o incluso puede ayudar a comprender radicalmente la existencia. Esto, siempre que se venza la costumbre, la indiferencia o el esnobismo, la presunción engreída y llena de sí mismo[2]. Tales son los enemigos principales del encuentro.

Pero el encuentro puede ser también bilateral, y entonces surge una relación especial, en la que dos personas se valoran más profundamente, más allá de su mera presencia o sus funciones sociales: se convierten en un “tú”.

Como contenidos del encuentro Guardini enumera: 1) el conocimiento de la persona y de su conducta que de ahí se deriva; 2) una “vivencia peculiar de la familiaridad y de la extrañeza”: familiaridad que puede crecer y convertirse en confianza en unión; y aquí, la relación con el carácter y la actividad, el pueblo y el grupo social, las ideas, la relación con el mundo, etc; pero también con las diferencias, la extrañeza y la irritación, la antipatía y la enemistad; 3) Siempre, incluso entre las personas más íntimas, está ese elemento de extrañeza, por el carácter irreductible de la individualidad. Esto marca necesariamente la distancia de la persona.

Además, el encuentro requiere que se dé “un buen momento”, un momento propicio, que se constituye a partir de miles de elementos más o menos conscientes o inconscientes: vivencias del pasado e imágenes, energías y tensiones, necesidades, ambiente, estado de ánimo, elementos creativos y afectivos, etc. De ahí la dificultad o la imposibilidad de “confeccionar” un encuentro, y la apertura del encuentro hasta acercarse a la Providencia y a la suerte.

El encuentro requiere, pues, a la vez, la libertad y la espontaneidad, en el sentido de que solo acontece si no se busca, como sería el encuentro con una flor azul que abre el camino hacia el tesoro.

sábado, 9 de marzo de 2024

Una eclesiología "de misión"

Imagen: "San Pedro y el gallo" (cf. Lc 22, 61) en el Salterio bizantino Cludov (s. IX). Tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/El_estudiante_(relato)


En los párrafos que siguen (*) el entonces obispo Angelo Scola (luego sería cardenal de Venecia) propone, en una primera parte, tres rasgos esenciales de la Iglesia, que se traducen en la vocación-misión de sus miembros: 

a) su carácter dramático (en cuanto implica la acción que envuelve la libertad de Dios y de los hombres);

 b) su carácter sacramental (la Iglesia ha sido denominada “sacramento radical”, en el sentido de que es el ámbito y punto de encuentro de todos los sacramentos, que los contiene a todos y los vivifica; y todo ello en y desde Cristo, que es el “sacramento primordial” según los Padres, del que depende también la función mediadora de la Iglesia, centrada en los siete sacramentos;

 c) su carácter eucarístico (pues en torno a la Eucaristía se desarrolla el encuentro entre la libertad de Dios y la del hombre y, desde ahí, el despliegue de la vocación y misión del cristiano).


En la segunda parte, el autor muestra cómo una “eclesiología de misión” es capaz de manifestar la dimensión antropológica y sacramental del misterio de comunión que es la Iglesia. 


miércoles, 6 de marzo de 2024

La vid y los sarmientos, la Iglesia y las bodas


V. Van Gogh, El viñedo rojo (1888), Museo Pushkin, Moscú

En la Biblia la viña es imagen de la esposa (cf. Cantar de los cantares, 2, 15 y 7, 13), y se pide a Dios que la cuide, a pesar de las infidelidades de su pueblo (cf. Sal 80, 9-20). En la predicación de Jesús, son los viñadores los que rechazan al hijo del dueño de la viña (Mc 12, 1-2). En el cristianismo, el rojo se asocia a la sangre de Cristo y su sacrificio en la cruz.

Dice Joseph Ratzinger en Jesús de Nazaret que en la tradición judeocristiana "el vino encarna la fiesta. Hace que el hombre experimente la gloria [la belleza, el resplandor, que procede de su origen divino] de la creación. Por eso forma parte de los rituales del sábado, de la Pascua, de las bodas. Y nos hace vislumbrar algo de la fiesta definitiva de Dios con la humanidad" (cf. Is 25, 6).

"El don del vino nuevo se encuentra en el centro de la boda de Caná (cf. Jn 2, 1-12), mientras que, en sus discursos de despedida, Jesús nos sale al paso como la verdadera vid (cf. 15, 1-10)" (pp. 298-299).

domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre el culto espiritual y "el altar del corazón"

[Imagen: Fra Angelico, La Crucifixión (h. 1420-1423), Metropolitan Museum of Art, New York]

En una de sus audiencias generales de los miércoles, Benedicto XVI explicó el "culto espiritual" (*), que se puede considerar como el “contenido” del sacerdocio común de los bautizados: la capacidad que se nos otorga, con el bautismo, de convertir nuestra vida en ofrenda a Dios y servicio a los demás, también en la vida ordinaria, centrada en la Eucaristía.

El tema se inscribía dentro del año dedicado a san Pablo. El Papa Ratzinger se apoyó en tres textos de la carta a los Romanos, para mostrar que “san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto”.

martes, 20 de febrero de 2024

El "triple oficio" de Cristo, de la Iglesia y del cristiano




Duccio di Bouninsegna, La pesca milagrosa (h. 1655), 
Museo dell'Opera del Duomo, Siena.


Lo que se conoce como “triple oficio” (o ministerio) de Cristo (profeta, sacerdote y rey) es un esquema teológico que ha dado frutos abundantes en los últimos siglos para la teología y la pastoral de la Iglesia. Los párrafos aquí recogidos pertenecen a la síntesis que Santiago Madrigal publicó, sobre este tema, en un buen Diccionario de Eclesiología hace pocos años (*).

El autor identifica cuatro buenos servicios de este “esquema”: 1) explicar en unidad el ser y el obrar de Cristo (como se estudian respectivamente en la cristología y la soteriología), de acuerdo con la teología bíblica; 2) la inserción del misterio de la Iglesia en el misterio de Cristo (de modo que el triple munus de Cristo es participado como triplex munus Ecclesiae [triple oficio de la Iglesia] antes que en el cristiano singular), tal como se expone en el Concilio Vaticano II (Lumen gentium); 3) una buena base tanto para la teología del laicado como para la teología del ministerio episcopal; 4) un marco para articular las dimensiones y tareas de la única misión evangelizadora de la Iglesia.


La unidad entre el ser y el obrar de Cristo

“Aunque la tripartición de los oficios de Cristo es sólo una de las formas posibles de sistematizar los numerosos títulos que la Escritura le asigna, hoy podemos decir que la doctrina de los tria munera Christi [tres oficios de Cristo] se ha generalizado en la teología católica tras el espaldarazo que recibió del magisterio eclesiástico en el Vaticano II. Frente a la dogmática tradicional, esta división tripartita no reduce de forma casi exclusiva el significado antropológico y soteriológico [en relación con la obra redentora de Cristo] de la cristología. El esquema permite describir de forma sintética los aspectos fundamentales de la misión de Cristo, porque una cristología que no quiere escindir la persona y la obra, es decir, orientada hacia la soteriología, deberá poner de manifiesto las funciones mesiánicas del profeta y revelador, del sumo sacerdote y del Señor de la creación. Desde la teología bíblica afirmamos que en Cristo y por Cristo ha revelado Dios el misterio de su gracia, ha realizado la reconciliación con la humanidad pecadora y la ha hecho partícipe de su gloria divina. Profeta, sacerdote, rey, no son tres funciones distintas, sino tres aspectos diversos de la función salvífica del único mediador (1 Tm 2, 5; Hb 8, 6)”.

martes, 13 de febrero de 2024

Sobre la vocación y misión de los fieles laicos


M. Ellenrieder, El bautismo de Lydia (1861) 
[considerada como la primera conversión al cristianismo en Europa]
Nationalgalerie, Berlin


Ante todo, conviene clarificar el sentido que tiene el término laico en la teología católica. Se refiere al cristiano que busca la santidad y participar en el apostolado de la Iglesia desde el seno de la sociedad civil, de su dinámica y de sus estructuras; es decir, desde los trabajos, las familias y las relaciones culturales y sociales que se establecen en el ámbito llamado secular. De hecho, los fieles (o cristianos) laicos se llamaron seglares (=seculares) para distinguirlos de los clérigos y de los religiosos.

La raíz del término secular (saeculum= siglo y, por extensión, historia, mundo) se encuentra en otros términos de uso teológico: secularización (término que desde el s. XVII expresa el proceso de distinción entre los ámbitos religioso y civil que, en el desarrollo posterior ha tenido consecuencias positivas (expresadas por la secularidad, o visión cristiana del mundo) y negativas (hablamos de secularismo, o forma de vivir, hoy muy extendida, como si Dios no existiera).

En un sentido muy diferente, se usa el término laico hoy en la sociología y en el derecho para indicar un ámbito (Estado laico, enseñanza laica, etc.) no comprometido confesionalmente con ninguna religión. Derivadamente, se habla de laicidad para expresar un régimen de distinción entre Iglesia y Estado que no excluye una buena relación entre ambos. En cambio, el término laicismo suele indicar la separación (con frecuencia polémica) entre Iglesia y Estado en una sociedad que no reconoce los valores de la religión y busca relegarlos a la esfera privada. 


¿Quiénes son los fieles laicos?

Volviendo al sentido eclesial de laico, podemos recoger la descripción que hace el Concilio Vaticano II:

“Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (Lumen gentium, 31).

jueves, 10 de agosto de 2023

Mancharse las manos, pero no el corazón

El 3 de agosto, a media mañana, el Papa se encontró con los jóvenes de Scholas Occurrentes en Cascais. Le habían preparado un mural de tres kilómetros y medio, recogiendo situaciones y sentimientos, a base de líneas y de brochazos un tanto inconexos, muchos de los cuales los habían plasmado los mismos que los experimentaban…

Al llegar el Papa se lo fueron enseñando. Y luego le dieron un pincel para que diera el último toque a esa “obra de arte”, a esa “capilla sixtina”, como le llamó Francisco medio bromeando.

Y le hicieron al mismo tiempo algunas preguntas. Concretamente tres preguntas. (Hemos dejado nuestros comentarios entre paréntesis).

lunes, 24 de enero de 2022

Palabra de Dios: luz, vida y espada

 

                                        G. K. Olsen, Jesús, enseñando en la sinagoga de Nazaret



El 23 de enero se celebró el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco para el tercer domingo del tiempo ordinario. Una iniciativa pastoral llamada a promover la formación de los fieles, en orden a facilitarles extraer de la Sagrada Escritura "frutos inestimables de sabiduría, esperanza y vida” (Carta Aperuit illis, 30-IX-2019).

En su homilía, el Papa evocó la iniciativa de la Palabra de Dios al crear el mundo, y su amor al habernos elegido en Cristo, su Palabra eterna. Si en el Antiguo Testamento Dios nos habló por los profetas, al llegar la plenitud de los tiempos, esa Palabra se ha cumplido: ya no es una promesa, sino que se ha realizado (cf. Lc 4, 21). Ahora, “por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas”.

Como aquellos judíos que le contemplaban en la sinagoga de Nazaret, teniendo sus ojos fijos en Él (cf. Lc 4, 20), también nosotros deberíamos ser capaces de captar su la radical novedad de esta Palabra que es Cristo. En ella, propone Francisco, podemos contemplar dos aspectos unidos entre sí: “la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta en el centro, revela a Dios y nos lleva al hombre”.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Educación y humanismo cristiano

 

 

Ha sido publicado el libro del autor de este blog, R. Pellitero, Educación y humanismo cristiano. Una aportación de belleza y esperanza, ed. Eunsa, Pamplona 2021, 401 pp. 

(En la portada, Jesús escuchando y enseñando en el templo a los 12 años, según el detalle de esta vidriera, situada en la iglesia de Saint-Sulpice de Festugières, Francia, por Ludovic Alleaume, 1919)


De la contraportada

La pandemia del covid-19 ha replanteado nuevos e importantes retos a nivel educativo. Estaba ya en marcha un proceso de renovación del currículo de religión en distintos países, de acuerdo con requerimientos cada vez más internacionales y globalizados. A ello se añade, en lo que respecta a la Iglesia católica, la publicación de la tercera edición del Directorio para la catequesis (marzo de 2020) y el establecimiento del ministerio instituido de los catequistas (mayo de 2021).

En un ambiente de pluralismo social y religioso, la perspectiva cristiana contribuye a una auténtica globalización ética y educativa en nuestra cultura digital. Hace posible una existencia nueva, que viene acompañada de las semillas de una tierra nueva, de un mundo nuevo.

Este libro tiene tres partes. La primera presenta la necesidad de una acción educativa que promueva la integración de la persona en su propio crecimiento y maduración. La segunda muestra la centralidad de Cristo en una educación de inspiración cristiana que aspire a ser coherente. Acorde, por tanto, con las dimensiones educativas de la fe. La tercera concreta algunos objetivos y medios en el marco de la nueva evangelización.

Aspira a mostrar cómo el mensaje cristiano contribuye a humanizar el mundo en un horizonte de belleza y de esperanza. 

domingo, 15 de agosto de 2021

La llamada al arte de la vida


¿Qué puede incitar a que un comerciante de arte, cercano a su retiro y con problemas económicos, consiga un cuadro en una subasta, como “último tesoro”? ¿Qué puede significar que un buen pintor renuncie a firmar su obra? ¿Y cómo se relaciona ese cuadro con la vida del que lo ha comprado, inicialmente con la idea de revenderlo por un precio mucho mayor, puesto que ya sabía que era realmente una obra maestra?

Todo ello se plantea en la película finesa “El artista anónimo” (Klaus Härö, Tuntematum mestari, 2018, primer premio en el festival de Washington D.C., 2019, guión de Anna Heinämaa), estrenada en España en octubre de 2020.

Estamos ante una buena historia con dimensión pedagógica y familiar, a partir del conocimiento del alma humana y la búsqueda de la verdad. También es una parábola para valorar el trabajo bien hecho, y recordar que siempre hay posibilidad de redención: segundas oportunidades. Una película pequeña y no revolucionaria, se ha dicho, pero con un buen saber hacer que la hace sugerente e incluso apasionante. Un destello sobre el sentido de la vida, del arte e incluso del dinero –han señalado otros–, sobre la evolución de nuestra cultura y el diálogo entre las generaciones, que rechaza las fáciles respuestas y subraya la necesidad de contemplación. Y todo ello apoyado en un excelente trabajo de cámara, y en la música de Vivaldi, Mozart, Händel y Rachmaninov.

Pero hay más que puede verse en esta sencilla pero universal historia. Un plus que, posibilitando esas interpretaciones, llama al espectador desde planos más hondos. Una propuesta magistralmente mediada por la trama afectiva, cultural y también religiosa del film. Un plus que tiene que ver con la esperanza, no exento de buen humor. 

viernes, 30 de julio de 2021

Teología en salida, que anuncie el Evangelio

 

  E. Burnand, Mañana de la resurrección (c. 1898). Museo de Orsay, París
 [Juan, en actitud de oración, y Pedro, en actitud de arrepentimiento, corren hacia el sepulcro]      



En un artículo publicado en el Osservatore Romano el pasado 23 de julio, el cardenal portugués José Tolentino de Mendonça, bibliotecario y archivista de la Iglesia romana, se plantea la relación entre evangelización y teología; es decir, qué tipo de teología necesita en nuestro tiempo una Iglesia “en salida”. Sigamos sus pasos. 

 

Vencer el escepticismo

1. Ante todo encuentra tres obstáculos. En un ambiente secularista se desconfía de la investigación sobre la verdad. Pero también dentro de la comunidad eclesial hay quien piensa, por un lado, que haber acogido la verdad significa poseerla; y, por otro lado, hay quien sostiene que la verdad cristiana solo puede ser testimoniada como “intervención práctica” o servicio al mundo, sin necesidad de mediaciones sacerdotales.

“Para unos –por tanto– la verdad es solo enseñada, como un paquete de saberes indiscutible e inmutable; para los otros, a la verdad se accede solo en la acción y en el servicio y no, complementariamente, en el recorrido lento y paciente del ejercicio reflexivo y contemplativo de la racionalidad humana”.

Estos planteamientos escépticos, fuera y dentro de la comunidad eclesial, debilitan la teología. Frente a ellos, el cardenal escribe convencido de que no hay evangelización sin teología, es decir sin “pensar la Palabra de Dios a la luz de la historia humana y pensar la historia de los hombres a la luz de la Palabra de Dios”. Ni el anuncio del evangelio ni la Iglesia misma pueden existir sin teología. 

 

martes, 22 de junio de 2021

La oración, escuela del corazón

 


J. Reynolds (1723-1792) El niño Samuel

 

 

 

La oración es puerta de la misericordia, escuela de misericordia, fuente de misericordia para nuestro corazón, a medida que nos identificamos con el corazón de Dios. 

 
Recién concluida, la catequesis del Papa sobre la oración, al hilo del Catecismo de la Iglesia Católica, está llena de imágenes vivas, ancladas en la historia de la salvación, sobre todo en los evangelios. De esta manera responde implícitamente a la pregunta sobre el papel de la oración en la formación de la afectividad y de la sensibilidad del cristiano.

En la web de Vatican News se resume esa catequesis con esta frase “del corazón humano a la misericordia de Dios” (A. Lomonaco). Y bien podría servir la recíproca, como expresión de la iniciativa de Dios, que quiere “contagiar” su misericordia al hombre: “desde el corazón de Dios a la misericordia del hombre”. Esto se manifiesta sobre todo en Jesús, en su vida, en sus enseñanzas, en su entrega por nosotros.


Las dimensiones afectivas de la oración

La oración brota del grito de la fe en medio de la oscuridad, como en Bartimeo. Pero también del corazón de cada hombre, aunque no lo sepa. Porque todo hombre es “mendigo de Dios" (san Agustín). La oración del cristiano nace de la revelación de Dios que nos ha venido con Jesús, para llevarnos a la alianza y la amistad con Dios. Pues Él conoce solo el amor y la misericordia. “Ese es el núcleo incandescente de toda oración cristiana. El Dios del amor, nuestro Padre que nos espera y nos acompaña” (Audiencia general, 13-V-2020).

La oración surge también ante la belleza de la creación, porque lo creado lleva “la firma de Dios”. Y se traduce en admiración, agradecimiento y esperanza. Quien reza se convierte en portador de luz y de alegría. La oración abre la puerta al Dios de la vida. Un jefe de gobierno ateo, refiere Francisco, encontró a Dios porque recordó que “la abuela rezaba”. Es una siembra de vida. Y por eso es importante enseñar a los niños a rezar y hacer la señal de la cruz. La oración es la nostalgia de un encuentro con Dios.

La oración de los justos es escucha y recepción, hecha historia personal, de la Palabra de Dios (Abraham). Es, desde la impermeabilidad a la gracia, apertura a la misericordia de Dios (Jacob). Es hacerse puente entre Dios y el pueblo (Moisés).La oración es “el hilo rojo que da unidad a todo lo que sucede” (David). Es el camino para recobrar la serenidad y la paz (Elías).

La oración de los salmos nos asegura que Dios tiene un corazón de padre que con ternura llora por sus hijos, por sus penas y sufrimientos, como Jesús lloró por Jerusalén y por Lázaro.

Jesús nos revela que Él está continuamente ante el Padre y con el Espíritu Santo rezando por nosotros. En su oración de Getsemaní nos enseña a dejarnos transformar por el Espíritu y abandonarnos en el Padre. Sin la oración no tenemos fuerzas, sin la oración no tenemos oxígeno para vivir. La oración nos trae la presencia del Espíritu Santo y nos quita el temor. En la oración nos unimos a Jesús. La oración de Jesús es el “lugar” de su vida interior con Dios Padre, el lugar del abandono en su voluntad. Él "reza por nosotros como nuestro sacerdote; reza en nosotros como nuestra cabeza; es rezado por nosotros como nuestro Dios. Reconozcamos, pues, en Él nuestra voz, y en nosotros la suya" (san Agustín).

Oración llena de confianza y de docilidad debía de ser la de María, como señala Francisco: "Señor, lo que quieras, cuando quieras y como quieras". Su corazón atesora los acontecimientos, sobre todo los de la vida de Jesús, en la oración, como la perla que se va construyendo con elementos del entorno. También la Iglesia persevera, desde el principio, en oración, gracias al Espíritu Santo, que es quien le otorga la unidad y la vida. Una vida que es la misma vida de Jesús (cf. Gal 2, 20).

La oración nos ayuda a dejarnos bendecir por Dios para poder bendecir a los demás. Nos enseña a esperar y a pedir, interceder y amar. Se trata de hacer nuestras las necesidades de las personas que nos rodean, a base de identificarnos con el corazón de Dios: “En realidad, se trata de mirar con los ojos y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar con ternura por los otros” (Audiencia general, 16-XII-2020). Rezar con gratitud y esperanza, rezar alabando a Dios, como Jesús, porque los sencillos y humildes son capaces de reconocer a Dios.

Como auxilios o apoyos para la oración, el Papa señalaba en primer lugar la Sagrada Escritura, que dejado como su “molde”, su huella, en la vida de los santos, con obediencia y creatividad. También la liturgia, porque un cristiano sin liturgia es como un cristiano sin el “Cristo total” (en expresión de san Agustín: Cristo, cabeza con su cuerpo que es la Iglesia). Cuando vamos a misa o celebramos un sacramento, rezamos con Cristo, que se hace presente, y nosotros cada uno y todos juntos, actuamos con Él.


Oración, vida cotidiana y misericordia

“La oración sucede en el hoy -afirma Francisco–. Jesús nos viene al encuentro hoy, este hoy que estamos viviendo. Y es la oración que transforma este hoy en gracia, o mejor, que nos transforma: apacigua la ira, sostiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza para perdonar” (Audiencia general, 10-II-2021).

Y así vuelve el Papa a ese núcleo fundamental; la oración nos injerta el corazón de Dios para enseñarnos a amar como Él, con misericordia y ternura, sin poner por delante el juicio y la condena. Vale la pena trascribir este párrafo más largo

“La oración nos ayuda a amar a los otros, no obstante sus errores y sus pecados. La persona siempre es más importante que sus acciones, y Jesús no ha juzgado al mundo, sino que lo ha salvado. (...) Jesús ha venido a salvarnos: abre tu corazón, perdona, justifica a los otros, entiende, también tú sé cercano a los otros, ten compasión, ten ternura como Jesús. Es necesario querer a todos y cada uno recordando, en la oración, que todos somos pecadores y al mismo tiempo amados por Dios uno a uno. Amando así este mundo, amándolo con ternura, descubriremos que cada día y cada cosa lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios” (Ibid.)

La oración es puerta de la misericordia, escuela de misericordia, fuente de misericordia para nuestro corazón, a medida que nos identificamos con el corazón de Dios.

“La oración nos abre de par en par a la “Trinidad” (Audiencia general, 3-III-2021). Jesús nos ha revelado el corazón de Dios, y el camino de la oración es la humanidad de Cristo. En ese “camino”, el Espíritu Santo nos enseña a orar a Dios nuestro Padre. El Espíritu es el maestro interior y el artífice principal de nuestra oración (cf. Audiencia general, 17-III-2021), el artista que compone en nosotros obras originales. Las obras, podríamos decir, del corazón (en sentido bíblico), las obras del amor.

Y ese corazón vive también del corazón de nuestra Madre, María. Y vive en el corazón de la Iglesia, que es la comunión de los santos: “Cuando rezamos nunca estamos solos, sino en compañía de otros hermanos y hermanas en la fe, tanto de los que nos han precedido como de los que aún peregrinan a nuestro lado. En esta comunión, los santos —sean reconocidos o anónimos, “de la puerta de al lado”— rezan e interceden por y con nosotros. Junto a ellos, estamos inmersos en un mar de invocaciones y súplicas que se elevan al Padre” (Audiencia general, 7-IV-2021). La Iglesia entera (en las familias, en las parroquias, en las demás comunidades cristianas) es maestra de oración. Todo en la Iglesia nace y crece en la oración. Y las reformas que a veces se proponen sin oración, no van adelante, se quedan en un envoltorio vacío, cuando no hacen la guerra a la Iglesia junto con su Enemigo. La oración es aceite para la lámpara de la fe. Solo con la oración se mantiene la luz, la fuerza y el camino de la fe. En efecto, y por eso no solo hemos de hacer oración sino enseñar a hacer oración, educar para la oración.


Oración vocal, meditación, contemplación

Para ponderar la importancia de la oración vocal (las oraciones que muchos hemos aprendido desde niños, sobre todo el Padrenuestro) dice el Papa: “La Palabra divina se ha hecho carne, y en la carne de cada hombre la palabra vuelve a Dios en la oración”. Y continúa: “Las palabras son nuestras criaturas, pero son también nuestras madres, y de alguna manera nos modelan. Las palabras de una oración nos hacen atravesar sin peligro un valle oscuro, nos dirigen hacia prados verdes y ricos de aguas, haciéndonos festejar bajo los ojos de un enemigo, como nos enseña a recitar el salmo (cfr. Sal 23)”.

Desde ahí se puede ir pasando a la meditación, que nos hace encontrarnos con Jesús bajo la guía del Espíritu Santo. Y de la meditación, a la oración contemplativa (cf. Audiencia general, 5-V-2021), la de quien, como el santo cura de Ars, se siente mirado por Dios. La contemplación, que se va identificando con el amor, no se contrapone a la acción de cristiano, sino que la fundamenta y garantiza su calidad.

Y a propósito de la contemplación que es meta de toda oración, insiste Francisco en esta escuela del corazón que es la oración:

“Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como ‘respiración’ de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista” (Audiencia general, 5-V-2021).


Oración, combate y certeza

La oración cristiana es un combate (cf. Audiencia general, 12-V-2021) a veces duro y largo, a veces con gran oscuridad. Y muchos santos han dado sabios consejos. Pero no deja de ser un combate, como el de aquel obrero –lo relata Francisco– que fue en tren hasta el santuario de Luján para pedir toda la noche por su hija enferma, que se curó milagrosamente.

Entre los obstáculos a la oración, que podríamos llamar ordinarios, destacan las distracciones, la aridez y la pereza (cf. Audiencia general, 19-V-2021). Es preciso combatirlos con vigilancia, esperanza y perseverancia, aunque a veces nos “enojemos” con Dios y como los niños no paremos de preguntar por qué.

En el Evangelio hay casos donde se ve claramente que Dios espera para concedernos lo que pedimos. Lo que no hemos de perder es la certeza de ser escuchados (cf. Audiencia general, 26-V-2021). Incluso puede parecer que Dios Padre no escucha la oración de Jesús en Getsemaní, pero es necesario esperar con paciencia hasta el tercer día, en que se produce la resurrección.


La oración de Jesús por nosotros

“No olvidemos –señala el Papa– que lo que nos sostiene a cada uno de nosotros en la vida es la oración de Jesús por cada uno de nosotros, con nombre, apellido, ante el Padre, enseñándole las heridas que son el precio de nuestra salvación. (...) Sostenidas por la oración de Jesús, nuestras tímidas oraciones se apoyan en alas de águila y suben al cielo” (Audiencia general, 2-VI-2021).

En correspondencia de amor, lo que hemos de hacer nosotros es perseverar en la oración (cf. Audiencia general, 9-VI-2021), sabiendo compaginarla con el trabajo.

“Los tiempos dedicados a estar con Dios revitalizan la fe, que nos ayuda en la concreción de la vida, y la fe, a su vez, alimenta la oración, sin interrupción. En esta circularidad entre fe, vida y oración, se mantiene vivo el fuego del amor cristiano que Dios espera de nosotros” (Ibid.).

La oración pascual de Jesús por nosotros (cf. Audiencia general, 16-VI-2021) fue la más intensa, en el contexto de su pasión y muerte: en la última cena, en el huerto de Getsemaní y en la cruz.

En suma, nosotros no solo rezamos, sino que “hemos sido rezados” por Jesús. “Hemos sido queridos en Cristo Jesús, y también en la hora de la pasión, muerte y resurrección todo ha sido ofrecido por nosotros”. Y de ahí ha de brotar nuestra esperanza y nuestra fortaleza para ir adelante, dando con toda nuestra vida gloria a Dios.

En efecto. Y de esta manera el Espíritu Santo nos va introduciendo y configurando en la misma “sensibilidad” de Dios.

domingo, 25 de abril de 2021

Sueño, servicio, fidelidad

Imagen de san José, en el santuario de Torreciudad (Huesca, España)  

 

El mensaje de Francisco para la 58 Jornada mundial de oración por las vocaciones (25-IV-2021) se titula “san José: el sueño de la vocación”. Es un mensaje directo, incisivo, característico del estilo del Papa. Y se desarrolla a través de tres palabras: sueño, servicio, fidelidad.


Soñar como san José


1. La primera palabra, sueño, remite a la vida de san José, que supo hacer suyo el gran "sueño" de Dios: nuestra salvación. Aunque los Evangelios no recogen ni una sola palabra de José, con su corazón de padre, “capaz de dar y generar vida en lo cotidiano”, se ha ganado el ser patrono de las vocaciones en la Iglesia, que están para eso mismo: “generar y regenerar la vida cada día”.

Por eso las vocaciones son siempre necesarias y, añade el Papa, “especialmente hoy en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida”. 

viernes, 26 de marzo de 2021

Discernimiento, evangelización y teología

O. Bakhtina, El buen samaritano


El comienzo del año “Familia-Amoris laetitia” (desde el 19 de marzo pasado hasta el 26-VI-2022) ha coincidido con el 150º aniversario de la proclamación de san Alfonso María de Ligorio como doctor de la Iglesia. Con motivo de esta segunda efeméride, el Papa ha hecho público un mensaje en el que se subraya la importante contribución de este santo a la renovación de la teología moral, en continuidad con lo que ya señaló Benedicto XVI.

El texto recoge las palabras del Papa Pío IX, alabando a san Alfonso por haber sabido mostrar "el camino seguro a través de la maraña de opiniones encontradas de rigorismo y laxismo”. Hoy este santo, patrono de los confesores y moralistas, es presentado por Francisco también como modelo para toda la Iglesia en salida misionera.

En efecto, la aportación de san Alfonso (por su experiencia misionera, de búsqueda de los alejados y escucha de confesiones, y fundador de una congregación religiosa) tiene mucho que ver con el momento actual, sobre todo a través del discernimiento, tema común a la moral y a la misión
evangelizadora y pastoral.


Del discernimiento a la teología

El discernimiento, desde antiguo, es necesario para toda persona madura que se enfrenta a decisiones sobre el camino a tomar, sea en las actividades más ordinarias de cada día, o de vez en cuando en decisiones más importantes. El discernimiento es acto propio de la razón práctica. Es decir, según Aristóteles, la dimensión de la razón que se ocupa de la acción.

Si es un cristiano el que actúa, además la fe ilumina su acción y la de la Iglesia en su conjunto, a nivel universal o local. Y también en el nivel de las familias, asociaciones y movimientos y demás realidades eclesiales.

Todas nuestras acciones afectan siempre a los demás, a nuestras familias, a nuestros amigos, a la Iglesia y a la sociedad. El discernimiento es clave, tanto desde el punto de vista de la moral personal como desde el punto de vista de la ética social, y también en el ámbito de la evangelización o de la misión de la Iglesia.

Se entiende que el discernimiento sea particularmente decisivo en el caso de los gobernantes. También para los confesores. Y en general para todos los educadores (padres y madres de familia, catequistas, profesores, etc.), que deben ejercerlo habitualmente, ellos mismos y enseñarlo a los jóvenes. El discernimiento, en una buena “teología de la acción”, requiere, como se ve en los epígrafes del mensaje papal, “la escucha de la realidad”. Es decir, el conocimiento, la observación y la valoración de la situación y especialmente de las personas. Y todo en orden a la formación de “conciencias maduras para una Iglesia adulta”.

Se entiende también que la aportación de san Alfonso sigue siendo una valiosa luz para toda la teología, “fe que busca entender”. Esta relación entre fe y razón a nivel de la acción hace posible el “discernimiento” en perspectiva cristiana: distinguir en la realidad aquellos signos que pueden ayudar a valorar y decidir lo que hay que hacer, teniendo en cuenta nuestra identidad como cristianos y nuestra misión evangelizadora.

Se trata de distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo bello respecto de que no lo es. El discernimiento, tanto en la acción humana como en la acción de los cristianos (que asume lo humano en la perspectiva de la fe, mirando “con los ojos de Cristo”), es ejercicio de la virtud de la prudencia, que es “guía” de todas las virtudes, e interviene en el juicio de la conciencia. El discernimiento, en definitiva, es fundamental para toda persona y para todo cristiano en el día a día.


Discernimiento, evangelización y educación


El Papa Francisco ha hecho del discernimiento un tema constante de sus enseñanzas, en el contexto del a nueva evangelización. En su exhortación programática Evangelii gaudium (2013) señala entre otras cosas:

“Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (n. 20). “(…) Exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (Ib., 30). Todo cristiano “sabe que él mismo tiene que crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu, y entonces no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino” (Ib., 45).

Cinco años después, en su exhortación Gaudete et exsultate (2018) sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo, vuelve sobre el discernimiento en el ámbito de la vida cristiana, tanto a nivel personal como familiar, social y eclesial. Se trata del discernimiento como “método” educativo y de acompañamiento, y también como “contenido”, es decir, como modo de actuar humano y responsable, que puede y debe enseñarse particularmente a los jóvenes. Y destaca cinco puntos:

1) su imperiosa necesidad, para poder educar y aprender la verdadera libertad;

2) debe realizarse siempre a la luz del Señor (un ejercicio concreto es el “examen de conciencia”);

3) es un don sobrenatural del Espíritu Santo (que nos ayuda a ir más allá de la búsqueda del bienestar o del interés propio); por lo tanto, hay que invocarlo para saber acertar;

4) requiere una disposición a escuchar (a Dios en la oración, y también a los demás, y al magisterio de la Iglesia);

5) ha de seguir “la lógica de la cruz” (sin dejarse llevar por la comodidad o por el miedo).

“El discernimiento –observa ahí Francisco- no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos” (n. 175).


Discernimiento, ecología integral y fraternidad universal

En el mensaje sobre san Alfonso María de Ligorio, el Papa conecta el discernimiento con los temas principales de su pontificado: la evangelización de una Iglesia “en salida”, la atención especial a los más frágiles y necesitados, el acompañamiento de las familias (ahora que estamos de nuevo comenzando un año especial dedicado a la familia), el cuidado de la Tierra para todos (ecología integral) y la fraternidad universal.

Como vemos, el discernimiento no se opone a la llamada universal a la santidad, sino que protege e impulsa la vocación y la misión de todos. Y esto, tanto para la mayoría de los cristianos (los fieles laicos, sea en el matrimonio o en el celibato), como en el caso de los ministros sagrados o en el de la vida consagrada. Ayuda a superar una ética de corte individualista (muy frecuente en nuestra cultura), que podría encerrarnos en nosotros mismos. Y, como se ha dicho ya, es el núcleo de la formación de la conciencia. Volviendo a san Alfonso, respecto a la teología moral, señala Francisco que este santo promovió una reflexión teológica que “no se detiene en la formulación teórica de los
principios, sino que se deja interpelar por la vida misma”.

De san Alfonso había dicho el Papa Benedicto XVI: "Propuso una rica enseñanza de teología moral, que expresa adecuadamente la doctrina católica (...). En su época se había difundido una interpretación muy rigorista de la vida moral, entre otras razones por la mentalidad jansenista que, en vez de alimentar la confianza y esperanza en la misericordia de Dios, fomentaba el miedo y presentaba un rostro de Dios adusto y severo, muy lejano del que nos reveló Jesús. San Alfonso (...) propone una síntesis equilibrada y convincente entre las exigencias de la ley de Dios, esculpida en nuestros corazones, revelada plenamente por Cristo e interpretada con autoridad por la Iglesia, y los dinamismos de la conciencia y de la libertad del hombre, que precisamente en la adhesión a la verdad y al bien permiten la maduración y la realización de la persona" (Audiencia general, 30-III-2011).

Cabe observar que esto (por situarse justamente en el plano de la razón práctica) es bueno y provechoso para toda la teología, que tiene una dimensión evangelizadora y de servicio al bien común en la sociedad. Especialmente, claro está, para la teología pastoral, que se ocupa de la evangelización, y otras disciplinas que estudian también las acciones cristianas o eclesiales.

Francisco desea impulsar concretamente “el desarrollo de una reflexión teológico-moral y de una acción pastoral, capaz de comprometerse con el bien común, que tiene su raíz en el anuncio del kerigma, que tiene una palabra decisiva en defensa de la vida, para la creación y la fraternidad”.

 

 

jueves, 11 de marzo de 2021

Sobre la Iglesia en la enseñanza de la religión

 
Fra Angelico, Juicio final (detalle), 1425-1431
San Marcos, Florencia (Italia)  

¿Cómo presentar hoy la Iglesia en el currículo de religión católica? ¿Qué es la Iglesia, quiénes la componen, cuál es su misión? (*) 


La Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesucristo

 
1. En el contexto actual de nuestra cultura, la Iglesia puede presentarse como la comunidad de los discípulos de Jesucristo. Es decir, el “nosotros” de los cristianos, el hogar espiritual y la familia humana en la que recibimos y vivimos la fe. Esta comunidad de discípulos tiene en la sociedad la misión de anunciar el amor manifestado por Dios en Cristo, en diálogo con otras religiones y también con los no creyentes.

domingo, 21 de febrero de 2021

Catequesis, Vaticano II y humanismo cristiano


 
B. E. Murillo, Regreso del hijo pródigo (1667-1670) 
National Gallery of Art, Washington DC


El interés por la educación, que el Papa viene manteniendo durante la pandemia, se ha prolongado estas semanas en un discurso a los responsables de la catequesis en la Conferencia Episcopal Italiana (30-I-2021). Les ha señalado tres focos o prioridades: el anuncio, el futuro, la comunidad cristiana. Además ha reafirmado la necesidad de situarse en el marco del Concilio Vaticano II y del humanismo cristiano. Veamos el contenido de ese discurso y de su referencia al humanismo cristiano. 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Corazón de padre

En su carta sobre san José, Patris corde (8-XII-2020), con la que convoca un “Año de san José" hasta el 8 de diciembre de 2021, Francisco dice que su objetivo es “que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes”.


Para ello comienza el Papa explicando qué tipo de padre fue san José y la misión que Dios le confió. San José no fue lo que hoy llamaríamos “padre biológico” de Jesús, sino solo su “padre legal”. Sin embargo, él vivió la paternidad sobre Jesús y el ser esposo de María de manera eminente. Así lo han considerado muchos santos desde san Ireneo y san Agustín, pasando por diversos doctores de la Iglesia entre los que destaca el caso de santa Teresa de Ávila, hasta san Josemaría y san Juan Pablo II.

Leyendo y meditando la carta de Francisco, se puede llegar a redescubrir cómo san José es no solo custodio de la Iglesia, sino también de la humanidad, particularmente de su parte más frágil, aquellos miembros más necesitados. En todo caso se trata de un santo importante. Más aún, como escribe Francisco, “después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo”.

¿Por qué ahora esta carta? Francisco señala que, junto con la circunstancia del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal, hay una razón “personal”: hablar de aquello que llena su corazón (cf. Mt 12, 34). Además confiesa en la introducción: “Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia”. Así vamos conociendo algunos pensamientos y procesos espirituales que han tenido lugar en el corazón del Papa durante la pandemia (vid. más extensamente el libro Soñemos juntos: el camino a un futuro mejor. Conversaciones con Austen Ivereigh, Plaza & Janés, Madrid 2020).

Concretamente el Papa, como ha hecho en diversas ocasiones, subraya y agradece el testimonio de tantas “personas comunes –corrientemente olvidadas– que (...) están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia”; porque trabajan, infunden esperanza y rezan, casi siempre de modo discreto, pero sujetándonos a todos.

A todos ellos y a nosotros nos propone el ejemplo y la ayuda de san José: “Todos pueden encontrar en san José –el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta– un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en 'segunda línea' tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”.

En su carta, Francisco le dedica a san José siete epígrafes en forma de “títulos”, que podrían equivaler a siete oraciones de una pequeña “letanía del padre”: Padre amado, en la ternura, en la obediencia, en la acogida, en la valentía creativa, en el trabajo, siempre en la sombra. 

lunes, 14 de septiembre de 2020

La cruz, el Espíritu Santo y la Iglesia

 

P. Sciancalepore (†), Cristo (detalle) en el Santuario de Torreciudad, Huesca, España


La cruz de Cristo fue humanamente una derrota y un fracaso. Pero para los cristianos la cruz de Cristo es sobre todo el signo de la victoria de Dios sobre el mal y el trono de su realeza, que es realeza de amor. Por eso la Iglesia exalta la cruz y la pone en su corazón, invitándonos a contemplarla sin miedo. Al mismo tiempo, para entender mejor el misterio de la cruz –y con ello el modo en que la fe cristiana ilumina el sentido del sufrimiento-, conviene considerar que "hemos nacido ahí" y ahí sigue estando nuestra fuerza: en el amor de Dios Padre, en la gracia que Jesús nos ganó con su entrega y en la comunión del Espíritu Santo (cf. 2 Co 13, 14).


La vida interior del cristiano se identifica con su relación con Cristo. Pues bien, esta vida pasa a través de la Iglesia, y viceversa: nuestra relación con la Iglesia pasa necesariamente por nuestra relación personal con Cristo. En este cuerpo de Cristo todos los miembros deben asemejarse a Cristo «hasta que Cristo esté formado en ellos» (Ga 4, 9).

«Por eso –dice el Vaticano II y recoge el Catecismo de la Iglesia Católica– somos integrados en los misterios de su vida (...), nos unimos a sus sufrimientos como el cuerpo a su cabeza. Sufrimos con él para ser glorificados con él» (Lumen gentium, 7; CEC 793). 

miércoles, 19 de agosto de 2020

Asombro, belleza y testimonio cristiano

Pestsäule (Columna de la peste), Viena
 
Columna monumental de 21 metros de atltura, dedicada a la Trinidad,
levantada en Viena en 1693 para agradecer el fin de la peste
que había asolado la ciudad años antes



El mensaje que el cardenal Parolin ha enviado al encuentro de Rimini, de parte del Papa Francisco (5-VIII-2020), subraya la posibilidad del asombro, para descubrir, también en medio de las experiencias dramáticas de la pandemia, con ojos de niño (cf. Mt 18, 3) el valor de la existencia humana, de la existencia de los demás seres y del amor, Y también el don de la fe. Ese asombro se traduce ahora ­–puede y debe traducirse– en compasión y en servicio a las necesidades de quienes nos rodean.

En efecto. La admiración, el asombro o estupor tiene que ver con la capacidad de mirar. El guardagujas le dice al Principito (capítulo XXII) que en los trenes los viajeros no buscan ni persiguen nada, normalmente duermen o bostezan; “únicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios.... únicamente ellos saben lo que buscan…”.

Si el principio de la filosofía es la atención hacia la realidad y la vida, también el asombro –capacidad exclusivamente humana– es condición para captar el Misterio que está en la raíz y el fundamento de todas las cosas y especialmente de todo lo que tiene que ver con las personas, la nostalgia y el anhelo de infinito. Con ello se conecta el camino de la belleza, cuya plenitud se encuentra en Cristo, que revela la maravilla de la vida cuando se descubre un amor que salva.

“Diversas personas –se lee en ese mensaje– se han apresurado en la búsqueda de respuestas o incluso solo de preguntas sobre el sentido de la vida, a lo que todos aspiramos, aunque no seamos conscientes: en lugar de apagar esa sed más profunda, el confinamiento ha reavivado en algunos la capacidad de maravillarse ante personas y hechos que antes se daban por supuestos. Una circunstancia tan dramática ha restituido, al menos un poco, un modo más genuino de apreciar la existencia, sin la complejidad de las distracciones y preconceptos que manchan la mirada, desdibuja las cosas, vacía el asombro y nos priva de preguntarnos quiénes somos”.