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domingo, 1 de marzo de 2026

Anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana)

Duccio di Buoninsegna, La transfiguración (1308-1311)
National Gallery, Londres. Fotografía en Wikipedia Commons

La escena de la transfiguración del Señor es la primera que debe reproducir todo aspirante a pintar iconos. Ahí Jesús muestra su gloria como meta y modelo, que permanece en medio de nuestra historia y cumpliendo las promesas divinas anunciadas por los profetas. Pedro hubiera querido quedarse en ese momento glorioso: “hagamos tres tiendas”; pero, para llegar a la gloria definitiva, aún debe recorrer y experimentar el camino que también pasa por la cruz.

En la educación de la fe, la relación entre el anuncio y la experiencia no debe plantearse como una oposición, sino como una correlación necesaria para el encuentro vivo con Cristo. En esta relación se pueden destacar algunos aspectos fundamentales.


Superación de la dicotomía entre “contenido” y experiencia

Una educación cristiana que separe el mensaje doctrinal de la vivencia personal está destinada al fracaso. Por una parte, sin la experiencia de la fe, el anuncio se queda en un mero enunciado de conceptos que no permite un verdadero encuentro con Dios ni con los hermanos. Por otro lado, sin el “contenido” (o más bien el anuncio de la fe), la experiencia carece de la luz necesaria para madurar y para insertarse en el sentido de la vida cristiana y de la Iglesia.

La experiencia (la existencia y la vida humana) no es solo el destino de la propuesta de fe, sino el "lugar" donde Dios habla. Es, por tanto, un espacio constitutivo de la educación de la fe, sea en la modalidad de Enseñanza escolar de la religión, sea en la catequesis de la comunidad cristiana. La vida cotidiana es el lugar donde la Palabra de Dios resuena y donde Dios mismo continúa hablando hoy, para hacer que la experiencia humana adquiera una plenitud en la experiencia cristiana. Por tanto, el educador de la fe debe acercarse a la experiencia de las personas con actitud de escucha, reconociendo que el Espíritu Santo ya está actuando en ellas antes del anuncio explícito.


Pedagogía, discernimiento e inculturación

La pedagogía de la fe se realiza mostrando la relación entre el anuncio y la experiencia, entre la fe y la vida. Para ello, debe emplear el método del discernimiento (un proceso de interpretación o un “proceso hermenéutico” de cómo ha de llevarse esa acción educativa concreta), que tiene como dos direcciones complementarias: a) De la vida a la fe: los acontecimientos personales y sociales encuentran en el anuncio cristiano una luz que los interpreta en su verdad más profunda; b) De la fe a la vida: el mensaje del Evangelio debe presentarse mostrando siempre sus implicaciones vitales y su capacidad de dar plenitud a la existencia.

Esto tiene también que ver con la inculturación, que es “método” de la pedagogía de Jesús. “Él ha querido revelarse no como un ente abstracto ni como una verdad impuesta desde fuera, sino entrando progresivamente en la historia y dialogando con la libertad del hombre” (León XIV, Mensaje al congreso teológico-pastoral sobre el acontecimiento guadalupano, en México, 25-II-2026). Esa es la lógica del misterio de la Encarnación. Por eso la inculturación del mensaje cristiano no es una concesión ni una mera estrategia sino una exigencia de la misión evangelizadora. Y por tanto, también una necesidad de la educación de la fe, para que Cristo pueda ser verdaderamente conocido, amado y acogido desde dentro de la propia vivencia humana y cultural, "informando" la madurez humana y cristiana

Y esto requiere asumir las lenguas, los símbolos, las formas de pensar, de sentir y de expresarse de cada pueblo (cf. Ibid.). Por eso el educador de la fe ha de plantearse, en toda acción educativa, quiénes son las personas que se le confían, qué piensan, cuál es su trasfondo cultural, qué formación han recibido, qué necesitan, cuáles son sus gozos y sus esperanzas (cf. Gaudium et spes, 1). E indudablemente eso pide observar y escuchar sus vidas, sus preguntas, sus anhelos y sus inquietudes. Solo así se puede iluminar la existencia y liberarla de aquello que la oscurece y desfigura, para que pueda ser “trasfigurada” a imagen de Cristo.

Jesús es el modelo pedagógico de la unión entre fe y vida, anuncio y experiencia. Él no partía de abstracciones, sino de la observación de la vida cotidiana (la semilla, el sembrador, el banquete) para invitar a un proceso interior de reflexión. La pedagogía de la fe debe imitar este estilo, ayudando a las personas a leer los momentos de su vida, tanto las realidades ordinarias de cada día como los acontecimientos más extraordinarios, como "pasajes pascuales" de encuentro con el Resucitado, al modo de los discípulos de Emaús.


Testimonio, narración y símbolo

Además, el anuncio de la fe no es solo un discurso, sino el testimonio de un encuentro. En el anuncio del kerigma (Cristo ha muerto y resucitado por nuestra salvación), la vida del testigo que ha experimentado la salvación es lo que realmente conmueve al interlocutor. La relación entre anuncio y experiencia se hace visible cuando el educador se muestra como un acompañante y experto en humanidad, que sabe relacionar los gozos y angustias del hombre con el Evangelio.

En la era digital, la educación de la fe debe articular la "in-formación religiosa" con la “experiencia de Dios”. Dos modalidades se presentan para esto. En la Enseñanza escolar de la religión la base es la información reflexiva, respetuosa con la libertad e interpeladora sobre todo con la belleza de la fe vivida, de modo que la experiencia debe entretejerse con esa información. Mientras que en la catequesis de la comunidad cristiana el orden es el inverso: la experiencia cristiana en su conjunto es lo que se muestra y se busca crecer en madurez, si bien esto requiere continuamente crecer en formación.

En todo ello ayudan dos lenguajes. De un lado el lenguaje narrativo, que ayuda a entrelazar la historia de Jesús con la biografía personal, haciendo que la fe "se haga carne" (1) . De otro lado, el lenguaje simbólico y litúrgico, que permite que la persona se involucre con todos sus sentidos, pasando de ser un espectador a vivir una experiencia transformadora (2)

En resumen, la relación entre anuncio de la fe y experiencia (humana y cristiana) se muestra cuando la educación cristiana ayuda a la persona a descubrir que vale la pena creer y vivir la fe, como luz e impulso trasformador de la existencia cotidiana, porque el mensaje que recibe responde al anhelo de infinito de su propio corazón.

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(1) Sobre las ventajas y algunos inconvenientes de este lenguaje cf. Directorio de la catequesis, particularmente los nn. 207-208, 363-364. Ver también https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2020/01/nuestras-historias-y-sus-nudos.html#more

(2) A este propósito es aconsejable releer y trabajar la Carta apostólica del Papa Francisco Desiderio desideravi (2022) sobre la formación litúrgica. Para una introducción, https://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/2022/06/necesidad-de-la-formacion-liturgica.html

domingo, 15 de agosto de 2021

La llamada al arte de la vida


¿Qué puede incitar a que un comerciante de arte, cercano a su retiro y con problemas económicos, consiga un cuadro en una subasta, como “último tesoro”? ¿Qué puede significar que un buen pintor renuncie a firmar su obra? ¿Y cómo se relaciona ese cuadro con la vida del que lo ha comprado, inicialmente con la idea de revenderlo por un precio mucho mayor, puesto que ya sabía que era realmente una obra maestra?

Todo ello se plantea en la película finesa “El artista anónimo” (Klaus Härö, Tuntematum mestari, 2018, primer premio en el festival de Washington D.C., 2019, guión de Anna Heinämaa), estrenada en España en octubre de 2020.

Estamos ante una buena historia con dimensión pedagógica y familiar, a partir del conocimiento del alma humana y la búsqueda de la verdad. También es una parábola para valorar el trabajo bien hecho, y recordar que siempre hay posibilidad de redención: segundas oportunidades. Una película pequeña y no revolucionaria, se ha dicho, pero con un buen saber hacer que la hace sugerente e incluso apasionante. Un destello sobre el sentido de la vida, del arte e incluso del dinero –han señalado otros–, sobre la evolución de nuestra cultura y el diálogo entre las generaciones, que rechaza las fáciles respuestas y subraya la necesidad de contemplación. Y todo ello apoyado en un excelente trabajo de cámara, y en la música de Vivaldi, Mozart, Händel y Rachmaninov.

Pero hay más que puede verse en esta sencilla pero universal historia. Un plus que, posibilitando esas interpretaciones, llama al espectador desde planos más hondos. Una propuesta magistralmente mediada por la trama afectiva, cultural y también religiosa del film. Un plus que tiene que ver con la esperanza, no exento de buen humor. 

martes, 10 de septiembre de 2019

Paradoja de la belleza cristiana

Icono ortodoxo de la crucifixión (1499-1500)

Según el diccionario del español, paradoja es un hecho o una expresión aparentemente contrario o contradictorio respecto de la lógica. Por ejemplo: “Mira al avaro, en sus riquezas, pobre”.

La realidad está llena de paradojas y la sabiduría cristiana proporciona orientación para situarse ante esa realidad, de modo que la vida sea lo más plena posible. Especialmente los valores, como muestra el cristianismo, presentan una apariencia paradójica que conviene descubrir; también la belleza, que es un camino educativo de primera calidad, especialmente en relación con la vida cristiana. Ese ha sido el tema de un seminario celebrado recientemente en la Universidad Panamericana de Guadalajara-México (29-31/VIII/2019).

1. Cuenta el evangelio de San Lucas que cuando un paralítico fue curado por Jesús, “al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa”. Como consecuencia “el asombro se apoderó de todos”, de modo que decían: “Hoy hemos visto cosas increíbles” (Lc 5, 25-26). El texto original utiliza la palabra griega paradoxa (literalmente, algo contrario a la opinión extraída de la experiencia).

lunes, 8 de julio de 2019

Valentía y otras condiciones para el discernimiento


Icono de la Sabiduría, Escuela de Yaroslav (s. XVI)
        Galería Tretiakov (Moscú)

(Ver la explicación del icono al final del texto)



La Carta que el papa Francisco ha enviado al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania (29-VI-2019) es un testimonio del ministerio petrino y –lejos de un recetario– una orientación muy útil no solo para los católicos alemanes, sino para todos los cristianos.


Una carta animante y realista

1. Ante todo, en circunstancias de graves dificultades –incertidumbre ante el futuro, cambios profundos y rápidos, etc.–, como eran las de los discípulos cuando murió el Señor, hoy contamos “con la convicción de que el Señor «siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad» (Exhort. Evangelii gaudium, 11). Francisco desea brindar su apoyo, acompañar en el camino y “fomentar la búsqueda para responder con parresía –valentía– a la situación presente”. Quizá sea esta última frase un buen resumen de las actitudes que su carta desea promover. 

miércoles, 27 de febrero de 2019

Para comprender a Cristo

En uno de sus textos de los años ochenta, Joseph Ratzinger, ahora papa emérito Benedicto XVI, ofrece siete claves para comprender quién es Cristo, según el testimonio de la Sagrada Escritura[1]. Analizamos aquí esas claves, con sus implicaciones principales para la oración y la vida cristiana.

(El retrato que figura a la izquierda es de Laur Iduc)


El centro de la vida de Cristo es su oración

1. “Según el testimonio de la Sagrada Escritura, el centro de la vida y de la persona de Jesús es su permanente comunicación con el Padre”[2], sobre todo en su oración.

lunes, 2 de marzo de 2015

El camino de la belleza en la catequesis

Icono de la transfiguración del Señor (1408), atribuido a Teófanes el griego
Museo Tretyakov, Moscú


Con motivo del Encuentro nacional de delegados de catequistas (23-25 de febrero) se ha puesto de relieve la importancia de la Iniciación cristiana y sus principales elementos. También nos preguntamos qué lugar ocupa la belleza en el itinerario educativo de la fe.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Conocer y mostrar la belleza de la familia cristiana

Icono preparado por el artista Neilson Carlin para el Encuentro Mundial de las Familias, 
que se celebrará en Filadelfia, del 22 al 27 de septiembre de 2015. 
Están presentes San Joaquín y Santa Ana. 
El niño, de unos dos años, bendice con su mano derecha. 


El Documento de trabajo del próximo sínodo sobre la familia comienza, en su primera parte (“Comunicar el Evangelio de la familia hoy”) tratando del proyecto de Dios acerca del matrimonio y la familia. Se afrontan dos cuestiones: qué dice la Biblia y qué dice la Iglesia. En los dos casos se pregunta qué se puede hacer para que se conozcan y se vivan mejor los aspectos centrales de la familia cristiana.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El camino educativo de la belleza

A. Bouguereau (1825-1905), Virgen y ángeles músicos

En todas las épocas la música, 
por su capacidad para suscitar belleza, 
ha sido clave en la educación

Nos acercamos al final de Año de la Fe. Y por tanto, interesa recapitular lo que nos sirva también para educar en la fe. Pues bien, la belleza es un camino decisivo, siempre lo ha sido, para la educación. Y hoy debemos redescubrirlo para la educación en la fe, que tiene su propia belleza. “Si quieres construir un barco –escribió A. De Saint-Éxupéry–, no juntes hombres para cortar leña, dividir las tareas e impartir órdenes, sino enséñales la nostalgia del mar, vasto e infinito”. En la misma línea decía el cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco, que educar es “mantener la capacidad de soñar“ (Mensaje a las comunidades educativas, 2007).

jueves, 29 de agosto de 2013

Formación, renovación, diálogo

Renovar el estilo de la formación cristiana

     En su encuentro con el Comité de coordinación del CELAM (28-VII-2013) explicaba el Papa Francisco que la misión como programa lleva a impulsar la evangelización o el apostolado en y desde las Iglesias particulares. Esto implica la reforma de las estructuras eclesiales. Pero este cambio no consiste sin más en una reorganización para sustituir las estructuras caducas por otras nuevas: “Lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad”.

     Así es, porque la Iglesia es misionera esencialmente. De ahí también la relevancia de la misión como “paradigma” o modelo, pues cada cristiano ha de ser también un apóstol o un misionero, en ese sentido amplio. Lo cual no es obstáculo para que siga siendo muy importante la existencia de “misiones” y de misioneros en el sentido de encargados oficialmente de esa tarea.

     Todo ello –continúa Francisco– “exige generar la conciencia de una Iglesia que se organiza para servir a todos los bautizados y hombres de buena voluntad”. Esto implica a nivel personal que “el discípulo de Cristo no es una persona aislada en una espiritualidad intimista, sino una persona en comunidad, para darse a los demás”. El impulso a la misión, por tanto, implica “pertenencia eclesial”.

     Notemos cómo, en la formación cristiana de todos y ya en la catequesis de los niños, esto se traduce en que, como consecuencia del encuentro personal con Cristo, en cada uno haya una preocupación por las necesidades materiales y espirituales de los otros, comenzando por padres y hermanos, amigos, etc., y con una atención también prioritaria por los más necesitados.

      En esta “misionariedad” o esencial dimensión evangelizadora de la Iglesia y de cada cristiano el Papa subraya “dos desafíos vigentes”: la renovación interna de la Iglesia y el diálogo con el mundo actual.


La renovación interna de la Iglesia

      En primer lugar, la renovación interna de la Iglesia se apoya sobre la conversión y la formación. No solo sobre la conversión personal, que es la primera base, como fruto del encuentro de cada uno con Jesucristo. De modo característico, señala el Papa, “Aparecida ha propuesto como necesaria la Conversión Pastoral”. Cabría decirlo así: la conversión afecta e implica a la Iglesia universal y a las Iglesias particulares, a las comunidades cristianas y a los grupos y realidades eclesiales como tales, como familia o como familias de creyentes, también a las familias cristianas.

     Esto equivale a plantearse, a partir de la respuesta de cada uno a la fe, cuáles son las consecuencias de mi fe en las personas con las que vivo y cuál es nuestra responsabilidad, como familia, hacia los demás, para ver qué tenemos que mejorar. No es irrelevante el hecho de que Dios nos haya llamado a la salvación no individualmente sino formando un Pueblo, una familia, la Iglesia (cf. Lumen gentium, 9). Por tanto, hay siempre unas dimensiones eclesiales, sociales e incluso públicas de la fe y de la vida cristiana.

      En este sentido, el Papa Francisco plantea a los Pastores de la Iglesia algunas preguntas, que, de modos diversos sirven también para todos los demás que tienen responsabilidades de formación o educación: 


Atención a las personas más que a las estructuras organizativas

     1) “¿Procuramos que nuestro trabajo y el de nuestros Presbíteros sea más pastoral que administrativo? ¿Quién es el principal beneficiario de la labor eclesial, la Iglesia como organización o el Pueblo de Dios en su totalidad?”. (Pensemos aquí, por ejemplo, si la formación que damos a otros está presidida por el afán de completar un programa, alcanzar la meta de impartir unos conocimientos o de tratar unos temas determinados, y no en ayudarles verdaderamente escuchando sus necesidades, sus dudas, procurando que conecten con lo que les transmitimos. Una pista para detectar este “afán por el programa”, por lo que vamos a hacer, más que por las personas, sería preguntarnos si nos ocupan más las estructuras organizativas que conocer y pensar en las personas, sus vidas y sus familias, si les preguntamos por sus preocupaciones y compartimos sus alegrías y sus penas).

     2) Pregunta el Papa: “¿Superamos la tentación de atender de manera reactiva los complejos problemas que surgen? ¿Creamos un hábito pro-activo? ¿Promovemos espacios y ocasiones para manifestar la misericordia de Dios? ¿Somos conscientes de la responsabilidad de replantear las actitudes pastorales y el funcionamiento de las estructuras eclesiales, buscando el bien de los fieles y de la sociedad?”. (Necesidad de superar, en la educación, una actitud meramente defensiva o polémica; ser abiertos, compasivos, cercanos; servir de verdad a los que se nos confían, etc.).


Poner las bases: la oración y los sacramentos... y saber escuchar a todos

     3) “¿Hacemos partícipes de la Misión a los fieles laicos? –interroga Francisco– ¿Ofrecemos la Palabra de Dios y los Sacramentos con la clara conciencia y convicción de que el Espíritu se manifiesta en ellos?” (Todos participamos de la misión de la Iglesia, cada uno según sus circunstancias, condiciones y dones. Además Dios ayuda a todos en la oración y en los sacramentos. Ahí están las “bases personales” de la evangelización).

      4) “¿Es un criterio habitual el discernimiento pastoral, sirviéndonos de los Consejos Diocesanos? Estos Consejos y los Parroquiales de Pastoral y de Asuntos Económicos ¿son espacios reales para la participación laical en la consulta, organización y planificación pastoral?”. (La importancia de estos organismos pastorales debe ayudar a plantearnos, de nuevo, qué espacio damos a “escuchar” a los demás cuando les formamos, aprovechando sus aportaciones y sugerencias, pues no hay en la Iglesia nadie que sea exclusivamente maestro o exclusivamente discípulo: todos tenemos la responsabilidad de aprender y enseñar).


Confianza, sentido positivo, generosidad, "sentido de la Iglesia"

     5) “¿Tenemos (los pastores) conciencia y convicción de la misión de los fieles y les damos la libertad para que vayan discerniendo, conforme a su proceso de discípulos, la misión que el Señor les confía? ¿Los apoyamos y acompañamos, superando cualquier tentación de manipulación o sometimiento indebido? ¿Estamos siempre abiertos para dejarnos interpelar en la búsqueda del bien de la Iglesia y su Misión en el mundo?” (Grandes campos se abren aquí para los educadores: la confianza en los demás, el amor a la libertad, el sentido positivo, la generosidad para servir, etc.).

     6) “Los agentes de pastoral y los fieles en general ¿se sienten parte de la Iglesia, se identifican con ella y la acercan a los bautizados distantes y alejados?” (Es esencial a la formación cristiana que todos los cristianos sepamos “sentir con la Iglesia”, es decir confiar en ella como nuestra madre, sentirnos en ella como nuestro hogar, participar en todo lo suyo como nuestra familia. Y por tanto esto pertenece al corazón de todo lo que enseñamos o aprendemos).

     Dice muy bien el Papa Francisco: “Como se puede apreciar aquí están en juego actitudes”. Por eso “la Conversión Pastoral atañe principalmente a las actitudes y a una reforma de vida”. Esta conversión implica un proceso, un camino de cambio de actitudes en nosotros mismos. 


Diálogo con el mundo actual: enseñar a descubrir a Dios de un modo nuevo

      Todo ello –concluye el Papa Francisco– conduce a vivir lo que dice el Concilio Vaticano II al principio de la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes): “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (n. 1). Aquí reside el fundamento del diálogo con el mundo actual.

     Y explica el Papa que “la respuesta a las preguntas existenciales del hombre de hoy, especialmente de las nuevas generaciones, atendiendo a su lenguaje, entraña un cambio fecundo que hay que recorrer con la ayuda del Evangelio, del Magisterio, y de la Doctrina Social de la Iglesia. Los escenarios y areópagos son de lo más variado”.

     Por ejemplo –añade– “en una misma ciudad, existen varios imaginarios colectivos que conforman ‘diversas ciudades’. Si nos mantenemos solamente en los parámetros de ‘la cultura de siempre’, en el fondo una cultura de base rural, el resultado terminará anulando la fuerza del Espíritu Santo. Dios está en todas partes: hay que saber descubrirlo para poder anunciarlo en el idioma de esa cultura; y cada realidad, cada idioma, tiene un ritmo diverso”. En efecto, el cambio de una cultura rural a la cultura urbana actual es una de las realidades que hemos de tener en cuenta a la hora de plantear la formación.



miércoles, 10 de octubre de 2012

El dinamismo transformador de la vida cristiana


J. Copista (s. IX), Ilustración del Tetraevangelio,
Biblioteca de los Padres Armenios Mequitaristas, Viena (Austria)

La ilustración, que representa la última Cena, está reproducida en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, como colofón de la parte segunda: la celebración del Misterio cristiano.


En su primera intervención en el Sínodo para la nueva evangelización (dejando aparte la homilía de inauguración) ha dicho Benedicto XVI que evangelización equivale a la fe hecha caridad. A punto de comenzar el Año de la Fe, cabe por eso redescubrir el dinamismo que enlaza la fe, los sacramentos y la caridad. Este dinamismo es traducción, también al plano social, de las actitudes y la “manera de ser” de Cristo, por parte de cada cristiano y de la Iglesia en su conjunto.

     El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta afirmación: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40)” (n. 1397). Y la encíclica Deus caritas est señala: “Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (n. 14). Vayamos por pasos.

jueves, 4 de octubre de 2012

Sacramentos y cultura de la imagen


¿Qué tienen que ver los sacramentos con la actual cultura de los símbolos, de los “iconos” y de la imagen? Como dice la tradición cristiana con términos de la teología medieval, los sacramentos son “signos e instrumentos” de la unión con Dios. Esta unión que llamamos “vida de la gracia”, es vida de amistad con Dios. Cristo nos la da en Él por la acción del Espíritu Santo y así nos une al Padre. Es vida que participamos con todos los que están unidos en el Cuerpo (místico) de Cristo, que es la Iglesia.

sábado, 1 de septiembre de 2012

EL Catecismo en el marco de la Trinidad



M. Chagall, Abraham y los tres ángeles, 1958-1960

La Trinidad está presente de modo privilegiado en el arte cristiano. Por ejemplo, los tres misteriosos personajes que se le aparecen a Abraham en la encina de Mambré (cf. Gn 18, 1-15) se han considerado en los iconos cristianos desde el siglo IV como evocadores de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo).

martes, 7 de junio de 2011

Testimonio, vigilancia, alegría

Icono de la Ascensión (1410-1420), Museo Tretyakov, Moscú
(ver la imagen a gran resolución)

En la conclusión de su libro Jesús de Nazaret (II), Benedicto XVI rechaza que la venida futura de Cristo sea el contenido fundamental del mensaje del Evangelio. “De hecho –replica– esta teoría contrasta con los textos y también con la realidad del cristianismo naciente que experimentó la fe como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza”.


¿Por qué la alegría después de la ascensión del Señor?

      El Evangelio de San Lucas termina contando lo que pasó con los apóstoles después de la ascensión del Señor al cielo: “Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24, 50-53). Se plantea Joseph Ratzinger: “¿Cómo es posible que su despedida definitiva no les causara tristeza?” Y responde: “La ‘ascensión’ no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera”.

      En los Hechos de los Apóstoles también se relata la ascensión del Señor. Pero precede un coloquio en el que se demuestra que ellos todavía esperaban en que Jesús iba a proclamar el Reino (político) de Israel (cf. Hch, 1, 6). A esta expectativa Jesús contrapone una promesa y un encargo o encomienda. “La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo” (cf. Hch 1, 7). Nuestro autor concluye apuntando de dónde viene esa fuerza que produce la alegría en los apóstoles: “El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y –fundándose en eso– contribuir activamente a dar testimonio a favor de Jesucristo”.


La existencia cristiana y la Iglesia: don y tarea

      Digámoslo con otras palabras. El motivo profundo de su alegría es porque los apóstoles han recibido primero un don, nada menos que participar de la vida misma de Dios, hechos (místicamente) miembros de Cristo por el Espíritu Santo (Dios mismo que se autocomunica dando a participar su vida). Y, segundo, han recibido una tarea que es el testimonio de Cristo: anunciar que Él ha muerto y resucitado, y vive junto al Padre. Este don y tarea constituye a la Iglesia y su misión: participando de la vida de la Trinidad, dar testimonio –que en griego se dice martyria– de Cristo en todo tiempo y lugar; ese testimonio se transmite, de generación en generación, por la vida y la palabra de los cristianos.

      Continuemos con la argumentación del Papa. El relato de la ascensión habla de la nube que oculta a Jesús en su “entrar en el misterio de Dios”. La nube se menciona también en la transfiguración del Señor y en la Anunciación a María (el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra…). Más atrás, en el Antiguo Testamento, una nube manifestaba la presencia de Dios junto al pueblo en el desierto. En efecto, y el Catecismo de la Iglesia Católica lo señala, la nube es uno de los símbolos bíblicos del Espíritu Santo (cf. 697).

      Por tanto, insiste Benedicto XVI, no es que Jesús se haya ido a un astro lejano. “Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso ‘no se ha marchado’, sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros”, también cuando parece que “la barca de la Iglesia, con el viento contrario de la historia, navega por el océano agitado del tiempo”.


Condición para el testimonio: la vigilancia del amor

      Ahora bien, para vivir esta nueva vida con Cristo junto al Padre (y por tanto también con el Espíritu Santo), que se nos da con el Bautismo, hemos de “ascender” con Cristo. Y Cristo –lo muestra bien el Evangelio de San Juan– asciende al cielo a través de la Cruz. Por eso “nuestro subir para tocarlo, ha de ser un caminar junto con el Crucificado”. No se trata de un recorrido cósmico-geográfico, sino de una navegación del corazón “que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo”.

      Así que la vida cristiana (que es vida en la Iglesia y en el mundo) consiste, de un lado en el testimonio de Cristo y, para eso, en la apertura al amor: no podía ser de otra manera puesto que vivir del Espíritu Santo (que es el amor personal en Dios) es vivir del amor. ¿Pero qué significa en concreto abrirse al amor y cómo se logra?

      Señala el Papa que, como actitud de fondo, a los cristianos se les pide la vigilancia: “Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose en las cosas tangibles (…). De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa”. Y por eso, de otro lado, “vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe” (cf. Lc 12, 42-48; Mt 25, 1-13). En suma: abrirse al amor se consigue mirando a Dios y buscando el bien y la verdad, el obrar con la justicia que viene de la fe.

      El Señor –dice Benedicto XVI, parafraseando a San Bernardo– no sólo ha venido y volverá: “Viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos”. También por medio de la vida de los santos, que son los auténticos “testigos” de su presencia.

      Jesús ha ascendido al Padre. Y el libro concluye condensando estas últimas páginas en un solo párrafo:

      “En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso, los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron a Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana”.

(publicado en www.cope.es, 7-VI-2011)

miércoles, 27 de abril de 2011

El domingo, la razón y la libertad

M. Chagall, Le Dimanche (1953)

La religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura

¿Qué tiene que ver el domingo, con la razón y la libertad? Pues tiene todo que ver, porque el domingo celebramos que Dios –el mismo que nos ha creado y que se ha hecho hombre para darnos la Vida verdadera– es el garante de la razón y de la libertad.

     La explicación de Benedicto XVI es diáfana. Dios ha creado el mundo y el hombre, y Cristo es el artífice de la nueva creación, al liberarnos del pecado y su principal consecuencia: la muerte definitiva.

     El relato bíblico de la creación termina con el sábado, diciendo pedagógicamente que en el séptimo día Dios descansó, y por eso el hombre debe descansar y alabar a Dios en ese día. Así se expresa la Alianza del hombre con Dios. “Dios ha hecho el mundo para que exista un lugar donde pueda comunicar su amor y desde el que la respuesta de amor regrese a Él” (Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011).

     Cristo resucita el primer día de la semana. Para los cristianos, desde la Iglesia naciente, el día más importante ya no será el último de la semana, sino el primero. Y por eso se comienza a celebrar la misa precisamente el “domingo”, que quiere decir “día del Señor”, invitando al encuentro con el Resucitado.

     La conexión del domingo con la creación la expresa San Juan en el prólogo de su Evangelio. Señala que desde toda la eternidad el Verbo era Dios y estaba con Dios, era el Logos, es decir, la Palabra, la Razón, el sentido de las cosas que serían creadas. Dios creó todo, según el Génesis, con su Palabra (“Y dijo Dios…”) y con su amor (“Y vio Dios que era bueno”). Su Razón es una Razón creadora y amorosa. Por eso dice el Papa: “El principio de todas las cosas es la Razón creadora, es el amor, es la libertad”.

      Y añade: “Si el hombre fuese solamente un producto casual de la evolución en algún lugar al margen del universo, su vida estaría privada de sentido o sería incluso un trastorno de la naturaleza”. Pero no procedemos de la irracionalidad, de la falta de libertad o de la casualidad, sino de la razón, de la libertad y del amor. “Y como de la libertad se puede hacer un uso inadecuado, existe también aquello que es contrario a la creación” (el mal, el pecado).

      Pero la creación sigue siendo buena, la vida sigue siendo buena y “es bueno ser una persona humana”. Y con Cristo podemos superar el mal, recuperar el sentido de la vida humana y de su libertad.

     Podemos concluir que la religión no es un mero producto residual de la cultura, como cierta sociología reduccionista parece defender. Al contrario, la religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura. Y de ello es signo el domingo.

     De esta forma, si alguien nos preguntara: ¿Por qué vas a misa el domingo? ¿Qué sentido tiene el domingo? Una respuesta sencilla y profunda, muy adecuada al momento actual, a sus crisis y problemas, sería ésta, en términos del Papa: “Lo celebramos porque ahora, gracias al Resucitado, se manifiesta definitivamente que la razón es más fuerte que la irracionalidad, la verdad más fuerte que la mentira, el amor más fuerte que la muerte”.

(publicado en www.analisisdigital.com, 27-IV-2011)



Icono de la Anástasis
Iglesia del Redentor, de Chora (Kariye Cami),
Estambul (Constantinopla), hacia 1310

viernes, 11 de febrero de 2011

Iglesia: hogar materno

Nuestra Señora de Vladimir, protectora de Rusia


Considerada como verdadero tesoro de la nación rusa, esta imagen de la Virgen es del tipo “Eleousa” o de la ternura, porque aprieta el Niño contra sí, acentuando su maternidad. Se muestra también como “Hodigitria”, es decir, que señala el camino, pues con su mano izquierda apunta al Niño. Éste tiene aspecto y vestidura de adulto; su rostro refleja la Sabiduría y su vestido de oro, la dignidad divina; su potente cuello expresa el “alentar” el Espíritu Santo, que reposa sobre el Verbo.
     El centro de la imagen es el corazón de la Virgen. Su velo (el “Prokov”) está bordado con un galón y tres estrellas, que representan la virginidad antes, durante y después del parto, según el dogma cristiano. Sus ojos son tristes y profundos. Inclina su cabeza hacia el Niño, que parece decirle: “No llores, Madre”.
      Esta imagen lo es al mismo tiempo de la Iglesia, porque ella lleva al mundo la salvación, a la vez que la espera, la confiesa y la contempla, mirando a la resurrección que viene después de la Cruz. La Iglesia se expresa también aquí como comunión íntima de lo divino (el Niño) con lo humano (la Virgen), en lo que N. Cabasilas llama “el amor loco de Dios”. Por eso se la considera también un icono eucarístico.
     Parece que Rublev, en su célebre icono de los tres ángeles, copió la actitud del Padre de esta Virgen triste e inclinada hacia su Hijo, como recuerdo de su corazón traspasado por una espada de dolor.
     Contemplando esta imagen escribe Evdokimov: "El rostro de la Madre habla del amor maternal; sus ojos grandes, abiertos al infinito, están al mismo tiempo vueltos hacia dentro; nos sentimos en los 'espacios del corazón' de la Virgen" (L'art de l'icon, p. 223).
     En efecto, como sucede con los iconos de los santos, los ojos de la Virgen están agrandados por la visión del Señor y su salvación; están “vigilantes” para ser fieles al amor de Dios y de los demás. La frente está despejada (aquí oculta tras el velo), como reflejo del Espíritu Santo y la Sabiduría. La nariz y el cuello se alargan porque significan el “buen olor de Cristo” (2 Co 2, 15). Los labios están cerrados por el silencio de la contemplación; la boca es pequeña porque no necesita tanto alimento terreno. Las orejas también pequeñas y como metidas hacia dentro, porque están oyendo los mandatos del Señor, su “voz interior” (M. Quenot). 
     A la vez, el Niño parece decir al espectador: "Ahí tienes a tu Madre".


*     *     * 

     Siempre es tiempo para reflexionar sobre el amor a la Iglesia. No una Iglesia puramente celeste, que sería una abstracción inexistente; sino la Iglesia real que también peregrina en este mundo, tal como el Concilio Vaticano II quiso subrayar. La Iglesia, familia de Dios, constituida por todos los cristianos a raíz del bautismo. A ella están orientados, según sus diversas situaciones, también los creyentes no cristianos, y, más aún, todas las personas de la tierra.


La Iglesia, matriz de la existencia cristiana

     Hace cierto tiempo volví a encontrar un texto de Yves Congar –el eclesiólogo más importante del siglo XX, fallecido en 1995–, que yo había perdido y buscado repetidamente sin éxito. Publicado en una época de crisis, forma parte de un libro cuyo título traducido literalmente es: “En medio de las tormentas” (1969). De ese texto tomo prestado ante todo el título de estas líneas.
      La Iglesia es madre, como les gustaba considerar a los grandes autores cristianos de los primeros siglos. A ella, escribió Guardini, y no al cristiano considerado particularmente, pertenecen esos signos eficaces de la salvación que son los sacramentos. A ella pertenecen las formas y las normas de esa nueva existencia que comienza en la pila bautismal, como comienza la vida en el seno materno. Ella es el principio y la raíz, el suelo y la atmósfera, el alimento y el calor, el todo viviente que va penetrando la persona del cristiano. Es a la Iglesia –seguía explicando Guardini– y no al individuo, a quien se le confía la existencia cristiana, que comprende una enseñanza divina, un misterio (¡Cristo!) que se celebra en la liturgia y una vida orgánica y jerárquicamente estructurada. Es a la Iglesia a quien Dios le confiere “la fuerza creadora capaz de transmitir y propagar la fe”.
     Joseph Ratzinger, en un texto de 1971 titulado “Por qué permanezco en la Iglesia”, señalaba que una mirada demasiado concentrada a los “problemas” de la Iglesia –como quien mira un trozo de árbol al microscopio– puede impedirnos verla en su conjunto y por tanto captar su sentido. Quizá nos fijamos demasiado en su “eficacia”, según los objetivos particulares que cada uno se propone (y así cada uno se fabrica “su” iglesia). Nos fijamos demasiado en sus aspectos organizativos e institucionales, más bien con los criterios de la sociología. A ello puede añadirse la crisis de fe. Pero a la Iglesia sólo se la entiende desde la perspectiva del Espíritu Santo como protagonista principal de la salvación realizada por Cristo de parte del Padre. También los escritores cristianos gustaban de comparar a la Iglesia con la luna. Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella, siendo solamente otra tierra, recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.


La Iglesia, criatura de Dios para salvar al hombre

     Y así, por los caminos y los límites del simbolismo cristiano, llega Ratzinger a decir: lo que importa no es la imagen que cada uno nos hacemos de la Iglesia, sino que la Iglesia es de Dios. Y por eso afirma: “Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino SUYA”. Sólo por medio de la Iglesia puedo yo recibir a Cristo “como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora”. Por medio de ella, Cristo está vivo y permanece entre nosotros “como maestro y Señor, como hermano que nos reúne en fraternidad”. No se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, lo mismo que la fe se recibe a través de otros. Por eso una Iglesia que fuera una creación mía e instrumento de mis propios deseos, sería una contradicción. Todo ello pide antes que nada la fe en Cristo como Dios: “Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo”. De ahí surge la fe en que la Iglesia es el camino de la salvación: “Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la Iglesia salva al hombre”.
      ¿Pero no es salvar al hombre toda lucha contra el dolor y la injusticia?, se pregunta. Cierto, pero esa lucha sólo puede llevarse a cabo mediante el dominio de sí y el esfuerzo por cumplir con los deberes conocidos y los compromisos adquiridos. En definitiva, todo depende de la verdad y del amor. Y el amor no es estático ni acrítico, pero la única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a una persona es amarla y sufrir por ella.


Comprometerse para redescubrir la Iglesia

      Por eso concluye el teólogo alemán: “Quien no se compromete un poco para vivir la experiencia de la fe y la experiencia de la Iglesia y no afronta el riesgo de mirarla con ojos de amor, no descubrirá otra cosa que decepciones. El riesgo del amor es condición preliminar para llegar a la fe”. Es cierto que la historia testimonia debilidades, y pecados, de los cristianos. Pero también testimonia la realidad de la Iglesia como un foco inmenso de luz y de belleza: la multitud de los cristianos que han mostrado la fuerza liberadora de la fe.
      La Iglesia es madre y es hogar. “El hombre –escribía Congar– es un todo y se inserta en un hogar por su sensibilidad y su corazón tanto como por sus ideas”. La Iglesia, nacida del corazón abierto de Jesús en la cruz, ha comenzado a vivir antes que nosotros, y así es posible que nosotros vivamos por ella. Por eso los cristianos deberíamos decir con el ilustre teólogo francés: “Estoy infinitamente agradecido a la Iglesia de haberme hecho vivir, de haberme, en el sentido más fuerte de la palabra, educado en el orden y la belleza”. 

La primera versión fue publicada en 
www.religionenlibertad.com, 2-VIII-2008,
y reproducida en el libro "El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010

domingo, 6 de febrero de 2011

El esplendor de la belleza



     Andrei Rublev, Icono de la Trinidad (1422-1428)

¿A qué se refiere Dostoievsky –cristiano y ruso– cuando dice que “la belleza salvará al mundo”? ¿De qué belleza se trata?


La belleza salvadora

 Más allá de la belleza del cosmos y de las formas materiales o corporales, e incluso de la belleza como propiedad de lo amable que eleva el espíritu, según Joseph Ratzinger (Rimini, 2002) la verdadera belleza es “la belleza redentora de Cristo”, la belleza de la fidelidad que acepta el dolor y el misterio de la muerte como don de la vida. En el extremo opuesto a la falsa belleza (que encierra al hombre en sí mismo y en sus ansias de poder, de posesión y de mero placer), la verdadera belleza “despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo”.
     Pues bien, además de esa belleza originaria, que se manifiesta en Cristo y sobre todo en la Eucaristía, para el cristianismo oriental –que incluye el ruso– hay dos principales imágenes de la belleza: los iconos y los santos.


Los iconos

     En los iconos se representa la vida de Cristo o de los santos. Dice San Juan Damasceno (s. VII) que son libros que proclaman el Evangelio sin palabras, pues, para la fe, la vista es tan importante como el oído. (Los apóstoles no sólo oyeron, sino que vieron al Señor, por lo que su mensaje no debe ser sólo oído sino también contemplado). Los iconos están hechos a base de oración, y cuando se contemplan en esa perspectiva, impulsan a buscar las virtudes ahí representadas. Esto podría decirse de las imágenes del arte cristiano (por ejemplo las que figuran en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). En un sentido aún más amplio también podría aplicarse al arte, porque, según Guardini, la auténtica obra de arte interpela la interioridad del contemplador y abre a la trascendencia. ¿Quién no ha experimentado algo así ante un buen cuadro, una buena película o una buena pieza musical?


Los santos

     Al lado de los iconos o las imágenes, están los “iconos vivos” que son los santos. No sólo los santos que ya están en el cielo, sino también los que procuran ser santos en la tierra. Ellos son, en efecto, según San Pedro, “piedras vivas” del templo espiritual que es la Iglesia. De ahí que todo cristiano es como un iconógrafo: está llamado a hacer de su vida una obra de arte, que haga presente de modo vivo lo más bello (el amor de Dios a la humanidad) y anime a difundirlo.
     Contemplando a Cristo –decía Benedicto XVI en 2007 con palabras de San Gregorio de Nisa– cada uno se convierte en “el pintor de su propia vida”, sin olvidar, añade el Niseno, que Cristo está especialmente presente en los pobres, según sus mismas palabras y voluntad.
     Los santos de todos los tiempos han anhelado la contemplación del rostro de Cristo. Al principio del nuevo milenio escribía Juan Pablo II que, desde esa contemplación, los cristianos han de transformarse por dentro y transformar la sociedad en la que viven, mediante el amor y la justicia.


Los cristianos, imágenes de la belleza

     De este modo los cristianos deben ser imágenes de la belleza, que invitan a descubrir la conexión entre la verdad y el amor, es decir la belleza del bien. Y no sólo ellos. También de alguna manera todas las personas de buena voluntad, que pueden caminar en su vida corriente hacia los valores más altos. Esas “imágenes” de los valores cristianos y humanos nobles podrán ser narradas o grabadas, fotografiadas o pintadas, esculpidas y también filmadas y cantadas, representadas y difundidas a través de la gran diversidad de géneros del arte y la comunicación que la cultura actual pone a nuestro alcance.
     En su carta a los artistas (1999), Juan Pablo II cita al poeta polaco Cyprian Norwid: “La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir”. Entre muchos artistas que manifestaron con su arte la belleza de la fe, nombra también a Paul Claudel y Marc Chagall, Dante Alighieri, Miguel Angel, Bernini y Borromini, Palestrina, Händel y Bach, Mozart, Schubert, Beethoven y Verdi.


Hacer de la propia vida una obra de arte

     Queda claro que no se trata sólo de grandes genios o figuras: “A cada hombre –escribe Juan Pablo II– se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra”. Porque en toda inspiración auténtica hay un soplo divino de aquél Espíritu que es “el misterioso artista del universo”.
     Cuando Andrei Rublev (en la película de Tarkovsky, 1966) lleva ya mucho tiempo sin pintar iconos, su viejo amigo Cyril le ruega que vuelva a ejercitar su arte para gloria de la Trinidad: “No hay pecado más terrible que dejar morir el don divino”. Y al final de El Festín de Babette (Gabriel Axel, 1987), la gran cocinera cita a uno de sus amigos: “Por todo el mundo resuena el grito del corazón del artista: ¡Permíteme hacer todo aquello de que soy capaz!”

    El trailer de la película se puede ver en https://www.youtube.com/watch?v=RsIgPVLChW8

     En Rímini-2002, afirmaba el cardenal Ratzinger: “Estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello”. También por eso hoy es muy necesaria la formación litúrgica.

Una primera versión se publicó en www.analisisdigital.com, 24-VIII-2008
Reproducido en el libro
“Al hilo de un pontificado: el gran ‘sí’ de Dios”, ed. Eunsa, 2010